Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

Antonio Enrique González Rojas 

¿Qué es un niño?, preguntaría Perogrullo, con engañosa retórica, a los adultos empeñados en apreciar la infancia como una etapa digna de trascender a la mayor velocidad posible y fomentan en sus hijos (o los ajenos) los juegos de rol, imitativos de las rutinas y actitudes de los mayores de edad, o aceleran los potenciales físicos y/o mentales en ciernes, enunciadores de futuros talentos que se desarrollarán a su debido tiempo. ¿Es el niño un ser discapacitado, un defecto creacional digno de ser rectificado? ¿O son los primeros 10/15 años de la vida humana, una etapa tan plena de la existencia como cualquier otra, con peculiaridades conductuales y perceptuales a respetar, so pena de crear un adulto en miniatura que nunca recordará sus juguetes, sus fantasías? La fatalidad acecha a los superdotados que a lo largo de la historia han incinerado etapas en pos de ser exhibidos, las más de las veces, como fenómenos de feria, residiendo su mérito en ser adultos antes de tiempo. Más bien sus caricaturas.

¿Tiene el infante que zambullirse en el contexto cultural, artístico y estético de las generaciones precedentes, o arribar a estos paulatinamente, transitando por las adecuadas etapas de aprendizaje y aprehensión del mundo? ¿Está obligado el enano a ser gigante, ya que éste último es summun de virtudes, paradigma definitivo?

Éstas son sólo algunas de las interrogantes, dudas e intríngulis que ha provocado en mi mente el programa Pequeños Gigantes, concebido por la mexicana Televisa, clasificado sin dudas entre los top ten de los audiovisuales foráneos, que los cubanos han degustado a DVD limpio en 2011, compartiendo palmas con Caso Cerrado, Esta Noche Tonight, Pellízcame que estoy soñando, Nuestra Belleza Latina, y otros productos de los canales Telemundo, 41 y 23. Programa este dedicado prolijamente a lucrar con la precocidad de infantes involucrados en las competencias semanales de habilidades danzarias, vocales, interpretativas y de “carisma”, para finalmente ser sometidos a pública subasta por SMS o teléfono, en dudosa interactividad y fomento de tempranos estrellatos, muy lucrativos para los patrocinadores y ¿favorables en algo para los nenes sometidos a intensa pugna por ver quién se parece más a un adulto, aunque reviente en el intento?

Sí, muy graciosos se ven los chiquilines mimetizando las habilidades de bailarines, cantantes y actores maduros, violentando a troche y moche sus normales desarrollos, pues the show must go on, a cualquier precio. Subyacen tras todo este andamiaje las comunes actitudes del padre que celebra en el vástago sus desmadejes de caderas a ritmo de reggaetón, sin frisar siquiera las producciones melódicas clásicas y modernas, con motivos más acordes a la edad de oro. Es aprobado con creces por los progenitores que visten al hijo con versiones en miniatura de la indumentaria de moda, perdiéndose la lozanía de sus escasos años tras gorras enormes, decoradas con rutilantes signos de dólar, hojas polilobuladas de cannabis o el logo de Wisín & Yandel, suéteres con iguales motivos, cintos con descomunales y rutilantes hebillas, abigarrados pantalones.

Ante la esplendente espectacularidad de estos pequeños, artificialmente madurados por los esteroides de la ambición irresponsable de los empresarios, y sobre todo de sus inescrupulosos tutores, poco pueden hacer iniciativas nacionales, más acordes con las necesidades espirituales de los niños, como el criollito festival Cantándole al Sol, que a finales de diciembre arribó a las dos décadas de promover la creación e interpretación musical para y por niños, que siguen siéndolo aunque se paren en un escenario. Pues no se ven forzados a disfrazarse de adultos, ni a imitar ninguno de sus asuntos, ni a clasificar como sombreros a boas digiriendo elefante.
Irregular ha sido el transcurso de este certamen, con épocas de verdadero esplendor visual, compositivo e interpretativo, validando nuevos clásicos de la música cubana para niños como Chivirico Rico; M con A, N con I; Suki, el perrito salchicha; Reyes del Son y otros. Estas glorias se contraponen a momentos de franca nulidad, lastrados los nobles propósitos de los organizadores, bien por monótonas e improvisadas filmaciones de las canciones participantes, pasadas en la tira de cambio de la programación televisiva, restando atractivos a lo ya de por sí desfavorecido, bien por raquíticos temas que delatan pobreza en la composición contemporánea para niños. Aumenta la acritud del vino nuestro, que casi todos dejan de lado para consumir el dulcísimo néctar manada por propuestas externas como Pequeños Gigantes, tapizados sus senderos por piedras preciosas…justo como las calzadas del Infierno.

No es cuestión de vedar la posibilidad a los niños talentosos de que exhiban sus potencialidades reales, sino de canalizarlas debidamente, aparejándolas lo más orgánicamente posible con las dinámicas culturales de la infancia, sin menoscabo de la adecuada evolución psicológica del infante, de su aprendizaje a partir de códigos culturales y artísticos acordes con sus mentes libres de excesivos condicionamientos, sin reparos para rebosar de fantasiosas mitologías y poyesis íntimas. Cantándole al Sol, en sus diversas ediciones, ha sabido mantener una consecuencia con estos principios éticos, de respeto a una edad, al grupo social integrado por los niños, dignos de tener en cuenta en su autonomía cosmovisiva/conductiva. Soportado está dicho festival por una sólida tradición de creación cubana dedicada a los príncipes enanos, nutrida por numerosas iniciativas musicales, teatrales, mímicas, televisuales a todo lo largo del país, donde con más/menos rigor y calidad, es respetado por los bisoños públicos y los igualmente pequeños actuantes. El clásico programa Cuando yo sea grande, de Iraida Malberti, al cual una mirada superficial cotejaría con los Pequeños Gigantes, en tanto los diminutos protagonistas ejecutaban roles adultos, para nada buscaba forzar las capacidades de tales actorzuelos, sino articular deliciosos juegos de sesgo humorístico.

No así sucede con los hipertrofiados chiquillos de Televisa, agigantados artificialmente a fuerza de la inescrupulosa ambición corporativa, cimentada sobre los pésimos y deformados gustos de multitudinarias audiencias, de las cuales no escapan desgraciadamente nuestros compatriotas, deslumbrados como todo el resto de Latinoamérica por las habilidades de estos niños-estrellas, cuyas inocencias se van al caño.

Ante estas espectaculares giganterías, las voces cubanas que cantan al Sol ensordecen, a pesar de los recién cumplidos 20 años bregando a favor de una infancia digna, de niños orgullosos de serlo, pues ya habrá tiempo de mutar a la adultez. Una vez más, el desdichado reflejo jerarquizador del sujeto latinoamericano, ante productos foráneos con visos primermundistas (aunque México no lo sea), inclina la balanza a favor de estos infantes miméticos, en detrimento de las mejores intenciones, no consolidadas lo suficiente, de Cantándole al Sol.

(Esquife)


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