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Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

Leyendo el texto "La generación saltada", de Leonardo Padura. Por Susana Aulet

Por Susana Aulet/Kaos en la Red.- Reflexiones de una cubana que comenzó su vida laboral en 1980.

Además de trabajar duro, demostrar lo aprendido y agradecer a la Revolución y a sus dirigentes (yo añadiría, además, a nuestros padres), muchos cubanos de la generación de Leonardo Padura hemos jugado importantes papeles que el escritor no debería ignorar en su texto "La generación saltada".

Tampoco debería Padura abrogarse el derecho de generalizar afirmaciones acerca de los cubanos de su generación. Si en vez de escribir "los cubanos de mi generación…", Padura hubiese intercalado un adverbio de cantidad (muchos, algunos, varios, unos pocos, cierta cantidad, la mayoría, casi todos, etc.), acaso no me hubiera sentido tan aludida.

Por eso cuando leí "La generación saltada" enseguidita se me escribieron estas líneas, sin pedirme permiso y sin dejarme apenas respirar.

Leo las novelas de Padura con razonable profusión y sin ninguna animosidad o predisposición contra su autor. En mi opinión –y aclaro que no pertenezco al "gremio" de la cultura-es un excelente escritor.

Al César, lo que es del César.

Apunto aquí algunas reflexiones personales sobre el texto de Padura:

• no están escondidos ni saltados los cubanos de mi generación que murieron combatiendo en "guerras a miles de kilómetros de nuestras costas", y que hoy no tienen voz para responderle a Padura. De esas guerras la humanidad vio emerger el fin definitivo del Apartheid sudafricano y la estocada final al régimen neocolonial en el continente africano. Sus muertes se inscribieron en lo mejor de las prácticas internacionalistas de la humanidad –para nada exclusivas de la historia de mi patria-, prácticas que defiendo, y mis hijos y los hijos de mis hijos defenderán todavía. Los cubanos de mi generación que combatieron en esas guerras no son un desecho de la historia y no están ni olvidados ni desaparecidos ni "saltados". Siento mucho orgullo por ese tramo de nuestra historia patria, y sé que no soy la única. El pueblo que olvida o silencia a sus mártires se irrespeta a sí mismo. Por ellos habla aquí y ahora esta humilde cubana. Sus restos descansan en mausoleos y en la memoria colectiva de una nación que honra a sus mártires y cuyas instituciones oficiales acogen, protegen y premian al mismo Padura que no tiene reparos en denigrarlas ante un periódico de probado historial fascista como La Nación.

(http://www.lanacion.com.ar/1687377-1687377).

• no estamos escondidos ni saltados quienes en los años 80 contribuimos a crear fábricas, industrias de producciones exportables, redes eléctricas e infraestructuras diversas que, años más tarde, nos ayudaron a sobrevivir al desplome del ¿socialismo? europeo, y con muchas de las cuales el país financia hoy las oxidadas pero inconmovibles políticas sociales, a pesar de las criminales leyes anticubanas del gobierno de los EEUU que como es sabido Padura jamás menciona. Si nuestro proyecto socialista de país aún sigue vivo en el imaginario de la mayoría de los cubanos, creo que no es precisamente gracias a las novelas que salieron de la pluma de Padura sino a la obra producida con el esfuerzo heroico de millones de compatriotas (de compañeros, no le tengamos miedo a esta palabra) que el escritor debería tener el pudor de respetar.

• no están escondidos ni saltados los médicos de mi generación que hoy salvan vidas en las selvas de la amazonia, en los quimbos de áfrica y en las comunidades donde viven personas que no han leído las novelas de Padura pero en cambio adoran a los cubanos que los curan, los tocan, abrazan a sus hijos. Son cubanos de mi generación. Lo hacen no porque les hubiera tocado trabajar duro, demostrar lo aprendido y agradecer a la Revolución y a sus dirigentes, ni porque no hubiesen venido en el Granma, sino porque poseen una estatura ética que nos engrandece mucho como nación.

• no estamos ni escondidos ni saltados quienes nos preciamos de tener unos padres que jamás serán los personajes ridículos de un filme. Nuestros padres son héroes anónimos que nos ganaron la Patria puestos de pie – como decía Villena-y jugándoselo todo. Somos sus hijos y a muchísima honra. A ellos les tocó lo suyo. A nosotros lo nuestro.

• no estamos ni escondidos ni saltados quienes formamos parte de una generación con representantes que integran un Comité Central de Partido Comunista cuya edad promedio es de 57 años, un Consejo de Ministros cuya edad promedio es de 58 años o a una Asamblea Nacional cuya edad promedio es de 49 años. Mi generación tiene un modo muy extraño de ocultarse y de ser saltada.

Enmendemos y corrijamos la patria con respeto elemental para todos y sin la insidia (tan poco constructiva) que percibo en los más recientes textos de Padura.

A la crítica de Padura –tal legítima como la de cualquier cubano-le faltan los cascabeles que José Martí pedía para la punta de sus látigos. Los errores cometidos, las exclusiones, los abusos de poder, las corruptelas, las desilusiones, los desencantos y borrones que (según Padura) se llevaron de un plumazo todo lo bueno y hondo que nos nutría, no lo son todo en nuestra historia. Como toda obra humana, la Revolución Cubana es falible y perfectible. Lo que ocurre es que también hicimos maravillas y sentamos paradigmas universales.

En un país hoy más urgido de pensamiento que nunca, acribillado por carencias de todo tipo y empeñado en corregir sus rumbos con el concurso de todos sus hijos, el discurso de Padura, en mi opinión, lejos de nutrirnos como nación o irrigarnos el surco del pensamiento crítico, nos desorienta y desmoviliza. Nos cae encima como una niebla que oculta las piedras más difíciles y tremendas del camino a recorrer.

Coincido absolutamente con él cuando afirma que "Conocer una realidad como la cubana es un desafío. Resulta demasiado peculiar, singular, sin paralelos como para poder entenderla por comparación u oposición, o para intentar explicarla a partir de un par de prejuicios, a favor o en contra" (http://www.lanacion.com.ar/16873771687377).

Todo lector asiduo de Padura que no viva en Cuba imaginará a un país extraviado en tinieblas, frustraciones y miedos bajo la égida de un gobierno dictatorial, con un partido comunista perseguidor "de cualquier nacimiento" y atascado en insolubles pantanos sociales. Pensará a Cuba como un estado que comercia tranquilamente con el mundo, sin bloqueo económico ni leyes del gobierno norteamericano destinadas a impedir el normal acceso del país al mercado mundial. Conducido por la pluma filosa y elegante de Padura, ese lector concebirá a un pueblo que jamás ha sido bombardeado, atacado, incendiado, saboteado y defenestrado por el gobierno de los EU con su correspondiente saldo de civiles asesinados, viudas, huérfanos y sobrevivientes mutilados. Por la mente del lector de Padura que no vive en Cuba desfilarán los emigrantes cubanos como seres que huyen de la persecución política o la exclusión social y desafían, en precarias embarcaciones, las corrientes de un Golfo que los separa del "paraíso" en la península de la Florida. Ignorará ese lector que, a diferencia del tratamiento dado a los haitianos que arriban a las costas de los EU, desesperados de hambre y de olvido, los emigrantes ilegales cubanos al tocar tierra norteamericana encuentran allí una alfombra de bienvenida y un concierto de trompetas anunciadoras de la gloria gracias a una ley perversa que Padura, inexplicablemente, omite en sus bien documentadas novelas.

Para ese lector los cubanos somos émulos de ventrílocuos y marionetas, seres con el alma históricamente tatuada por la desidia, el desánimo, la inutilidad, el desencanto, la costumbre de la delación y el cinismo.

Desde las sagas de Mario Conde hasta "El Hombre que amaba a los perros", pasando por sus colaboraciones periodísticas en sitios de Internet, Padura construye una imagen de su patria que privilegia las zonas oscuras de lo cubano, lo cual no es un crimen per se siempre que se haga con afán de mejoramiento humano. Tengo la percepciòn de que los afanes de Padura están signados por una derrotista convicción de que todo, hasta nacer en esta isla, ha sido en vano.

En las novelas de Padura el lector se extravía en los afanes de venganza de los personajes, en la hiel de sus devaneos y en la impotencia ante lo que no es justo. La urdimbre de sus tramas nos deja siempre un pesimismo visceral. Si bien son extraídas de dolorosas realidades de mi patria, resulta cuando menos extraño que la zona de la realidad cubana que él examina con lupa de novelista anula y silencia la existencia de otras zonas que él omite y que nunca convocan su atención. Se me dirá que es su legítimo derecho como escritor, pero no se me negará que tal conducta erosiona su responsabilidad intelectual, como la entendía ese gran palestino que fue Edward Said: "No se trata de cuestionar siempre la política del gobierno, sino más bien de la vocación intelectual como actitud de constante vigilancia". Por cierto, creo que Said jamás hubiera accedido a responder preguntas manipuladas y servidas en la mesa mediática de un periódico sionista del estado de Israel.

El lector de Padura que no vive en Cuba adquiere la convicción de que los cubanos somos seres alcoholizados, víctimas de la manipulación, del engaño y la estafa política, sobrevivientes y mutilados de lejanas guerras a todas luces innecesarias y vergonzantes, prostitutas, marginales, dirigentes cínicos y oportunistas que se reproducen como los panes y los peces en el caldo de cultivo por excelencia del socialismo cubano. (En "La novela de mi vida", por citar un ejemplo, Padura se ahorra el diseño literario de la personalidad del mejor y más brillante de los otrora condiscípulos universitarios que en los años 90 protagonizan la búsqueda de los papeles de José María Heredia, mediante el recurso de hacerlo morir muy tempranamente en la guerra de Angola. Los demás sobreviven pero lo hacen llenos de resentimiento, frustración, odio, envidia y olvido inmerecido después de transitar por los años del "decenio negro" –que en la obra de Padura parece ser el único decenio de una revolución que ya cumplió más de cinco).

El lector de Padura que no vive en Cuba también es víctima de una estafa, como los personajes de sus novelas. Lo más triste no es solo que ese lector paga gustoso por la estafa, sino que después de leer las novelas de Padura, se acuesta a dormir extraviado en la convicción de que todo, hasta la utopía, es un contrasentido inútil.

Lamentablemente ese lector también ignorará que el estado dictatorial, excluidor de disidencias y perseguidor "de cualquier nacimiento", le confirió a Leonardo Padura el Premio Nacional de Literatura en el 2012.

Me pregunto si Padura, en sus novelas o viñetas periodísticas, se lo contará alguna vez a sus lectores que no viven en Cuba.

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