Martianos

Seguidores del pensamiento de José Martí

Por: Omar Ríos G.

El bufón de palacio lloraba esa madrugada en que lo hicieron desnudar ya finalizada la cena, encima de la mesa, entre platos y abundantes garrafas de vino que disfrutaban los invitados en escanciarlas sobre el raquítico cuerpo de quien se desvivía por hacer reír.

El rey fue el primero en verterle su jarra desde el cabello, mientras el bufón, cubriendo sus partes, hacía una mueca que semejaba risa u otra acción fingida, pero en su mente la vergüenza de exponerse era lo más sórdido que le había ocurrido en la vida. Más que miedo, lo embargaba una sensación de impotencia y desprecio a los que se burlaban del que siempre les sirvió bien.

En sus cuarenta años de estadía en palacio, nunca experimentó el sentimiento que le provocaba el actual  trance.

Sólo una vez  el rey, en medio de una orgía, le ordenó desvestirse para ser poseído por una dama de la corte que osó negarse a practicarle el sexo oral a un guardia abisinio, cuyo falo era proverbial entre la servidumbre femenina palaciega, y el modisto principal de la Corte.

Llegada la mañana, el bufón se apresuró a mejorar su aspecto para divertir al rey durante la purga que usualmente realizaba para aliviar la resaca.

Nada pareció anormal mientras se le preparaba la gran tina para el baño, que aguardaba por el monarca hasta que culminara  de consumir un té cobrizo luego que dos doncellas le desnudaran.

Avanzó el jerarca hacia la tina, apoyado por su chambelán que cuidadoso le asía la mano hasta dejarlo acostado en ella.

El bufón observaba detrás del cortinaje, y tuvo que hacer un esfuerzo por contener la risa. Entonces avanzó dispuesto con un recipiente plateado hasta llegar al lugar donde su dueño yacía con los ojos cerrados, disfrutando del agua gélida que lo haría rejuvenecer después de una noche de alcohol, sexo y otros excesos.

Introdujo el recipiente en el agua, y cuando lo supo lleno lo fue vertiendo en la cabeza del noble, quien entreabriendo los ojos, sonrió y le dejó hacer.

El bufón esbozó una sonrisa… El agua acumulada en el recipiente en el que había orinado unos minutos antes, mojaba ya el cabello de su majestad.

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