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Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

Por: Ladyrene Pérez, Rosa Miriam Elizalde

Moura Revueltas y su hijo Ernesto Roldán Revueltas, en La Habana. Ernesto expone en la Casa de las Américas de La Habana, a partir de este jueves 20 de noviembre, la exposición de pintura “Sueños cruzados” dedicada al centenario de su abuelo, que se celebra hoy. Foto: Ladyrene Pérez/ Cubadebate.

Maura Revueltas Agüero admite que su vida comenzó con Venus saliendo de las aguas. “Mamá esperó el momento en que él pasaría cerca de la piscina del Hotel Habana Libre. Tomó impulso y se sentó, empapada, en el borde. Cuando levantó la vista, ya él la había descubierto y no se separaron hasta que él regresó a México”.

Era agosto de 1961. José Revueltas tenía 48 años, estaba en trámites de divorcio y comenzaba a escribir su novela Los errores. Había llegado a Cuba en mayo, después de publicar su Ensayo de un proletariado sin cabeza, que le costó una nueva y definitiva expulsión del Partido Comunista Mexicano.

Su hermana Rosaura se encontraba en la Isla desde 1960, para montar El círculo de tiza caucasiano, de Bertolt Brecht, y dar clases de actuación. José se le unió para enseñar a hacer guiones en el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC). Allí organizó un Taller Cinematográfico que desplegó una investigación con el tema Alfabetización, cuyo eje fue la grabación de una entrevista de dos horas con Samanat, una alfabetizada de 106 años. Los guiones de Revueltas en La Habana aún permanecen inéditos.

En los apuntes sobre su estancia de siete meses en la Isla cuenta que en agosto conoce al Che Guevara –“sus palabras tienen un calor inesperado, una vivacidad palpitante y comunicativa”-, dicta un curso sobre marxismo y asiste al primer Congreso de Escritores y Artistas. Omega Agüero, 21 años, natural de un poblado del interior de la Isla (Minas, Camagüey), es becaria del “Seminario de escritores del Teatro Nacional” y participa en el encuentro.

“Ella –describe Revueltas en su diario-, naturalmente, Venus que brotaba del mar, que emergía de la piscina… Había hecho una graciosa flexión con los brazos, las manos apoyadas en el borde de la piscina, para disparar el borde hacia arriba, desprendiéndose de las aguas con un impulso elástico y desenvuelto, y ese alterno ascender de sus rodillas y aquellos muslos compactos que se afirmaban sobre los pies.”

Unos días después, ya estaban en el malecón, “lúcidos de amor, perteneciéndonos como si nos hubiéramos dado mutuamente los ojos”. “Cuba -subraya el escritor más adelante- es una Revolución en estado atávico. Ha empezado por las palabras: esto es agua, esto es viento. Es por ello que decidí con Omega traer una criatura a este nuevo mundo”
Esperaban a un niño

Si era niño le pondrían por nombre Vladimiro, y una y otra vez Revueltas lo comenta en la correspondencia que aún se conservan de esta época en el volumen 26 de sus Obras completas (México, ERA, 1987). Las colecciones de la Benson Library, en la Universidad de Texas, guardan copias de algunas cartas de Omega Agüero, la “pequeña camarada”, la “compañera monstruo”, como la llama él en textos ardorosos.

Pero por su condición de “madre soltera”, Omega regresa a Minas, “una especie de aldea de Bernarda Alba, muy conservadora”, recuerda Moura. Revueltas escribe indignado a Mirta Aguirre, a quien conoce desde hacía 30 años y dirige la Sección de Teatro y Danza del recién creado Consejo Nacional de Cultura: “Para mí es evidente que la anulación de la beca que Omega Agüero gozaba en el seminario de escritores, no pudo ser obra sino de la supervivencia del dogmatismo en algunas personas (…) y de la incomprensión sectaria, filistea, teñida del más despreciable puritanismo burgués”.

Finalmente nace una niña, el 7 de julio de 1962. Omega quiere ponerle un nombre azteca y le pide consejo a Revueltas, que sugiere llamarla Romana, como su madre. Omega la registra como Moura: por las mouras de la mitología gallega –diosas que emergen de la tierra o del agua.
“Mi madre siguió adelante, dio clases de inglés, escribió dos libros de cuentos, se vinculó al teatro… Yo crecí en Minas con mis abuelos y escuchando hablar con adoración de mi padre, que quedó ligado a mi madre para siempre porque yo existía y porque él buscó modos para escribirnos y tener comunicación con nosotras. Sabíamos que entraba y salía de la cárcel continuamente, y que era perseguido por sus ideas políticas. Él no estaba físicamente y yo tenía muchas ilusiones de que él conociera mi pueblo, mi casa, mi perro, pero nunca dejé de sentirlo a mi lado”, dice Moura.

La niña solo lo vio en dos ocasiones: cuando vino a La Habana, a inicios de 1968, como jurado del Premio Literario Casa de las Américas y la llevó a jugar al Parque Maceo, frente a las aguas de la bahía. Tras su viaje a Cuba, se vio obligado a renunciar a su puesto como empleado de la Secretaría de Educación Pública. Regresó en agosto de 1975, acompañado de quien sería su última esposa, Ema Barrón.

“Yo era una adolescente tímida a la que él llenó de mimos. Hicimos planes para estar juntos y para que él conociera a mis abuelos, pero un año después llegó la noticia de su muerte. Solo entonces me sentí en total desamparo”, recuerda Moura.
La vida siguió su curso

Omega estaba casada desde 1970 con el poeta cubano Francisco de Oraá (1929-2010), Premio Nacional de Literatura, y tenía otro hijo. Moura siguió sus estudios, primero en Minas y luego en Camagüey, hasta graduarse como Médico General Integral, en 1987. Hoy es especialista de segundo grado en Epidemiología, tiene dos hijos –Enrique y Ernesto- y vino a vivir a La Habana, tras la muerte de su madre en el 2008.

Un día Moura estaba sentada frente al televisor, “matando el tiempo”, dice, y comienzan a transmitir una vieja película de 1952, dirigida por Roberto Gavaldón. “El rebozo de la soledad”, con Revueltas como co-guionista. La trama cuenta el dilema de un joven médico que se enfrenta ante la decisión de entregarse a una vida llena de comodidades y lujos o continuar dedicándose en cuerpo y alma a atender a quienes más lo necesitan, en el campo. El doctor, interpretado por Arturo de Córdova, se quedó con los pobres.

“Es exactamente lo que yo hice –afirma Moura Revueltas-: fui médico en Contramaestre, La Horqueta, Victorino y otros pueblos de campo. Trabajé en una posta médica rural, en los llamados ‘triángulos lecheros del Camagüey’. Me formé con la idea de la medicina con un enfoque social y amor a la gente. Por eso a veces creo que la genética es una ciencia exacta y que mi padre habría estado orgulloso de mí… No tienes idea de cuánto lloré esa noche, allí sola, frente al televisor.”

(Tomado de La Jornada)

http://www.cubadebate.cu/noticias/2014/11/19/moura-revueltas-la-hij...

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