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José Martí: del anticolonialismo a la integración racial (II parte y final)

José Martí: del anticolonialismo a la integración racial (II parte ...

Por: Carlos Alberto Más Zabala

Fecha: 2011-03-26 Fuente: CUBARTE

José Martí: del anticolonialismo a la integración racial (II parte y final)

Son sus referencias sobre Cuba, cuya nacionalidad recién se había gestado de la hibridación, donde con más agudeza vislumbra el Maestro el surgimiento de una nueva raza, que es decir, una cultura nueva. No era ésta, sin embargo, su referencia única. Luego de haber conocido México y Guatemala ya es consciente de que en América ha surgido un pueblo nuevo –y una nueva cultura– distinto tanto de la raza originaria como de la española conquistadora, aunque en tales casos fuera mayor la impronta aborigen que la procedente de África.

En “Mi Raza” aparece una idea fundamental que devendrá su tesis esencial acerca de la integración racial: aquella que ubica juntos a negros y blancos en la entrega de sus vidas por ideales superiores, hermandad que se fundamenta en los anhelos de libertad y en la lealtad  mutua que se deben, precisamente porque tanto blancos como negros son parte inseparable de un mismo pueblo y encarnan una nueva y única nacionalidad:

“En los campos de batalla, muriendo por Cuba, han subido juntas por los aires las almas de los blancos y de los negros. En la vida diaria de defensa, de lealtad, de hermandad, de astucia, al lado de cada blanco, hubo siempre un negro”. (Martí, 1991, T2: 299)  

No puede haber dudas de que cuando Martí habla de “hermandad” entre negros y blancos remite dicho término a su significación de paternidad común, al que se refiere en ocasiones –a propósito del debate entre identidad nacional y cosmopolitismo –con la expresión de tronco común, no importa la diversidad del follaje ni los orígenes de las raíces.

Ya esa era una realidad en gestación en la colonia antillana durante la Guerra de los Diez Años, de la cual supo extraer la evidencia de la hermandad que se funda en la comunidad de ideales y en la lucha por conquistarlos, desarrolla ligaduras tan robustas y aún mayores que las derivadas de la consanguinidad.

Como proceso, el mestizaje del pueblo cubano presentaba una progresión hacia la mitad del siglo XIX, lo que llevó al Maestro a calificar a ese pueblo como “más servido que herido por la mezcla de sus razas…” (Martí, 1991, T2: 343)  Ello no había, sin embargo, eliminado los prejuicios raciales, ni garantizado una elemental similitud de derechos, lo que explica la utilización colonialista de la presencia en nuestra sociedad de los recelos y aprensiones. En tales circunstancias las luchas independentistas habrían de convertirse en el crisol capaz de acercar y fundir los distintos elementos componentes de nuestra nacionalidad y de contribuir aceleradamente a su consolidación.

Para quien había visto frustrarse una temprana presunción de integración racial en Norteamérica, el elemento aglutinador de la lucha mancomunada por el ideal libertador que inscribía la igualdad social entre sus pilares, adquiría en Cuba una muy alta expresión:

“pero el amor engendrado entre unos cubanos y otros en los diez años de guerra, el lazo natural que para siempre liga al cubano esclavo con el que lo rescató de la servidumbre, los méritos de trabajo, orden y generosidad por donde el liberto, en condiciones desiguales, se ha mostrado tan capaz y bueno como su señor antiguo, y el adelanto rápido y afanoso de los cubanos redimidos, más que los casos patentes de cultura extraordinaria, son hechos de influjo social superior, para la paz y asiento del país…” (Martí, 1991, T2: 345-346)  

Entre esta afirmación realizada en 1893 y la que incluye en su carta-respuesta a The New York Herald en 1895 es posible observar la certeza de lo que para Martí fue el germen de la integración racial:

“De la tradición de sus hombres, de lucidez propia y rebelde: de la veneración de los mártires de la independencia; del largo ejercicio de la guerra y el destierro; del poder humano de abnegación y de creación, y del conocimiento y práctica de la vida liberal y trabajadora en las naciones ejemplares, surge a la vida política el hombre cubano verdadero, blanco o de color, con variedad de profesiones y sabiduría, con desusado despejo e inventiva, y con hábitos de tolerancia y convivencia que exceden, o por lo menos igualan, las fuentes de discordia…”.  (Martí, 1991, T4: 155)  

Se aprecia como una constante en sus reflexiones la elevada consideración que el Maestro asignaba a los valores de orden moral y espiritual, por encima de los estrictamente genéticos, en la conformación de ese nuevo ser. Entre ellos, descuellan por su significación “el amor engendrado en la guerra”, con lo cual afirma y califica su alta estima del ideal patriótico, a los que suma componentes de incalculable ascendencia en la eticidad martiana: los méritos del trabajo, la generosidad, la abnegación, la creatividad y la sabiduría.

De modo que en el pensamiento de Martí encontramos dos planos principales en el análisis de la gestación de la nueva nacionalidad, de “el hombre cubano verdadero” sin distingos raciales, el primero de ellos condicionado por la historia y las luchas comunes, incluida con lugar propio la reverencia a la tradición, y el segundo, por valores humanos que deben alcanzar un lugar predominante, cuales piezas componentes de un todo. Nos lo representa como una resultante del amor aglutinante de las luchas patrióticas y del venero histórico, mediante el cual adquieren una nueva cualidad, superior, los componentes de trabajo y abnegación, de creatividad y sabiduría, en torno al legado de generosidad.

Años antes había ubicado la labor educacional en el centro mismo de la integración racial: “(...) otros negros van por donde es más cierto el camino, que es por la cultura, puesto que mientras sean menos que los blancos en carácter y saber, nadie se parará en las causas de que sean así, sino en que lo son… (Martí, 1991, T12: 324)  

Ahora no la soslaya, mas bien insiste en ello, pero con mucho acierto ubica este factor dentro de un conjunto en el que no le asigna el lugar cimero. Su propia experiencia vital y la minuciosa observación le permiten, con toda propiedad, justipreciar el sufrimiento compartido como la raíz gestacional “por donde empieza todo lo justo y difícil, por la gente humilde”, para luego incorporar el necesario componente biológico, consustancial de tal proceso de integración racial:

“Los matrimonios comenzarán entre las dos razas entre aquellos a quienes el trabajo mantiene juntos. Los que se sientan todos los días en la misma mesa, están más cerca de elegir a su compañera, que [los] que no se sientan nunca en ella. De abajo irán viniendo de esa manera…”

De esta forma Martí asocia el apareamiento multirracial al apareamiento de la humildad, el hecho natural a su parigual en el plano de los valores, con los que nos ratifica –sin menoscabo de ninguna de las partes– su alta consideración del componente moral.

Cuando acude al estudio comparativo, sumamente válido para desentrañar las singularidades de la nacionalidad cubana y establecer los límites y tendencias de su ansiada fusión racial, Martí lo hace con el cariño y el respeto que los demás pueblos hermanos le inspiran, pero sin apartarse un milímetro de su probada sujeción a la realidad. En su trabajo “La abolición en Puerto Rico”, establece con absoluta precisión la distinción entre el gesto redentor cubano de liberar a los esclavos para marchar juntos a la guerra, decisión soberana que la Corona demoró quince años en aceptar, y el hecho de que la abolición en Puerto Rico fuese una decisión adoptada en España.

Sin menoscabar la decisión española en relación con Puerto Rico, decisión que le ahorró al hermano pueblo decenas de vidas y sacrificios, reconoce a la propia, la nacida de las entrañas mismas de la población cubana, en la que confluían la disposición de lucha de los esclavos y el desprendimiento de sus dueños para lanzarse ambos a la redención nacional, como un acto fundacional de importancia imperecedera.

O cuando se refiere a la sublevación de Haití:

Hay diferencia esencial entre el alzamiento terrible y magnífico de los esclavos haitianos, recién salidos de la selva de África, contra los colonos cuya arrogancia perpetuaron en la república desigual, parisiense a la vez que primitiva, sus hijos mestizos, y la isla en que, tras un largo período preparatorio en que se ha nivelado, o puesto en vías de nivelarse, la cultura de blancos y negros, entran ambos, en sumas casi iguales, a la fundación  de un país por cuya libertad han peleado largamente juntos contra un tirano común. (Martí, 1991, T3: 105)  

Se observa entonces en la lógica del pensamiento martiano un salto de proporciones singulares. No se trata ya de su legado moral en contra de la injusticia, “¿Quién que ha visto azotar a un negro no se considera para siempre su deudor? … Yo lo vi, y me juré desde entonces a su defensa…”. (Martí, 1991, T22: 189)  

Se trata de una idea que sobrepasa su airada defensa de la igualdad de los hombres y su firme batallar en contra de los recelos con los que se trataba de envenenar y enrarecer los profundos vínculos raciales “entre los cubanos que de las [diferencia] [distinciones] diferencias de la esclavitud pasaron a la hermandad del sacrificio…”  (Martí, 1991, T4: 95)  

Su pronunciamiento incluso toma distancia del término mestizo, al que apela para enjuiciar severamente a los colonos haitianos descendientes de franceses y africanos, puesto que no se trata de un mestizaje de fundamentos biológicos esencialmente, sino del “hombre natural”, fruto autóctono de una realidad nacional concreta, cuya peculiaridad gestacional multiétnica se ubica como fundamento.

Para Martí los hombres han de pasar, no importa su raza, de iguales en derecho a idénticos. Es una hibridación, efectivamente, en cuya gestación los componentes espirituales, culturales, asumen su progenitura, el protagonismo y la revelación. Y a tal riqueza genésica ha de corresponderse un hombre único en su virtud. Una fusión en un horno de temperaturas tan elevadas, oxigenado tempestuosamente por la lucha, tiene necesariamente que resultar en un producto de un acabado moral, propio de la estirpe de José Martí.

Su aguda mirada le permite avizorar en Cuba las condiciones, tan excepcionales como necesarias, para que “el hombre cubano”, con cuya expresión caracterizara el surgimiento de una nacionalidad en la que la palabra raza dejara de ser, se erija en único y se distinga por los colores de la virtud.

Un proceso sustentado en los valores patrióticos, ideológicos y éticos que el Maestro supo adelantar en su tiempo:  …este trance nuevo del hombre, del cual saldrá , como de todos los suyos, mejorado; esta entrada, probablemente violenta, en un estado social amable y justiciero; esta eliminación de dejos turbios de edades y de pueblos, y acendramiento de sus cualidades libres y puras; este adelanto en la libertad y en la dicha, no han llegado aún, con correr ya tan cerca de la superficie que la tierra tiembla, a aquella determinación e ímpetu que despertarán otra vez, como en las grandes épocas, la naturaleza humana, y volverán a enseñarla en toda su estatura… (Martí, 1991, T11: 172)  



Bibliografía:

1. Martí, José: Obras Completas, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1991
2.   _________: Para las escenas, Anuario del Centro de Estudios Martianos No1, La Habana, 1978.
3. Ortiz, Fernando: “Martí y las razas”, en Letras. Cultura en Cuba, Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1989, pp.99-124.    

Temática: Cultura General

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