Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

show_imagePor Omar Martín Arboláez

Son nueve días trepidantes los que van del 19 al 28 de enero de 1869. El joven Martí, a punto de cumplir los 16 años, atraviesa su primera iniciación política: la del hombre que hace acto público de repudio a un régimen de dominación fiero y asume su filiación independentista.

Y he dicho hombre para referirme a ese Martí, que en realidad aún era un adolescente que acababa de cruzar el umbral de la niñez, que estudiaba todavía, que ni siquiera había rasurado por primera vez su rostro. Es demasiado fuerte la impresión que nos provoca a estas alturas del siglo XXI la vocación manifiesta de un muchacho imberbe, que intuye su sabiduría próxima cuando encara su tiempo y señala en El Diablo Cojuelo, su primera hoja periodística, la dicotomía esencial de los cubanos de su tiempo: «O Yara o Madrid».

La actitud de ese Martí joven, que aún irradia, se vuelve paradigma deseable sobre el que volvemos como ancla y faro de reflexión acerca del presente y futuro de la juventud cubana.

La iniciación

Ha sido contada recientemente, en la película de Fernando Pérez José Martí: el ojo del canario. Este destacado director cubano decidió narrar los acontecimientos vitales del joven Martí como un modo de humanizar al héroe y de acercarlo a quienes no dejan de verlo como un busto blanco en los patios de la escuelas cubanas.

En José Martí: el ojo del canario asistimos al crecimiento del joven, lo vemos descubrir el arte, la Patria, la libido. Y por esa misma capacidad asombrosa de los productos verdaderamente artísticos, en medio del filme se produce una amplia corriente de simpatía por aquel muchacho espigado, de voz suave pero firme, que es capaz de sacar un único número de El Diablo Cojuelo, el 19 de enero de 1869, bajo el amparo de la libertad de imprenta concedida por el capitán general Domingo Dulce, y afirmar: 

«Esta dichosa libertad de imprenta, que por lo esperada y negada y ahora concedida, llueve sobre mojado, permite que usted hable por los codos de cuanto se le antoje, menos de los que pica.»

Identificarse con el Martí de aquellos juveniles años no es un reto. Abrir su biografía y contemplar el relato de aquellas nueve jornadas, y disfrutarlo entrañablemente, constituye un placer para cada cubano. De todas las relaciones de aquellos días, prefiero la de Jorge Mañach, en su libro Martí, el Apóstol (2001; p.17): «El Diablo Cojuelo ve la luz el 19 de enero. Es solo una hoja semifestiva de cuatro páginas. Pepe aspira a más, y solicita autorización gubernativa para publicar, con la ayuda de Mendive y de su amigo el hacendado don Cristóbal Madan, un “seminario democrático cosmopolita”, que se llamará La Patria Libre. Hubiera querido titularlo sencillamente La Patria, pero ya Madan ha echado a la calle un papel con ese nombre, y si el título resulta provocativo, tanto mejor.»

Leonor, la madre, sabe de “estos manejos”. Conoce, o mejor, intuye con esa sabiduría materna, los rumbos públicos que va siguiendo el hijo, enredándose en la madeja política del momento. Martí no es el único que ha lanzado una hoja suelta por aquellos días. Durante el breve lapso que funge la libertad de imprenta decretada por Dulce, solo en La Habana aparecerán 101 publicaciones.

Todo el mundo habla, todos comentan, las voces se confunden, los ánimos se caldean: «Ya ha habido choques aislados, tumultos. Un joven conocido ha sido muerto por un oficial a quien no quiso cederle la acera.» Al padre, figura de acero, lo han vuelto a hacer celador, y «¿cómo es posible que un encargado del orden público le permita a su hijo tales demostraciones.»

«El 22 de enero La Habana comenta lo ocurrido la víspera en el Teatro Villanueva. Desde el escenario, según dicen, un bufo se atrevió a cantar con intención mambisa cierto estribillo, y en el público, casi todo criollo, se escucharon vivas a Cuba y a Carlos Manuel (…) los voluntarios están que arden (…) [el gobernador] ha autorizado para esta noche otra representación». Martí no va.

Ha estado imprimiendo La Patria Libre, otra vez en las prensas de El Iris, donde sale su poema dramático Abdala, “ESCRITO EXPRESAMENTE PARA LA PATRIA”. En el Villanueva se presenta El perro huevero. «Poco falta para que caiga el telón, cuando uno de los cómicos carga la voz sobre el verso “¡Viva la tierra que produce la caña!” Del paraíso le responde un: “¡Viva Cuba!” En seguida, un sonoro: “¡Viva España!” Parte del público abandona el teatro precipitadamente.»

En las calles comienza la redada. Los voluntarios se precipitan sobre los cubanos. Se oyen descargas, tiros de revolver, gritos, “rumor de galopes y carruajes”. La gente huye, se esconde, es descubierta, arrastrada, asesinada. Las autoridades civiles apenas pueden contener a los voluntarios que intentan quemar el Villanueva. Y cuando los controlan, la turba se esparce por los contornos como una marea roja replegándose. Atraviesan el Prado, corren entre callejones y calles, se aglomeran frente a la casa de Mendive. «Maestro y discípulo ven ahora por las persianas cómo los milicianos recorren el Prado, disparando contra los coches, dispersando a sablazo limpio a los curiosos atraídos por el alboroto (…) Todavía, de cuando en cuando, una bala porfiada da en una puerta maciza [de la casa de Mendive]… Sobreviene un silencio. Y de repente, cuatro rápidos aldabonazos.»

Una mujer ha corrido a través de aquel infierno. Casi podemos verla: de enaguas negras, cabellos desordenados, los ojos casi fuera de sus órbitas. Ha llegado intocada a esa puerta enorme de gruesa madera, con balas incrustadas entre los pernos, porque la llevaba el pavor de ver al hijo muerto en la revuelta. Cuatro rápidos aldabonazos. Crece la angustia. Suenan los herrajes. La apertura de la puerta, fina como un tajazo de sable, deja escapar la luz del interior del zaguán y la silueta de un joven que corre y la abraza, mientras ella le dice: «Vamos pronto, vamos, hijo; la niña está sola; ¡vamos!»

Leonor Pérez salió en busca del hijo, que se había refugiado en casa del maestro. Esta sería la primera de tantas angustias por sufrir mientras su primogénito sacrificaba su vida por el país. «Usted se duele –le escribiría Martí a la madre, en el umbral de la muerte, hacia mayo de 1895–, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y, ¿por qué nací de usted con una vida que ama el sacrificio? (…) Ahora bendígame y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza.» Y Leonor Pérez sufrió aquel 23 de enero, cuando al leer Abdala –en quien conoció a Martí– supo que su hijo moriría, y vio aquel temor aumentado al siguiente 24 de enero, cuando los voluntarios hacen una descarga cerrada contra el Café El Louvre, mientras otros uniformados tirotean a ciudadanos en lugares públicos y cometen actos de violencia en los sucesivos. Y se entristeció aun más cuando el 28 de enero, onomástico del joven, Rafael María de Mendive era detenido y acusado de sospechas de vinculación a los insurrectos. Entonces supo que no solo moriría, sino que le sería arrebatado por un odio ciego. Pero nunca pudo imaginar que fuera tan pronto…

Dolor infinito

Todo ocurre el 4 de octubre de aquel mismo año. Cancelada la libertad de imprenta, Dulce restringe las manifestaciones públicas de los criollos mientras refuerza el número de voluntarios, un instrumento coercitivo particularmente útil. Cualquier mirada puede mal interpretarse por aquel cuerpo nefando que recorre las calles ejerciendo un poder terrible y mortífero; cualquier gesto o ademán puede acarrear la cárcel, la tortura, la muerte. Y en Oriente sigue la lucha mientras Occidente debe callar bajo aquel sable y aquella bota.

Todo ocurre el 4 de octubre de aquel mismo año: un grupo de jóvenes reunidos en casa de Fermín Valdés Domínguez bromea con unas muchachas al otro lado de la calle mientras pasa una ronda de voluntarios. Las risas son interpretadas por los uniformados como provocación, y una hora más tarde todo un batallón de estos cae sobre la casa y la revisa. Fermín y su hermano Eusebio, Sellén y Fortier son detenidos. Entre los documentos ocupados –algunos subversivos– se haya una carta que un lerdo oficial encargado de archivarla no descifra:

«Compañero: ¿Has soñado tú alguna vez con la gloria de los apóstatas? ¿Sabes tú cómo se castigaba en la Antigüedad la apostasía? Esperamos que un discípulo del señor Rafael María de Mendive no ha de dejar sin contestación esta carta.»

Firmada por Fermín y Martí iba dirigida a un tal Carlos de Castro y Castro. Días más tarde un oficial más ilustrado lo comprende todo y el joven Martí es mandado a aprehender. La oficialidad inquiere por la autoría de la misiva, que injuria a De Castro y Castro, recientemente unido al Cuerpo de Voluntarios, una prueba incriminatoria indiscutible. Ambos se confiesan autores. «Los acusados se tienen en sus dichos. Ordénase un careo, y cuando Fermín se adelanta a hablar, Pepe le corta el paso y la palabra, se acerca a la mesa del Tribunal y repite su confesión vehementemente.» El resultado no se hace esperar: Fermín Valdés Domínguez: seis meses de arresto mayor; José Martí: seis años de presidio. El joven ya no sería el mismo. La Patria lo besó en la frente y lo estrechó en sus brazos.

 

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