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CUBA: La huella de Africa. EL COMERCIO DE HAITIANOS.

foto: Ecured.cu

Por  David g gross

El Municipio de Palma Soriano en la parte oriental de la Isla de Cuba se encuentra situado en el Valle aluvial del Rio Cauto, el más largo del País y cuenta con dos zonas orográficas: las montañas y los llanos. Tierra fértil  al máximo, de suelos negros con perfil vegetal profundo y regado por frecuentes aguaceros en el verano y primavera, amén de las aguas traídas por las tormentas ciclónicas o huracanes como los llamaban los aborígenes Tainos y sub-taínos.

Florecieron en esa escenografía natural dos cultivos: el café y la Caña de azúcar, el primero en las elevaciones montañosas y el segundo en los inmensos llanos que se perdían en el horizonte. Durante el coloniaje españól en la Isla, cientos de barcos llegaron a la Isla por sus principales puertos: Santiago de Cuba y La Habana. Amén de entradas furtivas por toda la geografía costera. Al triunfo de la Revolucion Libertaria de 1895, los cubanos heredaban un gobierno republicano asesorado, impuesto y vigilado por el poderoso vecino del Norte, los Estados Unidos de Norteamérica, del cual habían José Martí y Antonio Maceo, así como otros padres fundadores, advertido que ese tutelaje solo aspiraba a dominar y colonizar de nuevo a los criollos.

En 1902, era arriada la bandera norteamericana en la Habana y elevada la cubana, pero en realidad el gobierno de Don Tomás Estrada Palma no era más que una imposición porque desde esa fecha y hasta 1959, quien dirigía a los cubanos desde bambalinas- y no teatrales por cierto- era el embajador de turno, que en raras veces malamente sabía pronunciar “buenos días” en un español chapurreado. Aunque los negros esclavos habían sido liberados, en realidad, los ciudadanos “de color”, como se les llamaba en la nomenclatura oficial del País, eran reprimidos, asesinados, no se les daba trabajo en los departamentos y negociados estatales y si habían recibido alguna tierra como pagó y derecho por sus servicios en las fuerzas Mambisas, les era exploliada por los latifundistas criollos, muchos de ellos antiguos generales y coroneles de la manigua o por la compañías yanquis que penetraban a la isla para acopiarse su economía y riquezas  minerales.

Al negro criollo o nacional se le sumarían entonces, miles de descendientes de africanos procedentes como mano de obra barata, desde Haití y otras islas del Caribe como Jamaica, los cuales eran contratados en su tierra de origen y firmaban con los dedos sin saber que decían aquellas paticas de gallina estampadas en un albo documento. Llegaban al oriente de Cuba por el puerto de Santiago, precediendo otras migraciones anteriores dese 1791, luego de la Revolución libertaria en esa sufrida isla del Caribe. Estos primigenios inmigrantes fundaron  colonias cafetaleras desde las sierras de Guantánamo hasta la premontaña de Palma Soriano dando lugar a emporios conocidos como “Los cafetales”.

La nueva migración que llamaremos de Retroalimentación Negra en Cuba y procedente  de afro haitianos y afrojamaicanos en número de decenas de miles ocuparon los barracones de las “colonias cañeras” para formar parte de una nueva modalidad de esclavitud en el Siglo XX. Cortaban y cargaban las cañas de azúcar para ser molidas en los “Ingenios o Centrales”, con un salario mínimo el cual les era pagado la mayoría de las veces en chapas metálicas con el nombre de la colonia o hacienda del dueño donde laboraban o en especias alimenticias: arroz, grasa de puerco, bacalado, arenques, embutidos rústicos y otros productos, así como ropas, calzado, kerosina para los candiles y lámparas, sebo carreta y otras vitualalas y es necesario señalar que la “bodega o tienda”, era propiedad del dueño de la colonia o hacienda y que las cuentas nunca se acababan de pagar en ese sistema de semiesclavitud vigilada por la Guardia Rural, cuerpo militar asesorado, vestido y calzado que en caballos o mulas acémilas procedentes, igual que su armamento y uniformes de los excedentes de la primera Guerra Mundial del Ejército Yanqui. Como supondrá el lector, los haitianos recibían las golpizas y la muerte si intentaban rebelarse y los guardias cenaban opíparamente horas más tarde en las pantagruélicas mesas de los hacendados o colonos.

Paralela a la explotación de los negros afro-haitianos por parte de los colonos cafetaleros y cañeros surgieron nuevos negocios como el de transportar a miles de estas personas desde el Puerto de Santiago de Cuba, en el caso de Palma Soriano, en automóviles, pequeños camiones o en vagones del Central de la Cuban Railroad  -compañía Norteamericana por supuesto- hasta los bateyes de los ingenios o fábricas de azúcar y desde allí hasta las colonias y sus barracones. Los transportistas que no sabían que esto era un mero comercio de piezas humanas, esta vez no en barcos negreros como en el Decimonono o en siglos anteriores, lo realizaban pues obtenían jugosas ganancias.

En Haití, Jamaica y otras islitas del Caribe existían contratistas que viajaban por el interior de esos territorios en busca de contratados y una vez llevados a algún puerto eran embarcados hacia Santiago de Cuba en veleros dadas las cortas distancias entre unas islas a las otras. Cada contratador tenía un agente en Santiago y este señor bajaba a los haitianos de su dotación, por llamarlo del mismo modos que cuando la esclavitud y los embarcaba a su vez hacia el central donde los había subcontratados a los colonos. Podían ser estos los ingenios Palma, América, Oriente, Hatillo, Miranda, Santa Ana de Auza y hasta fábricas de azúcar en el Norte de la Provincia de Oriente y algunos viajes eran conveniados con los choferes hasta territorios de Camaguey.

Los contratistas le cobraban a estos afro-haitianos por montarlos en los carros y una vez llegados a la Colonia, el Hacendado azucarero tenía que abonarle al chofer o dueño del auto o camión el precio del pasaje desde Santiago así que la ganancia era doble. El negocio era doble pero ahora vamos a relatar el testimonio del señor Arturo Martínez, ya fallecido y chofer de alquiler en los años 20 y 30:

“Mira, las cosas que nosotros los choferes les hacíamos a la haitianos eran muy crueles. Ahora me arrepiento pero la vida era así en aquellos tiempos, eran los años 20 y 30. Yo recuerdo que si por ejemplo veníamos con el carro lleno y nos ponchábamos en la carretera antes de llegar a Palma, bajábamos a los haitianos y los parábamos a la orilla con sus paquetes o bultos. Entonces poníamos el repuesto y les decíamos que nos esperaran, que íbamos a coger el ponche en El Cobre o en Santiago, porque siempre había alguno que hablaba el español, en Haití se hablaba mucho el español. En realidad donde íbamos de nuevo era al Puerto de Santiago y recogíamos otra carga de gente y nos íbamos, en vez de por la Carretera Central, por San Luis. Entonces ganábamos el doble…!No!..., yo no se en que seguían viaje los haitianitos que habíamos dejado botados a la orilla de la Carretera…Imagínese, era la lucha por la vida…!No!.

Por otro lado en diciembre de 1979 otro ex chofer de alquiler que también hizo caudales transportando haitianos de Santiago a Palma Soriano y a Camaguey nos testimoniaba:

“Yo allá por los años 20 tenía una cuña Ford y con ella daba viajes desde el Puerto de Santiago hasta el Central Palma. Cargaba cinco haitianos  y siempre trataba de montar un que hablara más o menos el español al cual le diría el precio. ¡Mira!, había dos monedas en aquel tiempo, el dólar plata y el dólar oro. También aparecían monedas de oro españolas que quedaban por ahí. Ellos por lo regular traían dólares de plata que compraban antes de salir de su país. A mí me daba igual, eran monedas por monedas. Yo los desmontaba en el Central Palma en el Patio de las Chispitas o carritos de líneas  que iban para las colonias Maibio, Mefán, Junco, Barrancas y otras dela zona cañera. No, yo nunca di viajes a Camaguey, era muy lejos para el Forsito mío. Ya usted sabe, aquí, para servirle siempre.

Y así llegaron los afro-haitianos a la zona cañera de Palma Soriano durante las primeras décadas del pasado Siglo XX. Hoy son miles sus descendientes pero ya los barracones no existen, ni las colonias cañeras con sus hacendados y enormes casonas, ni las bodegas donde se pagaba con chapas metálicas y nunca se acababa de condonar las deudas que se heredaban de generación en generación. Todavía se toca hoy el Gagá en la Comunidad de Barranca como un aporte a la cultura afro-cubana y los más viejos,  que peinan canas o están despoblados de ellas bailotean apenas al lado del fuego ceremonial y se dan sus tragos de Tifeí, a base de aguardiente o ron con hierbas aromáticas alucinantes y muchas parejas a media noche o de madrugada van a bañarse desnudos en una poza del Río Cauto para luego aumentar el chiquillerío que juega en las casas que les levantó la Revolución triunfante en un 1959.

Suenan los tambores, los chaschás  y los coros ascentrales y los cantos a los hounganes y a los loas del panteón boduu, caderas negras y nalgas negras se humedecen y les gotea el sudor debajo de los faldones coloridos mientras ellos, machetes en mano se pasan los filos por la piel del pecho y levantan una pesada mesa de madera por una esquina de las tablas y solo los dientes de un poseso que tiene montado un espíritu venido de Bois Caimán pueden elevarla hasta la libertad de la madrugada perlada de estrellas

Son los cubano-haitianos con sus roncas voces, que se  elevan y caracolean por las cañadas y los cañaverales y sus gritos en patois-cubain llaman a los espíritus ascentrales para que vengan a participar en la fiesta. Es un hito más en la Huella de Africa en el Caribe y América.

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