Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

María Mantilla



¡Qué grato es vivir con recuerdos tan vivos y llenos de cariño como los que llevo yo en el alma! Viví junto a Martí por muchos años, y me siento orgullosa del cariño tan grande que él tenía por mí.
Toda la educación e instrucción que poseo, se la debo a él. Me daba las clases
con gran paciencia y cariño, y cada vez que tenía que hacer un viaje, me dejaba
preparado el itinerario de estudios que había que hacer en cada día durante su
ausencia. En medio de todas las agonías y preocupaciones que llevaba sobre sí,
nunca le faltaba tiempo que dedicarme.

El francés me lo enseñó de manera sencilla y fácil de comprender; pero su mayor afán eran mis estudios de piano. Su deseo era que yo llegara a ser una buena pianista —que nunca logré serlo; pero sí pudo
lograr logró tocar lo suficiente en aquellos años de niñez para proporcionarle a
él muchos ratos de placer. Siendo yo aún niña, se empeñaba siempre en llevarme a
las reuniones de La Liga, una sociedad de cubanos de color, todos hombres de
gran talla, de más de seis pies. La idolatría de estos hombres por Martí era
cosa admirable. Lo veneraban.

De Martí, el caballero, quedan grabados en mi mente tantos detalles de delicadeza y galantería con las “damas”, como decía él. Para él, la mujer era cosa superior. Siempre tan fino y con alguna frase de
elogio en los labios. Cuando se daba alguna reunión en que se citaban las
familias cubanas para celebrar algún santo o alguna otra ocasión, había música y
un poco de baile, y Martí siempre sacaba a bailar a las señoras y señoritas
menos atractivas y luego yo le preguntaba: “Martí, ¿por qué es que usted siempre
saca a bailar a las más feas?”. Y él me decía: “Hija mía, a las feas nadie les
hace caso, y es deber de uno no dejarles sentir su fealdad”. Como este, muchos
otros detalles de su caballerosidad.

Cuando, a veces, mi hermano Ernesto nos hablaba con rudeza o alzaba la voz, Martí le decía: “¿A que tú no le hablas así a la niña vecina; y por qué lo haces con tus hermanas que merecen más delicadeza
y finura que las extrañas?”.


Recuerdo también que cuando yo tenía siete años, un día que yo iba con Martí por el campo —pues estábamos de temporada en Batch Beach— y sentados los dos bajo un árbol, me picó una abeja en la frente y
en el instante Martí la trituró con los dedos; de ese episodio resultó el verso
sencillo que dice:

“Temblé una vez en la reja/ A la entrada de la viña/ Cuando la bárbara abeja/ Picó en la frente a mi niña.”

Cuando él escribía algún artículo, carta o lo que fuera, su cerebro trabajaba con tal rapidez que las ideas le venían más ligeras de lo que la pluma le permitía escribir, y al concluir me llamaba y me
decía: “Mira, lee esto y dime qué dice aquí”, porque él no entendía lo que había
escrito; pero yo sí lo entendía. Siendo su discípula, yo conocía cada rasgo de
su letra. Él me decía que yo era su secretaria. A veces me dictaba mientras se
paseaba por el cuarto, y yo tenía que escribir muy ligero para no perder una
frase.

Mi último recuerdo de Martí es del día que se despidió de nosotros, cuando salió para Santo Domingo.

El Mundo, jueves 2 de marzo de 1950.

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