Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

Por: Roberto Méndez Martínez Fecha: 2011-05-19 Fuente: CUBARTE

 

La imagen de José Martí es familiar para todos los cubanos. Personas que quizá no visiten los museos ni las salas de exposiciones, han visto su rostro en la televisión o en la prensa, o lo asocian a los días escolares, cuando cada mañana formaban filas ante un busto suyo. Lienzos, grabados, carteles, han repetido con mayor o menor fortuna su figura. Ante esa profusión habría que preguntarse, ¿existe una imagen única del prócer o cambia esta junto con los estilos artísticos y las corrientes de pensamiento? La respuesta puede ser inquietante, en tanto cada época parece privilegiar unos rasgos diferentes para construir al héroe con una persistente actualidad.

 

La única vez que Martí posó para un pintor fue en 1891, ante la pupila atenta del sueco Herman Norrman, quien lo representó en su despacho de 120 Front Street, New York, detenido por un instante en el acto de escribir. Se habían conocido no mucho antes en esa ciudad y en carta a Federico Edelmann, del 11 de diciembre de 1890, el poeta había dejado su única referencia constatada sobre el artista: la imagen de una obra suya, colgada en casa de Carmen Miyares: “un cuadro de la madrugada, de Norrman”.

 

Quizá la modestia o las prisas de 1891, impidieron que dejara una evaluación de esta pieza, cuyo mérito fundamental en la actualidad sigue derivando de su condición de pieza documental: es el único retrato pictórico que le fuera tomado del natural. La obra es sobria, elegante, pero no excepcional desde el punto de vista artístico. La coincidencia epocal entre modelo y artista hizo que este último procurara captar más la semejanza física y la atmósfera de su entorno que su alcance espiritual. El creador, a pesar de haber asimilado, de forma moderada, las lecciones del impresionismo, sobre todo en el modelado y distribución de las luces, está apegado al canon realista de interpretación. Su Martí es ante todo un hombre de meditación y escritura, un poeta que aún en la sombra del escritorio recibe una luz singular sobre el rostro, un ser espiritualmente selecto, pero todavía no es un héroe, ni el fundador de un pueblo.

 

La contradictoria inauguración de la República tuvo entre sus preocupaciones la fijación de la imagen martiana. Todavía no se habían apagado en el Senado las voces de ciertas figuras procedentes del autonomismo que censuraban la conducta del héroe como funesta, ni se apagaba en la memoria de algunos viejos emigrados la figura del Martí cotidiano y ya se levantaba en el Parque Central un monumento de mármol a su memoria, del que el escultor cubano José Vilalta Saavedra, residente en Roma, fue coordinador y contratista. Su imagen, de evidente factura académica, fue tallada a partir de muy recientes fotografías y testimonios. En ella hay una solución de compromiso entre la imagen realista y la función simbólica. Estamos todavía ante un Martí como el que vieron sus contemporáneos: de unos cinco pies y medio de estatura, que nunca llegó a pesar más de 140 libras, de salud frágil, nervioso, apasionado y de temperamento más bien colérico –como le recuerda con muy personales razones Enrique Collazo-- , pero convertido en padre de un estado naciente, en Verbo fecundador de la Isla.

 

En la medida en que el suceder histórico fue haciendo del Héroe más una clave de los orígenes que un recuerdo, su imagen artística fue recomponiéndose. La preocupación inicial por la semejanza al modelo fue desapareciendo –salvo unos rasgos básicos del rostro: frente ancha y despejada, bigote poblado, expresión absorta, que han servido habitualmente para que el espectador identifique con una sola mirada al personaje-- a favor de una representación densamente simbólica que habitualmente alude más a una fuerza espiritual que a una persona específica.

 

Tres creaciones de artistas de nuestra vanguardia son particularmente representativas de estos modos de expresión en las primeras seis décadas del siglo XX: una caricatura de Abela, el óleo Dos Ríos de Carlos Enríquez y el Martí de Arche.

 

La caricatura de Abela, perteneciente a la serie El Bobo, apareció en el período más crítico de la lucha antimachadista bajo el título “En el cielo”. En ella, el personaje protagónico –imagen de la opinión pública, muy crítica hacia el dictador, pero solapada por temor a la represión– se dirige a Martí, ubicado en una especie de Paraíso celestial, entre nubes. El patriota, conformado por la caricatura de su rostro, sobre un cuerpo “espiritualizado”, escucha desde allí la pregunta del Bobo: “¿Dígame, Maestro, qué fue lo que Ud. realmente soñó?”. Más allá del valor de este texto plástico como protesta política, contra la habitual manipulación del discurso martiano por la retórica oficial, es particularmente elocuente por la contextualización del personaje: el Héroe está vivo, pero ha sido abandonado, solitario, en una esfera muy ajena de la realidad, se le trata como a una divinidad, pero no interviene en la vida cotidiana. Es la viva expresión de una laguna sustancial en la cultura cubana.

 

El lienzo de Carlos Enríquez es el más pleno de fuerza poética. El pintor, cuya obra está repleta de paisajes rurales del centro de la Isla, bandoleros y caballos, ha reinterpretado a su manera los sucesos del 19 de mayo de 1895. Su propósito no es “narrar” la tragedia a partir de fuentes históricas, sino mostrar su desenlace convertido en una tragedia cósmica. Un vendaval entra diagonalmente en el austero paisaje, ya ensombrecido, y arrebata al cuerpo frágil del jinete, que ya tiene en su rostro la marca de la muerte, mientras el gigantesco caballo se debate en agonía. El contraste entre la flaccidez del Martí, aún sobre su cabalgadura pero ya cadáver y el par de figuras femeninas que vienen dentro del huracán, todas sensualidad, para arrastrarlo consigo, más la violencia del caballo que se resiste a la acometida, conforman una especie de espiral que es el centro del cuadro. Eros y Tánatos se complementan, para mostrarnos la caída del Apóstol como un suceso telúrico, una catástrofe natural irrecuperable. En este sentido, el pintor se acercaba a la interpretación que Lezama daría del suceso en el editorial de Orígenes dedicado al Maestro en el centenario de su natalicio:

 

Y si sólo podemos creer, según la extraña sentencia de Pascal, a los testigos muertos en la batalla, es en las decisiones de su muerte, donde nuestra forma como pueblo adquirió su esplendor al unir el testimonio con su ausencia, dar una fe sustantiva para las cosas que no existen, o a la terrenal gravitación de las más oscuras imágenes.

La tercera de estas piezas, el retrato de Arche (imagen), va por otros derroteros. El propósito aquí es la recuperación del Martí humano, inmediato. Muy hábil en la realización de retratos, que habitualmente coloca en ambientes asociados a la meditación y el reposo, el pintor ubica al retratado en una especie de “plano medio” cinematográfico que comprende cabeza y torso, y mientras la mano derecha reposa sobre el pecho, la izquierda, en un audaz trompe l’oeil avanza más allá del primer plano ideal, como para salir del lienzo y posarse sobre el marco de la pieza. Detrás, el paisaje muestra la fusión ideal de la naturaleza cubana, también en significativo reposo, con el paisaje alegórico de los Versos sencillos –el monte, el arroyo--. El Apóstol ha sido retratado como un contemporáneo, pero está rodeado de un halo espiritual, mucho más poderoso que el del retrato de Norrman. La obra rezuma equilibrio, sabiduría, nobleza, pero es sobre todo la expresión de una voluntad de “rescate”: la figura histórica, liberada de retórica e inclusive de anécdotas, es un testigo fiel de la contemporaneidad, gracias a la actualidad del pensamiento presente en su obra. Así como Enríquez parecía aproximarse al verbo de Lezama, Arche parece estar imbuido no sólo de la atenta lectura de poesía y prosa martiana, sino también de la lucidez de algunos de sus más esclarecidos comentadores: Rubén Darío, Miguel de Unamuno, Gabriela Mistral. 

Sin embargo, la escultura, género quizá más presionado por la necesidad de concesiones oficiales para materializar sus proyectos, marcha por otros derroteros. En torno al Centenario, concibe Juan José Sicre esa cabeza de Martí de volumen titánico, en la que casi se caricaturiza la amplitud de la frente y la expresión reconcentrada, para magnificar su pensamiento. La obra, aunque de calidad no desdeñable, ha sido reproducida hasta hoy, por centenares, en moldes cada vez más deformados, para poblar los patios y corredores de escuelas e instituciones oficiales, hasta tornarse invisible. Tanta reiteración ha influido de manera inconsciente sobre la mentalidad popular y no es extraño que si se pide a los niños y aún a los adultos que describan o pinten al Héroe, procuren tomar como modelo esta cabeza. 

También correspondió a este autor el Martí que forma parte del conjunto escultórico que se destinó a la Plaza Cívica –hoy Plaza de la Revolución--. Aquí no es ya el frenético orador que recordaban los emigrados, sino una imagen sedente, grave, tutelar, que mira por encima del país real, en el centro mismo del poder simbólico de la Nación– entre el Palacio de Justicia, el Tribunal de Cuentas, la Biblioteca Nacional y el Teatro Nacional--. Sin embargo, desde hace más de cuatro décadas, la obra, testigo de las grandes concentraciones revolucionarias en esa Plaza, también  parece haber ganado otra significación: de hecho, no se le puede contemplar hoy, sin asociarla inmediatamente con los sucesos históricos ocurridos a su sombra y con los discursos de Fidel Castro. Es el centro de una nueva Habana, de una nueva visión del país y en ese sentido ha desplazado al monumento del Prado, muy ligado al ámbito de las primeras experiencias republicanas.

 

La Revolución no trajo una visión unitaria de Martí, sencillamente porque esta es imposible, sólo que se apoderó de ella con un nuevo lenguaje, cuyo primer resultado arquetípico fue el Martí de Raúl Martínez. Obra marcada fuertemente por el pop art, se vale del recurso de la reiteración para producir su efecto, como resulta común en los carteles de propaganda: la imagen martiana, derivada de una fotografía, recibe un tratamiento de color y textura destinado a simplificarla y fortalecer sus posibilidades de aprehensión inmediata por el espectador, su reiteración con mínimos cambios de expresión y aditamentos, en vez de debilitar, refuerza el mensaje y le otorga una categoría de absoluto.

 

Si bien en estos años, la figura del Héroe Nacional ha sido muy torpemente manipulada en murales, vallas, conjuntos escultóricos, ilustraciones de textos escolares y en cuadros de mediocres aficionados, que van de la imitación fotográfica hasta la alegoría absurda, es preciso separar de allí una tendencia peculiar, que un tanto en la sombra está ofreciendo sus mejores frutos, es lo que podría llamarse una corriente lírico-intimista, empeñada en acercase al Poeta de manera más personal, con menos carga retórica y más fidelidad a las líneas de expresión propias. Son buenos exponentes de ella los dibujos de Juan Moreira en los años 70, elocuentes en su sencillez, donde encontramos a un Martí “de cámara” colocado en el mundo intemporal de su poesía y sus personajes, fruto de una línea que no rechaza la belleza del ornamento y a veces hasta el guiño del humor.

 

No es extraño que una de las obras que abren la renovación artística de los ochenta, sea el arquetípico Martí de Juan Francisco Elso: el personaje histórico ha sido sincretizado con San Lázaro o Babalú Ayé, en una escultura de formato reducido y con una factura que recuerda los santos de la devoción popular. El rostro es el del héroe, pero el cuerpo está cubierto de llagas como el del orisha y muy ligado como éste a elementos naturales como la tierra y la hierba. Elso –como antes Enríquez o Arche– quiere romper con el personaje patrimonio de los políticos y lo introduce en el ámbito de las devociones populares, en los cultos propiciatorios de la vida, puesta sobre él una mirada más desgarradora e íntima.

 

También asoma la imagen martiana en obras de artistas de nuestro tiempo como Joel Jover, Agustín Bejarano, Pedro Pablo Oliva, Camil Bullaudy. Cada cual desde su singular poética procura definir a ese a quien Lezama llamó “ese misterio que nos acompaña”.

Temática: Cultura General

Vistas: 90

Comentario

¡Tienes que ser miembro de Martianos para agregar comentarios!

Únete a Martianos

Miembros

TELESUR

Incendio en estudio de animé en Japón deja más de 30 muertos

El fuego comenzó a las 10H35 (hora local) mientras al menos 70 empleados se encontraban trabajando en el estudio. 

5.000 maestros cubanos regresan al aula por aumento salarial

Tras anunciarse un aumento salarial para el sector presupuestado en Cuba, más de 5.000 maestros inactivos solicitaron reincorporarse a la profesión.

Noruega informa sobre continuidad de diálogo entre Gobierno venezolano y oposición

El Gobierno de Noruega precisó en un comunicado que estas conversaciones forman parte de la mesa establecida de forma continua.

España: Pedro Sánchez veta a Pablo Iglesias de su Gobierno

"Iglesias habla de presos políticos y yo necesito un vicepresidente de Gobierno que confíe en la democracia española y que la defienda", dijo el presidente español.

© 2019   Creada por Roberto Domínguez.   Con tecnología de

Informar un problema  |  Términos de servicio