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VENDIDOS COMO ESCLAVOS POR SANTA ANNA, LOS MAYAS CUBANOS QUE SE DICEN “MEXICANOS” Y SE RECONOCEN “REVOLUCIONARIOS”, EN EXTINCION

Por Homero Campa/Proceso.- 
LA HABANA – Sus rasgos indígenas los delatan: baja estatura, cabello negro y lacio, rostros morenos y redondos.
Les llaman “yucatecos”. Ellos se consideran “mexicanos”. Son en realidad ciudadanos cubanos. Tienen, empero, un origen común: la cultura maya.

Sus ancestros vinieron de México en calidad de esclavos. La mayoría llegó en la primera mitad del siglo pasado, cuando ya la esclavitud estaba abolida en territorio cubano. Eran producto de un negocio entre comerciantes cubanos y dos políticos mexicanos: Miguel Barbachano, gobernador de Yucatán, y Antonio López de Santa Anna, presidente de México.
Llegaron a ser unos dos mil. Hoy sobreviven unos cuantos: acaso medio centenar. Están regados por toda la isla. Sólo siete familias se conservan juntas. Viven en humildes casas, en cuyo exterior cuelgan sus hamacas. Cultivan la tierra y, ocasionalmente, comen atole, tamales y tortillas de maíz. Forman una comunidad a las faldas de las Lomas del Grillo, unos 70 kilómetros de La Habana. Es el último reducto de una cultura que sobrevivió en tierra extraña y que hoy está a punto de desaparecer.
Tres investigadores cubanos han desenterrado su historia. Cada uno —por su cuenta—, aporta información sobre la presencia de los mayas en Cuba. Ellos son:
—Ramón Artiles Avela, promotor de la dirección de Cultura de la Provincia Habana, quien dice llevar seis años recolectando datos para explicar la presencia maya en la isla.
—Jaime Sarusky, investigador del tema, cuyo estudio fue publicado en la revista Bohemia, en agosto de 1983.
—Juan González Díaz, presidente del Centro de Documentación del municipio de Nueva Paz, en la Provincia de La Habana, quien ha enviado cartas y proyectos a las autoridades mexicanas de cultura pidiendo ayuda para evitar que se pierda en Cuba la huella de los mayas.
Aquí, un resumen de esa historia.
MAYAS POR NEGROS
Ante la extinción de los naturales de Cuba y la necesidad de fuerza de trabajo en la mayor de las Antillas, los españoles no sólo se sirvieron de las costas de Africa para abastecerse de mano de obra, también explotaron el continente recién descubierto. José A Saco apunta en su Historia de la Esclavitud:
“Sedienta Cuba de esclavos pidió licencia al gobierno de España en 1534 para introducirlos también de Yucatán y del Pánuco”. Y el 30 de marzo de 1544, el obispo de La Habana anota en una carta: “A esta villa de Puerto Príncipe (hoy Camagüey) llegaron 235 indios encomendados Son medianamente tratados”.
Es en la primera mitad del siglo XIX que los indígenas mayas se convierten —entre otros grupos de inmigrantes— en una fuente alternativa de mano de obra.
Varias razones explican el hecho: Cuba había desarrollado una fuerte industria azucarera y requería de grandes cantidades de mano de obra para los campos de caña y los ingenios. La isla quería garantizar el abasto del dulce en el mercado inglés, recién abierto, y en el mercado estadunidense, en plena expansión.
Los negros traídos como esclavos de Africa satisfacían la demanda de fuerza de trabajo, pero la corona española —ya menguado su poder— se vio sometida a las presiones del nuevo imperio: Inglaterra.
Los ingleses abolieron la esclavitud y su famosa marina de guerra empezó a perseguir a los barcos españoles cargados con negros.
Fue entonces que los ricos azucareros y esclavistas cubanos empezaron a echar mano de chinos, polinesios e indígenas mayas.
Hacia 1848, Simón Peón —”natural y vecino de Yucatán”— propuso a la junta de Fomento de La Habana construir un ingenio “exclusivamente servido por indios yucatecos”. Argumentó que estos eran los más aptos para la agricultura tropical. Calculó importar en un año entre 300 y 400 indios y mestizos de ambos sexos. Su idea era con ellos hacer del ingenio uno de los más productivos de Cuba.
Otra circunstancia ayudó a que los indígenas de la península yucateca cayeran en la esclavitud: la “guerra de castas” de 1847. Reprimida brutalmente, esta rebelión indígena tuvo entre sus desenlaces el decreto del 6 de noviembre de 1848, promulgado por el entonces gobernador de Yucatán, Miguel Barbachano, que establecía:
“A todo indio que sea hecho prisionero con las armas en la mano podrá el gobierno alejarlo de su respectivo domicilio y aún expulsarlo del estado por diez años”.
Bajo el amparo de esta ley, los indígenas fueron llevados a Cuba, aparentemente contratados por fincas e ingenios azucareros de la isla En realidad, fueron vendidos como esclavos.
LOS NEGOCIOS DE SANTA ANNA
Sarusky, en la revista Bohemia, relata: “Connotados traficantes como Francisco Marty, las firmas Zangróniz y Hermanos, y Goucuría y Hermanos, se beneficiaron con varios cargamentos de yucatecos. En el primer semestre de 1855, las dos últimas firmas hicieron cinco embarques, que sumaron 416 yucatecos en viajes de Sisal (en Campeche) a La Habana. Otros barcos hicieron la travesía Yucatán-Isla Mujeres-La Habana.
“El negocio de los indios yucatecos se volvió compulsivo, según Mr Doyle, ministro de Su Majestad Británica en México, hubo un arreglo entre el gobierno mexicano y el coronel Jiménez (antiguo ayudante de campo del general Antonio López de Santa Anna, entonces presidente de México) por cuenta de Goucuría y Hermanos, que pagaría 20 mil pesos a cambio de que ‘todos los prisioneros buenos para colonos’ le fueran entregados. Se estipulaba que estos prisioneros indios ‘se podrían enviar sólo a la isla de Cuba’ en donde permanecerían por cinco años en poder de esta firma y, una vez transcurrido ese tiempo, quedarían en libertad. El gobierno de México consideraría tal lapso de tiempo como suficiente castigo ‘por haber hecho armas en revolución o en rebelión’
“El 6 de mayo de 1854 el presidente Santa Anna concedió a Tito Vicino, representante de Goicuría y Hermanos, el permiso para enganchar indios por un período de cinco años
“Goicuría y Hermanos propuso incluso proveer 200 hombres armados y oficiales para hacer la guerra a los indios en Yucatán y que se les permitiese retener a todos los que apresaran. Pagarían 15 pesos por cada uno al gobierno de México. Esta oferta fue, finalmente, rechazada”.
Aunque el contrato establecía que deberían ser prisioneros de guerra, lo cierto es que, en aras de cazar esclavos, se enganchó a familias indígenas ajenas a la revuelta. Fue célebre en Mérida el capitán negrero Gerardo Tizón, quien apresó sin distingo a pobladores de aldeas de la península Les obligaba a firmar el contrato, sin que —por no saber leer, ni escribir y no hablar siquiera español—, pudieran enterarse de su contenido.
En Cuba los indígenas eran bien aceptados: como esclavos.
Según los archivos del Gobierno General, Juan Saldívar y Pedro A Morales y Sotolongo solicitaron permiso el 5 de diciembre de 1855 para introducir 200 yucatecos a la isla con el fin de utilizarlos en el cultivo de la caña. También el rector del colegio de Jesuitas de La Habana pidió permiso, el 29 de mayo de 1860, para importar doce indios de Yucatán para el servicio doméstico. Inclusive José Zorrilla, el autor de Don Juan Tenorio, se asoció en 1859 a Cipriano de las Cásigas —hijo de un conocido traficante de negros— para importar indígenas. Sólo que Cipriano de las Cásigas murió en una epidemia de fiebre amarilla que azotó entonces a La Habana y el negocio no prosperó.
¿Cuánto valían?
Ramón Artiles cita el libro de José M Otes Capdeti, El Estado Español y las Indias: “En el siglo XVI y XVII se llegó a cambiar un caballo por cien indígenas. En el siglo XIX, si un indio yucateco escapaba, se pagaba su captura por dos pesos, igual que un ‘culi’ (chino). La recaptura de un negro era de cuatro pesos.
“El capitán Tizón los entregaba a cambio de 40 pesos. Las mujeres se vendían a 25 pesos y los niños menores de diez años eran gratis. Según Mr. Doyle se pagaban 15 pesos por cabeza al gobierno de México”.
Eran los más baratos. A decir de Artiles, los mayas eran menos fuertes y menos resistentes que los negros, sobre todo para tareas agotadoras como la zafra. Tenían en su favor la docilidad y la entrega al trabajo.
Según el censo de 1862, había 786 yucatecos en los ingenios de Cuba. Un autor de la época, Carlos M Trelles, calculó unos dos mil para el año 1860. Otros aseguran que apenas llegaron a mil. El número hubiera crecido, pero en México se hizo pública su venta. El periódico El Siglo XIX lo denunció en 1849. Fue un escándalo. El presidente Interino de México, Carlos Manuel de la Peña, ordenó suspender este negocio.
Sin embargo, cuatro años después, el tráfico se reinició con mayor discreción y bajo supuestos contratos de trabajo. Sin embargo, no prosperó. Para ese entonces, los negros siguieron llegando y la explotación de la mano de obra china era ya masiva, fácil y barata. El 6 de mayo de 1861, el presidente de México, Benito Juárez, dictó un decreto que prohibió definitivamente “la extracción para el extranjero de los indígenas de Yucatán, bajo cualquier título y denominación que sea”.
LA HUIDA EL AISLAMIENTO
Concentrados en la región occidental de la isla, los yucatecos y sus descendientes se refugiaron en zonas rurales, entre los límites de Matanzas y La Habana.
Escribe Sarusky: “En 1899, desposeídos y errantes, se desplazaron desde la provincia de Matanzas hacia el oeste, en busca de una tierra que nadie les prometió, un ejercicio de la precaria libertad de que disponían, abolida ya la esclavitud quince años antes. Huyendo y escondiéndose, trataron de evadir la Reconcentración que en 1898 impuso el general español Valeriano Weyler a la población campesina, forzada a confinarse en las zonas urbanas para evitar la cooperación y apoyo a los mambises (soldados que luchaban por la independencia de Cuba). Al fin los yucatecos encontraron un lugar ‘adecuado’: un terreno realego, especie de tierra de nadie, seca y hostil”.
Juan González Díaz cuenta: “Un grupo que estaba en zona Cabezas, se desplazó hacia el antiguo ingenio de Martearttu, que ya estaba abandonado. Era una zona árida, de tierra impropia para la agricultura conocida como ‘diente de perro’ y, por lo mismo, no reclamada por nadie. Ahí vivieron durante la primera mitad de este siglo. Prácticamente solos, estaban aislado y salían muy poco de su comunidad, eran reservados y endógamos: se reproducían entre ellos”.
De acuerdo con la versión de Artiles, “los que llegaron a Madruga se refugiaron en las Lomas del Grillo, tierras poco aptas para la agricultura. No obstante, la cultivaban. Junto con la malanga, el boniato y la yuca, también cultivaban el maíz. Hoscos y reservados, mantuvieron su comunidad aislada del resto del país. Se casaban entre ellos y sus hijos hacían lo mismo. Sus apellidos — Chusco, Che, Cusán, Nahua, Gutiérrez, Valencia y Calderón— se repitieron”.
Los tres investigadores coinciden: al triunfo de la Revolución —en 1959— las comunidades de los yucatecos empezaron a abrirse: les llegó educación, salud, libreta de abastecimiento y carnet de identidad. Poco a poco la descendencia se fue integrando a una sociedad ahora socialista. Se mudaron a poblaciones cercanas y se casaron con cubanos.
Las doce familias que habitaban el antiguo ingenio de Martearttu salieron de su encierro. Hoy ya no queda nadie. Los descendientes viven en las poblaciones de Los Palos, Nueva Paz y Madruga.
EL ULTIMO REDUCTO
Media docena de casas aparecen regadas a las faldas de Lomas del Grillo. Son construcciones de madera, algunas con techo de hoja de plátano. Humildes, todas tienen, invariablemente, una hamaca colgada en su portal. Viven ahí una veintena de “yucatecos”, así les llaman, con cierto tono despectivo, los vecinos del lugar.
“Nosotros somos mexicanos”, defiende Julio Valencia Chusco, sentado en el portal de su casa. Cualquiera le creería: su piel morena —arrugada por sus 71 años—, su baja estatura, sus ojos pequeños y un cabello lacio y despeinado, le dan el aspecto de un campesino del sur de México.
Adentro, su esposa —de rasgos indígenas más acentuados—, echa más leña en una especie de brasero de piedra y se prepara a cocinar en el fogón.
Julio Valencia y su esposa sólo tienen referencias de su “otra tierra” por las pláticas de sus padres y de sus abuelos, quienes vinieron como esclavos el siglo pasado. No recuerdan las palabras en lengua maya, que en su infancia les enseñaron. Ya olvidaron cómo se tejen las canastas con hojas de palma. Son católicos “a Dios gracias”, pero no van a misa y no practican culto religioso alguno.
Nunca han probado el pulque ni el tequila, el picante, confiesan, no les gusta mucho. Eso sí, comen tamales, atole y tortillas, productos del maíz, atípicos en la alimentación de esta región.
Los que aceptan la entrevista con el corresponsal se dicen “orgullosos” de sus raíces mexicanas, pero reconocen que han perdido todo vínculo con su lugar de origen. Creen que tienen familiares en la península yucateca, “pero cómo saber dónde están, para enviar una carta”.
Algunos, más que contestar preguntas, las formulan: “¿Cómo es México?”, “¿es clima seco?”, “¿cómo se vive?” Revelan sus ansias de visitar la tierra de sus antepasados, aunque no reniegan de su cubanía y hasta se consideran “revolucionarios”.
A diferencia de los viejos, los más jóvenes son extrovertidos y alegres
—Yo también soy mexicano ¿quieres que te cante algo? —pregunta uno de ellos y se arranca con una ranchera: “Allá en el Rancho Grande, allá donde vivía”.
Es evidente que sus costumbres se han “cubanizado”: cultivan la yuca, la malanga y el boniato, productos tradicionales de la comida criolla. Beben ron, bailan salsa y su acento es netamente cubano. Gustan de los caballos y de las peleas de gallos.
Para Juan González Díaz, presidente del Centro de Documentación en Nueva Paz, “está a punto de extinguirse esta cultura”. Comenta que “la cultura se ha diluído, ellos se han dispersado y sus descendientes —casados ya con cubanos— perdieron su identidad”.
Muestra varias cartas de las que envió, entre 1991 y 1992, a la delegación en Yucatán de la Dirección Nacional de Culturas Populares del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. En ellas informa de la presencia maya en la región y pide apoyo para que la huella de esta cultura milenaria no se pierda.
Sólo una carta fue contestada. Nada hubo después.

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