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Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

Foto: www.dmcbejucal.cult.cu

Por Mercedes Carrillo Guerrero*

Bejucal posee una singular tradición en nuestro país:   La Charanga. Llegar al amistoso lugar es un ir y venir de preparativos silenciosos.  Presente el secreto, la sorpresa, el misterio; el trajín interesante y de pueblo.  Hacen sus dos carrozas:  La Espina de Oro (rojo)  y la Ceiba de Plata (azul). 

Y cuando decimos carrozas es un torrente de actividad vigorosa, imaginación creativa, vuelco de toda la población hacia esa especial fiesta que data de muchos  años.   Están vigentes las Parrandas Espirituanas; el Carnaval de Santiago y la Charanga de  Bejucal.   Las más viejas fiestas tradicionales de Cuba.

La primer charanga recogida fue en 1840, sin embargo, aseguran, que data de muchísimos años antes de esta fecha.  Con el historiador se puede apreciar la foto de una carroza ya altiva de 1903.

La Charanga, en su inicio, fue el reclamo de los negros esclavos a participar en las celebraciones de fin de año.  Una protesta convertida en fiesta que siempre se realiza el último fin de semana del año siendo sabado y domingo.

En el siglo XIX, los bandos eran los Malayos (rojo) que representaban a las clases dominantes  al poderío español y la Musicanga (azul) que era el que aglutinaba a las capas más humildes de la población: los criollos.

Con el tiempo, el nombre de los bandos cambió por el de Espina de Oro (rojo) y Ceiba de Plata (azul) sin ningún sentido político y ha quedado así hasta nuestros días.

Me interesé en ver una carroza.  Ya terminada.  Imposible.  Hasta la hora fijada de salir hacia las calles no se puede pasar al ignoto.  En el mayor secreto y hasta el último minuto, los bandos crean con manos aficionadas, de una maestría curiosa, las altísimas y relevantes carrozas con elevadores de donde surgen pisos, adornos, figuras que desplegan banderas.

Se encaminan los pasos hacia  ¨El Gallo¨  colonial, típico, con su patio fresco y atrayente en la noche que parece volver las hojas y encontrarse el visitante en medio de la antigua posada donde  nos parece escuchar el trote de caballos, el paso de la calesa, el coche nocturno, el susurro del enamorado ante la reja de su amada.

Ese patio nos lleva a imaginaciones insospechadas.  Ver a nuestro Cirilo Villaverde el que pernoctó en ese mismo lugar que ha quedado así como un enclave de su vibrante costumbrismo, de su Peineta Calada, de La Joven de la Flecha de Oro y, aparece, como en visión transportada, la Cecilia Valdés con el rítmico frufru de su bata cubana pasando sobre las baldosas.

Despierta la imaginación, las campanadas de la iglesia que precisan, por todo el ámbito, la hora, la media hora, la hora, la media hora.  Ocho campanadas en que cae la noche anunciando la cena tras haber dejado el bodegón donde sólo denota la presencia actual el refrigerador república.

Dice:  El Gallo.  Y sobre él un enorme gallo que nos sigue en replica hacia el amplio comedor ahora sobre una exquisita pieza museable donde vuelve a herguirse tremendo, colorido y majestuoso.

Vista desde el balcón donde se paró el maestro de la estampa narrativa cubana, nos sobrecoge la noche con ese halo colonial que sólo rompe en la plaza central la estructura del moderno cine.   De ahí se podrán contemplar, muy por encima de su edificación como en otros años, las dos carrozas hechas por manos apasionadas.

Las piezas charangueras son obras de arte popular que tienen una vida efímera, pues anualmente se construyen otras.  La salida de las carrozas de los dos bandos es una impresionante demostración de belleza, destreza y creatividad.   Y, ese lugar de aire colonial, de historia mágica, de campanadas a tiempo, solemne y pacífico trasiega su charanga con sus presidentes y responsables de  todo: el orden, la belleza, los carteles, el arreglo de calles por donde pasarán sus bandos.

El pueblo entero, despues de su faena cotidiana, está inmerso en su fiesta que teje entre sueños, realidades y esperanzas, entre golpe de trabajo y sol, entre trajes y carrozas, entre la noche y la tradición.  Ese mismo pueblo con su espontaneidad desde tiempos remotos es juez y parte: esa rivalidad fraternal de las carrozas, la gana el pueblo que es quien decide.

Bejucal está de fiesta celebrando sus éxitos y la alegría tradicional de su charanga.

*Destacada intelectual cubana residente en Cuba
Texto enviado por la autora

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