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PRIMERA INSURRECCIÓN OBRERA EN ARGENTINA: Así comenzó la Semana Trágica de Enero de 1919

El conflicto entre los talleres Vasena y su personal, nucleado en la Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos (adherida a la FORA anarquista) devino en la huelga general más prolongada y cruenta de nuestra historia, durante la cual las banderas negra y roja de la anarquía llegaron a adueñarse por unos días de las calles de Buenos Aires. Desbordada por el pánico, la prensa bautizó “Semana Trágica” al movimiento, al que consideró como un intento de implantar la República de los Soviets en Argentina. Los hechos, que derivaron en una auténtica insurrección obrera,  empezaron así:

 

Niños de Buenos Aires construyendo una barricada en las esquina de Balcarce y San Juan, 9 de enero de 1919. (foto: Louzán. Extraída de Mundo Argentino Nº 419, 15-1-1919).

Por: Horacio Ricardo Silva (*)

El martes 7 de enero de 1919, los termómetros porteños indicaban una calurosa jornada estival: 34° de temperatura, que treparían a 35,5 hacia las 2 de la tarde. A pesar del sofocante calor, en la barriada de Nueva Pompeya se verificaba una inusual actividad: efectivos del cuerpo de Bomberos y personal de la comisaría 34ª ocupaban desde temprano posiciones estratégicas en la escuela “La Banderita” y en la fábrica textil de Alfredo Bozalla.[1]

Barricada obrera en Amancio Alcorta y Pepirí. A las tres de la tarde, un piquete huelguista de la casa Vasena, ayudado por una aguerrida vecina conocida como “La Marinera”, se disponía a interceptar una vez más –como lo venía haciendo desde el 2 de diciembre, día de inicio de la huelga– a una chata conducida por crumiros (carneros) que, con custodia policial, partió desde el depósito de la firma ubicado en San  Francisco y Tres Esquinas[2], con destino a los talleres de Cochabamba y La Rioja.

Un insulto a los carneros, el arrogante gesto policial de amartillar las armas, un palo blandido por una mujer del pueblo, un piedrazo que surcó la avenida Alcorta; la chata se detuvo y sus guardianes se cubrieron detrás del vehículo. Y apenas sonó el primer tiro, se inició un verdadero pandemonium: como obedeciendo a una señal bomberos, policías y esquiroles comenzaron a hacer un nutrido fuego de fusil Máuser, revólver Colt y carabinas Winchester, desde el edificio de la escuela, desde los árboles que hay más allá de la misma, desde la fábrica de Bozalla, y desde otras áreas menores de tiro, ametrallando prolija y sistemáticamente las viviendas obreras y los pequeños comercios que tenían frente a sí.

El terror se apoderó del barrio. En medio de la mayor confusión, todos –huelguistas, vecinos, mujeres, pibes–, corrían hacia cualquier parte, desesperados por escapar de esa gigantesca vorágine de plomo y pólvora, que se abatía sin piedad sobre cualquiera que no atinara a buscar refugio.

Hacia las cinco y media de la tarde, cuando cesaron las últimas descargas, con el humo producido por la ignición de la pólvora flotando todavía en el aire, los aún aturdidos vecinos salieron a la vereda para encontrarse con un cuadro dantesco: toda la cuadra de Alcorta al 3400 –donde estaba el local de la Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos, cuyos referentes principales eran los obreros Mario Boratto y Juan Zapetini– fue literalmente acribillada a balazos. La densidad del fuego fue tal, que hasta las dos únicas bombitas de luz, que alumbraban la peluquería de don José del Cármine, fueron alcanzadas por los tiros.

Mientras las ambulancias de la Asistencia Pública trasladaban decenas de heridos de bala a los hospitales –uno de ellos, Eduardo Basualdo, morirá a las pocas horas en el Rawson- quedaban en la calle los cadáveres de Toribio Barrios, español, muerto de un sablazo policial en la cabeza mientras huía procurando explicar que él no era huelguista; Santiago Gómez, a quien una bala de Máuser le impactó en el cráneo mientras intentaba cubrirse tras una puerta cancel; y en el patio de su casa, el joven Juan Fiorini, a quien un proyectil le atravesó el pecho mientras tomaba mate con su madre. Ocurre que su vivienda, como casi todas las del barrio, era de madera, material vulnerable a los disparos.[3]

La conmoción por este verdadero atentado terrorista se extendió velozmente a la ciudad, impulsada por los adherentes a la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) del Vº Congreso, de orientación comunista anárquica, que declaró la huelga general por tiempo indeterminado.

 Al día siguiente, la huelga se extendió a los sindicatos de la otra central obrera existente por entonces, la FORA del IXº Congreso, cuyos afiliados abandonaron el trabajo sin esperar la orden de sus vacilantes líderes. Durante todo el día una multitud silenciosa desfiló por el local de los metalúrgicos. Es de imaginarse la honda impresión que debió causar a la gran cantidad de gente que pasó por allí, después de atravesar la puerta despedazada a tiros, encontrarse con una sala cuyas paredes estaban completamente cubiertas de agujeros de bala; y en cuyo centro se hallaban los cadáveres ensangrentados de Gómez, Barrios y Basualdo, rodeados de obreros de rostros lívidos y puños apretados, todos sumergidos en un ambiente cargado de tensión, donde sólo el silencio podía expresar la ira contenida mejor que los gritos y las imprecaciones.[4]

El 9 de enero, día fijado para el entierro de las víctimas, Buenos Aires estaba completamente paralizada; desde temprano los piquetes de huelguistas recorrían las calles cerrando los comercios y deteniendo los tranvías que aún no se habían plegado a la medida de fuerza. Cerca de la una de la tarde, un monumental cortejo fúnebre –calculado en unas 200.000 personas– partió desde Pompeya llevando los féretros a pulso, encabezado por un grupo de autodefensa armado con revólveres.

Al pasar por los talleres Vasena, ocurrió la primera agresión a la columna: los matones contratados por el recalcitrante patrón hicieron fuego desde la azotea. El grueso continuó su marcha hacia la Chacarita, mientras que importantes grupos se desprendían e intentaban incendiar las instalaciones embistiendo los portones con carros de basura,  convertidos en carrozas de fuego.[5]

En Corrientes y Angel Gallardo se cambiaron varios tiros entre manifestantes y bomberos, logrando poner en fuga a éstos últimos; a la altura de Yatay, se quemaron dos tranvías; un muchacho, creyendo que los primeros tiros provenían desde el convento Jesús Sacramentado, comenzó a tirarle piedras; desde el edificio religioso se abrió fuego, y la multitud furiosa atacó la iglesia, armando una gran pira en la nave central, donde se quemaron imágenes y bancos de madera.[6] Reiniciada la marcha, se produjo un nuevo tiroteo al pasar frente a la comisaría 21ª, seis cuadras más adelante.

La columna arribó finalmente a la Chacarita hacia las 7 de la tarde. Y en momentos en que hablaba el concejal socialista Antonio Zaccagnini, un pelotón del Regimiento de Granaderos a Caballo –apostado en los altos murallones, desde las cinco de la tarde– abrió fuego contra los asistentes, quienes debieron desbandarse para salvar sus vidas, llegando incluso a esconderse en las fosas recién abiertas.[7]

De esta manera comenzaba la más importante insurrección obrera que haya conocido la historia argentina, por su extensión y profundidad. Durante al menos dos días –el 8 y 9 de enero- las calles porteñas estuvieron en poder de los huelguistas: los únicos vehículos autorizados a circular debían llevar una bandera roja con la inscripción “FORA”, y los únicos periódicos que se vendían eran La Protesta y La Vanguardia.

Presa del pánico, la policía atinó a refugiarse en las comisarías, llegando al absurdo de tirotearse entre sí en un tragicómico episodio ocurrido en el interior del Departamento Central de esa fuerza[8]. Finalmente, la enérgica represión del Ejército –entre cuyos oficiales se hallaba el entonces teniente Juan Domingo Perón-[9], combinada con la violenta irrupción de la paramilitar Liga Patriótica Argentina, y las presiones del yrigoyenismo para que Vasena aceptara las demandas de sus obreros, lograron dar fin al movimiento el 17 de enero, con un saldo de centenares de muertos y miles de presos y deportados.

Sin embargo, esta historia aún no terminó; porque desde los tiempos de Espartaco hasta el presente, allí donde sea ley la injusticia social, resurgirá -con otros nombres y otras formas- el verdadero protagonista de este relato: el anhelo de libertad, inherente a la naturaleza del ser humano.

 

(*) Escritor, historiador y periodista argentino. Autor de "Días Rojos, Verano Negro - Una crónica de la Semana Trágica de 1919", obra becada por la Biblioteca Nacional de la República Argentina.



[1] La escuela sigue ubicada en el histórico edificio de Amancio Alcorta 3402. La fábrica de Bozalla es hoy la planta de Coca-Cola FEMSA, en el 3502 de la misma avenida.

[2] Las actuales Diógenes Taborda y Osvaldo Cruz. La barraca de Vasena estaba ubicada en el actual edificio “C” de la firma BAESA (Pepsi Cola), D. Taborda 1533.

[3] Una detallada investigación de los hechos, efectuada in situ por el diputado socialista Mario Bravo, fue publicada en La Vanguardia, edición del 8 de enero de 1919.

[4] La cuarta víctima, Fiorini, fue velada en un local del Partido Socialista , calle Loria 1341.

[5] La hija del obrero Mario Boratto, Clorinda –entonces de 7 años de edad- recordaba haber visto cómo los obreros “agarraban los carros de basurero, sacaban los caballos y los ataban en el árbol con las correas; los traían, los encendían, y con ellos  empujaban los portones metálicos”.

[6] Aún hoy se encuentran vestigios de aquellos fuegos en la nave del templo, ubicado en Corrientes 4433: quemaduras en la base del púlpito y en el piso, al pie del altar principal. Y en el centro de la nave, donde se armó la pira de objetos religiosos, se distingue claramente un entramado romboidal de cerámicos en cuadrillé, que no responde al piso original: según testimonio de la hermana Nilda, religiosa de la orden, el mismo fue mandado a colocar en virtud de que “no pudieron reponerse las baldosas originales destruidas por el fuego”.

[7] Testimonio original de Vicente Francomano, extraído del film Anarquistas I, del director marplatense Leonardo Fernández. Otra asistente al sepelio que hizo un relato similar fue Salvadora Medina Onrubia, esposa del mítico director del diario  “Crítica”, Natalio Botana.

[8] El relato completo se encuentra en el libro del comisario José R. Romariz, “La Semana Trágica”, Ed. Hemisferio, Bs. As., 1956.

[9] En un discurso pronunciado el 1º de mayo de 1948, Perón afirmó haber montado guardia en la planta de Vasena de Cochabamba 3055, “al día siguiente de los sucesos”. Esto es, el 10 de enero, día de la ocupación militar de Buenos Aires por las fuerzas represivas (El Laborista, 2/5/1948).

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