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¿Una Gloria del periodismo? ¡Desde luego que si! Por Orestes Martí

¿Una Gloria del periodismo? ¡Desde luego que si!
Por Orestes Martí

En el conjunto de personas que interactúan en el universo de la Coordinadora Internacional TESORO existe el subconjunto de destacadas personalidades que constituyen verdaderos ejemplos de trabajo, abnegación y muestran al mundo su altísimo nivel de profesionalidad; algunas de ellas llegan a ser identificadas como “Miembros de honor” en diversas redes sociales de TESORO.
Una de esas personalidades es el destacado periodista cubano Pedro Martínez Pírez, quien ha recibido diferentes reconocimientos y distinciones, a saber:
-Año 2015: la Distinción RADIOCENTRO
-Año 2016: el Reconocimiento a la Práctica Responsable de la Comunicación Social y la Categoría de “Miembro de Honor de la Red Social Integrada MARTIANOS”
-Año 2017: Por segunda ocasión la Distinción RADIOCENTRO.
De Martínez Pírez pudiéramos estar escribiendo un largo rato, incluyendo su inestimable aporte de interesantísimos materiales de audio de Radio Habana Cuba que nuestra Cadena Ariguanabo Radio retransmite por sus canales en el Servicio de Podcast en Ivoox; pero preferimos reproducir el trabajo de otra destacadísima periodista cubana -también varias veces galardonada por TESORO- Flor de Paz.

Glorias del Periodismo Cubano
Pedro Martínez Pírez: Fidel comprendía perfectamente el papel del periodista.
Tomado de Cubaperiodistas — Agosto 13, 2019 Flor de Paz
MONCADA
Para Juan Bosch, Enrique Martínez Pérez fue un hombre sin huecos; para Onelio Jorge Cardoso, el ser que dio vida al personaje de su célebre libro, El cuentero; para Raúl Ferrer, el más gracioso de la tierra. De él, y de Igna Pírez (porque Enrique le quitó las últimas tres letras a su nombre), nació Pedro Ernesto el 22 de febrero de 1937, en Santa Clara.
Ese hombre sin huecos, el padre de Pedro Ernesto Martínez Pírez, fue también amigo de Antonio Guiteras, padrino de la hija mayor del matrimonio: de Igna Sofía. Y aunque era de origen español, en el parque Leoncio Vidal nunca se sentó en la parte de los blancos, sino en la marginal para los negros. Enrique, quien vivió hasta el 15 de octubre de 1959, fue amigo de negros, de homosexuales, de comunistas, y nunca votó en las elecciones.
El abuelo de Pedro, Ernesto Pírez, era planchador y “trabajó hasta la muerte. De él aprendí el sentido del deber, de la honradez”. La abuela Pilar Capó tiraba las cartas mientras el nieto disfrutaba escucharla repetir una y otra vez a sus asiduos: vas a ser rico, vas a viajar…
Pedro tenía siete años de edad cuando tomó la primera comunión en la Iglesia del Carmen, en Santa Clara. Se arrodilló, rezó, miró a una virgen y pensó: “si es verdad que Dios existe, que esta santa me guiñe un ojo”. No lo hizo, y aunque es absolutamente respetuoso de todas las religiones, solo cree en José Martí, en Carlos Manuel de Céspedes y en Fidel Castro.
— ¿De dónde he venido yo sino de mis padres?, dice evocando al apóstol. Y añade: “Vivo orgulloso de los míos”.
También tenía siete años cuando su padre quedó cesante, y a los doce tuvo que empezar a trabajar. En sexto grado sufrió fiebre tifoidea, justo cuando había ganado el Beso de la Patria Fermín Quiñones <ferminqs@acnu.org.cu>en la Escuela Primaria Anexa a la Normal de Maestros, y no pudo disfrutar de esa beca preparatoria para el ingreso al Instituto de Segunda Enseñanza. Pero la academia de Luis García Domínguez (destacado educador de Santa Clara en la época), le permitió, como premio, hacer gratis el séptimo grado.
— Durante la adolescencia y juventud tuve diferentes trabajos en Santa Clara. Y por la noche, estudiaba en la Escuela de Comercio de la Ciudad, con amigos inolvidables como Ramón Pando Ferrer, Armando Choy, José Julio Rivas Herrera, Israel Abreu, Luis Peralta y Francisco Ramos, a quien le decíamos Saquiri. Todos trabajábamos por el día y estudiábamos por la noche, y hacíamos un boletín antibatistiano que imprimíamos en un mimeógrafo de la Escuela de Comercio. Allí hice mis pininos en el periodismo.
— La diplomacia vino después, por puro azar, cuando estudiaba Ciencias Comerciales en la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas. Estaba en el primer semestre del segundo año y al rector, el doctor Mariano Rodríguez Solveira, quien era mi profesor de Derecho Civil, lo nombraron Embajador en Ecuador, y él tenía la convicción de que yo era su mejor alumno.
Pedro Ernesto Martínez Pírez trabajaba en ese tiempo en la Sección de lo Civil de la Audiencia de Las Villas, y tanto Mariano Rodríguez Solveira como el presidente Osvaldo Dorticós iban a esa Audiencia, a la Sección donde el joven estudiante era escribiente. Entonces Mariano le dijo un día:
— Pedrito, Dorticós y Fidel me nombraron embajador. Ven conmigo a Ecuador como secretario.
Así empezó en la vida diplomática, en el Ministerio de Relaciones Exteriores, en el Departamento de América Latina. Hizo un curso preparatorio de tres o cuatro meses con muy buenos profesores, uno de ellos el doctor Raúl Roa García. En 1960 viajó a Ecuador.
— Todavía teníamos relaciones con Estados Unidos y el pasaje más barato era Habana-Miami-Quito. Hice escala en Miami; allí me miraron y me dijeron: “Usted no puede salir del aeropuerto” “¿Por qué?” “Porque puede ser un espía ruso con pasaporte diplomático cubano”. En Ecuador (1960–1962) conocí al pintor Oswaldo Guayasamín, a los escritores Jorge Enrique Adoum, Pedro Jorge Vera y Benjamín Carrión, así como al líder sindical Telmo Hildago, al dirigente indígena Amadeo Alba, al abogado de los indígenas Carlos Rodríguez y al Secretario del Partido Comunista en la provincia de Pichincha, Rafael Echeverría.

— Leí muchos libros, tuve muchos amigos, y me di cuenta de que, como diplomático en Quito, el periodismo era fundamental, porque las campañas contra Cuba eran tremendas. Grabábamos los discursos de Fidel por Radio Habana Cuba y los transmitíamos por Radio Cosmopolita de Quito. El dueño era José Antonio Buenaño, un amigo de Cuba. Así comencé a conocer realmente a Radio Habana Cuba.
Escribió con un pseudónimo para la revista Mañana, que dirigía Pedro Jorge Vera: “un hombre progresista que vino a Cuba, se entrevistó con el Che y le hizo un precioso soneto cuyo texto y audio guardo en mi oficina”.
Fue en Chile (1962–1964) donde consolidó su vocación por el oficio. “Conocí al Perro Olivares (Augusto Olivares), que murió con Allende en La Moneda; al Negro Jorquera: corresponsal de Prensa Latina en Chile; al Gato Gamboa, director del periódico Clarín; al Chico Díaz, que trabajaba con el Gordo Cabieces en la revista Punto final; al Flaco Tohá, del rotativo Última Hora y luego Ministro del Interior de Allende. Todos tenían pseudónimos, apodos, y todos hacían un gran periodismo”. Pedro elaboró algunos artículos que publicó en el periódico El Siglo, del Partido Comunista Chileno, también con un pseudónimo, porque sentía la necesidad de escribir, de defender a Cuba, no solamente como diplomático.

En 1964, al concluir su labor en Chile y regresar a Cuba, inició estudios de Ciencias Políticas en la Universidad de La Habana. Dos años después fundó la revista OCLAE: “con Germán Sánchez, quien después sería durante muchos años embajador de Cuba en Venezuela”.
— Al periodismo hay que llegar porque se necesita expresar ideas, afirma.
Por eso piensa que fue una suertedirigir la revista OCLAE, de frecuencia mensual, durante un año. “Tuvimos colaboradores como Mario Mencía, René de la Nuez y el poeta Francisco Garzón Céspedes”.
En Juventud Rebelde, adonde fue como periodista después de concluir su trabajo en la publicación de la OCLAE, estuvo “durante los mandatos de tres directores: Miguelito, Sautié y Guerrita”.
— En aquella época era un diario vespertino y yo escribía todos los días un comentario en la sección internacional. Más tarde, a solicitud de Armando Hart Dávalos, me trasladé para la Agencia Prensa Latina (PL), donde estuve cinco años, con Pepín Ortiz y Manuel Yepe Menéndez. Creo que el último flash que se hizo en PL lo hice yo el 3 de mayo de 1972, cuando Fidel Castro puso por primera vez un pie en África.
Por Conakry inició aquella gira que terminó en Moscú, dos meses y cinco días después, narra. “Hice la cobertura del recorrido para PL, con el fotógrafo Rogelio Moré y un teletipista. Esa vez se juntaron en Conakry, la capital de Guinea, Fidel, El Caballo, y Sékou Touré, El Elefante”.

Ejercer el periodismo ha sido para Pedro Ernesto Martínez Pírez una necesidad. Lo ha hecho en todos los medios tradicionales: prensa escrita, radio, televisión. La llegada de las nuevas tecnologías le ha venido como anillo al dedo. El correo electrónico es para él una de las herramientas de comunicación que no desatiende y, en su oficina de Radio Habana Cuba anidan pirámides de casetes y DVDs que archivan grabaciones infinitas. Allí conserva, además, recuerdos de su andar en la profesión: fotos, trofeos, pequeñas esculturas, pinturas, libros. Todo colocado encima de mesas, bancos y guardapapeles, o en las paredes.
A la televisión llegó cuando, como profesor de Historia de Cuba en la carrera de Ciencias Políticas, le tocó conducir, durante un año y medio, en un estudio del edificio Focsa, un programa que se llamó Raíces de nuestra historia, inaugurado por Faustino Pérez para dar seguimiento al discurso pronunciado por Fidel el 10 de octubre de 1968. Después llevó a muchos de sus compañeros de Prensa Latina al Noticiero estelar para tratar de llenar el vacío que dejó Luis Gómez Wangüemert en la televisión cubana.
— Luis Gómez Wangüemert es el mejor comentarista de televisión que yo he conocido en mi vida. Le hice una entrevista que se publicó en el periódico Trabajadores y le pregunté qué pasaba cuando no coincidía con los enfoques de Fidel. Me dijo: “Fidel siempre tuvo la razón”. Él llevaba notas a la televisión, no leía, no existía el teleprompter en esa época, y eso le daba mucha credibilidad.
Para ejercer el periodismo — insiste Pírez — es preciso estudiar, tener conocimientos profundos sobre historia. Saber de béisbol, de ballet, de zafra; saber que el tabaco es un destacado aporte de Cuba a la cultura universal, según don Fernando Ortiz; saber quién fue Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Benny Moré, César Portillo de la Luz o el Trío Matamoros; quién ha sido Alicia Alonso, Leo Brower…

— Cuando estuve en Caracas frente al monumento a Simón Bolívar (en la época en que no había relaciones diplomáticas entre Cuba y Venezuela), alguien me dijo: “Aquí en el parque hay un hombre cuyo hermano murió en Cuba” “¿Sí? ¿Quién es?” “Aquel señor que está allí”. Me acerqué a él. Era Manuel, el hermano mayor de Carlos Aponte. Pude hacer esa entrevista porque conocía la historia de Carlos Aponte y Antonio Guiteras, asesinados en El Morrillo, muy cerca de la desembocadura del río Canímar, el 8 de mayo de 1935.

Su experiencia como diplomático en Ecuador y Chile significó el acceso a un universo de conocimientos y vínculos que, además de extenderse durante décadas, nutrieron al periodista profesional que comenzó a ser después.
— “¿Imaginas lo que significa llegar a Ecuador con veintitrés años de edad, ser el encargado de negocios en la embajada cubana, y que mi amigo Oswaldo Guayasamín fuera y me dijera, en los días de Playa Girón, que quería viajar a la Isla a pintar a Fidel?
— Giraldo Mazola, entonces director del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, habló con Celia Sánchez Manduley, y ella logró que Fidel posara para Guayasamín la noche del sábado 6 de mayo de 1961, en dicha institución. “Después, se hicieron entrañables amigos y Fidel posó otras tres veces para Guayasamín.

La hermandad entre Pírez y Guayasamín, a quien conoció en 1960, ha trascendido el período de vida del pintor. Transcurridos 20 años de su muerte, el periodista sigue al tanto de cuanta actividad se genera en torno al artista y la promueve por todos los medios posibles. Al recordarlo como una valiosa fuente de la izquierda latinoamericana, dice:
— Lo llamé muchas veces como periodista: cuando la invasión yanqui a Granada, cuando la invasión yanqui a Panamá, cuando el golpe fascista contra Salvador Allende. A él, a Niemeyer, a Juan Bosch, a Pablo Neruda, y a todas esas personalidades con las que a lo largo de la vida me fui relacionando”.
Pero son entrañables para él las numerosas entrevistas que le hizo a Guayasamín: en Quito, Managua, Barcelona y La Habana, para Prensa Latina, Radio Habana Cuba y la Televisión Cubana. Y especialmente la última, el 6 de enero de 1999, dos meses antes del fallecimiento del pintor, en la sede del ICAP, donde pintó por primera vez al Comandante Fidel Castro, la noche del 6 de mayo de 1961.


— A Benedetti, lo conoció en Prensa Latina…
— Mario Benedetti me enseñó a jugar a la generala (con barajas) en el Hotel Nacional. Yo trabajaba en Prensa Latina. Allí había varios uruguayos eminentes, excelentes periodistas, y nos veíamos casi siempre con Mario Benedetti. Estuvo también el hijo de Quijano y de otros periodistas, entre ellos Luis Martirena, entonces director de la revista Cuba, quien después fue asesinado junto a su esposa en Montevideo. Con Benedetti tuve una relación tremenda.

— ¿Cuántas veces entrevistó a Fidel?
— Fidel me entrevistó a mí también. Porque Fidel siempre preguntaba ¿qué te parece? La primera vez que lo entrevisté fue en un momento en que iba a ejercer su derecho al voto en un Colegio de la barriada de El Vedado; luego en Nueva York, el 12 de octubre de 1979, tras su histórico discurso en el Plenario de la Asamblea General de la ONU, cuando habló como Presidente de Cuba y del Movimiento de Países No Alineados; en Sevilla, el 26 de julio de 1992; en Nueva Delhi, durante la VII Cumbre de los No Alineados; y en la televisión.

En Nueva York, durante la recepción ofrecida por el Comandante en la sede de la Misión de Cuba en la ONU, situada en Lexigton y 38, Danylo Sirio le dijo:
— Pedro, ayúdame, necesito declaraciones de Fidel.
— Bueno Danylo, dame las cámaras y un traductor.
— ¿Un traductor? ¿Para qué?
— Voy a entrevistar primero a Maurice Bishop, Primer Ministro de Granada, quien rompió el protocolo para abrazar a Fidel ese día en la ONU, y después a Kurt Waldheim, el Secretario General, presente también en la recepción.
Cuando terminó de entrevistar a Bishop y a Waldheim (gracias a una traductora del equipo de Consejo de Estado), ya Fidel estaba atento, pues veía las luces y las cámaras. “Entonces me dirigí hacia donde él estaba”.
— Comandante, los periodistas que hemos venido a Nueva York a cubrir su visita sacábamos la cuenta del tiempo que hacía que usted no venía a la ONU.
Y él, que siempre respondía con una pregunta, me dijo:
— ¿Qué tiempo hace?
— Diecinueve años y diecisiete días
— Ahora estoy más joven, respondió como muestra de aceptación a la entrevista para la televisión cubana.
“Guardo con celo la grabación de ese diálogo”, rememora Pírez.

En Sevilla lo entrevistó el 26 de julio de 1992. “Yo había llegado a España dos meses antes y estuve con el vicepresidente José Ramón Fernández en los preparativos de la visita del Comandante a Galicia. Fidel había asistido en España a cuatro eventos: la II Cumbre Iberoamericana, en Madrid; las Olimpiadas en Barcelona; la Feria Universal en Sevilla”. Fue el año, asegura, en que conoció la choza de su padre en Láncara, en la provincia Lugo, en Galicia.
— Cuando vino el Papa Juan Pablo Segundo tuve el honor de narrar para la Televisión y para Radio Habana Cuba las cuatro misas que celebró: en Santa Clara, Camagüey, Santiago de Cuba y La Habana. Al final Julito García Luis (quien vino con el Papa en el avión desde el Vaticano) y yo hicimos las conclusiones de esa visita con Fidel. Nos invitó una noche a cenar con él para ponerse de acuerdo con nosotros sobre su comparecencia en la televisión. A Julio García Luis, excelente periodista y amigo, le dije: “Julito, tenemos que cuidarnos de Fidel porque no nos va a dejar hablar” Y Julito, que era muy disciplinado y decente y estaba trabajando directamente con Fidel, me decía: “¿Tú crees, Pedro, ¿tú crees?”

— En el periódico Granma se publicó la transcripción de esa entrevista. Le hice cincuenta y una preguntas a Fidel. Llegó un momento en que el Comandante dijo: “¿Y quién es el moderador aquí?”. Fidel era un hombre inteligente, simpático, que comprendía perfectamente la importancia de los medios y el papel del periodista.

Pedro Ernesto Martínez Pírez ha trabajado en Radio Habana Cuba desde el 16 de agosto de 1973, hace 46 años, aunque desde que estaba en PL colaboraba sistemáticamente con la emisora. Y, se ha quedado en la radio, un medio que ama, “por su intimidad comunicativa, por su inmediatez”.
— La gente en Cuba me conoce por la televisión, donde comencé mis colaboraciones en 1968, como conductor del programa Raíces de nuestra historia. Luego realicé 42 programas de una hora titulados Angulo Ancho, por los cuales recibí el Premio Anual de Televisión en 1989. Mis participaciones diarias en Hoy Mismo, a partir de 1991, con Héctor Rodríguez y Orlando Contreras, llenaron un vacío informativo en tiempos difíciles de período especial. Fueron siete años seguidos en ese medio.

— Pero nunca dejé de trabajar en la radio, porque, además, me gusta mucho la música, los sonidos, ese mundo en el cual te comunicas con la gente, dentro y fuera de Cuba. José Martí decía con razón que “la música es la forma más bella de lo bello”.
Al hablar de la radio y de su magia, recapitula su experiencia en Venezuela, al frente del equipo de la prensa cubana durante un mes, sin electricidad, cuando la tragedia del Estado Vargas. Fue enriquecedora y difícil. El agua nos la llevaba desde Caracas, a unos cuarenta kilómetros de Katia la Mar (donde estaba), el amigo venezolano Pedro Luis Segovia.

— Yo reportaba desde un celular para Radio Habana Cuba y tenía el estímulo de los mensajes que me llegaban de una colega argentina que laboró hasta su fallecimiento en la emisora, Amalia Sanmartino. Ella me decía que le encantaban mis informes, aquellos que realizaba en medio del canto de los pájaros sobrevivientes a la tragedia. “Qué lindo suena ese reporte en vivo que tú haces desde Katia la Mar”, me decía la inolvidable Amalia.

En los relatos sobre su vida periodística, Pírez deja entrever, por la sensibilidad cultivada con que narra los hechos, al poeta que fue su padre, Enrique Martínez Pérez, el hombre sin huecos. Pedro habla con la expresión y la cadencia de quien recita, y hasta mueve los brazos cual si lo hiciera.
— En una ocasión entrevisté a un niño guatemalteco. Los militares de la dictadura de ese país habían asesinado a su padre y colocaron el cuerpo sin vida en la puerta de la casa. El niño quería ser arqueólogo, como su padre. Recuerdo cuando edité la entrevista en la emisora y el locutor, Manolo Ortega, que leía diariamente el editorial, no quería creer que el entrevistado fuera un niño de diez años, por la coherencia y el sentimiento de su testimonio.
— “Ese no es un niño, Pedro, es un adulto”, me dijo Manolo, quien laboró durante muchos años de forma voluntaria en Radio Habana Cuba.
Pedro Ernesto Martínez Pírez enlaza una anécdota con la otra. Infinidad de ellas le vienen a la mente, al mismo tiempo que suena el teléfono o alguien toca a la puerta de su oficina. Él es el subdirector de la emisora.
— A Luis Eduardo Pinto Fuentes lo había entrevistado en 1976, cuando junto a Eddy Martín y Héctor Rodríguez cubrí el Mundial de Béisbol Amateur en Cartagena de Indias. Tenía una voz de trueno y una dicción perfecta. Narraba con gran dramatismo los últimos minutos de vida de El Libertador. Guardé esa voz y esa narración y la utilicé en varias ocasiones en Radio Habana Cuba.
— Treinta y siete años después, vino a visitarme Luis Eduardo, el Museólogo de la Quinta de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, Colombia, donde murió Bolívar el 17 de diciembre de 1830. No podía imaginarme que un día este hombre vendría a la emisora. Lo hizo acompañado por su hijo. Estaba en Cuba atendiéndose de un cáncer en la garganta, gracias al deseo de Hugo Chávez. Esa historia me conmovió e hice un programa en el cual Luis Eduardo Pinto Fuentes se oía con su voz de trueno y también con la voz afectada por la enfermedad.
No olvido — añade Pírez — haber entrevistado en 1982, en Barquisimeto, Venezuela, al adolescente Goyito Yépez, quien acababa de grabar con Alí Primera La Canción Bolivariana en que un niño dialoga con El Libertador Simón Bolívar. “Yo había ido a cubrir el Campeonato Mundial Juvenil de Béisbol, con el inolvidable Bobby Salamanca, quien siempre me decía ʻel cancillerʼ. Tampoco olvido a Roberto Sánchez, el nicaragüense, que trasladó los restos de Carlos Fonseca Amador desde Zínica, Waslala, donde cayó el 8 de noviembre de 1976, hasta Managua, donde reposan hoy”.
— A Onelio Jorge Cardoso lo entrevisté en la sede de la UNEAC. Me dijo que mi padre, de quien fue un gran amigo, era “el Chaplin cubano”. A Raúl Ferrer lo entrevisté en 1985, cinco años después que a Onelio, y me aseguró que mi padre era “el hombre más gracioso de la tierra”.
— Siempre tendré presente al ex presidente dominicano Juan Bosch, a quien entrevisté en La Habana, en presencia de Doña Carmen Quidiello, su compañera, cubana, que aún vive en Santo Domingo. El gran escritor antillano me dijo que mi padre era “un hombre sin huecos, por su entereza moral y su sensibilidad poética.
— Y a Doña Carmen le debo haber podido entrevistar en el Aeropuerto Internacional José Martí, de La Habana, al piloto que se llevó al dictador Fulgencio Batista de Cuba la madrugada del primero de Enero de 1959: a Antonio Soto Rodríguez, en 1979, cuando se iba del país.
El ex teniente coronel batistiano — narra Pírez — cumplió prisión en la antigua Isla de Pinos y salió legal de Cuba en marzo de 1979. Había sido capturado y herido en Trinidad el 13 de agosto de 1959, cuando vino enviado por el dictador Trujillo en un avión con armas y mercenarios. “Antonio Soto Rodríguez me confesó que le debía la vida a la magnanimidad de la Revolución Cubana, pues fue inicialmente condenado a pena de muerte y luego conmutada esa sanción por la de treinta años de prisión. Gracias a los acuerdos de Cuba con la Comunidad cubana en el exterior pudo viajar a reunirse con sus hijos en 1979.

— En marzo de 1983, durante la VII Cumbre de los Países No Alineados celebrada en Nueva Delhi, India, narré en vivo, durante casi una hora, la ceremonia en la cual Fidel Castro entregó a Indira Gandhi la presidencia de los NOAL. El ingeniero Bernardo Zayas, de la televisión cubana, alertó al Presidente del ICRT, Nivaldo Herrera, que las transmisiones estaban saliendo en idioma inglés, y me pidieron que lo hiciera en español, pues al periodista de la televisión no lo habían dejado entrar al Palacio.
Explica que pudo hacerlo porque se había preparado muy bien para esa conferencia en la India. En tránsito previo por Moscú, con una temperatura de varios grados bajo cero, prefirió no salir del hotel y escribir las primeras siete crónicas para Radio Habana Cuba, que Bernardo Zayas transmitió desde Nueva Delhi antes de que se iniciara la Cumbre.
Por eso — insiste — el periodista debe estudiar y prepararse para cualquier eventualidad. Hay que leer, ver televisión, oír radio, y no confiarse en una sola fuente, menos ahora en que Internet y las redes sociales están colmadas de informaciones inexactas. “Debemos ser sujetos y no objetos de las nuevas tecnologías”.
— Radio Habana Cuba nació como onda corta, pero ya transmitimos por FM y por Internet: tenemos una página web donde está todo el periodismo que hacemos, están las imágenes, está el audio, está el video. Antes los periodistas se especializaban en prensa escrita, radio, televisión; pero el periodismo es uno solo. Estar en la radio requiere de buena dicción, de saber hablar y tener educación; en televisión, además hay que tener telegenia. Ahora hay jóvenes magníficos y muy inteligentes en la televisión cubana, y es lo que está necesitando el país.

Pedro Ernesto Martínez Pírez tiene 82 años, tiene cuatro hijos de dos matrimonios, y ocho nietos. Ha dedicado casi toda su existencia al periodismo, pero todavía los días no le alcanzan. En su oficina, saltan de los altavoces de su computadora los últimos programas que ha hecho, o los preferidos, según el tema de la conversación que sostenga con el visitante.
Otro de sus empeños reluce en el salón de entrada a Radio Habana Cuba, donde dos gigantografías iluminan el lugar; una, de la primera pintura que Guayasamín le hizo a Fidel, cuyo original se ha perdido; otra, con la imagen de Chávez. También está Martí, en una escultura de acero y está el Che, en un bajo relieve, entre otras piezas d la colección. Muestra el lugar con la ilusión de un púber, de quien cimenta una colección valiosa para una institución meritoria. Entonces le pregunto:
— ¿Cuál ha sido el día más feliz de su vida?
— El 14 de marzo de 2017, cuando me hicieron Hijo Ilustre de mi ciudad, Santa Clara, al pie del monumento al Che, de José Delarra.

 
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