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Un siglo de La Señora de los Cuentos. Por Mario Cremata Ferrán

«Una vocación irremediable: Andar siempre con una alforja de sueños».
Juan Sánchez

Por Mario Cremata Ferrán/Opus Habana.- «Ya soy centenaria…», dice en tono enérgico y con no disimulada satisfacción, al tiempo que deja brotar una carcajada rítmica, tras cubrirse el rostro apenas un instante. Convida a pasar. Recién llegamos a su pequeño y confortable apartamento en la calle Habana número 620: una de las Residencias Protegidas para la Tercera Edad en el Centro Histórico, donde convive hace cuatro años junto a una veintena de adultos mayores y donde ella es, sin discusión, la decana, no solo por mandato cronológico sino por jerarquía intelectual y humana.
«…Puesto que nací en Sagua La Grande el 29 de abril de 1915», apostilla Haydée Arteaga Rojas, una anciana venerable y venerada a quien todos prefieren llamar La Señora de los Cuentos. «Yo sospecho que empecé a contar cuentos en la barriga de mamá, aunque recuerdo mi “debut” en público cuando, sin haber cumplido los cinco años, narré en el parque, inspirada en mi abuela, que fue quien me transmitió las primeras historias. Desde chiquitica me sentaba a la orilla del río y me hacía cuentos fabulosos, tremendamente imaginativos».
Eso fue casi antes de venir para La Habana, donde estudió dramaturgia y música, graduándose de profesora de Teoría y Solfeo. Sin embargo, 1935 marcó su comunión irrenunciable con el arte de narrar, que es el sentido de su existencia y lo que la ha consagrado como maestra emérita de la oralidad en Cuba.
«La negrita loca» le apodaron —recuerda todavía—, cuando prácticamente arrebataba niños y niñas de los solares habaneros para descubrirles otro mundo: el de la apreciación artística, en contraposición a los ambientes viciados donde se criaban en las casas de vecindad. Como una suerte de continuación, surgió el proyecto Charlas Culturales Infantiles, donde, en distintas etapas, figuras hoy legendarias como Ela Clavo, Aseneth Rodríguez o Digna Guerra tuvieron los contactos primarios con el arte. «Todas ellas y muchas otras son también mis hijitas», se ufana quien dice sentirse cómoda solamente para narrar lo que siente: «Ah sí, tengo que sentirlo… Si no lo siento, si no lo vivo, entonces no sirve».
Muchas anécdotas relató Haydée durante la visita de Opus Habana, aunque del repertorio más reciente difícilmente alguna supere a la propia celebración por su cumpleaños, la tarde del 29 de abril en la Casa de la Obra Pía, «mi casa sede», tal como ella se apresura en legitimar en referencia a la tertulia Haydée y los niños, que mantuvo por más de 30 años en esa institución y que hoy continúa los terceros sábados de cada mes en el patio de su propia residencia.
Aquel miércoles, justo a la hora del convite, rompió a llover en La Habana. Y no solo llovía a cántaros, sino que acompañaron al aguacero rayos, truenos, vientos y hasta granizo. Fue tan súbito como violento: en apenas dos horas los endebles sistemas de drenaje colapsaron, y las zonas bajas de la ciudad comenzaron a inundarse. Solo ahora, cuando hace algunas jornadas que escampó y la capital trata de superar los estragos, Haydée y su única hija biológica, la también promotora cultural Xiomara Calderón, se permiten bromear sobre aquella especie de boicot climatológico que no pudo frustrar la fiesta.
Uno puede percibir a la amplia concurrencia subiendo a tropel hacia el salón principal de la planta alta, donde artistas de varias generaciones que han bebido de su magisterio ofrendaron su arte. Uno puede asistir a la llegada de un empapado Edesio Alejandro, quien apenas solicita una sombrilla para proteger su guitarra, «la única que no puede mojarse». Pero cuesta imaginar la salida triunfal de la homenajeada, anocheciendo el día de sus 100 años, ¡en bicitaxi! y con cake incluido, pues a la hora de la partida no apareció un auto ni un chofer que decidieran aventurarse por estos predios anegados. Y sorprende aún más el espíritu casi gozoso con que lo cuentan, madre e hija, convencidas de que no se trató de algo heroico ni mucho menos.
Al despedirnos, las palabras de esperanza recaen en su hija, pero también en sus nietos Héctor Julio y Alejandro, sus bisnietas Doraima y Dailén, y especialmente en María Karla, la tataranieta, quien pronto cumplirá tres años.
«Como eres todavía muy joven, me permito darte un consejo, a modo de “hasta pronto”—susurra: No trates de querer cuatro cosas a la vez. Mejor es tener un solo objetivo y proponértelo hasta el final. Hay quien quiere abarcarlo todo, y eso es peligroso… Creo que ese es el secreto de por qué yo estoy encantada de la vida. He vivido feliz. La vida me ha dado hasta ahora lo que tengo y necesito. ¿Qué va a pasar la semana que viene? No me interesa. ¿No crees que he vivido bastante? Es verdad que quisiera seguir, pero solo mientras tenga la mente clara. Cuando el cerebro no funcione, ya no seré Haydée Arteaga. Por eso mi mayor angustia son mis olvidos».

Precursora de la narración oral en Cuba, Haydée Arteaga (Sagua La Grande, 1915) es Miembro Emérita de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

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