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Sin “teques” ni “muelas”. Por Yaditza del Sol González

Por Yaditza del Sol González/Granma.- Días atrás, entre carpetas y hojas sueltas que resguardan sueños universitarios, época de estudiante fresca en los recuerdos y los pasos, me encontré releyendo al ensayista e investigador Fernando Martínez Heredia, en uno de esos artículos que siguen sorprendiendo por la validez y actualidad de argumentos, aunque la fecha de publicación date de 1999.

“A los jóvenes no les gusta el teque”. Un axioma perfecto para describir el desafío que supone hacer frente a esos discursos —y sus artífices— que, incluso sin proponérselo, suenan más a “descargas” que a charlas y empañan los valores genuinos del lenguaje político de la Revolución Cubana, pero que sobre todo desenamoran a las nuevas generaciones de sentirse parte de un proceso que les compete de pies a cabeza.

Tal pareciera una sentencia de estos tiempos, una mirada de análisis a cómo los sistemas de divulgación, e incluso, de enseñanza, abordan en ocasiones la memoria histórica y los cambios trascendentales en el país.

Y es que quince años después, todavía tropezamos con algunas de estas piedras. Rutinas y dogmas que no acaban de adecuarse a la realidad de que el objetivo de nuestro sistema sigue siendo el mismo, pero que las formas comunicativas deben variar. No basta que enamoren con la palabra, los mensajes tienen que motivar la búsqueda de juicios y ser siempre una invitación a cuestionar el mañana.

Será necesario, por su vocación como formadores de hombres, volver a la pedagogía, a los libros, a los referentes; pero no solo desde la idealización del mártir, sino verlos como personas de carne y hueso nacidas de circunstancias excepcionales, pero que también tuvieron in­cer­ti­dumbres, temores, romances.

Los métodos repetitivos no aseguran la apre­hen­sión de los conocimientos, al contrario, pueden tornar soso y aburrido el arte de enseñar el pasado. Hay que humanizar los acontecimientos y realzar los valores que han definido nuestra idio­sincrasia a lo largo de los siglos, sin dejarse llevar por la retahíla de causas y consecuencias que el estudiante se aprende de memoria para un exa­men.

Otra de las secuelas del problema es el de­sin­terés por asistir a diferentes actividades, ya sea en centros laborales, educativos y hasta en la propia comunidad.

Está claro que la participación juvenil tiende a debilitarse y carece muchas veces de motivación real como resultado de convocatorias excesivamente formales y poco inclusivas. Alcanzar determinado número de concurrencia, o no, sustituye a menudo el sentido del por qué y para qué estamos aquí.

Un sencillo ejemplo: si las reuniones en los comités de base de la Unión de Jóvenes Co­munistas (UJC) o de la Federación Estu­diantil Universitaria (FEU) se reducen a cumplir ciertas normas establecidas y puntos en la agenda del mes, no es de extrañar que se pierda la identificación con las distintas organizaciones y resulte monótono acudir a los en­cuentros.

Sin dudas, una llamada de alerta al funcionamiento de estos espacios, y que pone el acento en la existencia de mecanismos que no toman en cuenta las inquietudes de los militantes, sus expectativas e intereses afines, más allá de la recogida de la cotización o el mero sentido de cumplir con el deber.

Los jóvenes tienen —tenemos— que sentirnos parte activa en la construcción de la sociedad a la que todos aspiramos. Es el momento del de­bate ideológico, de ideas claras, precisas, de pro­blematizar y tomar decisiones, pero sin “te­ques” ni “muelas”, como popularmente decimos.

Nacimos en una sociedad con pautas de pen­samiento bien definidas que respaldan más de dos siglos de gesta independentista, pero también conocemos de cerca las carencias y desi­gualdades materiales que dejó el periodo especial y somos, ahora, protagonistas en medio del proceso de actualización que vive el modelo económico cubano.

Esta es la generación a la que no le valen medias tintas y frases trilladas, que ansía respuestas y soluciones eficaces como las que se han implementado en los últimos tiempos: diversificación de las formas del empleo no estatal, cambios en la política migratoria, apertura a la diversidad sexual, etc. Mensajes que rebasen la no­ción de consignas y ahonden en las dificultades e insuficiencias que sabemos que existen y con las que tenemos que lidiar diariamente; una estrategia también cultural que haga uso de fórmulas informativas eficientes y de cara a las actuales tecnologías; abrir puertas al diálogo sin los recodos y trabas de la burocracia.

Quizá así podamos afirmar un compromiso activo y no instrumentalizado en estos es­pa­cios, ya que la respuesta no es crear otros, si­no readecuar los existentes.

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