Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos



Enrique José Varona

Cuando Martí regresó a Cuba en 1879, su nombre no me era extraño. Conocía de él ya un folleto
político, que me había impresionado vivamente tanto por el fervor y nobleza de
las ideas como por lo insólito del estilo. Sabía que el autor, cuando lo
escribió, era un adolescente, y no podía menos de sorprenderme el sello de
vigorosa personalidad que se marcaba a cada paso, en esas páginas, que parecían
vibrar como si las animara el eco de la voz de Lamennais.


Fue aquella, época de grande efervescencia de ideas entre nosotros. La cátedra académica
preludiaba lo que había de ser poco después la tribuna política, y traía un
concurso ávido de la bella palabra y de nuevas doctrinas. Se aseguraba que el
recién llegado poseía el don de la elocuencia; y fácil, como lo he sido siempre,
a dejarme encantar por la virtud de la oratoria, ardía en deseos de oírlo.


A poco de su llegada, me ofreció la ocasión apetecida: una fiesta del Liceo de Guanabacoa.
Nunca olvidaré el embeleso en que estuve todo el tiempo que habló Martí. La
cadencia de sus períodos, a la que solo parecía faltar la rima para ser verso,
mecía mi espíritu como verdadera música y con el efecto propio de la música. Al
mismo tiempo, pasaban ante mí, como enjambre de abejas doradas, como surtidores
y canastillos de agua luminosa, como saetones de fuego que se abren por el éter
en manojos de oro, zafiro y esmeraldas, sus palabras sonoras, en tropel de
imágenes deslumbrantes que parecían elevarse en espiras interminables y poblar
el espacio del fantasma de luz. Era un arrullo continuado que me producía, en
vez de somnolencia, deslumbramiento.


Cuando supe que había de contestarle, desperté bruscamente, y con no poco sobresalto porque
advertí que, cautivado por la melodía, poca atención había podido prestar a la
trama lógica de las ideas. Mi impresión había sido artística y no intelectual.
Supongo que de ello habría de resentirse la disertación con que le contesté.
Todavía los primeros párrafos de ella revelan la suspensión en que me había
dejado esa palabra y esa imaginación desbordadas y cautivadoras.


Oí después a Martí otras veces, siempre con mucho gusto, pero con efecto más atenuado.
Sucedió así, no porque el orador se mostrase inferior a sí mismo, sino porque
más habituado yo a su manera, mi gusto vaciado en otros moldes estaba ya
prevenido y, sin poderlo remediar, a la defensiva. No tuve nunca oportunidad de
escucharle ningún discurso político. Pero me doy cuenta del efecto maravilloso
que debía producir, sobre todo en los emigrados soñadores, anhelosos de
esperanzas, su palabra de vidente, desatada en torbellino por la vehemencia de
su fe patriótica.

Nuestro trato fue breve porque fue la estancia del tribuno en Cuba. Algunos años después
me encontraba en Nueva York, primera etapa de mi infructuoso viaje a España como
diputado a Cortes. A la mañana siguiente al día de mi llegada, estaba yo en el
comedor del hotel cuando vi adelantarse rápidamente hacia mí, con los brazos
abiertos, a un hombre de nervioso andar y ojos chispeantes que me llamaba por mi
nombre, con acento regocijado. Era Martí, que desde ese momento me acompañó con
frecuencia, hablándome sin cesar de Cuba.


Fue otra forma de hechizo la que ejerció sobre mí el orador del Liceo, pero más duradera.
De Martí en la plática mano a mano, en la efusión espontánea de su pensamiento
ardoroso que brotaba por los labios, los ojos y los ademanes, podía decirse con
verdad lo que el Cosimo, de D'Annunzio dice del escultor Gadi (sic):
“Pertenece a la más noble de las castas humanas; es un vivificador”.


Sí, su palabra era algo viviente que trasfundía vida. Me parece verlo el día que nos
separamos, detenidos los dos en un ángulo de la reja que rodea el cementerio de
Trinity Church. En medio del bullicio atronador de aquella parte, congestionada
siempre, de la enorme ciudad, yo no oía sino su voz conmovida, que me conmovía;
deslumbrado una vez más por su lenguaje fulgurante; enternecido por sus
expresiones de afecto; confundido un instante con él en una misma tristeza por
la incertidumbre que envolvía, cual pesada niebla, el porvenir de la Patria;
admirado yo de verlo sacudir de súbito esos pensamientos sombríos como si ya su
visión interna se alumbrara con los lejanos resplandores de una nueva
aurora.


Nunca más nos encontramos; pero nos escribíamos de cuando en cuando. Sus cartas, fuera el
que fuese el asunto, tenían el mismo magnetismo de su conversación. Se le oía y
se le veía a través de los amplios trazos de su letra nerviosa. Escribía a sus
amigos como les hablaba; las imágenes florecían bajo su pluma como en sus
labios; el corazón se le derramaba tras las palabras: “Increíble es que nos
esperen mayores desdichas —me decía en una de ellas—; pero parece de veras que
nos están reservadas humillaciones y angustias más temibles, por menos
remediables, que las que le tienen a usted atribulado el corazón, y a mí como
muerto en vida. ¡Qué alegría verlo a Ud. entre estas penas como una flor de
mármol!”.


En el verano del año 1894 hice un viaje a Nueva York para verlo. De acuerdo con algunos
amigos, resueltos como yo a seguir a nuestro pueblo por el camino por donde se
lanzara, pero que juzgábamos deber imperioso detenerlo cuanto fuera posible al
borde del oscuro vía crucis, para que midiese bien sus fuerzas y los obstáculos
de todo orden que habían de contrastarlo, quise intentar un supremo esfuerzo
acerca de aquel hombre de gran corazón que ya sabía de antemano mi modo de
apreciar el problema y las circunstancias en que se planteaba.


Cuando desembarqué, hacía pocos días que Martí había salido para México. Me avisté con
uno de sus lugartenientes, que era también mi amigo: Benjamín Guerra. Este me
oyó cortésmente, sin desabrimiento, pero como quien desde luego sabe que no ha
de ser persuadido. Me ofreció transmitir a Martí mis palabras; mas, cuando nos
separamos, la visión que me persiguió por algunos momentos fue la de una gran
oscuridad en cuyo seno se produce de súbito un gran incendio.


No he vuelto a ver a Martí, sino ahora, sobre su blanco pedestal de mármol, glorioso
desaparecido que ha entrado en la inmortalidad. No sé si será un sentimiento
egoísta; pero más quisiera que su mano extendida pudiera aún calentar la mía, y
que su ancha frente de iluminado pudiera todavía inclinarse sobre Cuba para dar
calor a su alma con las chispas de su noble pensamiento.


El Fígaro, 27 de febrero, 1905.




* Estos textos forman parte de un compendio realizado por la Revista Bohemia y publicado bajo el título "Cómo vieron a Martí algunos
de los que lo conocieron" el 25 de enero de
1963.

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