Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

La “primera independencia” de Nuestra América: algunas lecciones de la historia* por Luis Suárez Salazar


• La Habana

"Jamás hubo en América, de la independencia acá, asunto

que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni

pida examen más claro y minucioso, que el convite que los

Estados Unidos potentes, repletos de productos

invendibles, y determinados a extender sus dominios en

América, hacen a las naciones americanas de menos poder

[...]. De la tiranía de España supo salvarse la América

española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los

antecedentes, causas y factores del convite,

urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la

América española la hora de declarar su segunda

independencia."

José Martí, 1890

"Si el político es un historiador (no solo en el sentido de

que hace historia sino en el sentido de que operando en el

presente interpreta el pasado), el historiador es un

político y en ese sentido [...] la historia es siempre historia

contemporánea, es decir, la política."

Antonio Gramsci, 1931

Introducción

Olvidando todos o casi todos los antecedentes mediatos e inmediatos, como las grandes insurrecciones populares que sacudieron el continente a lo largo del siglo
XVIII, las conspiraciones independentistas que se produjeron en la última década
de ese siglo y, dentro de ellas, la largamente preparada “expedición
revolucionaria”, encabezada entre 1805 y 1806 por Francisco de
Miranda,
1 así como
el carácter predominantemente aristocrático y antipopular de las Juntas
Protectoras de los Derechos de Fernando VII y de la mayoría de los gobiernos
autonomistas o independentistas que se instauraron en la América anteriormente
española entre 1808 y 1815, al igual que el carácter esencialmente reaccionario
del traslado de la Corte portuguesa al territorio de la ahora llamada República
Federativa de Brasil, a partir del año 2009, buena parte de las actuales
autoridades oficiales de los estados nacionales de la ahora llamada Comunidad
Iberoamericana de Naciones ―incluidas las de Brasil y las de España y Portugal―
han comenzado a conmemorar, con bombos y platillos, de manera más o menos
“nacional” y, por tanto, separada, al igual que escasamente crítica y
descolonizada, el bicentenario del inicio del que denominan “proceso de
independencia latinoamericano”.

A pesar de las resistencias iniciales de la monarquía constitucional y del gobierno “socialdemócrata” español encabezado por José Luis Rodríguez Zapatero ―quienes
pretendían que esas celebraciones conjuntas tomaran como eje el inicio, en 1808,
de las luchas del pueblo español contra la ocupación de las tropas napoleónicas
y la proclamación de la Constitución de Cádiz de 1812―, tal decisión fue
respaldada por la Reunión de Coordinación de los Países Iberoamericanos para el
Estudio de la Creación de la Comisión Iberoamericana de los Bicentenarios de las
Independencias, efectuada en México el 18 de septiembre de 2008. Igualmente, en
el Programa de Acción aprobado por la XVIII Cumbre Iberoamericana realizada en
El Salvador del 29 al 31 de octubre de 2008.

Salvo excepciones que confirmen la regla ―como pudieran ser las de los gobiernos y otros actores sociales y políticos actualmente integrantes de la Alianza
Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio entre los
Pueblos― es de esperar que en lo adelante se repitan, una y otra vez, las
diversas tergiversaciones y falacias que sistemáticamente han acompañado a las
historias más o menos oficiales recreadas, con escaso rigor científico, por los
intelectuales liberales o conservadores, románticos, positivistas, revisionistas
o neo-revisionistas,
2 orgánicos
a las clases dominantes locales o a las principales potencias coloniales e
imperialistas con vistas a tratar de legitimar y consolidar en el plano
ideológico-cultural el sistema de dominación ―hegemonía, acorazada con la
fuerza― plutocrático e imperialista establecido sobre cada uno de sus
correspondientes países, así como sobre buena parte del llamado “hemisferio
occidental”
3.

En contraposición, también es de esperar que se reediten algunos de los textos considerados como clásicos de la llamada Nueva Historia de América Latina que
―inspirada en ciertas lecturas del marxismo y en otros saberes de las ciencias
sociales― proliferaron en todo el continente luego del triunfo de la Revolución
Cubana en 1959.
4 No
obstante sus innegables aportes a la comprensión crítica de las historias
nacionales de la mayor parte de los actuales
estados
hispano-luso-americanos ―al igual que de algunos países del Caribe insular―, en
general esos textos carecen de un enfoque continental que permita comprender, en
toda su magnitud, complejidad y trascendencia, el contradictorio desarrollo y
los sucesivos desenlaces de las que denomino “fases y ciclos largos” cuya
tonalidad ha estado asociada a los diversos resultados de la “dinámica entre la
reforma, la revolución, el reformismo, la contrarreforma y la contrarrevolución”
que han caracterizado ―y todavía caracterizan― el devenir del espacio
geográfico, humano y cultural que, a fines del siglo XIX, José Martí denominó
Nuestra América.
5

Por ello, e inspirado en las palabras de Antonio Gramsci acerca de la función política de los historiadores y sobre la perenne contemporaneidad de la historia que
aparecen en el exordio,
6 la
ocasión me parece propicia para realizar o retomar, según el
caso,
7 algunas
reflexiones sintéticas y seguramente incompletas acerca de las lecciones que han
dejado esas bicentenarias e inconclusas gestas para los y las que desde los
movimientos sociales y políticos, desde el periódico, la cátedra, las ciencias o
las artes todavía continuamos luchando por la que, en la penúltima década del
siglo XIX, José Martí denominó “segunda independencia” de “la América española”
frente al entonces naciente, hoy poderoso y a la vez decadente, imperialismo (o
imperio) estadounidense.
8

I

En ese ámbito, lo primero que hay que consignar es que las luchas por la “primera independencia” de lo que ahora llamamos la América Latina y el Caribe ni
comenzaron ni terminaron en 1810. Como ha documentado, entre otros, el
historiador cubano Sergio Guerra Vilaboy
9, quien
denominó “primer ciclo largo” de la “primera fase” emancipadora, reformadora y
revolucionaria de ese continente frente a algunos colonialismos europeos
(España, Francia y Portugal) y a sus aliados locales, comenzó en 1790 (año en
que se inició la poderosa insurrección antiesclavista y antirracista en la isla
caribeña que Cristóbal Colón había denominado La Española y los franceses
Saint
-Domingue)10, y
virtualmente terminó en 1826 con el fracaso del Congreso Anfictiónico de
Panamá
11.

Tal como pretendían las autoridades de los EE.UU., Gran Bretaña y Holanda, así como los gobiernos oligárquico-“nacionalistas” instaurados en la casi totalidad de los
entonces nacientes estados nacionales o federativos latinoamericanos (los EE.UU.
mexicanos, la Federación Centroamericana, las Repúblicas de Colombia, Perú,
Bolivia, Chile y Paraguay, las Provincias Unidas del Río de la Plata y el
Imperio de Brasil), ese negativo desenlace ―ratificado con la inoperancia del
Congreso de Tacubaya (disuelto en octubre de 1828)― pospuso indefinidamente las
independencias de Cuba y Puerto Rico del colonialismo español; propició la
nefasta “balcanización” de la que, previamente, Francisco de Miranda había
denominado “Colombia”
12, el
Libertador Simón Bolívar “la América Meridional”
13, y José
Gervasio Artigas y José de San Martín “la Patria Grande”
14. También
posibilitó las continuas agresiones de España y de otras potencias extranjeras
contra diversos estados latinoamericanos y caribeños
15, la
neocolonización de ese continente, primero, por el imperio británico ―que
también mantuvo su control político
-económico
sobre el imperio de Brasil, así como su dominio colonial sobre diversos
territorios bañados por el Mar Caribe― y, más tarde, por el imperialismo
estadounidense.
16

Ese violento proceso confirmó la anticipación de Simón Bolívar: “[L]os EE.UU. [...] parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a
nombre de la libertad”
17 . Y, 71
años más tarde de esas palabras, motivó el mencionado llamado de José Martí a
luchar por la “segunda independencia” de la “América española”, así como su
decisión de “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por
las Antillas los EE.UU. y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de
América”
18.

Como esa utopía martiana solo pudo hacerse realidad a partir de la victoria de la Revolución Cubana encabezada por Fidel Castro, desde la mal llamada “guerra
hispano-norteamericana” de 1898 hasta
la del
1
ro. de
Enero de
1959, los grupos dominantes, los poderes fácticos y los sucesivos gobiernos
temporales estadounidenses ―ya fueran demócratas o republicanos― instauraron un
férreo régimen neocolonial sobre la mayor de las Antillas. Paralelamente,
colonizaron al archipiélago de Puerto Rico y, mediante diversas intervenciones
directas o indirectas
19
,así como
del exitoso despliegue de su multifacética “cooperación antagónica” con los
imperialismos británico, francés y holandés ―a lo largo del siglo XX estos
terminaron reconociendo que la América Latina y el Caribe eran parte intrínseca
de la “esfera de influencia” de los EE.UU.―
20, cayeron
sobre todos los estados independientes, formalmente independientes o
“semiindependientes” de América Latina y el Caribe.
21

Y, como había previsto el Apóstol de la independencia de Cuba, lo hicieron con tal fuerza política, económica, ideológico-cultural y militar que todavía hoy, 218
años después de haberse iniciado las primeras batallas por la liberación
nacional, social y cultural de ese continente, en el Caribe insular subsisten 15
territorios coloniales y semicoloniales (entre ellos, Puerto Rico), las Islas
Malvinas (parte de la República Argentina), que siguen controlados por el
imperialismo británico. A la par que los pueblos de la mayor parte de los 33
estados nacionales o plurinacionales situados, desde 1848, al sur del río Bravo
y de la península de Florida, todavía tienen que seguir luchando por lograr la
que la segunda Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba, efectuada en
febrero de 1962, denominó “su segunda, verdadera y definitiva
independencia”.
22

II

Cualesquiera sean los juicios que merezcan todas las afirmaciones anteriores, lo cierto fue que sin la solidaridad de los dirigentes más lúcidos de la victoriosa Revolución Haitiana
del 1
ro. de enero
de 1804 (Jean Jacques Dessalines y Alexander Pètion) casi hubiera resultado
imposible al recientemente denominado Precursor de las Independencias de América
Latina, Francisco de Miranda, culminar la organización de la frustrada
expedición independentista con la que desembarcó el 3 de agosto de 1806 en Coro,
localidad ubicada en la actual República Bolivariana de
Venezuela
23. Tampoco
le hubiera resultado fácil al Libertador Simón Bolívar reemprender, a partir de
1816, las luchas político-militares con un alto contenido de emancipación
política y social que, en la primera mitad de la década de 1820, culminaron con
la “primera independencia” de los actuales territorios de Bolivia, Colombia, el
Ecuador, Panamá, Perú y la República Bolivariana de Venezuela
24.

A la liberación de algunos de esos países también contribuyó el Ejército Libertador de Perú, formado gracias al apoyo del entonces jefe del gobierno chileno,
Bernardo O’Higgins, encabezado por José de San Martín y mayoritariamente
conformado por ríoplatenses y chilenos. Bajo las órdenes del lugarteniente de
Simón Bolívar, luego nombrado mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre,
oficiales y soldados de ese ejército participaron en la derrota de las tropas
españolas en la Batalla de Pichincha, el 24 de mayo de 1822 (que garantizó la
independencia del territorio de la actual República del Ecuador), así como
―junto
con oficiales
y soldados hispanoamericanos nacidos en diferentes localidades, entre ellos
indios, negros, pardos y mestizos― en la destrucción de las fuerzas realistas en
la Batalla de Ayacucho (diciembre de 1824), que selló la derrota de la monarquía
ibérica en el territorio continental hispanoamericano.

Como veremos después, a esa derrota también contribuyeron las naciones originarias de Perú y el Alto Perú, las que ―enriqueciendo el legado de las insurrecciones
indígenas encabezadas entre 1780 y 1783 por Túpac Amaru, Tomás Katari y Túpac
Katari, respectivamente― habían sido muy pronto incorporadas a la causa
independentista gracias a las prédicas libertarias de los integrantes más
radicales (“jacobinos”) de la Junta de gobierno instaurada en Buenos Aires en
mayo de 1810 y, en particular, de Mariano Moreno y del jefe del Ejército del
Norte, Juan José Castelli; ambos perseguidos y martirizados por los
representantes políticos y militares de los sectores más reaccionarios y
probritánicos de la oligarquía de la ciudad-puerto de Buenos Aires y
habitualmente ignorados en las “historias oficiales” de la actual República
Argentina
25.

En su perenne ánimo de contraponer la figura de Simón Bolívar con la de José de San Martín, esos relatos igualmente desconocen que la Batalla de Ayacucho también
contribuyó a preservar la independencia de las llamadas Provincias Unidas del
Río de la Plata, entonces integradas por las actuales República Argentina y
República Oriental del Uruguay. Esta última, fundada el 4 de octubre de 1828
gracias a una virtual imposición del gobierno británico y a la claudicación del
presidente ríoplatense, Bernardo Rivadavia
26;
acontecimiento que también ignoran las historias más o menos oficiales ―y
algunas historias críticas― de la República Oriental del Uruguay.

Del mismo modo, buena parte de las historiografías “oficiales” mexicanas y de los actuales estados nacionales centroamericanos (Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua
y Costa Rica) raramente reconocen que las estrategias de lucha continental
desplegadas por Simón Bolívar y José de San Martín ―con la consiguiente derrota
de las principales fuerzas de operaciones militares de la monarquía ibérica―
también contribuyeron a la consolidación de las independencias de los EE.UU.
mexicanos ―entonces encabezados por su primer presidente republicano, Guadalupe
Victoria, quien en 1825 logró derrotar a las tropas españolas acantonadas en la
fortaleza de San Juan de Ulúa, Veracruz― y de la entonces llamada República de
Centroamérica. Esta ―al igual que la ahora llamada “Gran Colombia” para
diferenciarla de la actual República de Colombia― desapareció a causa de las
acciones emprendidas contra el gobierno liberal-unitario de Francisco de Morazán
por los representantes políticos, militares y religiosos de sus correspondientes
oligarquías conservadoras y “nacionalistas”
27. A pesar
de sus contradicciones, estos contaron con el decidido y en algunos casos
decisivo respaldo de las principales potencias de la época; en primer lugar,
Gran Bretaña y los EE.UU.
28, cuyas
autoridades también intervinieron reiteradamente en los asuntos internos y
externos de los EE.UU. mexicanos, tanto antes como después de que en 1848
lograron arrebatarle a ese país más de la mitad de su territorio
original
29.

III

De todo lo antes dicho, de otros elementos excluidos en aras de la síntesis y de algunos datos que veremos después, se desprende que las multiformes luchas por la
“primera independencia” de nuestra América tuvieron un carácter continental,
bastante alejado del alcance “localista” que les han atribuido, y a sus
principales héroes y mártires, las diversas “historias nacionales” que se han
elaborado desde la fundación de cada uno de los actuales estados
hispanoamericanos. Por lo general, y dado su índole elitista, racista y
machista, esos relatos también desconocen el significativo aporte que realizaron
a esas contiendas los criollos y las criollas más humildes (entre ellos, los
gauchos y los llaneros), los y las afrodescendientes liberados por los ejércitos
independentistas de la esclavitud y de otras oprobiosas formas de explotación,
así como los hombres y las mujeres de los pueblos y las naciones originarias del
espacio geográfico, humano y cultural que ellos llamaban y continúan llamando
Abya Yala, como expresión de su desconocimiento de los nombres, así como de las
artificiales y cambiantes fronteras político-administrativas que a sangre y
fuego les impusieron, primero, las monarquías ibéricas (España y Portugal) y,
más tarde, los representantes políticos y militares de las clases dominantes que
controlaron los destinos de los estados nacionales fundados como fruto de “la
balcanización” de Nuestra América
30.

En párrafos anteriores ya nos referimos al importante papel desempeñado por los pueblos quechuas y aymaras en la derrota definitiva del colonialismo español en
los actuales territorios de Perú y Bolivia. Pero a ello es imprescindible
agregar la poderosa insurrección que entre 1814 y 1815 sacudió a esos
territorios bajo la dirección del anciano curaca Mateo García Pumacagua y otros
líderes populares criollos y mestizos. También la decisiva contribución de los
pueblos originarios de esa región andina en la contención de la poderosa y
sanguinaria ofensiva político-militar desatada por las autoridades coloniales
españolas ―con el silencio cómplice de las autoridades británicas, francesas,
holandesas y estadounidenses― luego de la derrota de las tropas napoleónicas y
de la reimplantación de la monarquía absoluta de Fernando VII. Gracias a las
multiformes resistencias de esas fuerzas populares ―peyorativamente
identificadas como “republiquetas”― y de “los montoneros” de Salta, así como, a
diferencia de los demás gobiernos autonomistas o independentistas del resto del
continente, las posteriormente llamadas Provincias Unidas del Río de la Plata,
pudieron proclamar en 1816, y preservar, su independencia del colonialismo
español.

Del mismo modo que, gracias al apoyo de las comunidades guaraníes, el gobierno “jacobino” de José Gaspar Rodríguez de Francia logró conservar la independencia absoluta de
Paraguay, proclamada en 1813 tanto de España, como de las fuerzas oligárquicas y
pro

británicas de la
ciudad-puerto de Buenos Aires que, paulatinamente, lograron derrotar a sus
oponentes en la Banda Oriental del Río de la Plata, así como en las demás
provincias mediterráneas y del litoral del río Paraná; incluidas las encabezadas
por el Protector de los Pueblos Libres, José Gervasio Artigas, a cuyas fuerzas
político-militares también se habían incorporado importantes contingentes de los
pueblos originarios de esas regiones, como fue el caso de los
charrúas.

Algo parecido hay que decir del poderoso movimiento popular que sustentó la que algunos historiadores inadecuadamente llaman “la primera Revolución Mexicana”,
iniciada el 16 de septiembre de 1810. Siguiendo la convocatoria y las decisiones
libertarias de su líder y proclamado capitán general del Ejército de Redención
de las Américas, el sacerdote Miguel Hidalgo, en esta gesta precursora de
la

independencia de toda
“la América española” (no solo de México) también participaron importantes
contingentes de antiguos esclavos y esclavas afrodescendientes, así como de las
naciones y los pueblos originarios del extenso territorio del denominado
Virreinato de Nueva España que, como se sabe, se extendía desde el sur del río
Mississippi, hasta el actual territorio de Costa Rica, incluidas las capitanías
generales de Cuba, Filipinas y Guatemala, donde ―en razón de su composición
étnico-racial― tuvo un enorme y contradictorio impacto la gesta emancipadora
encabezada por Hidalgo.

Tal participación popular y de los pueblos originarios de ese virreinato se amplió después del fusilamiento de aquel, en 1811, pero sobre todo cuando asumió el
liderazgo del movimiento y de las plurales fuerzas independentistas el también
clérigo, José María Morelos, quien en el Supremo Congreso Internacional de
América (efectuado en septiembre de 1813) presentó un programa revolucionario de
23 puntos conocido como “Sentimiento de la Nación”. En ese histórico documento,
el líder insurgente profundiza las medidas de Hidalgo al abogar por la abolición
de la esclavitud y el sistema de castas, la liquidación de todos los gravámenes
feudales y la desigual distribución de la riqueza. Morelos también se pronuncia
por el principio de la soberanía popular, el libre comercio y la proclamación de
la independencia, propuesta que el Congreso secundó al declarar la separación de
España (6 de noviembre de 1813) y al aprobar medidas “contra la explotación
feudal y la discriminación racial”
31.

Algunas de esas medidas fueron incluidas en la primera carta fundamental de “la América Mexicana”, aprobada por la Asamblea efectuada el 22 de octubre de 1814 en
Apatzingán. Sin embargo, esta no incluía las medidas revolucionarias proclamadas
por Hidalgo y Morelos, “pues sus autores eran en su mayoría criollos letrados
atraídos al campo patriota por los esfuerzos de [Ignacio López] Rayón para
moderar el tono de la revolución”
32.

Fue entonces cuando, aprovechando esas inconsecuencias, el ejército realista, reforzado con la llegada masiva de tropas españolas y la movilización
contrarrevolucionaria de la parte alta de la sociedad criolla, y aprovechando
también las divisiones existentes en las fuerzas patrióticas, amenazó la
existencia del Supremo Congreso Internacional de América.

“Obligado a proteger a los diputados de los intensos ataques enemigos, Morelos fue hecho prisionero en Texmalaca (Puebla) el 5 de noviembre y fusilado el 22 de diciembre
de 1815. Su muerte y la dislocación del ejército rebelde en pequeñas partidas
insurgentes permitió el casi absoluto restablecimiento del poder colonial en
México.”
33

Hechos que, sin duda, determinaron el “estancamiento” durante varios años de la ejemplar revolución social y de liberación nacional ―sin paralelo en el resto de
Hispanoamérica― que desde 1810 se venía desarrollando en el Virreinato de Nueva
España, la prolongación por varios años más de las gestas independentistas que
se desarrollaban en Sudamérica, así como el carácter “monárquico-conservador”
que asumió finalmente la proclamación, en 1821, de la “primera independencia” de
México y de las actuales repúblicas centroamericanas.

IV

Las nefastas consecuencias que tuvo ese desenlace seudoindependentista, contrarreformador y contrarrevolucionario para el devenir posterior de México,
Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, así como para el resto
de Hispanoamérica, han sido tratadas prolijamente por la historiografía crítica
elaborada tanto dentro como fuera de nuestro continente. Ello me libera de la
responsabilidad de abordarlas en esta ocasión. Sin embargo, a los efectos de
dicha contribución me parece imprescindible resaltar que esa y otras
experiencias de las contiendas
por la
primera independencia de la América anteriormente española, ya demostraron la
incapacidad de los representantes políticos, militares e intelectuales de los
sectores hegemónicos de sus clases dominantes para conducir hasta sus últimas
consecuencias las luchas por la liberación nacional, así como la emancipación
social, política y cultural que, desde entonces hasta hoy, se han desplegado en
la América Latina y el Caribe.

Igualmente, demostraron la importancia de la unidad de todos los sujetos sociales, políticos y étnico-culturales de raigambre popular implicados en esas multiformes luchas.
Sin desconocer el carácter continental que estas tuvieron, también se demostró
la importancia de que los representantes políticos y militares, estatales o no
estatales, de esos sujetos resolvieran de manera acertada, y según sus
circunstancias específicas, todos los problemas políticos, sociales,
ideológico-culturales y militares, internos y externos implicados en cualquier
revolución o reforma político-institucional, económico-social e
ideológico-cultural genuinamente democrática e independentista. La irresolución
de esos problemas estuvo entre las causas de las sangrientas contrarrevoluciones
o contrarreformas dirigidas a restaurar el sistema de dominación interno y
externo previamente existente. O, en los casos en que este fue derrotado, a
sustituirlo por nuevas formas de dominación y explotación tanto internas, como
externas.

Lecciones que ―junto con otras que pueden inferirse de los párrafos anteriores― debemos asimilar todos aquellos que
continuamos luchando por la “segunda, verdadera y definitiva independencia”, en
este nuevo y tal vez decisivo ciclo de la segunda fase de la dinámica entre la
reforma, la revolución, el reformismo, la contrarreforma y la contrarrevolución
que ha caracterizado la historia latinoamericana y caribeña. En razón de las
complejas circunstancias internacionales y hemisféricas en que se desarrolla
esta dinámica ―acentuadas por las superpuestas crisis que afectan a la
humanidad, al sistema y la economía [capitalista]
del mundo― en
este esperanzador ciclo independentista, reformador y revolucionario, tal vez
como en ninguno de los precedentes, resulta imprescindible recordar el vigente
llamado que, en la última década del siglo XIX, José Martí le
s hizo a
todos los pueblos y las naciones (incluidas las originarias) de Nuestra
América:

“Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, según lo acaricie el capricho de la luz, o lo tundan y talen las
tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante
de las siete leguas! Es la hora del recuento y de la marcha unida, y hemos de
andar en cuadro apretado como la plata en las raíces de los Andes.”

La Habana, 27 de marzo de 2010.

Casa de las Américas No. 259-260 abril-septiembre/2010.

* Versión actualizada de la ponencia presentada en octubre de 2008 en el coloquio Bicentenario de la independencia de Nuestra América: visiones lecturas e
interpretaciones, convocado por el Centro de Investigaciones sobre América
Latina y el Caribe (CIALC) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Referencias:

1 Para un análisis sintético de las grandes insurrecciones populares del siglo XVIII y de las principales conspiraciones independentistas de finales de ese siglo, puede consultarse Sergio Guerra Vilaboy: Breve historia de América
Latina, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2006, pp.
76-88.

2 La expresión neorrevisionistas pertenece al historiador cubano-mexicano Salvador Morales, quien en la actualidad sigue la que denomina “historia contrafactual” de México (y, por
extensión, de la América Latina) difundida por algunos intelectuales orgánicos a
las clases dominantes mexicanas.

3 Aunque en geografía el Hemisferio Occidental abarca áreas y territorios del Océano Pacífico y del Océano Atlántico (incluidas importantes zonas de África Occidental), usualmente el término solo se emplea como sinónimo del
continente americano. Es, en ese sentido, que en letras minúsculas se utilizará
a lo largo de este texto. Solo aparecerá en mayúscula cuando se corresponda con
una cita textual de otros autores o de documentos oficiales.

4 Para una identificación de buena parte de esos textos, puede consultarse Sergio Guerra Vilaboy: El dilema de la independencia, La Habana, Editorial Félix Varela, 2003, pp. 17-27.

5 José Martí: Nuestra América, La Habana, Casa de las Américas, 1974.

6 Citado por José Ernesto Schulman: La parte o el todo: Un mapa para recorrer la historia de la lucha de clases en la Argentina, Buenos Aires, Manuel Suárez-Editor, 2005, p. 11.

7 Los interesados en mis reflexiones anteriores sobre ese tema pueden consultar América Latina y el Caribe: Medio siglo de crimen e impunidad (1948-1998), La Habana, Zafarroa, Zambon Iberoamericana, José Martí, 2001;
Madre América: Un siglo de violencia y dolor (1898-1998), La Habana,
Editorial de Ciencias Sociales, 2003; y Un siglo de terror en América
Latina
, Melbourne, Caracas, La Habana, Ocean Sur, 2006. También pueden
consultar “Las bicentenarias luchas por la verdadera independencia de Nuestra
América: algunas lecciones de la historia”, ponencia presentada al Congreso
Internacional Las independencias de América Latina: génesis, proceso y
significado actual, Coro, República Bolivariana de Venezuela, 31 de julio al 3
de agosto de 2006. Asimismo, Luis Suárez Salazar y Tania García Lorenzo: Las
relaciones interamericanas: Continuidades y cambios
, Buenos Aires, Consejo
Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), 2008.

8 José Martí: “Congreso Internacional de Washington: Su historia, sus elementos y sus tendencias”, Nuestra América, Ob. cit. (en
n. 5), p. 256.

9 Sergio Guerra Vilaboy: “El dilema de la independencia”, Ob. cit. (en n. 4).

10 José Luciano Franco: Historia de la Revolución de Haití, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2004.

11 Aldo Díaz Lacayo: El Congreso Anfictiónico de Panamá: Visión bolivariana de la América anteriormente española, Caracas, Ediciones Emancipación y Corpozulia, 2006.

12 Carmen L. Bohórquez Morán: Francisco de Miranda. Precursor de las independencias de la América Latina, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2003.

13 Simón Bolívar: “Contestación de un americano meridional a un caballero de esta isla”, Obras completas, La Habana, Editorial Lex, 1947, t. I, pp. 159-174.

14 Norberto Galasso: Seamos libres y lo demás no importa: Vida de San Martín, Buenos Aires, La Habana, Ediciones Colihue, Editorial de Ciencias Sociales, 2004.

15 Gregorio Selser: Enciclopedia de las intervenciones extranjeras en América Latina, t. I, Bonn, Monimbó e.V, Pahl-Rugenstein, 1992.

16 Sergio Guerra Vilaboy: Breve historia de América Latina, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2006.

17 Simón Bolívar: “Carta al coronel Patricio Campbell (Guayaquil, 5 de agosto de 1829)”, Obras completas, ob. cit. (en n. 13), t. II, p. 737.

18 José Martí: “Carta a Manuel Mercado”, Nuestra América, Ob. cit. (en N.
5).

19 Luis Suárez Salazar: “Las agresiones de EE.UU. contra América Latina y el Caribe: Fuente constante del terrorismo de Estado en el Hemisferio Occidental”, en Enciclopedia sobre el terrorismo de Estado made in USA, en
<wwwterrorfileonline.com>; a href="http://www.terrorfileonline.org%3E">www.terrorfileonline.org>;; y
a href="http://www.terrorfileonline.net%3E.%C2%A0">www.terrorfileonline.net>. ;

20 La categoría “cooperación antagónica” entre las potencias imperialistas fue acuñada por el marxista alemán, August Talheimer, después de la segunda posguerra, con vistas a explicar las intrincadas relaciones de
integración-cooperación-competencia-conflicto que constantemente se producen
entre las principales potencias imperialistas, aun en los momentos en que una de
ellas mantenga una posición hegemónica o dominante en sus relaciones mutuas y,
por ende, en los asuntos internacionales. Para un enfoque sobre ese tema puede
consultarse: Ruy Mauro Marini: “La integración imperialista y América Latina”,
en Ruy Mauro Marini y Márgara Millán: La teoría social latinoamericana:
Textos escogidos
, México, Unam, 1994, t. II, pp. 15-19.

21 El concepto “Estados semiindependientes” fue acuñado por Vladimir Ilich Lenin en su célebre obra El imperialismo: fase superior del capitalismo. Con ese término se refería a los estados nacionales que, luego
de haber obtenido su independencia política y, en algunos casos, económica, en
las condiciones del “capitalismo monopolista”, volvieron a caer bajo la férula
de la oligarquía financiera y de las principales potencias
imperialistas.

22 Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba: “Segunda Declaración de La Habana”, en Cinco documentos, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1971, pp. 127-173.

23 C. L. Bohórquez: Ob. cit. (en n. 12).

24 Guillermo García Ponce: Bolívar y las armas en la guerra de independencia, Caracas, Fundación Sucre, Pío Tamayo, Carlos Aponte, 2002.

25 Norberto Galasso: Ob. cit. (en n. 14).

26 Vivian Trías: Los caudillos, las clases sociales y el Imperio, Montevideo, Cámara de Representantes, 1988, pp. 189-190. Según ese prestigioso historiador uruguayo, el representante británico en el Río de la Plata, lord
John Ponsonby, había advertido a todas las partes implicadas en el conflicto
creado en torno a la entonces llamada “Banda Oriental del Río de la Plata” que
su gobierno “no consentirá jamás que solo dos estados, el Brasil y la Argentina,
sean dueños exclusivos de las costas orientales de América del
Sur”.

27 Adalberto Santana: Francisco de Morazán, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2006.

28 Alcides Hernández: La integración de Centroamérica: Desde la Federación hasta nuestros días, San José de Costa Rica, Departamento Ecuménico de Investigaciones, 1994.

29 Ramiro Guerra: La expansión territorial de los EE.UU., La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1975. 30 José Martí: Ob. cit. (en N.
5).

30 José Martí Ob. Cit. (en N. 5).

31 Sergio Guerra Vilaboy: Ob. cit. (en N. 4), p. 90.

32 Ídem.

33 Ibíd., p. 91.


http://www.lajiribilla.cu/2010/n499_11/499_05.html


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