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Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

Por Salvador Capote/Diario 90.- En el artículo titulado “Emigración cubana y transculturación”, publicado en el primer número de la revista “La Nueva Réplica”, afirmé que los inmigrantes cubanos en Estados Unidos están sujetos a un proceso de transculturación, o sea, de adopción de rasgos de otra cultura, y que el fenómeno abarca todos los aspectos de la vida social y mina por diferentes flancos la identidad del cubano.

Si examinamos este proceso desde un punto de vista ético, podríamos partir del hecho de que los emigrados cubanos se mueven dentro de una escala de valores o, como dirían los sociólogos, dentro de una matriz axiológica, muy diferente de la que existe en Cuba. El “ethos social”, es decir, el carácter, el espíritu y actitudes que dinstinguen a nuestro pueblo y a nuestra cultura, en la orilla miamense del Estrecho de la Florida se diferencia con el tiempo del que existe en la orilla habanera. La cultura creada por el sistema económico capitalista y, en particular, el sistema ético que forma parte sustancial de esta cultura, impregna todos los aspectos de la vida del emigrado.

El emigrante cubano pasa a formar parte de una sociedad en la cual el éxito vital se confunde con el éxito económico y éste, a su vez, con la posesión de bienes materiales; una sociedad donde la propiedad privada es el valor nuclear del sistema, donde prevalecen el individualismo y una competitividad exagerada y deformada, que busca en las empresas el máximo beneficio, hasta llegar al “todo vale, vale todo”, incompatibles con el comunitarismo, la cooperación, la solidaridad y el internacionalismo de la sociedad que, en busca de la reunión familiar o por iluso, abandonó.

El emigrante cubano arriba a una sociedad fracturada, donde no hay conciencia de proyecto ni destino común, dividida por los muros de los condominios y la segregación, con barrios predominantemente negros, hispanos, judíos, anglos…, o separados por nacionalidades (“Pequeña Habana”, “Pequeño Haití”, etc.) y donde se observan a simple vista las enormes desigualdades sociales. Tal vez su primer “shock”, o su primera frustración, será el vacío de sentirse aislado, solo, en un barrio donde no conoce a nadie y nadie quiere conocerle, y donde a nadie le preocupa ni le interesa lo que le pasa al vecino.

En esta comunidad atomizada –raíz principal de las patologías sociales- el emigrante buscará la felicidad en una creciente utilización de productos tecnológicos, manejará un vehículo cuyo costo es superior al que corresponde a sus ingresos y, sin percatarse de ello, será cada vez más vulnerable a la manipulación del “marketing”. En su esfuerzo por cumplir con las metas de un consumo ilimitado –combustible indispensable de la maquinaria productiva capitalista- sacrificará valores intangibles como los asociados al tiempo y la atención que necesita su familia o el participar en actividades imprescindibles para su salud o su desarrollo espiritual.

El emigrante vivirá una ilusión de libertad. Reducida a una mínima expresión su dimensión comunitaria, dejará en manos de políticos profesionales y corruptos las decisiones que atañen a los asuntos públicos; admitirá complaciente que las fuerzas del mercado, con sutiles condicionamientos, sean las que elijan lo que come, lo que bebe, lo que viste, los productos tecnológicos que deberá adquirir; aceptará la cosmovisión que los medios masivos de comunicación imponen, la que convierte a escala planetaria a los victimarios en víctimas y a las víctimas en victimarios; y muchos, con ojos humedecidos por la emoción, verán partir a sus hijos a guerras de rapiña interminables.

Poco a poco, el emigrante cubano podría asimilar otras opciones éticas del sistema: deshumanización de la persona, pérdida de las tradiciones, tolerancia hacia diversas formas de exclusión y marginación social, práctica profesional carente de consideración de valores, o el inculpar al pobre por su pobreza, entre otras muchas. El sector de la población sujeto a la influencia de la ultraderecha cubano-americana vivirá, además, prisionero del pasado, detenido en el espacio y en el tiempo y sin capacidad para buscar y encontrar los valores éticos vinculantes con la isla que permitan tender puentes y avanzar hacia el futuro.

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