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“O come o se muere”: la rebeldía en Julio A. Mella (I)/Mella: la imaginación de la rebeldía (II). Por Julio César Guanche

Sin ser abiertamente trotskista, el marxismo soviético lo acusaba de tener ideas burguesas

“O come o se muere”: la rebeldía en Julio A. Mella (I)

Tenía 25 años cuando fue asesinado, pero en ese tiempo fue el ‘hijo bastardo’ de todas sus ‘familias’. Concebido en una relación extramarital, siempre sostuvo discusiones sobre las nociones revolucionarias con los miembros de su partido.

Por Julio César Guanche/El Telégrafo.-

El 25 de marzo de 1903 nació en la capital de Cuba Julio Antonio Mella, hijo ‘bastardo’ de una relación extramatrimonial entre el sastre dominicano Nicanor Mella Breá y la joven irlandesa Cecilia McPartland Diez. Sus padres se llevaban entre sí 31 años, lapso mayor que la edad que alcanzaría en vida su primogénito, asesinado a los 25 años en México.

En esa breve vida, Mella se las arregló para convertir a la universidad cubana en un espacio político nacional; sacar de sus casillas al dictador cubano Gerardo Machado; convertirse en líder latinoamericano, atentar contra la oligarquía mexicana -por el grado de su inmersión en el sindicalismo de ese país- y ser considerado por el stalinismo como una amenaza para la ‘unidad’ del movimiento comunista en la época.

El padre de Mella -hijo de un general, héroe de la independencia dominicana- era dueño de una de las sastrerías más famosas de la ciudad y mantuvo a su hijo como el alumno mejor vestido de la Universidad de La Habana; le inculcó la pasión por la vida de los patriotas de la independencia latinoamericana; lo introdujo en las lecturas políticas; le envió $ 80 mensuales al exilio cuando su vástago sufría la miseria; pagó sin pensar las altas fianzas que le impusieron a Julio Antonio, y movió cielo y tierra para liberarlo de prisión cuando su huelga de hambre.

Sin embargo, Mella fue un hijo ‘bastardo’ para otras de las ‘familias’ de las que formó parte.

El joven líder fundó el Directorio de la Federación de Estudiantes de la Universidad de La Habana en 1922, asumió su presidencia meses después y tuvo que renunciar luego al cargo acusado de vocación dictatorial y de poner en peligro la marcha de la reforma universitaria por su militancia política ‘sectaria’ con el movimiento obrero y con el naciente comunismo cubano.

Formó parte del grupo reducido que fundó el primer Partido Comunista de Cuba en agosto de 1925, y fue separado meses después por sus actos ‘individualistas’, ‘inconsultos’ y carentes de ‘solidaridad clasista’, ‘verificables’ en una épica huelga de hambre de 19 días.

Siendo uno de los ideólogos primeros del ‘nacionalismo revolucionario’, su filosofía fue presentada por el marxismo soviético como un eufemismo que escondía pactos secretos con el pensamiento burgués. Fue de los dirigentes principales del Partido Comunista de México. Enfrentado al ala derecha de ese grupo, fue denunciado como traidor en materia ideológica -o sea, ‘trotskista’- por desarrollar una política hacia el movimiento obrero que contravenía la doctrina de Stalin.

Cuando Mella se declaró en huelga de hambre -del 5 al 23 de diciembre de 1925- el Partido Comunista cubano, pequeño, muy golpeado, inexperto, le envió dos mensajes para que desistiese de su propósito. La huelga de hambre no era una tradición de combate revolucionario con historia propia en Cuba -quizás Mella llegó a ella por el conocimiento de la experiencia irlandesa- ni una estrategia aceptada por el movimiento comunista, que abogaba por la ‘lucha de masas’.

Desde su camastro, Mella sostuvo un combate de 400 horas contra todos los ejércitos: contra el Estado cubano, contra la cultura del sistema de dominación imperante, contra la fuerza brutal de una dictadura, pero asimismo contra los dogmas revolucionarios de su época.

Machado, ‘Mussolini tropical’, había gritado en la desesperación del asesino: “O come o se muere”. Mella perdió 35 libras y debió ser alimentado a escondidas por sus amigos con sueros de nutrientes de huevo para evitar la muerte, pues se dejaba morir por la justicia. Pero venció mitológicamente, sin comer hasta que obligó a Machado a rendirse. Pocas veces un dictador de ese poder fue doblegado por el espíritu de un hombre solitario, ya famélico y agónico tendido en una cama frente al mundo. Sin embargo, el Partido Comunista cubano reclamó de Mella el desconocimiento de aquellos dos mensajes, que este aseguró no haber recibido.

Leemos atónitos las actas de esa discusión dentro del partido, pero es preciso comprender el espíritu de la época y las condiciones de la lucha de tales hombres.

Mella fue acusado por cometer un acto ‘individualista’ y fue sancionado, de inicio, a separación del partido por dos años y de la vida política cubana por dos meses.

Su defensa en el juicio político nada tiene que ver con una autoinculpación y menos con una rendición moral: el mismo hombre que venció a Machado arrostró lo que es más difícil: el juicio en contra por parte de sus propios compañeros, la reprobación de sus ideas por parte de la ‘teoría revolucionaria’ y el anatema de la más alta dirección de la lucha contra su proceder. Mella también resultó, solitario y agónico, vencedor en la contienda.

Ya en México, su política lo situaría contra el ala derecha del Partido Comunista de México (PCM), defensora de la política de Stalin. El partido mexicano había sufrido la fractura de su dirección entre 1925 y 1926, al tiempo que devenía caja de resonancia de la Internacional Comunista para América Latina. En ese contexto, los conflictos en el partido soviético repercutían con crudeza en su hermano menor mexicano.

Mella enfrentó otro combate político al interior del propio espectro revolucionario, del que nuevamente quedaría mal avenido con los padres de la familia.

Sin ser seguidor abierto de Trotsky, sostenía dos grandes focos de tensiones con el PCM: el primero de ellos, alrededor de la cuestión obrera y sindical, y el segundo, sobre su proyecto de preparar una insurrección armada que desembarcase en Cuba para la lucha revolucionaria contra Machado.

Fue destituido de la directiva del partido y volvió a quedar como el rebelde gritando su herejía: entonces suspendió toda colaboración con el PCM y prosiguió con su proyecto, contra la teoría tenida por revolucionaria y de la sacrosanta política de la Internacional.

Mella fue por ello un hijo ‘bastardo’ que convirtió la rebeldía en naturaleza. En su tan breve como intensa vida aspiró a un socialismo que anunciaba, como la buena nueva de su triunfo, el “con todos y para el bien de todos” de José Martí.

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A fines de la década del 20 hablaba de problemas que aún persisten, como la explotación indígena

Mella: la imaginación de la rebeldía (II)

Su obra nutrió la Revolución que venció en 1959. El destacado luchador cubano fue un crítico de la cultura oficial de su época. Su supuesta relación con el troskysmo es motivo de polémica y especulaciones. Y sus refleciones teóricas siguen vigentes.

Por Julio César Guanche/El Telégrafo.-

Durante mucho tiempo, la responsabilidad por la muerte de Julio Antonio Mella se ha adjudicado al estalinismo en la figura de Vittorio Vidali, presentado por unos como héroe romántico -el célebre comandante Carlos Contreras en la lucha por la República española-, y por otros como asesino grotesco, implicado, entre otras, en las muertes de Trostky y de Andreu Nin.

Según se afirma, Vidali le espetó un día a Mella, fuera de sí: “No lo olvides nunca: de la Internacional se sale de dos maneras, ¡o expulsado o muerto!”.

En refutación de esa tesis, los historiadores Adys Cupull, Froilán González, Rolando Rodríguez y Cristine Hatzky han aportado las pruebas definitivas sobre su asesinato.

Ellos brindan información exhaustiva sobre la trama implementada por el dictador cubano Gerardo Machado para ejecutarlo después de contratar para el empeño al cubano José Magriñat, tras desembarazarse de varios políticos que aun en el seno del Machadato se habían opuesto sucesivamente a negociar la extradición de Mella hacia Cuba, a pretender comprarlo por soborno y más aún a asesinarlo.

Sin embargo, ambas versiones explican mejor la vida de Mella que su muerte: lo explican todo sobre su carácter revolucionario.

Era un enemigo de los déspotas de las oligarquías, de los tiranos del capitalismo y de los fanáticos sepultureros de las revoluciones.

Como todos los grandes líderes, Mella fue un hombre muy creído de sí mismo. Asombra su diario de México, que escribía cuando tenía 17 años, donde afirma que su imaginación “era un corcel de Apolo suelto en los espacios”, y se piensa como alguien llamado por la historia a arrastrar multitudes y dejar monumentos a su paso.

Al gritar “muero por la revolución” en el instante que supo final, estaba seguro de haber dejado una huella tan larga como sus propias intenciones en la historia de las revoluciones del continente.

La prosa de Mella es un manojo extraordinario de ideas escritas en forma muy irregular: algunos de sus textos alcanzan la brillantez, mientras en otros no pasa de lo basto.

Si se compara con Mariátegui, la originalidad de su pensamiento no es descomunal. Adhirió el marxismo determinista, que veía como un hecho inevitable y “científico” la revolución social, pensó que el vuelo de Charles Lindbergh a través del Atlántico sentaba las bases materiales para hacer realidad la frase “proletarios de todos los países, uníos”; comprendió de modo esquemático el perfil de los intelectuales y de su función en una política revolucionaria y subsumió la cuestión indígena en una estrecha comprensión clasista.

Sin embargo, comprendió lo esencial del marxismo: “la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos”. Esta es la clave de su pensamiento: la autonomía de la persona y del programa de la organización revolucionaria.

En los cientos de páginas escritas por Mella no hay una sola mención a Stalin. Conocía por su viaje a la URSS, y por Andreu Nin durante su estancia en Moscú -y así de primera mano- del conflicto entre Trotsky y Stalin, y de los enfoques de la Oposición de Izquierda, que dentro del bolchevismo y la defensa de la URSS combatía la política de Stalin.

Mella negó su afiliación al trotskismo y desmintió de modo oficial seguir sus tesis. Sin embargo, no hace falta releer sus textos para reivindicar sus avenencias con el fundador del Ejército Rojo, más allá de las menciones admirativas que le dedicaba siempre y los guiños a obras de Trostky aparecidos en varios de sus trabajos, pues esa admiración es la que siente también por Lenin: es la militancia en el marxismo revolucionario.

En el pensamiento de Mella aparecieron juntos por vez primera en Cuba, en una concepción orgánica, las ideas revolucionarias, republicanas y liberales, del siglo XIX cubano -con José Martí a la cabeza- y el entendimiento sobre la política revolucionaria clasista, así como la comprensión sobre los problemas cubanos en clave marxista.

La idea de Cuba Libre… para los Trabajadores!, que da nombre al periódico de la Asociación de Nuevos Emigrados Revolucionarios Cubanos, es la síntesis que explica una fusión en la que cada elemento ha dejado de ser lo que era: el nacionalismo se comunica con el internacionalismo y la patria y la nación dejan de ser un proyecto oligárquico y blanco para convertirse en uno interracial y popular.

Mella abarcó varios temas que hoy experimentan grandes debates. Se opuso con firmeza a la pena de muerte. Enfrentó con terquedad la discriminación racial y afirmó el lugar del negro en la sociedad y la historia cubanas.

Prefiguró algunas problemáticas que llegan hasta hoy en día en lo que respecta al papel de la explotación indígena en el desarrollo del capitalismo y defendió una política socialista del deporte, opuesta al criterio de la competición mercantil como aniquilamiento físico del deportista, que hace culto falsario a la salud del atleta.

Su obra nutrió la imaginación de la única revolución socialista triunfante en Occidente, la Revolución Cubana de 1959, cuando esta debió ser muy rebelde respecto a la cultura oficial de su tiempo para poder ser una revolución.

Sin embargo, su memoria sirve para evitar santificar su legado. Mella fue un crítico de la cultura oficial de su época, sus ideas fueron advenedizas para la teoría aceptada y sus tomas de posición resultaron incómodas para las burocracias que se proclamaban revolucionarias. Para él, ser rebelde era la única forma de ser revolucionario.

 

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