Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

Por María Marlene Vázquez Pérez

El 25 de abril de 1889 escribió Martí una de sus crónicas más sugestivas. Nos referimos a  “Como se crea un pueblo nuevo en los Estados Unidos. Invasión de Oklahoma por 40 000 colonos”, publicada en El Partido Liberal, de México,  el 23 de mayo de ese año, y reproducida también, con variantes, en La Opinión Pública, de Montevideo, el 2 de junio. (1) Era este un tema al cual él mismo, en carta personal, le concedió gran importancia. Así escribió a su amigo uruguayo Enrique Estrázulas: “Tenía dispuesta toda esta tarde para escribirle sin prisa, […] y apenas tengo tiempo para salir a comprar pluma nueva, porque ésta se ha cansado de escribir, — y para acabar una correspª sobre la invasión de pobladores en Oklahoma, cosa magnífica y sangrienta […]” (2) 

En estas páginas narraba Martí, entre otros acontecimientos, lo que se conoce como The Land Rush of 1889, primera carrera hacia las tierras no asignadas. Se trataba de la expansión hacia  extensos territorios, pertenecientes a los actuales condados de Canadian, Cleveland, Kingfisher, Logan, Payne y Oklahoma, del estado homónimo, considerados entre las mejores tierras ociosas de los Estados Unidos. 

Las ambiciones contenidas afloraron de manera violenta cuando se declaró pública la tierra, en virtud de la Ley India de 1889 (Indian Appropiations Bill of 1889). La misma había sido aprobada y firmada con una enmienda introducida por el representante de Illinois William M. Springer, que autorizaba al Presidente Benjamin Harrison a abrir las tierras para el asentamiento de colonos. Se seguía lo pautado en el Acta de Homestead, de 1862, firmada por el Presidente Abraham Lincoln, donde rezaba que los colonos tenían derecho a reclamar terrenos de hasta 160 acres, a condición de que vivieran en ellos, y luego recibirían la propiedad de los mismos.

Este hecho, que significó el desplazamiento cada vez mayor de la población aborigen, y la consolidación de un proceso de ocupación paulatina por parte de colonos blancos,  llevado a cabo desde años atrás, tuvo amplia repercusión en la prensa de entonces. Martí nutre su crónica de diversas fuentes escritas, pues no estaba en el lugar de los hechos, sino en Nueva York. La coincidencia de las cifras que maneja, así como algunos otros datos relativos a la geografía, hacen pensar que se inspiró mayormente en un artículo procedente de The Harper’s Weekly, prestigiosa publicación estadounidense que leía con frecuencia.

Aunque esta crónica se inicia con otros asuntos acontecidos simultáneamente, el cubano dedica la mayor parte de ella a lo que acontece en Oklahoma: 

Y a esa misma hora, en las llanuras desiertas, los colonos ávidos de la tierra india, esperando el mediodía del lunes para invadir la nueva Canaán, la morada antigua del pobre seminola, el país de la leche y de la miel, limpian sus rifles, oran o alborotan, y no se oye en aquella frontera viva, sujeta sólo por la tropa vigilante, más que el grito de saludo del miserable que empieza a ser dueño, del especulador que ve espumas de oro, del pícaro que saca su ganancia del vicio y de la muerte. ¿Quién llegará primero? ¿Quién pondrá la primera estaca en los solares de la calle principal? ¿Quién tomará posesión con los tacones de su bota de los rincones fértiles? Leguas de carros; turbas de jinetes; descargas a cielo abierto; cantos y rogativas; tabernas y casas de poliandria; un ataúd, y detrás una mujer y un niño; por los cuatro confines rodean la tierra libre los colonos; se oye como un alarido: "¡Oklahoma! ¡Oklahoma!". (3) 

Como puede verse, no hay de parte de Martí simpatía hacia los invasores, que no son más que aventureros inescrupulosos favorecidos por el gobierno, puesto al servicio de poderes mayores: el de las compañías ferrocarrileras y mineras, por ejemplo, que verían así acrecido su poderío. Se duele, en cambio, del destino de los pueblos originarios, condenados a la eterna discriminación. Es curioso cómo se apodera de los códigos y frases propios de los pueblos indios. Con ellos enriquece su narración de los antecedentes históricos, necesarios al lector de nuestra área para comprender el hecho de actualidad. El otro, el supuesto salvaje, es visto aquí como más civilizado que el anglosajón, autoproclamado superior: 

Ya campea por fin el blanco invasor en la tierra que se quedó como sin alma cuando murió en su traje de pelear y con el cuchillo sobre el pecho el que "no tuvo corazón para matar como a oso o como a lobo al blanco que como oso y lobo se le vino encima, con amistad en una mano, y una culebra en la otra", el Osseola (4) del cinturón de cuentas y el gorro de tres plumas, que se los puso por su mano en la hora de morir, después de pintarse media cara de rojo y de desenvainar el cuchillo. Los seminolas vendieron la tierra al "Padre Grande" de Washington, para que la vinieran otros indios a vivir o negros libres. Ni indios ni negros la vivieron nunca, sino los ganaderos que tendían cercas por ella, como si la tierra fuese suya, y los colonos que la querían para sembrados y habitación, y no "para que engorden con oro puro esos reyes del mundo que tienen amigos en Washington". La sangre de las disputas corrió muchas veces donde había corrido antes la de las cacerías; desalojó la tropa federal a los intrusos ganaderos o colonos: al fin proclamó pública la tierra el Presidente y señaló el 22 de abril para su ocupación: ¡entren todos a la vez! ¡el que clave primero la estaca, ese posea el campo! ¡ciento sesenta acres por la ley al que primero llegue! Y después de diez años de fatiga, los ferrocarriles, los especuladores, los que quieren "crecer con el país", […] se han venido juntando en los alrededores de esta comarca en que muchos habían vivido ya, y levantado a escondidas crías y siembras, donde ya tenía escogida la ambición el mejor sitio para las ciudades, donde no había más huellas de hombre que las cenizas de las cabañas de los pobladores intrusos, los rieles del ferrocarril, y la estación roja. (5) 

Quien conozca la obra de Martí, no puede dejar de advertir el parentesco evidente de esta crónica con un texto muy anterior, en el que el cubano rechaza uno de los conflictos centrales del pensamiento social del siglo xix, la contraposición entre civilización y barbarie. Diría allí que esta última “[…] es el nombre que los que desean la tierra ajena dan al estado actual de todo hombre que no es de Europa o de la América europea […].” (6) Esta conclusión sería retomada y sintetizada de modo magistral en el ensayo “Nuestra América” (1891), donde declaró que la verdadera batalla era “entre la falsa erudición y la naturaleza.” (7) 

Pero volvamos a la crónica sobre Oklahoma, cuyo poder expresivo y capacidad para ahondar en los orígenes de la nación vecina son  reveladores: 

Se llenaron los pueblos solitarios de las cercanías; caballos y carretas comenzaron a subir de precio; caras bronceadas, de ojo turbio y dañino, aparecieron donde jamás se las vio antes; había juntas en la sombra, para jurarse ayuda, para jurar muerte al rival; por los cuatro confines fue bajando la gente, apretada, callada, con los caballos, con las carretas, con las tiendas, con el rifle al hombro y la mujer detrás, sobre el millón de acres libres que guardaba de los invasores la caballería […]. //Bajan de los caminos más remotos, pueblos de inmigrantes, en montones, en hileras, en cabalgatas, en nubes. De entre cuatro masas vivas, sin más valía que las ancas de la tropa montada, se levanta la tierra silenciosa, nueva, verde, con sus yerbales y sus cerros. Por entre las ancas miran ojos que arden. Así se ha poblado acá la soledad, y se ha levantado la maravilla de los Estados Unidos. (8) 

Obsérvese el sentido irónico de la oración de cierre, que al relacionarse con las alusiones a la voracidad de los colonos, expuesta más arriba gracias al valor expresivo que le concede a los ojos, desdice totalmente la visión edulcorada que respecto a la gran nación del Norte se tenía entonces en la América hispana. Está la voluntad evidente de alertar respecto a los riesgos que implica la vecindad con un país que se ha erigido a merced de esas prácticas innobles. Más adelante insistirá en esas cuestiones, y para ello incorpora los recursos más diversos: 

Y en los días cercanos al de la entrada libre, como cuando se muda una nación, eran campamento en marcha las leguas del contorno, sin miedo al sol ni a la noche, ni a la muerte, ni a la lluvia. De los bordes de la tierra famosa han ido echando sobre ella ferrocarriles, y se han erguido en sus fronteras poblaciones rivales, última estación de las caravanas que vienen de lejos; de las cuadrillas de jinetes que traen en los dientes la baraja, la pistola al disparar, y la bribona a la grupa; de las romerías de soldados licenciados, de campesinos, de viejos, de viudas.//Arkansas City ha arrancado los toldos de sus casas para hacer literas a los inmigrantes[…]; setenta y cinco vagones tiene Arkansas City entre cercas para llevar a Guthrie el gentío que bulle en las calles, pide limosna, echa el licor por los ojos, hace compras para revender, calcula la ganancia en los cambios de mano de la tierra.[…]En Purcell la noche es día, no hay hombre sin mujer, andan sueltos mil vaqueros tejanos, se oyen pistoletazos y carcajadas roncas: ¡ah, si esos casadotes de las carretas se les ponen en el camino! ¡para el que tenga el mejor rifle ha de ser la mejor tierra! "¡Si me ponen un niño delante, Enriqueta, te lo traigo de bistec!" y duermen sobre sus náuseas. (9)

Esa prosa ágil, novedosa, cambiante, que conjuga de manera eficaz diferentes voces y perspectivas  narrativas, e incorpora o reformula frases de procedencia oral, construye un relato de capacidad cinética. El lector tiene la sensación de estar contemplando la acción en vivo, como quien ve una secuencia cinematográfica, mientras accede al texto. 

Lo cierto es que aún faltaban seis años para que el séptimo arte fuera inaugurado, y estamos hablando de facetas de la creación muy diferentes, pero hay que decir que el cubano fue capaz de apresar con la palabra el espíritu de una época vertiginosa, la cual planteaba al hombre la necesidad de nuevos modos de expresión. Curiosamente, la expansión territorial hacia el oeste y el centro de los Estados Unidos, la fundación de nuevos núcleos poblacionales en las tierras colonizadas y todos los personajes y hechos violentos derivados de estas acciones, darían lugar a uno de los géneros cinematográficos más populares, el western. Dentro de él, Oklahoma y sus comarcas aledañas tendrían un lugar destacado. 

Sirvan estas notas veloces como una invitación a la lectura de la obra de José Martí, en la que el interesado encontrará  numerosos atractivos. 

Notas:

(1) Véase esta última en José Martí. Obras completas, Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. 12, p. 203-212.

(2) José Martí,  Epistolario. (Compilación, ordenación cronológica y notas de Luis García Pascual y Enrique H. Moreno Pla). La Habana, Ciencias Sociales, 1993, tomo III, p. 104. Las cursivas son nuestras.

(3) José Martí, Obras completas, Ciencias Sociales, La Habana, 1975,  (en lo adelante OC), t. 12, p.  205-206.

(4) Referencia al jefe seminola Osceola (1804-1838). En su juventud  se vio forzado a trasladarse de Georgia a la Florida. Se opuso al tratado de Payne’s Landing (1832), en virtud del cual debían vender las tierras floridanas y trasladarse a Oklahoma. En 1835 mató a Charley Emathla, un jefe seminola que sí vendió sus tierras y al general Wiley Thompson, enviado por el gobierno. Fue el iniciador de la Guerra Seminola en los Everglades. En octubre de 1837 se le apresó mientras se dirigía a San Agustín bajo bandera de tregua, y fue encerrado en la prisión de Charleston, donde murió, presumiblemente de malaria, aunque tal vez haya sido asesinado.

(5) OC, t. 12, p. 206

(6) OC, t. 8, p. 442

(7) OC, t. 6, p. 17

(8) OC, t. 12, p. 206-207. Frases señaladas siempre nuestras (MVP)

(9) Ibídem, p. 207-208

(Fuente: CUBARTE)

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