No hay que llorar (Ediciones La Memoria, del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2011), obra del escritor Arístides Vega Chapú (Santa Clara, Villa Clara) y Premio Memoria 2009 del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, acopia anécdotas y vivencias sobre los momentos más crudos del llamado período especial en Cuba, narradas por 35 intelectuales, principalmente literatos, incluido el propio Vega Chapú.
En ella están las memorias de una de las etapas más duras en la historia de la Isla caribeña, a raíz del derrumbe de la Unión Soviética y del campo socialista, y recrudecida, además, por el bloqueo comercial, económico y financiero de los Estados Unidos. Entre los que evocan aquel tiempo están Guillermo Vidal, Reinaldo Montero, Arturo Arango, Aitana Alberti, Laidi Fernández de Juan, Alberto Garrandés, Zaida del Río, José Miguel Sánchez (Yoss), Rebeca Murga, Lorenzo Lunar, Lidia Meriño, Lina de Feria, Virgilio López Lemus, Dean Luis Reyes, Emilio Comas Paret, Ricardo Riverón Rojas…
Varios han sido los trabajos publicados al respecto. Aquí están algunos de ellos:
PRESENTACIÓN DEL LIBRO NO HAY QUE LLORAR
Por Celia Medina Llanusa
El villaclareño Arístides Vega Chapú deja desde el propio título del nuevo libro que propone a través de Ediciones La Memoria del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau un consejo para no desestimar: No hay que llorar, volumen que se presentó este miércoles en la Sala Majadahonda de la institución ubicada en Muralla 63 de La Habana Vieja.
Para Laidi Fernández de Juan uno de los méritos del poeta y narrador resulta, justamente, el haber podido convencer a un amplio y variadísimo conjunto de creadores para que "hablásemos de la incertidumbre, de la sorpresa del hambre, de la desolación, de cuán peligrosa y divertidamente ilegales nos volvimos para sobrevivir en los años noventa".
El texto, que constituye una compilación de testimonios sobre el llamado Período
Especial, contribuirá a que los más jóvenes, cansados de escuchar los relatos de sus padres, comprendan en qué extrañas circunstancias llegaron al mundo, y cuánto esfuerzo, actos delictivos e imaginación desplegamos para sustentarlos en medio del peor huracán económico que nos ha azotado en los últimos cincuenta y tantos años, señaló la escritora.
La presentadora del libro destacó que a pesar de la igualdad alcanzada en esa etapa, donde "todos fuimos rotundamente pobres", "cada uno de los testimoniantes de No hay que llorar ofrece su particular manera de evocar ese tiempo que nos parecía desgarradoramente infinito"; en ese sentido la obra es "voz de persona, como hubiera dicho nuestro inigualable Bola de Nieve", que narra los acontecimientos de esa década con mayor o menor humor, con más dolor que rencor, con desesperanza o con rabia.
Hombres y mujeres de diversas generaciones y geografías de la nación o que viven más allá de las fronteras cubanas confluyen en las páginas del libro para regalar anécdotas y miradas muy peculiares sobre la época conocida también como Opción Cero o Crisis de los noventa; en resumen, siguiendo a Laidi Fernández de Juan, los protagonistas de este proyecto que fuera reconocido en el 2009 con el Premio Memoria del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau o de esta "cuentinovela a setenta manos", "somos nosotros, cubanos y cubanas que supimos, por encima de todo, incluso de la más desgarradora duda, mantener a flote la dignidad".
De "homenaje a la sobrevida" y "canto a la resistencia de un pueblo que aprendió que siempre al final de los túneles tiene que vislumbrarse al menos el fogonazo de una salva de porvenir" calificó la escritora este rescate de la memoria que nos trae
Vega Chapú desde distintas voces y múltiples estilos.
Por su parte el autor agradeció la generosidad de los amigos y artistas que aportaron sus reflexiones a veces personalísimas al volumen, intento de rescatar la memoria de un período que trastocó de una manera violenta e irreversible la vida de una nación y sus gentes.
"Muchos de los testimonios que recogemos contrastan entre sí, pero quise hacer como un rompecabezas ", añadió el autor, quien consideró que a partir de esas distintas pistas se puede construir una imagen de lo que fueron los años 90 en Cuba, una imagen necesaria sobre todo para los más jóvenes, para que sepan de dónde salimos.
Contrario a algunas tendencias que optan por no hablar de cosas desagradables, "yo creo en la importancia de no olvidar, de tener presente las cosas", por eso
-continúa el también promotor cultural- este es un libro "que no tiene por gusto su nombre: debemos sentirnos satisfechos de haber pasado ese período y ser lo que somos sin haber perdido la cordura, desarrollando tantos proyectos culturales".
Antes de la despedida musical del encuentro, a cargo de Raúl Marchena, Vega Chapú puntualizó que este es un título de la alegría de haber salido de un momento tan difícil, y un monumento al valor y la capacidad que tenemos los cubanos de hacer de nuestra pobreza una pobreza irradiante, según dejó dicho Lezama Lima.
CARTA PARA ARÍSTIDES VEGA CHAPÚ, SEGÚN QUIEN NO HAY QUE LLORAR
(Palabras de presentación del libro No hay que llorar, de Arístides Vega Chapú, el
23 de noviembre, en el Centro Pablo)
El día que me solicitaste colaboración para tu libro No hay que llorar, querido amigo Arístides, abriste la coraza que me había construido a mí misma en un intento por olvidar los momentos que tu proyecto resucita. Recuerdo que de un tirón escribí las dos anécdotas que aparecen ahora bajo el título "Mi pequeño premio", y a partir de entonces, no encuentro forma de contener la catarata de memoria que me persigue como una plaga de fantasmas. No sé si agradecerte el exorcismo o, si por el contrario, maldecir el instante en que acepté desempolvar cadáveres insepultos de dos décadas atrás. Supongo que algo similar le haya ocurrido al resto de los integrantes del ejército de amigas y amigos tuyos que hoy acompañamos tu introducción, tu testimonio y al de Lidia, y las valoraciones finales que aparecen a manera de epílogo en el libro que hoy presento.
Como recordarás, acudí a cuanto recurso me fue posible para eludir tamaña responsabilidad. Te dije que si yo aparecía en No hay que llorar no era adecuado hacer el elogio del libro, pero respondiste que eso carecía de importancia para ti.
Luego te pregunté a qué se debía el título, teniendo en cuenta las infinitas lágrimas que sí se derramaron (que derramamos, para qué negarlo). Mi pregunta llevaba implícita la esperanza de provocar tu disgusto ante mi falta de sentido común y por tanto, la posibilidad de mi sustitución como presentadora, pero me largaste una rocambolesca explicación que incluía sentimientos patrios y carnavalescos que te sorprendieron en un lugar de la Patagonia. Historia que no cuento ahora mismo, para dejarte a ti la oportunidad de confesarla en público. Más adelante, escribí sin consultarte unas pocas cuartillas acerca del libro, dirigidas a Cubaliteraria, con la intención de que, dos puntos. Uno, creyeras que así quedaba zanjado mi compromiso contigo, y dos, te molestara la revelación anticipada de datos que pudieran causar el efecto contrario a tu deseo de que este libro sea comprado, leído y valorado en su justa medida.
Ocurrió justamente lo contrario: Me escribiste asombrado por mis observaciones y me instaste a continuar el análisis de los treinta y cinco testimonios que me habías enviado por vía electrónica, ya que no disponías de ningún ejemplar impreso. En un último intento por ser reemplazada, acudí a cuestiones prácticas. Te dije que demás de fatigarme leer tantas cuartillas a través de la pantalla, no tenía la más pálida idea de qué esperabas de mí, puesto que yo misma no sabía cómo abordar el momento histórico que recrean las confesiones de todos los que aparecemos aquí, desnudos al sol.
¿Querrías una presentación de estilo profundo, analítico, contextualizador? ¿Preferirías algo más intimista, personal, anecdótico o simplemente me lanzabas la bola para que yo hiciera lo que mejor se me ocurriera? Ya no recuerdo tu respuesta, pero obviamente no tuve escapatoria posible. Todo parece indicar que no te importó mi fatiga visual ni mucho menos la forma que yo seleccionara para la presentación: Y heme aquí, con la inmensa responsabilidad de hablar en nombre de los restantes treinta y cuatro cómplices que junto a ti, superamos los intentos por olvidar la etapa de nuestras vidas que se muestra en estas páginas, como si juntos entonáramos "Se me olvidó que te olvidé, a mí, que nada se me olvida".
Solo tú, con la simpatía proverbial que tienes, con tu rara gentileza de siempre, y con tu empeño por continuar siendo un joven imprudente cuya irreverencia se perdona cuando se te mira directamente a los ojos, pudiste convencernos para que hablásemos de la incertidumbre, de la sorpresa del hambre, de la desolación, de cuán peligrosa y divertidamente ilegales nos volvimos para sobrevivir en los años noventa. No hace falta aclarar de cuál siglo, de qué país ni de qué noventa hablamos. Decir Los Noventa es decir casi todo. Es erizarnos hasta el tuétanos, es cruzar los dedos, tocar madera y persignarnos aunque seamos ateos, es aferrarnos al pedazo de pan que tengamos a mano, es correr a marcar en la cola que hay en la esquina, es caerle atrás a un vendedor de da lo mismo qué cosa, es volver a no entender cómo es posible que "eso" haya recibido el bonito nombre que se le dio. Conjurar Los Noventa es, en fin, viajar en la cuarta clase de un tren que no tenía destino ni ruedas ni casi raíles por donde deslizarse, es dejarse llevar por un barco que flotaba al pairo en un mar infectado por tiburones y oscuridades, es poner los ojos en blanco y exclamar Siá cará, o Santísimo sea el Señor, o Protégenos Caridad, o No nos abandones Santa Bárbara bendita, o Dame una solución, viejo Marx, que mucho estudiamos y aprendimos tus doctrinas para que ahora te quedes sin decirnos nada.
Son varias las denominaciones sociológicas y estratégicas que se han dado a la
larguísima década de los noventa, como por ejemplo: Período especial en tiempo de paz, Opción cero, Década de estampida, Crisis de los noventa, etc. pero más allá de estos y de otros nombres, fue la cualidad de digna supervivencia más que de resignación lo que primó entre nosotros, aun en los peores instantes del desasosiego que sentíamos ante una brújula que parecía desmagnetizarse. Nunca antes ni después el espíritu innovador de nuestra idiosincrasia alcanzó tanto esplendor. No pretendo restarle motivación a la lectura de No hay que llorar, sobre todo porque nuestros hijos, hartos de escucharnos estas historias, han terminado por no creerlas, y quizás a través de los testimonios de otros y de otras como nosotros, lleguen a entender en qué extrañas circunstancias llegaron al mundo, y cuánto esfuerzo, actos delictivos e imaginación desplegamos las madres y los padres para sustentarlos en medio del peor huracán económico que nos ha azotado en los últimos cincuenta y tantos años. Sin embargo, debo adelantar al público lector que, fiel a nuestra deliciosa forma de ser y de comportarnos ante las urgencias, nuestro ingenio destacó variantes de engaños y de prácticas no descritas jamás por ciencia alguna como picadillos, filetes y chicharrones de cáscaras, infusiones de raíces, hojas y forrajes, jabones de henequén, zapatos de llantas de gomas, estofados de gatos y de perros con sabor a conejo y a faisán, vestuarios de sacos de yute, de ropas viejas heredadas, de frutos de robos o de canjes insólitos, maracas, abanicos, sombreros, collares, carteras y santos salidos de manos de artesanos y de artesanas que sabían de artesanía lo mismo que de física cuántica, oficiantes improvisados y emergentes como camareras, reposteros, rellenadores de fosforeras, libreros, auxiliares de limpieza, cocheros y en fin el mar.
También fieles a nuestras contradicciones, y a pesar de la igualdad alcanzada en esos años donde todos fuimos rotundamente pobres, cada uno de los testimoniantes del libro No hay que llorar ofrece su propia visión, su particular manera de evocar ese tiempo que nos parecía desgarradoramente infinito. Así, los lectores encontrarán aseveraciones más tarde refutadas como "No me considero un sobreviviente" contra "Soy un afortunado superviviente", o "Pude ser mejor persona y mejor escritor si no hubiera existido el Período Especial", con la contraparte: "No hubiera sido mejor creador sin ese Período", y, lo más curioso de todo: hay quienes agradecen la solidaridad tradicional de nuestro pueblo porque les permitió una existencia digamos más soportable (me incluyo en este grupo de agradecidos), pero también hay otros que opinan que (cito) "nos volvimos violentos y egoístas".
Por otra parte, teniendo en cuenta que escogiste a amigas y amigos tuyos que fuéramos creadores, y ello explica el hecho de que todos los que hablan en este libro seamos o poetas o narradores o pintores o actores, o historiadores o ensayistas, también debo referirme a la visión supuestamente artística que cabría esperarse de semejante fauna social. Sin embargo, salvo algún que otro criterio al respecto, tan contradictorio como los anteriores ya citados ("me salvó el arte" dijeron unos cuantos, en contraste con una escritora que opinó que jamás se dio el lujo de pensar en la literatura porque le parecía una enajenación innecesaria), el resto no hace mención a su condición de creador o de creadora. Llegamos entonces al eje fundamental que permite entender el valor de No hay que llorar. Es voz de persona, como hubiera dicho nuestro inigualable Bola de Nieve, quien narra los acontecimientos de esa década con mayor o menor humor, con más dolor que rencor, con desesperanza o con rabia. Son personas mondas y lirondas, gentes comunes las que cuentan sus peripecias, sus íntimos apagones, sus viscerales hambrunas, sus peculiares mecanismos de sobrevivencia que no son ni pueden ser permeados por ideologías, credos, preferencias, ni por aptitudes artísticas ya que la miseria, cuando llega, toca a todos por igual. Somos nosotros, cubanos y cubanas que supimos, por encima de todo, incluso de la más desgarradora duda mantener a flote la dignidad, quienes hacemos esta cuentinovela a setenta manos. Fuimos jóvenes entonces, y si promediamos la edad que tenemos ahora todos los participantes, resulta que es la tuya, querido amigo Arístides, y quizás por esta coincidencia que puede parecer banal pero no lo es, aceptamos tu reto, complacimos tu pedido, y aquí estamos, como entonces, como siempre, a tu lado.
Prométeme que si alguna vez vuelven las oscuras golondrinas de las comidas inventadas y de los días sin luz (Dios nos coja confesados), encontraremos una vela frente a un plato en tu mesa, aunque sea de...no, mejor dejo el menú a la imaginación de los niños, que ya bastante inventamos nosotros. Sirva pues este libro, como homenaje a la sobrevida, y como canto a la resistencia de un pueblo que aprendió que siempre al final de los túneles, tiene que vislumbrarse al menos el fogonazo de una salva de porvenir.
Laidi Fernández de Juan
Noviembre, 2011
"LA POESÍA ME HA SALVADO"
Por Celia Medina Llanusa
En algunos casos las grandes y adornadas introducciones huelgan, sobre todo si el interpelado se encarga de desempolvar sin prisas y pausas los detalles que conforman los porqués de toda entrevista.
Baste entonces decir que el poeta y narrador Arístides Vega Chapú, natural de Villa Clara -referencia que no nos perdonará pasar por alto- presentó No hay que llorar, nuevo título de su autoría a cargo de Ediciones La Memoria del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau.
Comienzan entonces las preguntas por el motivo del viaje a La Habana, por el libro que nos invita a recorrer pasajes complejísimos de la historia nacional. Dos elementos son fundamentales para emprender el recorrido y a pesar de que esta introducción ya se va extendiendo demasiado, hay que mencionarlos: el primero que el volumen intenta describir -reconstruir quizás- los años del Período Especial; el Segundo, que lo hace a través del testimonio de escritores y artistas.
¿Por qué son los años noventa los protagonistas de esta indagación "a 70 manos", como dijera Laidi Fernández de Juan?
Mi hija chiquita llegó un día a la casa preguntando qué era el Período Especial porque lo habían hablado en la escuela. Me sorprendió mucho que un momento tan importante en la historia de Cuba, donde se crearon tantas cosas, pudiera estar olvidándose, que algunas generaciones no conocieran la etapa. Cuando mi hija me preguntó traté de explicárselo, pero no me bastaron las palabras: necesitaba algo más que mi memoria para reconstruir la época; así de pronto le podía decir que el
Período Especial fue una crisis económica, pero fue más que eso: fue la demostración de la capacidad de hacer del cubano a pesar de la crisis, porque también pasaron cosas buenas: la gente inventó recetas, proyectos, se escribieron libros, se montaron obras de teatro y danza. el país económicamente se paralizó pero no ocurrió lo mismo en cuanto a la creación.
A partir de ahí quise sentarme y escribir qué fue el Período Especial para mí, con idea de publicar el resultado en una revista, pero se me ocurrió que debía pedir ayuda a mis amigos, para que me contaran su experiencia. En primera instancia fue eso, un interés porque no se perdiera la memoria histórica, para que sucesos tan importantes no se olvidaran, pues yo creo que en Cuba hubo un antes y un después del Período Especial. Quise que el libro recogiera la verdad objetiva, esa que a veces no está en los libros de historia. Así, No hay que llorar es la versión de muchas personas que no se pusieron de acuerdo unas con otras, de edades diferentes, de múltiples profesiones -y por tanto con historias disímiles- sobre lo que fue la década del noventa.
¿Cómo fue el proceso de recopilación de los testimonios?
Pues como son en la modernidad estas cosas: empecé a escribir correos a amigos y personas cercanas para que me contaran cómo había sido su Período Especial. Escogí mayoritariamente a escritores por su capacidad de construir un testimonio. Mi primera intención era que gente de distintas profesiones como médicos, constructores o cualquier persona que quisiera relatar sobre el Período Especial lo hiciera, pero después reduje eso a los escritores: quería un testimonio fuerte en lo anecdótico, en el recuerdo, en los detalles que uno puede olvidar pero que otro rescata, para juntándolos lograr una memoria lúcida de esos años.
No elegí a los participantes, fue en realidad una convocatoria, y el libro recoge los testimonios tal como fueron enviados. Yo escogí un título para cada historia y las ordené, pero no hice una selección. Algunos me escribieron luego de que el libro estaba editado, por eso tengo material inédito del tema, en algún momento, de acuerdo a la acogida que tenga No hay que llorar, pudiera hacerse una reedición e incluir los testimonios que han aparecido.
Las historias no son repetitivas, aunque es el mismo momento y son las mismas carencias y dificultades, cada cual lo asumió a su manera, desde su presupuesto vivencial, sus recursos e imaginación. En ese sentido los testimonios son de una gran valía: no son reiterativos, es una historia que fluye por cauces muy diferentes y eso es lo que más me gusta del volumen.
El libro recoge más de una treintena de historias contadas en primera persona, ¿qué criterios siguió a la hora de organizarlas?
Quise reflejar en el libro un contrapunteo, porque el cubano piensa mucho de esa manera: tú me das una opinión, yo te respondo que eso no es como tú dices, y esa idea me gustó para el libro: un coro de voces que se contradijeran y negaran, porque en ese diálogo nace la verdad. Reuní testimonios escritos en momentos diferentes y de forma individual, que hablando de lo mismo daban versiones distintas, como sucede en una conversación.
Siendo un autor con tanta poesía publicada, ¿por qué escoge el testimonio en este caso como modo de expresión?
Siempre me he propuesto dejar constancia de mi vida, para que las cosas no sucedan sin que quede memoria; para eso me he valido de los más variados géneros que he tenido a mi alcance. Yo no me siento un poeta, un narrador o una persona que escribe el testimonio como género, lo que he querido hacer más bien es dejar huella de mi paso por la vida, y para ese fin he utilizado todas las formas posibles.
El testimonio es muy rico porque cada persona tiene un mundo individual que se basa en quiénes fueron sus padres, qué han hecho, qué profesión escogieron, qué caminos transitaron; por tanto, cada vida, cada historia contada por una persona es una perspectiva nueva e interesante. Por eso el testimonio me seduce mucho, sobre todo para temas como estos, en los que no vale la pena ficcionar, porque la ficción puede suplantar la riqueza propia del suceso.
Imagino que el diálogo con vivencias a veces desgarradoras de personas que le son cercanas debe haber sido una experiencia muy fuerte.
Fue muy emotivo porque hay testimonios estremecedores. Recuerdo el de Guillermo Vidal, excelente novelista y narrador a quien dedico este libro, que cuenta su Período Especial de una manera conmovedora y que poco después de haber mandado el texto murió.
Siempre que se habla de una historia en la cual participaste y dejaste vidas y esfuerzos es muy complejo. Por ejemplo, yo afronté el Período Especial siendo padre, al frente de una casa, es decir, no lo vi como una película en el cine, tenía que alimentar a mi hija, que debía seguir una vida normal; fíjate si eso deja secuelas que años después cuando vi La vida es bella salí de esa película muy sobrecogido, porque me percaté de que de alguna forma en el Período Especial los padres habíamos hecho lo mismo con nuestros hijos: habíamos tratado de endulzarles y embellecerles ese momento tan crudo y difícil.
Son tiempos que marcan, que te hacen más fuerte, más sensible, claro, según el caso; por tanto, cuando lees sobre la historia de otras personas te sensibilizas, y como eran testimonios cercanos porque todos son colegas míos, me resultó estremecedor. Cuando lo revisaba había pasajes que lo mismo me hacían reír que llorar, y yo creo que eso va a pasarle a quien lea el libro, porque el cubano cuando va a hablar de cosas serias lo hace desde una sinceridad conmovedora, y estos son testimonios sobre todo muy sinceros.
Saliendo un poco de No hay que llorar, Te regalo el cielo y Soñar el mar son novelas para jóvenes, sector a veces poco atendido por nuestra producción literaria.
Ese público es adorable. Mira, los adultos pensamos mucho, por ejemplo, de pronto yo me leo un libro tuyo que me gustó, pero me da pena decírtelo. Con los jóvenes eso no pasa, ellos te dicen si les gustó o no en cualquier momento, sin problemas, nosotros los adultos manipulamos un poco la opinión. Es una audiencia muy agradecida. Las dos novelas para jóvenes que he publicado me han complacido mucho y he sentido que esos libros han tenido más acogida que los demás. Y uno en realidad escribe para que lo lean, así que eso de que los jóvenes te paren en la calle y te reconozcan me gusta mucho.
¿Qué temas propone en esos libros?
Con los jóvenes me interesa hablar y discutir sobre cualquier cosa. Ellos están abiertos a saber de todo: uno de los signos de la juventud es la búsqueda, el querer encontrar verdades y saber lo que no se conoce, el investigar el por qué de las cosas, el tener experiencias que no se han tenido; y cuando se les habla de nuevas posibilidades, caminos o paisajes, ellos lo agradecen mucho. También uno debe estar muy abierto para hacer esta literatura. La ventaja que he tenido es que interactúo mucho con mis hijos, y ellos y sus amigos me dan los temas.
Del 2004 al 2006 usted fue el coordinador del círculo de la crítica en Santa Clara. Desde esta experiencia ¿cuál es la importancia del ejercicio de la crítica para el desarrollo del movimiento intelectual cubano en la actualidad?
La crítica es fundamental, la crítica marca. En Cuba lo primero que hace falta es jerarquizar a los escritores y a la literatura, y las jerarquías solo se pueden establecer a partir de que se evalúe y conozca la obra, y se identifiquen sus aciertos y desaciertos. Fíjate que en el país se están validando los autores por publicaciones o premios porque no hay una crítica sistemática, sino más bien paternalista, que funciona a partir de las amistades, desde el cariño. Te digo que no hay una crítica sistemática, ni un medio que legitime la labor del crítico, que tampoco es bien pagada, por tanto es un riesgo al que las personas prefieren no exponerse.
Usted estuvo muy cercano al proyecto de librerías Ateneo. ¿En qué consistió?
Esta idea surgió hace muchos años y quería convertir a algunas librerías del país en espacios culturales que fueran más allá de la venta de libros para tornarse en posibilidad de encuentro y comunicación entre los escritores, entre los creadores y los lectores, entre artistas de otras manifestaciones con la obra literaria y los públicos.
Esta concepción está muy cercana a su labor como promotor cultural en Santa Clara, que alterna o combina con la escritura.
Sí, además de escribir soy promotor, y ambas cosas las agradezco por igual.
Promocionar a los autores y la literatura puede hacerse de muchas formas, en mi caso tengo un programa de radio desde hace cinco o seis años desde el cual aconsejo y llamo la atención sobre determinados títulos que recomiendo a los oyentes, y que pueden encontrarse en librerías de la ciudad.
En el Café Literario de Santa Clara tengo un espacio fijo que se llama La hora de la verdad donde entrevisto a algunos escritores. La conversación tiene el objetivo de que el que está oyendo vea que la persona invitada va a la bodega, firma una tarjeta, tiene un trabajo. Cosas normales, y encima de eso hace una obra literaria, restando horas de diversión, de sueño.
Y eso es un poco lo que trata de demostrar No hay que llorar, exponiendo el universo de distintos escritores en un período tan complejo.
Exacto, también.
¿Cómo ha sido el trabajo con los talleres literarios que ha organizado?
El intercambio con las personas, sean talleristas o lectores, me enriquece, porque mis libros son sobre la vida, a partir de mis experiencias, y mientras más conoces al ser humano, sus sueños, preguntas, necesidades e inquietudes, mejor harás una obra que los complazca. Ese intercambio a mí me sirve y soy consciente de que tengo que hacerlo siempre que puedo.
En la Universidad de Las Villas tuve muchos años un taller y luego en la Facultad de
Medicina. En estos momentos estoy tratando de abrir uno en los preuniversitarios para los muchachos que estén interesados no tanto en escribir como en descubrir la literatura. Tengo la idea de relacionar esta manifestación con las otras artes mostrando lo que por lo general el público no ve, por ejemplo, si vamos a hablar del teatro llevarlos a la parte de atrás de la escena, recorrer los almacenes de los museos donde están las obras que no se exponen, que un pianista les hable de cómo es un piano por dentro, de cómo funciona. Quiero sensibilizar a los jóvenes con las artes mostrándoles lo que está detrás de las cosas.
Regresando a No hay que llorar, el libro concluye con un poema.
Sí, lo escribí en el Período Especial y es un poco para demostrar que a pesar de las carencias, del dolor, del desgaste, de la mala alimentación, del temor al día siguiente, de todas esas cosas, uno podía escribir un poema. Para mí la poesía es el lenguaje de la verdad. Yo he dejado de creer en los discursos políticos, en los partes meteorológicos, en las predicciones de los espiritistas y de los que tiran las cartas; el lenguaje que a mí me dice más es el de la poesía y en ese sentido leo mucha poesía y escribo mucha poesía, que como sabes es un género que te escoge, un discurso de la verdad que te utiliza para darse a conocer, que está muy asociado a que la gente se enamore, se encuentre, se refleje, busque respuestas. Es un género que aparece esté yo escribiendo un libro de cuentos o una novela. Y a mí la poesía me ha salvado.
NO HAY QUE LLORAR, LA HISTORIA QUE FALTABA CONTAR
Por Otoniel Casanova Ribalda
Ningún libro, quizás mínimas hojas existían antes de que el escritor Arístides Vega (Santa Clara, 1962) uno de los más reconocidos poetas cubanos se decidiera a testimoniar el nombrado (con ironía, una más con que los cubanos sabemos poner en práctica el refrán de que a mal tiempo buena cara) Período Especial, convocando a colegas en un proyecto tan necesario abarcador y honesto como el que ahora, gracias al Premio Memoria del Centro Pablo de la Torriente Brau, puede mostrarnos con el fundamental texto No hay que llorar, que la editorial de esta institución cultural acaba de sacar a la luz.
El mérito de Arístides está en descubrir y mostrar la esquina caliente a la que pudieron llegar todos los que tenían algo que decir y con la algarabía, las malas y buenas palabras, la polémica con que asumimos cualquier tema que nos interesa hablar dejar testimonio personal de ese tiempo en que la penuria no lo borró todo y es esta la otra revelación de este libro, la riqueza que generó desde lo espiritual la mayoría de los cubanos que vivieron la debacle económica a la que se refiere este libro.
Todo cuanto generó para el país y los cubanos este mal tiempo que cada cual a su manera y posibilidades revirtió a su favor está reseñado aquí. Lo demás, lo que genera la penuria, la escasez, lo suponíamos. Lo otro, lo que se edificó por encima de la crisis, estaba por ser testimoniado y ya está en No hay que llorar.
Útil, por todas estas razones, para los que no lo vivieron, para los que lo vivimos y para los que vivirán cualquier otra etapa futura de la historia de este país
No hay que llorar, desde ya se convierte en un texto imprescindible para todo aquel quiera entender, descifrar, compartir la rica, diversa, misteriosa, enigmática historia vivida en esta pequeña porción del universo en los últimos cincuenta años.
Testimonios contradictorios, dictados por el sentimiento, la razón, el conocimiento, la distancia, la pasión, ayudan cada uno de ellos, justamente por su diversidad, a mostrar esa pluralidad que no siempre reconocemos por aquello de creer en que hay una sola historia, un solo protagonista, un vencedor y un vencido.
Es este nuevo título de Arístides Vega capaz de aleccionar a los descreídos de que la verdad es, en última instancia, la sumatoria de muchas verdades, en apariencia cada una muy distinta una de otra.
Esas verdades están sumadas con conocimiento, poética y aprecio al respeto de los testimoniantes, por quien además de ser un validado poeta accede, por la puerta ancha, a este género imprescindible para que no olvidemos el pasado y podamos entendernos mejor en el presente y con ello soñar ese futuro que depende de nosotros todos.
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