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Poco se ha escrito de la familia de José Martí, o al menos, no lo suficiente para poder compenetrarnos más con la vida azarosa del Apóstol, quien no solamente fue incomprendido por sus padres, si no que, y quizás eso le resultó tan doloroso como lo primero, tampoco pudo compartir caricias y abrazos con su seres más queridos; incluidos sus sobrinos, a la mayoría de los cuales no conoció personalmente.

El suceso al que hago referencia aparece en un libro de los cubanos Adys Cupull y Froilán González titulado Creciente agonía, que recoge las angustias familiares de Martí y trata, junto a tantos temas, del nacimiento de los dos primeros sobrinos del Apóstol, ocurridos en los meses de enero y febrero, de 1871 y 1872, respectivamente.

El 23 de enero de 1871 –apenas 8 días después que su familia lo despidiera desterrado  hacia España en el vapor Guipúzcoa, - nació en La Habana el primero de sus sobrinos y primogénito nieto de Mariano y Leonor. Fue una niña, María Andrea de la Caridad Idelfonsa, hija de su hermana Leonor, de 17 años de edad.

Según consta en el libro 34, folio 484, partida número 817, de la parroquia Nuestra Señora de la Caridad, sus padrinos fueron Manuel Blanco y Caridad García. José Martí tenía entonces 18 años y sus padres, 56 y 43, respectivamente, quienes resultaron ser unos abuelos amorosos.

El 22 de febrero de 1872, un año después, volvía Martí a ser tío por segunda ocasión. El niño se llamó Jesús Manuel Alfredo Pedro Margarito, hijo de Manuel García y Leonor Martí, quien por segunda ocasión volvía a ser madre.

Fue también bautizado en la parroquia de la Caridad, según consta en el libro 35, folio 158, partida número 307. Los padrinos fueron sus abuelos Mariano Martí y Leonor Pérez.

En ese entonces, José Martí tenía 19 años y vivía en el número 40 de la calle Lope de Vega, en la ciudad de Madrid, en condiciones muy difíciles y bajo enormes penurias económicas.

Su amigo Fermín Valdés Domínguez, relató sobre esa etapa de la vida del Apóstol: “¡Oh! Pena grande fue la mía al encontrarlo en España enfermo y pobre, viviendo en una buhardilla y comiendo gracias a unas clases que daba en casa de Don Leandro Álvarez Torrijos y de la Señora viuda del general Revenet… Nuestra primera entrevista fue tristísima. Él me veía enfermo y yo lo creía incurable…

“Pero había llegado yo, y ya él no se moriría, y él a su vez, pensaba que con sus cuidados yo me curaría…

“… Ya en habitaciones amplias y hasta elegantes, con buena mesa y buen sastre,  médico acreditado, había elementos para hacerle la guerra a la muerte …y vencerla!...”

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Etiquetas: Domínguez, Fermín, José, Leonor, Mariano, Martí, Pérez, Valdés, y

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