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SORE JOSE MARTI EN EL 161 ANIVERSARIO DE SU NATALICIO,

Sobre José Martí en el 161 aniversario de su natalicio.

Por Rodolfo de la Fuente

En el aniversario 161 del natalicio  de José Martí, escribir algo sobre el Apóstol de la Independencia de Cuba  corre el riesgo de llegar a un lugar común. Sobre este señera figura de la historia cubana han llovido exégesis, testimonios, alabanzas, deificaciones, usos maniqueos de su pensamiento, ataques y hasta burlas. Pero Martí siempre escapa hacia arriba, como un humo blanco y limpio, inasible, como una cifra a la que se quiere tender, pero nunca se alcanza.

No se me olvida que hace unos meses, en Madrid, fui a visitar la calle y casa donde se alojó el muy joven Martí al llegar desterrado a España. Tenía Martí entonces la edad de mi hijo y no pude evitar que se me humedecieran los ojos. Pedí a unos transeúntes, por favor, que me tomaran una foto y me puse unos espejuelos oscuros, aunque estaba nublado, para que no vieran mis ojos húmedos, mientras les comentaba que en esta casa había vivido más de cien años atrás, un hombre joven,  un hombre muy importante para todos los cubanos, el mejor de todos los cubanos, un poeta muy fino que murió por la independencia de la Isla.

Martí no es un Dios. Pero es precisamente por no serlo, y ante la profundidad agónica de su vida humana, asumida con modestia y sacrificio supremo, que se puede descubrir su estatura sobrehumana. ¿Cómo alcanza una vida de 42 años para alcanzar tanto?


En un trabajo que escribí hace ya unos 20 años, titulado¨ La Idea de Dios en José Martí¨ (incluido en un libro aun inédito acerca de los vínculos de la cultura cubana con la religi
osidad) me di cuenta de algo: no hay humor en Martí. Ojo: no es lo mismo sarcasmo o ironía que humor, chiste, al que sí eran dados, por ejemplo, Maceo y Gómez.

Desde los primeros escritos conocidos de Martí, (aquel ¨Mírame, madre y por tu amor no llores¨...) hasta su última carta, la vida de Martí transpira una agonía impuesta, una convicción con la que fue consecuente hasta el 19 de Mayo de 1895, día de su muerte en combate, y aun después. Porque Martí nos sigue dando cla
ves, aristas que son como puertas de pensamiento que se abren. Claro, verán esas puertas los que se sumerjan, quienes dediquen tiempo y neuronas, y no se queden en la epidermis de la visión simplista, quizás hastiada de tanto uso y abuso, usufructuaria de la desacralización de todo que trae la posmodernidad.

Yo tampoco, con los años, soy muy dado a sacralizar nada. Me ha dado mucho trabajo (y me sigue dando) hacerme de visiones  concretas y despojadas de odios, rencores, prejuicios y ego inflado. Y sobre todo, a no darle al que no me dio.

Aunque no mucho, a veces veo comentarios en los que se minimiza la vigencia de Martí, ubicándolo (usando como herramienta ese pedestre materialismo más histérico que histórico) en su contexto y posibles limitaciones epocales.

De Homero hasta hoy el asunto ha sido el mismo: la decencia, el valor, la capacidad de entregarse de manera consecuente, trabajar por el mejoramiento humano, y dar la vida en ese empeño. Y ese eje ético, y su praxis, siempre estará vigente.

Por supuesto que no voy a negar los condicionamientos epocales, las escenografías nuevas y las nuevas visiones que aportan las ciencias, las modas y demás ingredientes del progreso, siempre en espiral. Mi punto es el eje ético y la capacidad de entregarse por entero a ese fin, que tiene la vigencia que le brinda la vigen
te dualidad eterna entre lo bueno y lo malo.

La historia, la naturaleza, el pensamiento, están llenos de esos pares dialécticos que en su lucha, impulsan el mundo. Pero el eje, el centro, el punto de reposo dinámico de todo está en esa ética, en ese ejemplo de vida.

Dicen que para que el mundo sea mundo tiene que haber de todo. Me parece bien que sea así, y abogo por esa pluralidad. No se le puede exigir a nadie una suprema entrega, una pasión sostenida, una capacidad de sacrificio personal, material y espiritual, minuto a minuto, de toda una vida, porque sería sobrehumano e injusto.

Pero me parece injusto, limitado y empobrecedor, además de tontería estéril,  tratar de quitarle vigencia a Martí, tratar de quitarle brillo para tratar de quitarle brillo a otros. ¿Y qué decir de algunas burlas que veces embarran algún medio, digital o en papel?

Ya el mismo Martí lo había previsto, cuando le decía Gómez que solo podía prometerle la probable ingratitud de los hombres. Martí conocía el alma humana, y el alma humana, metro más o metro menos, época más o época menos, siempre ha sido la misma.
¿Qué fue un hombre atormentado por una idea, con la fijeza de un fin al que subordinó todo, incluso su propia vida? Cierto. ¿Que no tuvo sentido del humor y le dio a todo una gravedad como de última ocasión? También es cierto.

Martí se propuso desde niño imitar a Cristo. Un hombre obsesionado por un fin hermoso. Que para muchos los medios de llegar a ese fin sean diversos, para él, dueño de su vida única e irrepetible, fue el más eficaz, el que quiso tomar. Es evidente desde sus primeros pasos, a todo lo largo de su fértil vida, y en su muerte, que fue un acto de dar ¨mi sangre por la sangre de otros¨. Solo que en lugar del reino de los cielos, Martí dedicó su vida (que pudo haber sido de lujos y lisonjas, de éxitos literarios infinitos, de buenas mesas y buenos trajes) a la independencia de Cuba. Ese fue ¨su lema, su religión¨.

Por eso me molestan, y mucho,  esos comentarios supuestamente críticos, en esfuerzo por parecer muy intelectuales, o esos chistes de una iconoclastia que quizás tengan mucho swing para quienes los emiten, o que se sientan con esto muy originales y novedosos, pero que en el fondo revelan una mediocridad embarrada de envidia tan evidente, que no sé si es más útil encolerizarse o compadecerse de tanta patética pobreza y mugre espiritual.

Y con toda seguridad, ninguno de los ¨críticos¨ de sus limitaciones supuestas, ninguno de los burlones a los que sale el resentimiento por otras causas justas o injustas, ninguno, en resumen, le llega al tobillo marcado por grillete del maestro de la lengua, del verso, de la prosa encrespada y de prisa.

A la persona decente que fue José Martí Pérez, quien sabía apreciar como nadie la envidia ajena, y perdonarla. Al maestro de lo que debemos tratar de ser en esencia y no en apariencia los cubanos, aunque nunca lleguemos a serlo. Pero ahí está el reto, que siempre será un dilema interior.

EDITADO POR PEDRO MANUEL OTERO

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