Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

CUBA 1895

Martí, año 42

José Martí, Héroe Nacional cubano
(Ilustración F. BLANCO)

Tras poco más de tres lustros de ausencia, y a fin de incorporarse a la guerra necesaria, el Apóstol regresó a la patria, de donde había sido deportado dos veces por el colonialismo español

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA (cultura@bohemia.co.cu
Fotos: ARCHIVO DE BOHEMIA

27 de enero de 2014

http://www.bohemia.cu/2015/01/27/historia/marti.html

El año nuevo de 1895 sorprendió a José Martí inmerso en los preparativos de lo que después la historia ha denominado Plan de la Fernandina. El Apóstol tenía en mente para el buen éxito de la “guerra activa y breve”, con la que pensaba poner fin al dominio español en Cuba, comenzar la insurrección con un alzamiento simultáneo en varias localidades de la Isla. Para ello, había planeado el alistamiento de tres buques (el Baracoa, el Lagonda y el Amadís), cada uno con un formidable alijo de armas, que deberían partir del estado norteamericano de Florida, para arribar a tres lugares de la geografía cubana: uno conduciría a Oriente a Antonio y José Maceo, junto con Flor Crombet. El segundo, con el propio Martí y Máximo Gómez, tendría por destino a Camagüey. El tercero llevaría a Las Villas a Serafín Sánchez y Carlos Roloff.

El 12 de enero, cuando el vapor Lagonda estaba al salir cargado de pertrechos, con el objetivo de recoger en Centroamérica al general Antonio y sus compañeros, el departamento de Hacienda de los Estados Unidos, alertado por una delación, ordenó la detención y el registro de la nave, así como el arresto del capitán y algunos miembros de la tripulación. Escapan de la redada dos pasajeros: John Mantell y José Miranda, seudónimos de los patriotas Manuel Mantilla y Patricio Corona. Posteriormente, las autoridades norteñas detenían al Baracoa en el puerto de Fernandina (13 de enero) y al Amadis en Tybee (15 de enero). Solamente en el almacén de Nataniel Barden, en Fernandina, fueron decomisadas más de 100 cajas, con material bélico para 600 hombres.

Desde Nueva York, clandestino en la casa del médico Ramón Miranda, Martí informó de la situación a Máximo Gómez, mediante un cablegrama fechado el 14 de enero: “Imposible negocio, espéreme”. Cinco días después, en una carta, era más explícito: “La cobardía, y acaso la maldad, de López Queralta, escogido por Serafín Sánchez para guiar su expedición, entregó nuestro plan entero […] Acaso se salvará el cargamento. Pero se ha salvado más. La disciplina y el respeto de la Isla, asombrada por el esfuerzo y el cariño de las emigraciones, encendido con esta villanía patente”.

Almacén de Nataniel Barden, en Fernandina, donde fueron decomisadas más de 100 cajas, con material bélico para 600 hombres
Almacén de Nataniel Barden, en Fernandina, donde fueron decomisadas más de 100 cajas, con material bélico para 600 hombres

Revés convertido en victoria

No se equivocaba el Apóstol. Poco importó que las arcas del Partido Revolucionario Cubano (PRC) estuvieran exhaustas. La emigración, que ya se había desprendido de sus ahorros para financiar la expedición abortada, comenzó a recoger nuevamente centavo a centavo, dólar a dólar. Se vieron hermanados en esa tarea Fernando Figueredo, veterano del 68 y Baraguá, junto con el ex estudiante de Medicina de 1871, ya devenido galeno, Fermín Valdés Domínguez, el marxista Carlos Baliño y el pastor metodista Manuel Deulofeu, a obreros como Ramón Rivero y a ricos propietarios como los O’Halloran. En las fábricas de esta familia los operarios donaron un día de labor para la causa independentista.

No obstante el entusiasmo popular, lo recogido en toda la ciudad de Tampa era aún insuficiente acorde a lo solicitado por el Apóstol. Conmovido por el patriotismo de los trabajadores, el propietario, quien anteriormente ya había donado una suma considerable, puso de su bolsillo la cantidad que faltaba.

Martí no se amilanó con el duro revés. Al día siguiente de la retención del Lagonda, ya estaba forjando nuevos planes en la reunión que convocara en el hotel Travellers, de Jacksonville. A Horacio Rubens, abogado del PRC, le encomendó entablar un proceso legal a fin de de recuperar las armas incautadas. Entre el 12 y el 31 de enero, redactó 33 cartas y mensajes cablegráficos. Envía al diario La Lucha, de La Habana, una información de lo sucedido. La censura española permitió su publicación, creyendo que así desmoralizaría a los independentistas. Todo lo contrario: a los mambises solo le causó admiración la labor del “joven literato”, capaz de fletar la más grande expedición en la historia del separatismo.

A Juan Gualberto Gómez escribiría el Apóstol el 17 de enero: “Sustituiré al lamento inútil con la declaración de que renuevo por distintos rumbos la labor que la cobardía de un hombre ha asesinado […] Es mi primer pensamiento el de redimir a la Isla de toda obligación de sujetar sus movimientos a los que de afuera no han de cesar”. Subrayaba que si los mambises en Cuba estimaban que podían empezar la guerra, con probabilidades de éxito, sin aguardar a la dirección militar (Gómez, los Maceo, Flor, Serafín) “cumpla el país su voluntad, que mi puesto no es mandar sino servir”. Y expresó su opinión personal de que Occidente jamás debía alzarse “sin connivencia previa” de Oriente y “alguna sólida conexión” en Las Villas, “cuyo consejo indispensablemente habrán ustedes de demandar”.

El 28 de enero de 1895 festejó su cumpleaños 42 junto con sus amistades más cercanas, todavía oculto en casa del doctor Miranda, pues la policía yanqui y los agentes españoles aún trataban  de detectar su paradero. Al día siguiente se reunió, en su condición de Delegado del PRC, con Mayía Rodríguez, quien tenía autoridad y poder expreso de parte del generalísimo Máximo Gómez, y Enrique Collazo, representante de los mambises residentes en Cuba. Este último relataría años después cómo el Maestro expresó claramente la situación y los riesgos que se corrían en demorar la orden de alzamiento. Si entrañaba peligro el sublevarse sin recursos, peor aún era no hacerlo en ese momento.

Martí y Manuel Mantilla, el John Mantell del buque Lagonda, en el plan de Fernandina
Martí y Manuel Mantilla, el John Mantell del buque
Lagonda, en el plan de Fernandina.
(Ilustración: Evelio Toledo)

Los tres patriotas suscribieron la orden para “el alzamiento simultáneo o con la mayor simultaneidad posible de las regiones comprometidas”, el cual debería ocurrir “en la segunda quincena, no antes, del mes de febrero”. Eran los destinatarios Guillermón Moncada (Santiago de Cuba), Bartolomé Masó (Manzanillo), Salvador Cisneros Betancourt (Camagüey), Francisco Carrillo (Remedios) y el representante del Delegado en Cuba, Juan Gualberto Gómez (La Habana). Las copias del documento para cada uno de ellos las trajo Juan de Dios Barrios desde Key West a la capital cubana.

El 30 de enero, antes de partir de Nueva York en el vapor Athos rumbo a la isla de Santo Domingo, acompañado de Mayía, Collazo y Manuel Mantilla, había escrito unas 14 cartas y cablegramas. En una misiva a Antonio Maceo, afirmaba: “La Isla salta y aun aguarda un poco. Acá (en la emigración), soberbio espíritu, y hoy mejor”. Espíritu que, como confesaba a un colaborador, al entregar esos cubanos su “corazón actual” a la patria, “convierte la derrota en triunfo”.

Por otros rumbos

“A toda prisa tengo que echar por otros rumbos”, le escribió al patriota José Dolores Poyo antes de emprender viaje. “¿Cejar yo y aturdirme, cuando hay tanta desdicha que remediar y tanta virtud? Caerá lo podrido y perdurará y cuidará lo virtuoso. Somos bastantes”, añadía. Llegó con sus compañeros a Cabo Haitiano el 6 de febrero y esa misma noche embarcaron hacia Montecristi, donde los recibió Máximo Gómez, a quien informaron de todo lo sucedido durante enero. Recorrieron el país: La Reforma, Santiago de los Caballeros, bahía de Samaná. Se les unió Paquito Borrero, procedente de Puerto Plata. El 26 de febrero, de regreso a Montecristi, supieron de la noticia del levantamiento simultáneo en 35 localidades cubanas, acaecido dos días antes.

Ante la imposibilidad de enviarle todo el dinero que solicitaba Maceo, el Apóstol y Gómez decidieron responsabilizar a Flor Crombet con la expedición que debía partir de Costa Rica. Martí escribió al Titán: “Que Flor, que lo tiene todo a mano, lo arregle todo como pueda […] Flor tendrá sus modos. Del Norte irán las armas. Ya solo se necesita encabezar. No vamos a preguntar sino a responder. El ejército está allá. La dirección puede ir en una uña”.

Marzo fue un mes agónico. Muchas de las gestiones para fletar una expedición hacia Cuba desde República Dominicana fracasaron. Gómez y Martí comprendieron que la partida hacia la Isla no podía dilatarse más. El 25 de marzo, además de redactar el Manifiesto de Montecristi, también suscrito por el Generalísimo, envía cartas a la madre, a Ulpiano Dellundé, Federico Henríquez y Carvajal, Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra. El 1º de abril, mientras los Maceo y Flor Crombet desembarcaban por Duaba, en la goleta Honor, el  Apóstol y el viejo General, encabezando “la mano de valientes” (Paquito Borrero, César Salas, Ángel Guerra y el dominicano Marcos del Rosario), partieron de Montecristi en la goleta Brothers rumbo a Gran Inagua, Bahamas.

Momento de redactar el Manifiesto de Montecristi, el 25 de marzo de 1895
25 de marzo. Redacta el Manifiesto de Montecristi, suscrito también por Gómez

Rumbo al abra

Las gestiones en esa isla, entonces bajo dominio británico, por contratar una tripulación que los llevara a Cuba, resultaron infructuosas. En la tarde del 4 de abril el cónsul de Haití en Gran Inagua, partidario de la causa independentista cubana, los presentó al capitán del carguero alemán Nordstrand, otro simpatizante de los mambises. Este aceptó a los seis patriotas como pasajeros semiclandestinos con pasaportes falsos, facilitados por el diplomático haitiano.

Tras una estancia de tres días en Cabo Haitiano, adonde los llevó el Nordstrand el 6 de abril, la mano de valientes regresó a Gran Inagua. Allí izaron un bote, comprado previamente, a la cubierta del carguero, el cual zarpó en la mañana del 11 de abril hacia Jamaica. Ya al anochecer divisaron las costas de Cuba. Martí no pudo articular palabra. Tras quince años de ausencia, tenía ante sí la tierra de la que el colonialismo español lo había deportado dos veces, en 1870 y 1879. La noche se tornó cerrada y tempestuosa.

“A tierra”, conminó Gómez. Martí escribiría luego en su diario de campaña: “Bajan el bote. Llueve grueso al arrancar. Rumbamos mal. Ideas diversas y revueltas en el bote. Más chubasco. El timón se pierde. Fijamos rumbo. Llevo el remo de proa. Salas rema segundo. Paquito Borrero y el general ayudan de popa. Nos ceñimos los revólveres. Rumbo al abra. La luna asoma, roja, bajo una nube. Arribamos a una playa de piedras. (La Playita, al pie de Cajobabo). Me quedo en el bote el último, vaciándolo. Salto. Dicha grande”.

Rumbo a Cuba, tras 15 años de ausencia
Con el remo en la proa, junto a la mano de valientes. 11 de abril de 1895

Fuentes consultadas
Epistolario. Tomo V-1895, de José Martí. Los libros Martí el Apóstol, de Jorge Mañach, Cesto de llamas. Biografía de José Martí, de Luis Toledo Sande, y José Martí 1853-1895. Cronología, de Ibrahim Hidalgo.

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