Por Ing. Omar Ríos González.
El viejo inspector decidió actuar, después de comprobar sus sospechas.
Alguien en su propia casa le extraía dinero de la cartera…
Con la sagacidad habitual que lo distinguía, coordinó un plan maestro: utilizaría los polvos que usualmente se aplicaban para detectar robos. El pillo quedaría con las manos manchadas al menos dos días, y no podría argüir absolutamente ningún “aleeve” como diría su partner inglés de la Interpol.
La mañana del viernes fue de mucho calor. El inspector se levantó temprano- como de costumbre- y fue a tomar la ducha. Ya la trampa estaba tendida. Se demoró más de lo usual acicalándose frente al espejo y se lavó los dientes largamente…
Salió al rato y terminó de vestirse ya en la sala de su casa. No quiso desayunar, según dijo, pues había olvidado que tenía un asunto importante que resolver.
En su oficina le llamó la atención a todos que, por ratos, el viejo inspector reía sin causa aparente. Alguien le preguntó qué le pasaba, y respondió divertido que el que sólo ríe, de sus maldades se acuerda…
No quería llegar a casa antes de la hora de rutina. Así que tuvo que acopiar paciencia para no retirarse del trabajo antes.
— ¡Ahora sabrán que aún estoy en pleno goce de mi intuición!- decía para sí rechinando los dientes.
Finalmente llegó a su lar, habiendo concebido ya el plan a seguir cuando detectara al ladrón…
Tan pronto traspasó el umbral de la sala, vino a recibirlo su esposa toda embarrada de tinte de cabello, pues no quería que su esposo gastara dinero en arreglos de peluquería.
De inmediato fue informado de que la hija mayor, había ido a pasar el fin de semana a las montañas con unos amigos, y su hijo y nuera no volverían hasta la próxima semana por la muerte de un pariente lejano.
En eso apareció la muchacha del servicio doméstico con una limonada bien fría, acorde a las encomiendas dadas en cuanto llegara el caballero de la casa después del trabajo.
Mientras esta le entregaba la copa con el acidulado líquido, el viejo inspector observó que sus manos evocaban a las hadas de los cuentos infantiles por lo tiernas y pulcras.
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