Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

MADRE,YO SIN CESAR PIENSO EN USTED. TOMADO DE LA PAGINA WEB DE RADIO HABANA,CUBA.


 
por Martha Ríos
Uno de los amores más fuertes que sintió José Martí, el Héroe Nacional de Cuba (1853-1895), fue hacia su madre, doña Leonor Pérez y Cabrera, quien lo trajo al mundo en La Habana, fruto del matrimonio con don Mariano Martí y Navarro.
Valenciano él, canaria ella, era enérgica,  moral, y muy amorosa con la numerosa familia que hicieron. A Pepe, el primogénito, le siguieron siete niñas, dos murieron pequeñitas. El muchacho percibía su incondicional entrega y muy chiquito le manifestó su cariño.
La primera carta que escribió se la dirigió desde Caimito del Hanábana, localidad de la también occidental provincia de Matanzas, a donde había viajado con su padre para ayudarlo en un trabajo que logró conseguir allí. Tenía buena letra, redactaba bien y dominaba las operaciones matemáticas. Corría 1862, y contaba sólo 9 años de edad.
A los 15, fue doña Leonor la musa de su primera poesía:
             “Madre del alma, madre querida,
              Son tus natales, quiero cantar;
              Porque mi alma, de amor henchida,
              Aunque muy joven, nunca se olvida
              De la que vida me hubo de dar.
              Pasan los años, vuelan las horas
              Que yo a tu lado no siento ir,
              Por tus caricias arrobadoras
              Y las miradas tan seductoras
              Que hacen mi pecho fuerte latir.
              A Dios yo pido constantemente
              Para mis padres vida inmortal;
              Porque es muy grato, sobre la frente
              Sentir el roce de un beso ardiente
              Que de otra boca nunca es igual”.
Luego, le escribió muchas y más perfiladas, dignas de su exquisita pluma, tenida entre las más excelsas de Iberoamérica. En el poema 27 de los Versos Sencillos (1891) destacó la valentía y el amor de su madre en una de las jornadas más fatídicas que viviera Cuba.  
Fue la del 22 de enero de 1869. La sociedad habanera se conmovió ante un suceso que enlutó a los cubanos. El hecho quedó para siempre en la memoria de Martí por la crueldad de los voluntarios españoles y porque ese día la intrépida canaria salió desenfrenadamente a salvarlo, arriesgando su propia vida.
El muchacho aún no había cumplido 16 años cuando el teatro Villanueva, que mucho frecuentaba, fue escenario de la primera manifestación pública en defensa de la cubanía. Ante una demostración patriótica, las huestes colonialistas arremetieron de manera brutal contra los actores y el público que presenciaba la puesta en escena de la obra “Perro huevero”.
Esa noche había cambiado los planes y la madre no lo sabía. Junto a su amigo Fermín Valdés Domínguez, preparaba la salida al siguiente día, que resultó ser la única, del periódico “La Patria Libre”, donde publicó Abdala, su primer poema dramático en el que dio a conocer sus ideas revolucionarias. Por ese motivo no fue una de las víctimas del tiroteo.
Seis años después, el 21 de marzo de 1875, en la Revista Universal, de México, describía los acontecimientos, que 16 años más tarde, viviendo en Nueva York, llevó al poemario arriba mencionado.
             “El enemigo brutal
              Nos pone fuego a la casa:
              El sable la calle arrasa
              A la luna tropical.
             
              Pocos salieron ilesos
              Del sable del español:
              La calle al salir el sol
              Era un reguero de sesos.
              
              Pasa entre balas un coche:
              Entran llorando a una muerta:
              Llama una mano a la puerta
              En lo negro de la noche.
              
              No hay bala que no taladre
              El portón: y la mujer
              Que llama me ha dado el ser:
              Me viene a buscar mi madre.
              
              A la boca de la muerte
              Los valientes habaneros
              Se quitaron los sombreros
              Ante la matrona fuerte.
             
             Y después que nos besamos
             Como dos locos, me dijo:
             “Vamos pronto, vamos, hijo:
             la niña está sola, ¡Vamos!”
Así de grande era la admiración que tenía por su progenitora el patriota, escritor y periodista cubano, quien también desbordó cariño en sus epístolas y dedicatorias, de un estilo similar a ésta:
               
              “Como a fuente de vida exhausto río,
               va a mi madre mi espíritu sombrío”.
Una carta tras otra le enviaba desde donde estuviera: en el Presidio Político (1870); desterrado en España (1871-1874 y 1879), y en su largo peregrinar por tierras americanas (Guatemala, México, Estados Unidos, Venezuela…) ,porque aún adolescente abandonó el seno familiar para defender a otra gran madre: la Patria, que llevaba las cadenas del coloniaje.
En misivas a familiares y amigos, siempre les pedía que cuidaran a doña Leonor; en varios artículos se censuraba por los peligros a que la exponía y los sufrimientos que le causaban sus ideas libertarias, entre ellas el sacrifico de tener apenas recursos para vivir.
 “Trabajo para un gran diario de Buenos Aires, pero este sueldo va para mamá….aprovechando unos ahorritos, pienso que venga a pasar conmigo dos o tres meses, y fío en que su visita hará renacer las mariposas”, reza una carta a su amigo mexicano, Manuel Mercado, fechada en Nueva York el 20 de octubre de 1887.
En días posteriores, entre tantas noticias desalentadoras, vuelve a dirigirse a su amigo, desde la gélida urbe: “Sólo una palabra y por rareza feliz. Mamá está conmigo. Esa es sin dudas, la salud repentina que todos me notan. Apenas tengo hora libre para verla, pero esto me basta para sentir menos frío en las manos y volver cada mañana y con más estímulo a la faena”.
El más universal de los cubanos respetó y veneró, hasta su muerte, a quien le dio el ser. El 25 de marzo de 1895, ya Cuba estaba en pie de guerra, la que él había organizado en el exilio; y a punto de incorporarse a la contienda, desde la localidad dominicana de Montecristi le escribió a doña Leonor, presintiendo que sería la última vez, y así fue, José Martí cayó en combate, en el oriente cubano, días después, el 19 de mayo.
 “… en vísperas de un largo viaje estoy pensando en usted. Yo sin cesar pienso en usted. Usted se duele en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida.….. El deber de un hombre es allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre”.

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