Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

Juan Gualberto Gómez
La Habana ha rendido a la memoria inmortal del egregio José Martí, un espléndido homenaje en este aniversario de su natalicio. Es seguro que en la Isla entera todos los corazones cubanos se
habrán sentido igualmente emocionados al evocar el recuerdo del día feliz en que
Cuba viera nacer al hijo que, con su laboriosa constancia y su esfuerzo genial,
reunió los elementos valiosos y unificó las voluntades necesarias para que su
país de nuevo se lanzara a la conquista de su libertad y de su
independencia.

Amigo y compañero de Martí en el trabajo revolucionario, viene en este día glorioso a mi mente el recuerdo de dos circunstancias que jamás olvidé porque viven en mi espíritu como características emocionantes de
mis relaciones con aquel glorioso compatriota.

1

Martí y yo nos conocimos hacia el final de 1878. El Pacto del Zanjón nos había sorprendido a ambos en el extranjero: a él, por una de las repúblicas de Centro América; y a mí, en México. Fue en el bufete del célebre
jurisconsulto, elocuente orador y exquisito amante de las letras, don Nicolás de
Azcárate, donde nos vimos por vez primera. Don Nicolás de Azcárate también había
tenido que emigrar a México, donde nos hicimos amigos, perseguidos por la
intransigencia colonial. En su bufete encontró Martí su primera ocupación, y
allí le fue presentado por don Nicolás, y allí nació entre los dos una relación
íntima que estrechó y fortaleció la identidad de nuestras opiniones respecto a
los destinos de nuestra Patria. Los dos estimábamos el Pacto del Zanjón, que no
aprobábamos, no como el desenlace natural y definitivo de la Revolución de Yara,
sino como una tregua inesperadamente surgida, y que Cuba debía romper tan pronto
como pudiera. Para llegar a esta finalidad, todos los que en la Isla pensaban de
ese modo empezaron a conspirar a fin de reunir recursos y voluntades para
emprender de nuevo la guerra libertadora. Yo pertenecía como secretario a un
club revolucionario, secreto, desde luego. Martí pertenecía a otro.

Del bufete de Azcárate pasó luego Martí al del licenciado Miguel Viondi, otro excelente cubano. Todas las tardes nos reuníamos Martí y yo en el despacho que tenía en la oficina de Viondi, quien se daba cuenta de lo que
hacíamos, pero nos miraba con simpática benevolencia y caballerosa
discreción.

La labor de los que conspirábamos dio su fruto. En 1879 estalló la que se conoce en el vocabulario separatista con el nombre de la Guerra Chiquita; no porque careciera de empuje o de importancia, sino porque
tuvo poca duración. En Oriente y en Las Villas, el movimiento armado logró
impresionar fuertemente al gobierno español. Para ayudar a los alzados en armas,
para provocar nuevos alzamientos, los clubes habaneros estimaron conveniente
unificar su acción; y a este efecto se convocó una junta de los presidentes y
secretarios de esos clubes, que se celebró una noche en la vecina población de
Regla. En esa junta se creó un comité central, cuya presidencia asumió
Martí.

La idea pareció excelente puesto que desde ese momento el entusiasmo aumentó y, con él, el crecimiento de los recursos en armas, municiones y dinero para ayudar a los alzados de Las Villas, singularmente, y
preparar un alzamiento en la misma provincia de La Habana. Pero, al cabo, la
idea resultó funesta. Mientras los clubes trabajaban aisladamente, al Gobierno
le era difícil conocer la existencia de todos y medir la importancia de su
labor. Desde la reunión de Regla, su espionaje se hizo intensivo y eficaz por la
sencilla razón de que a la reunión de Regla habían asistido dos o tres miembros
de clubes que eran espías del Gobierno, y ponían a este al corriente de cuanto
sabían.

A las pocas semanas de estar actuando Martí como presidente del comité central, fue preso. Y el recuerdo de esa circunstancia es el primero de los dos a que me refería al comienzo de este escrito.
2

Martí vivía en una casita modesta, pero alegre y limpia, que aún existe: Amistad N° 42, entre Neptuno y Concordia. Una mañana en que habíamos trabajado mucho en su bufete, y debíamos seguir trabajando en el
arreglo de asuntos de interés para Las Villas, me llevó a almorzar a su casa.
Estábamos aún en la mesa él, su distinguida esposa y yo, cuando sonó la aldaba
de la puerta de la calle. Su esposa se levantó y abrió. La saleta de comer
estaba separada de una mampara de la sala de recibo, así es que yo no vi al
visitante; pero la señora de Martí dijo a este en alta voz: “El señor que vino
hace un rato a buscarte, y al que dije la hora en que te podía ver, es el que ha
vuelto. Dice que termines de almorzar, pues no tiene prisa y te esperará”. No
obstante esto —lo recuerdo bien— Martí se levantó, y con la servilleta aún en la
mano, pasó a la sala de recibo. Tras breves instantes volvió a la mesa y, con
calma absoluta, dijo a su esposa: “Que me traigan enseguida el café, pues tengo
que salir inmediatamente”, y siguió para su cuarto. Yo le vi abrir su
escaparate, que estaba frente a mí, pues yo estaba sentado de espaldas a la
sala; buscar de una gaveta unas cuantas monedas, llamar a la esposa, a la que
dirigió unas palabras que no oí. Servido el café por la sirvienta en esos
instantes, vino Martí a la mesa y de pie sorbió de su taza unos cuantos buches
de café, y dirigiéndose a mí me dijo: 'Tome su café con calma: usted se queda en
su casa, y dispénseme, pero es urgente lo que tengo que hacer'. Me dio la mano,
tomó su sombrero y se marchó con el visitante, para mí hasta ese momento
incógnito. Desde ese día y esa hora, no volví a ver a Martí.

En efecto, tan pronto como salió de su casa, su esposa, presa de una gran angustia, me dijo con ojos llorosos: “Se llevan a Pepe; ese hombre que ha venido es un celador de policía. Yo lo ignoraba. Pepe me encarga
que le diga a usted que corra y haga lo posible por ver a dónde lo llevan, y le
avise a don Nicolás Azcárate”.

Salí enseguida con toda la prisa que me era posible. Al entrar por la calle de Neptuno acerté a ver a Martí con su acompañante, a cierta distancia. Ya casi iba a alcanzarlo, cuando vi que en la parada de coches que
existía en la plazoleta de Neptuno y Consulado, entraban en un carruaje.
Apresuré el paso, tomé otro coche yo, los seguí y los vi descender en la
Jefatura de Policía, entonces instalada en el mismo edificio de Empedrado y
Monserrate que ahora ocupa.

Cumpliendo el encargo de Martí, avisé a Azcárate. Para este, que tenía grande influencia en el Gobierno, se levantó la incomunicación y se le permitió ver a Martí. Con Azcárate recibí unas llaves y el encargo de
recoger en el bufete de Viondi una pequeña maleta para entregarla a don Antonio
Aguilera, diputado provincial entonces, que quedó en lugar de Martí. A los tres
días de su detención salía el vapor correo para España, llevándose a Martí para
la metrópoli, pues tanto por los consejos de Azcárate, como por su propia
inclinación a los procedimientos suaves, el general Blanco, capitán general de
la Isla, prefirió deportarlo, a intentarle un proceso.

Lo repito: desde el día de su detención, no nos volvimos a ver más.

A las pocas semanas de la prisión de Martí, fue preso don Antonio Aguilera. Lo más singular del caso, es que este, la víspera de su prisión, vino a encontrarme, en una noche lluviosa, abrigado por un gran capote,
y trayendo debajo de este el famoso maletín que yo había recogido en el bufete
de Viondi y que le había entregado a virtud del encargo que recibiera por
conducto de Viondi.

“Tengo informe fidedigno —me dijo Aguilera— de que de un momento a otro me han de prender. No sé cómo ha podido ser, puesto que me he estado moviendo con mucha cautela. Pero es lo cierto que no solo se sabe mucho
de lo que hago, sino que la policía está enterada de que en esta maletica poseo
documentos de importancia que pertenecieron a Martí. Pocos lo saben, y de esos
pocos, no me cabe sospechar. Se la traigo, pues, para que busque un lugar seguro
en que donde ocultarla. Tome la llave. Si me prenden, ábrala, entérese de los
documentos que contiene. Además, si me prenden, hay que mandar a Santa Clara,
con emisario seguro, estos otros documentos que le dejo.”

¡Qué tiempos aquellos! Sin vacilar acepté el encargo. Aguilera y yo nos abrazamos fuertemente. Llevé la maleta a lugar seguro. Para mí, siempre ha habido, entre mis amigos, gentes en quienes he podido fiar, y que
por su posición modesta y hasta pobre, como la mía, resultaban casi
insospechables a las autoridades españolas.

Como lo temía Aguilera, a los dos días de su entrevista fue preso y enviado también a España, como Martí. Abrí la maleta y me encontré con una nota de encargos que asumía el deber de cumplir. Envié a Las Villas al
emisario que me pareció más seguro... ¡cuando a los pocos días fui preso,
conducido a la fortaleza del Morro y deportado a Ceuta! La maleta fatal
desgraciaba a todo el que la poseyera. En víspera de mi salida para España, supe
la causa del misterio: uno de los hombres más importantes de los clubes
conspiradores, teniente coronel de la Guerra de los Diez Años, se había puesto,
por venganza de lo que él estimó un desaire, al servicio del Gobierno. De él no
nos ocultábamos. Él sabía a qué manos iba a parar la maleta dejada por Martí, y
sabía que con arreglo a los documentos que contenía se dirigían los trabajos
revolucionarios. Mientras yo podía pasar como uno de tantos, no tenía
importancia mi papel. Depositario de la maleta, ya resultaba eficaz y peligroso.
De ahí mi deportación.

Diez años permanecí en España: desde 1880 a 1890. Cuando a ella llegué, ya Martí había logrado escaparse y vuelto a América. Y cuando de ella salí, y regresé a Cuba, nuestros rumbos se habían distanciado tanto que no
manteníamos siquiera correspondencia.

3

Al volver a Cuba, en 1890, yo traía un propósito deliberado: fundar un periódico para iniciar una propaganda franca y abierta de las ideas separatistas, que yo estimaba que no se podía impedir aquí por las
leyes, como no se había podido impedir en España la propaganda republicana,
declarada legal por el Tribunal Supremo de nuestra antigua metrópoli. Fundé el
periódico La Fraternidad, netamente separatista. Denunciado por un artículo
titulado “Por qué somos separatistas”, encarcelado durante ocho meses, condenado
a una pena relativamente ligera por la Audiencia de La Habana, a pesar de la
brillante defensa de González Lanuza, llevé el caso al Supremo de España, donde
defendido por don Rafael María de Labra, obtuve con la casación de la sentencia,
el reconocimiento de que era lícita la propaganda del ideal de la
independencia.

Esto pasaba entre 1890 y 1891.

Martí, al conocer mi campaña, me escribió desde Nueva York, felicitándome. Cuando más tarde fundó el Partido Revolucionario Cubano, en los EE.UU., ya estábamos de nuevo en correspondencia, y, cosa más singular, ya
había conspiradores en el Isla que marchaban en inteligencia conmigo como
sucedía en Matanzas, donde el ingeniero Emilio Domínguez, el doctor Pedro
Batancourt, los hermanos Acevedo, José D. Amieva y otros tenían constituido un
club revolucionario.

Al acentuarse la acción del Partido Revolucionario Cubano, resulté, sin buscarlo, el intermediario natural entre los conspiradores de por aquí y Martí. Poco a poco, mi correspondencia con él se hizo semanal,
bisemanal, casi continua. Los hechos, y su confianza, y la confianza de los que
en Cuba laboraban, todo ello me dio el peligroso, pero honrabilísimo papel de
llevar entre los nuestros la representación del que ostentaba el título de
Delegado del Partido Revolucionario Cubano.

De mi larga correspondencia con este, algunas cartas se salvaron, sobre todo, algunas de las que recibí en los meses de noviembre, diciembre, enero y principios de febrero de 1895.

Tengo, sobre todo, la última. Está escrita la víspera del día en que salió para Santo Domingo a reunirse con el General Máximo Gómez, para venir a morir a Cuba. Después de encargarme de que me dirigiera, en lo sucesivo,
a Gonzalo de Quesada, de quien me decía “mi hijo espiritual”, terminaba su carta
con estas frases nerviosas: ”¿Lo veré...? ¿Volveré a escribirle...? Me siento
tan ligado a usted, que callo... Conquistaremos toda la justicia”.

Tal es el recuento de la última vez que vi a Martí, en 1880, y tal el párrafo, para mí inolvidable, de la última carta que me escribió en 1895.

Revista Bimestre Cubana, 1933.

* Estos textos forman parte de un compendio realizado por la Revista Bohemia y publicado bajo el título "Cómo vieron a Martí algunos de los que lo conocieron" el 25 de enero
de 1963.

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