Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

Autor: Isis Infante Ramírez | Fuente: CUBARTE | 31 de Marzo 2010

José Martí fue un milagro de hombre, “muy poco conocido de sus compatriotas, los cubanos, en el verdadero, esplendoroso apogeo de su gloria” y a la vez “cariñosamente admirado en la tribuna, donde flageló siempre a la tiranía y se hizo amar del pueblo cuyos derechos defendía con tesón incansable”(1). El maestro alcanzó, en grado superior, virtudes que podemos representar en tres ideas: amor, inteligencia y capacidad de acción. Todo ello forjado por una indoblegable voluntad creadora y humanista.

Acercarse al estudio de su vida y obra es siempre un placer. Es por eso que la casa Editora Abril aprovechó la 19 Feria Internacional del Libro de La Habana para poner a la disposición de los lectores nuevas propuestas, entre ellas la publicación de un libro que es “un suceso prodigioso”.

El autor es Froilán Escobar González, y brinda los testimonios de niños y adolescentes que conocieron a Martí cuando desembarcaba junto a otros patriotas, por Playita de Cajobabo.

Martí a flor de labios, es un trabajo que nos lleva a conocer a un hombre más común, más humano. Los protagonistas de estas historias revelan a un ser extremadamente sencillo y amante de la naturaleza. Nos confiesa el autor que para 1973 cuando inicia su primer trabajo de rastreo quedaba gente en los mismos lugares por cuyos ojos había pasado José Martí “como un cometa maravilloso”. Así es como encuentra a siete viejitos, que no olvidaban aquellos momentos, pero que en “muchos casos, se les había dormido y fue necesario tocar, más de una vez y de muchas maneras, a las puertas de su memoria”(2).

Surge de esta manera un método de trabajo. “Primero me relacionaba, me identificaba, motivaba, hablaba yo, les leía (fue realmente conmovedor el momento en que descubrían, al escuchar los pasajes del Diario, que Martí se había “acordado de ellos”, de su familia), y luego dejaba que contaran de un tirón, sin interrumpirlos, el bulto grande del recuerdo”(3). Es así como los relato que conforman este obra toman nombre, pues responden a citas textuales del Diario.

El libro que se presenta está dedicado a un público diverso. De manera que sentiremos cómo el autor a través de su lenguaje cuidado y medido nos hará encoger el corazón y provocar disímiles sentimientos. El lector en ningún momento estará frente a un libro que muestra la expresión sobredimensionada y menos aún cursi de esta figura histórica.

Froilán confiesa no haber estado interesado solo en lo qué decían los protagonistas de estas historias, sino buscaba también cómo lo decían. De ahí que indagara de manera especial en el habla, en el modo de nombrar las cosas: arcaísmos, neologismos, redundancias, reiteraciones, giros sintácticos inusitados, en que se expresaba, con sobreabundancia, toda esa carga de sabiduría y poesía.

Martí era pequeño de cuerpo, delgado; tenía en su ser encarnado el movimiento; su talento era vario y grande, inteligente, tenaz; hombre notable y de condiciones excepcionales y poco comunes. Los que lo conocieron reconocían en él el desarrollo de una extraordinaria personalidad. Muy amable y cariñoso, siempre atento y dispuesto a sufrir por los demás. Enrique Collazo al recordarlo lo llama “hombre ardilla”, ya que quería andar tan de prisa como su pensamiento. Los niños y adolescentes que en esta oportunidad nos brindan sus impresiones sobre este hombre corroboran estas ideas y destacan el gran corazón que tenía, lo fácil que era tomarle aprecio y respeto.

Salustino Leyva Leyva es el primero de los entrevistados, él invita a todos los que quieran saber de Martí a “arrimarse”. Cuenta que cuando llegaron a su casa tenía once años y que el maestro “traía un pantalón y una camisa media oscura”. Recuerda que vestía como Gómez, con un chaquetón verdoso y pantalones prietos. “Era un hombrecito espigadito y cabezón que hablaba muy bonito; decía lindezas. Para aceptar lo que le daban siempre decía: “Bueno, si es gusto suyo”. No hablaba con mucha decoración de palabras. Yo entendía más bien que buscaba procurarse los silencios”. Sobre su manera de comportarse destaca que no se portaba desdeñoso con nadie; más bien buscaba comprender algún saber. “Era un hombrecito que a veces le costaba echar el habla”. “A los hombres yo los conozco por los ojos y la frente, pero los conozco por los hechos primeros. Aunque a Martí yo lo supe después, cuando ya había pasado por aquí”.

Una de las escenas más encantadoras era verlo escribir, organizando ideas y emociones, espectáculo que fue disfrutado por aquellos muchachos curiosos. El hijo de José Pineda, nos dice que se acercaba haciéndose el bobo para mirarlo escribir a la intemperie.

Él dejaba correr la mano contra de un papel en el fondo del taburete, mientras se acomodaba, sentado, en cualquier palo. Mandaba noticias suyas de aquí, yo supongo. Rezongaba bajito lo que escrituraba, como si demandara comprobación de vocearla. (…) No mermaba en la tarea. Solo atinaba, algunas veces, a pararse quieto quieto, en un hilo, como esperando la inspiración de la palabra, o quién sabe si el tiento mismo de un paisaje que quería poner. (…) Lo cierto es que después soltaba el gesto configurando el dedo para arriba, campaneando, igualito que los mulos, que buscan el paso por el sonar del cencerro. (…) A Martí le pasaba: resoplaba un rumorcito dicho. Yo le oía el canturreo. Después seguía de largo sobre el papel hasta que volvía a parar y consultaba el relojito, que sacaba del bolsillo. Era así que él se regía.

En las historias que se brindan, sobresale el marcado interés que tenía el apóstol por la naturaleza, por los lugares que recorría, por la manera de vivir y de hablar de los campesinos que conoce. “No se cansaba de la naturaleza. La iba aprendiendo” nos dice Francisco Pineda, “si el aire pasaba, él me preguntaba por el aire”. Carlos Martínez González recuerda que “aunque le dieran calentura amarillas, todo el monte era lindo” para Martí. No sentía pena en preguntar, sobre todo cómo ellos decían los nombres y para auxiliarse los escribía en una libretica. Lo que a otros le podría causar risa a él le causaba saber, esa manera de ser le ayudó a hacer muchos amigos y que estas personas le cogieran aprecio y cariño.

Mariana Pérez Moreira conoce a Martí cuando éste llega exhausto a casa de su tía Caridad.

Cuando Martí llegó a mi casa venía exprimiendo una caña” (…) “Era un hombre blanco, delgado, no alto, frentuito, con los ojos saltones de grande. Yo nada más hacía mirarle a los ojos”. Esta niña advirtió en este hombre una forma especial de mirar las cosas. “Martí miraba por la ventana. Hasta hoy me lo represento así, muy sereno su rostro, con ambas miradas de sus ojos haciendo conversación con lo lejos. Era como si recordara a alguien al mirar para adelante, como si compusiera las cosas con otros paisajes traídos de dentro.

Uno de los pasajes más aleccionadores con que se pueda contar, lo brinda Alfredo Thaureaux Sebastián, el hijo del dueño del cafetal “La Lucerna”. Y es que en el fusilamiento de “cuatro o cinco majases”, el maestro apoyado por José Maceo insiste en hacerles un consejo de guerra antes de matarlos, para sus muertes que tuviesen importancia, un sentido y hasta una utilidad para la causa revolucionaria. El apóstol “hizo la defensa pero, figúrate. Él sabía que había que matarlos. Los condenan a muerte, y cuando los condenan a muerte, Martí hace uso otra vez de la palabra y le dice a la gente que allí morían cuatro cubanos para dar el ejemplo de cómo había que hacer la guerra y cómo había que vivir en Cuba: con honradez”. De este modo resultaba que morían “para dar el ejemplo”.

Fue en la casa de Rafael Pacheco que el niño Toñe conoció al Apóstol. Sobre su carácter destaca que: “era una bendición. La gente se sinceraba con él enseguida de conocerlo, porque lo mismo escuchaba al chiquito que escuchaba al grande. Se le veía contento de tratar a cualquiera que llegaba, aunque a veces se demostraba extraño. Como era de mucho pensar, tenía sus momentos, sus barruntos. Entonces se paseaba en un silencio, sin las conversaciones habituales de él. Yo lo presencié también así, como si lo azotara de pronto una frialdad y se recogiera para adentro”. Cuando esto sucedía, el padre, preocupado, intentaba distraerlo, pero lo que más lo sacaba de aquello eran los muchachos. “él tenía predilección por los niños (…) con todos tenía atención”.

Martí se hallaba en su pleno esplendor cuando cayó el 19 de Mayo. Ese combate le dio la oportunidad de ratificar su disposición de luchar, arma en mano, por la independencia de Cuba. El apóstol fue “grande en la vida y en la muerte, heroico en el aspirar y en el ejecutar”(4).

Este delicioso compendio de anécdotas y comentarios atinados le brinda a todos los interesados, la oportunidad de conocer diversos elementos de interés sobre a la vida y obra del nuestro Héroe Nacional; además de acercarnos al maravilloso mundo de estos siete niños y adolescentes, que comparten de una forma sencilla sus vivencias junto a este hombre excepcional, logrando que José Martí viva por siempre “a flor de labios”.

Notas:
(1) Gómez, Máximo. “Cómo vieron a Martí algunos de los que lo conocieron”. Revista Bohemia, 24 de enero de 2003. Año 95. No.2. p.40.

(2) Escobar González, Froilán. Martí a flor de labios. Casa Editora Abril. La Habana, 2009, p. 28.

(3) Ibídem

(4) Varona, Enrique José. “José Martí”. Revista Bohemia. 24 de enero de 2003. Año 95, No. 2. p. 8.

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