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José Martí: del anticolonialismo a la integración racial (I parte)

José Martí: del anticolonialismo a la integración racial (I parte)

Por: Carlos Alberto Más Zabala

Fecha: 2011-03-25 Fuente: CUBARTE

José Martí: del anticolonialismo a la integración racial (I parte)

Ya los hombres se entienden en Babel

En diferentes trabajos suyos daba cuenta José Martí de cómo se producía, de forma progresiva, traumática a  veces, imperceptible en otras, una suerte de fusión racial, que visualizaba, ora mediante manifestaciones de sincretismo religioso, ora a través de la transculturación, y que adquiría expresión corpórea –pero no única ni más relevante– en el apareamiento multirracial. Ocupa a su vez un plano singular lo que para el Maestro habría de constituirse en elemento unificador entre las diversas razas a partir de la experiencia cubana, que sumaba la pertenencia a la misma nacionalidad y al mismo pueblo a la igualdad de ideales y las luchas mancomunadas para alcanzarlos.  

Pudo su sagaz observación precisar los elementos primarios que iban confluyendo hacia lo que Fernando Ortiz denominaría como el “mestizaje americano”. Así en 1882 señala:

“los negros caribes de Honduras, muy bellos e inteligentes negros, que han hecho comercio con los sacerdotes del lugar, los cuales les permiten su ‘maffia’, que es baile misterioso, y sus fiestas bárbaras de África, a trueque de que acaten su señoría y lleven velas y tributos a la iglesia…” (Martí, 1991, T9: 294)

Algo tan trascendente como la celebración de los ritos religiosos y otras expresiones de carácter cultural generalmente asociadas a aquellos, son descritos por Martí para destacar, de un lado, la preservación angustiosa de los pocos elementos que constituían el pilar cultural de los desarraigados de su entorno como consecuencia del comercio de esclavos o de la conquista, sometidos a una evangelización absolutamente ajena a sus referentes vivenciales, y del otro, a los extremos a que se vieron obligados gracias a una especie de alianza, en la que cierta tolerancia colonial propiciaba la subsistencia velada, y por supuesto, agradecida, de determinados elementos autóctonos, tanto de los esclavos como de los pueblos originarios del continente, a cambio de concesiones a favor de las creencias dominantes.

Sabido es que resultaban excepcionales tales entendimientos, como excepcional era el más elemental  respeto hacia las tradiciones que los negros africanos trajeron consigo, o que encontraron a su paso devastador los colonizadores en tierras de América. Por el contrario, hay sobrados elementos para juzgar la colonización americana con toda justeza, como etnocida, –lo cual antes que significar una absoluta desaparición de lo autóctono, confirma su fuerza y pujanza, gracias a la cual subsistieron nada despreciables rasgos en nuestras comunidades que nos evocan los antepasados americanos, sus costumbres y tradiciones, su lengua y su acervo–; tan etnocida como su parigual en los territorios africanos. Como para afirmar que la supervivencia de tradiciones, ritos y celebraciones de los infelices desarraigados se producía a un precio muy caro; bajo un clandestinaje profundo, o en todo caso, a partir de un componente dadivoso en aquella desigual relación.

Sin embargo, nuestro Apóstol da cuenta de que se va produciendo una progresiva transculturación, tanto más significativa como expresión de tormentosas luchas, de una parte, por preservar el manantial ancestral, la sujeción a los orígenes, entre los procedentes de África; y de la otra, por arrasar todo lo que evocara aquella “barbarie”, en un esfuerzo de los colonizadores justificado a la luz de la cristianización, pero cuyo objetivo final conducía a la negación incluso de su propia identidad a quienes habían encontrado a su paso en tierras americanas o a quienes habían importado como mercancía humana desde los parajes africanos. Ello explica que en medio de su apasionada denuncia de los desmanes y arbitrariedades a que eran sometidos los nativos del continente y los originarios de África, dedicara el Maestro espacio para ir fijando aquellos signos que en su apreciación marcaban determinada tendencia.

Cuando afirma, a propósito de un comentario de la obra de Massey, que “los mitos primitivos han venido deformándose, migrando, adicionándose, adecuándose a las tierras nuevas, convirtiéndose desde que en África nacieron (donde a juicio de Massey nació todo) hasta nosotros mismos, que en forma nueva adoramos ahora los mitos antiguos en nuestros altares…” (Martí, 1991, T13: 443) Martí advierte cómo el reconocimiento originario, las aproximaciones sucesivas, la circunstancial anuencia en medio del clima de intolerancia entre las formaciones culturales dominantes y oprimidas, va generando –como ocurre en el plano de la biología a través de la selección natural – nuevas formas que incorporan elementos de unas y otras, y en las que aunque prima una relación original de autoridad, de imposición, la impronta de la cultura oprimida y su impacto en la dominante reafirma la pujanza de aquella.

Registra el Maestro lo que se ha denominado sincretismo religioso, cuya provisión teórica encuentra en la obra de Massey y otros contemporáneos suyos, cuando revela  magistralmente en su crónica del Terremoto de Charleston, la forma en que ambos componentes etnoculturales de una población se interinfluyen y se transmiten en las dos direcciones algunas manifestaciones de sus rituales y mitologías, tanto los que, “de padres de África” por proteger sus tradiciones le encuentran semejanzas a las que les imponen como únicas y civilizadas:

“Biblia les han enseñado, y hablaban su espanto en la profética lengua de la Biblia…”.
“Jesús es lo que más aman de todo lo que saben de la cristiandad estos desconsolados, porque lo ven fusteado y manso como se vieron ellos” (Martí, 1991, T11: 73); como las sensaciones que entre cristianos cultos provocaban determinados rituales africanos:

“cuando aparecieron los pobres viejos de su casta… del vigor e ingenuidad de su naturaleza y del divino carácter de la vejez traían tal fuerza sacerdotal que los blancos mismos, los mismos blancos cultos, penetrados de veneración, unían la música de su alma atribulada a aquel dialecto tierno y ridículo”. (Martí, 1991, T11: 74)

Hay un definido propósito de mostrar cómo las creencias y tradiciones del grupo dominante son impuestas al dominado, y lo que resulta aún más excepcional, que diversos componentes de la religiosidad africana, a pesar de que la cosmovisión cristiana los denostara como bárbaros e incivilizados, lograban en determinadas circunstancias especiales, trascender las barreras culturales y permear a los propios colonizadores.

No le resulta inadvertida la diferencia en el estadío de desarrollo de los dos componentes étnicos principales de aquel incidente: “estos desconsolados” de una parte y los “blancos cultos” de la otra, adicionándole con su peculiar adjetivación el extraordinario respeto que Martí le profesa a las “misteriosas” oraciones y a los “viejos sagrados”.

Referido al tema de las tradiciones no religiosas le sirven otros elementos que nos lega en su obra. Destacan las referencias del Maestro a expresiones artísticas, como cuando registra: “Por el arrabal se oía, en las juntas de África, la frenética tambora…”, (Martí, 1991, T5: 328) “El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre las olas y las fieras”. (Martí, 1991, T6: 20)  

Junto a su interés por significar la supervivencia de diversos componentes de la cultura africana, transmitidos de padres a hijos, las más de las veces de forma velada, está el de correlacionarlos con el carácter y el espíritu de la raza, con lo cual, de paso, signa una importante caracterización de la cultura que nos viene de nuestros ancestros africanos:
 
“Tienen las contorsiones, la monotonía, la fuerza, la fatiga de sus bailes”. (Martí, 1991, T11: 74) “La muchedumbre toda se le une, todos cantando, todos meciendo el cuerpo como ella de un lado a otro, levantando las manos al cielo, expresando con palmadas su éxtasis”. (Martí, 1991, T11: 74)

En un esfuerzo por atrapar “ese signo de propiedad que cada naturaleza pone a su hombre”,  Martí nos refiere muy diversas expresiones del “África de los padres y los abuelos” que “se abre su camino”. (Martí, 1991, T11: 72) Y lo hace de forma respetuosa y culta, tan distante de una visión de coleccionista de antigüedades, como de quienes asumen tal conducta por snobismo o compasión.

Y paralelamente el Apóstol deja su apreciación de la cultura como un proceso, en el que las diversas manifestaciones guardan una estrecha correspondencia con el estadío de desarrollo en que se encuentra la sociedad que refleja y nutre:

“…el negro de África hace hoy su casa con las paredes de tierra y el techo de ramas, lo mismo que el germano de antes, y deja alto el quicio como el germano lo dejaba, para que no entrasen las serpientes”. (Martí, 1991, T18: 358)

Es quizás en ese trabajo suyo “La historia del hombre contada por sus casas”, con un estilo que se corresponde con el público infantil al que va dirigida La Edad de Oro,  en el que con tanto acierto como sencillez Martí nos revela mejor los rasgos comunes a los hombres por distantes que resulten sus respectivos lugares de existencia, a la par que aquellos elementos que los distinguen, los característicos, los que sintetizan la diversidad y el condicionamiento de las costumbres por elementos de tipo histórico y geográfico.

Queda claro de tales observaciones la profunda convicción de Martí acerca de las diferencias culturales, más como resultante de un momento o estadío de desarrollo, que de diferencias raciales. Y denuncia a los que justifican su hipocresía colonial y el eurocentrismo sin tomar en cuenta su propio pasado.

Hay, pues, en la obra de Martí una línea de pensamiento que sustenta los elementos afines entre las diferentes formaciones étnicas, a partir del origen común del hombre, de su unidad y de la unidad de la naturaleza, a la par que destaca la interacción entre diversas culturas como un componente consustancial a su desarrollo, pero ajeno a imposiciones o a subordinaciones. Es justo esta convicción, junto a determinados rasgos que aprecia en la sociedad norteamericana de su época, lo que lo lleva a afirmar:

“En los Estados Unidos hierve ahora una humanidad nueva; lo que ha venido amalgamándose durante el siglo, ya fermenta: ya los hombres se entienden en Babel”. (Martí, 1991, T11: 172)  
“Tal como los retratos superpuestos de un grupo de individuos de sexo, edad y vida análogos, va eliminando el fotógrafo las facciones desiguales e indecisas, hasta que quedan en uno final los rasgos enérgicos y dominantes en el tipo, tal en esta hornada grandiosa –que estallará acaso por falta de levadura de bondad,– razas, credos y lenguas se confunden, se mezclan los misteriosos ojos azules a los amenazantes ojos negros, bullen juntos el plaid escocés y el pañuelo italiano, se deshacen, licúan y evaporan las diferencias falsas y tiránicas que han tenido apartados a los hombres, y se acumula y acendra lo que hay en ellos de justicia”. (Martí, 1991, T11: 172)  

Cuando dibuja excepcionalmente la desaparición de determinados trazos y la preservación de lo realmente perdurable,”los rasgos enérgicos y dominantes”, y “mezcla” los ojos azules con los negros para mediante la ebullición borrar las “diferencias falsas y tiránicas”, Martí no hace otra cosa que delinear su superior aspiración de fusión racial. Fusión, fermento, amalgama, mestizaje, integración por la vía de la potenciación de los valores, en que se confunden para hacerse únicos “razas, credos y lenguas”, como gesta, potenciación, resumen y síntesis creadora.

Empero, hay una clave en ese proceso de integración racial que Martí destaca en primerísimo lugar cuando señala que “quedan en uno final los rasgos enérgicos y dominantes en el tipo”, puesto que con toda seguridad se refiere a un proceso de fusión en que lo que prime no sea una relación étnica de subordinación, sino una hibridez resultante de la mezcla en un plano de igualdad tal, que las dominancias sean expresión de valiosos elementos perdurables, o en todo caso de la producción cualitativamente nueva, gracias al salto derivado de la conjugación de componentes diversos.

Sin embargo, su utilización del presente como tiempo verbal pudiera llevarnos a afirmar –como señaló con temprano acierto Fernando Ortiz– (Ortiz, 1989, 99-124) que el ideario martiano se mueve en una constante parábola entre la crítica y la idealización, de tal suerte que aunque sus descripciones reflejen signos reales que le permitían vislumbrar las tendencias objetivas, estaban profundamente marcadas por su predisposición a delinear, a partir de los elementos progresivos que observaba y sobre la base de una excepcional confianza en el predominio de los más altos valores humanos, vaticinios más propios de la especulación que de las objetivas posibilidades prácticas.

No hay en ello desatino, como tampoco ensoñaciones inalcanzables. Antes bien se nos muestra la obra del artista que afincado en las nobles esencias de la realidad, dibuja lo que para él se constituye modelo final e ideal promisorio, probablemente bajo la profunda influencia que su amada patria le evocara. Mas, en este caso, a la par que con alborozo exaltaba las virtudes que apreciaba en la sociedad norteamericana, sociedad abierta a emigrados de muy diversos confines en la que percibía elementos de los que podía resultar una nueva formación étnico-cultural, la propia agudeza martiana alertaba acerca de la importación de ideas y de odios ajenos, nacidos de otras realidades sociales, y distinguía, entre las virtudes que se amasaban en el horno social, los gérmenes que habrían de dar al traste con su superior anhelo, puesto que “de Europa viene a este país la savia y el veneno. El trabajador que viene aquí ya odia”. (Martí, 1991, T9: 277)  

El acierto de su previsión hay que encontrarlo en el marco conceptual que nos brinda para el análisis de la transculturación y de las interacciones culturales antes que en el cumplimiento literal de sus vaticinios. Aún están por verse –y las recientes experiencias de conflictos étnicos en cualquier rincón del mundo así lo corroboran – la confluencia de las condiciones necesarias, levadura de bondad incluida, en el surgimiento o desarrollo de esa “humanidad nueva”.

Continuará…


Bibliografía:

1. Martí, José: Obras Completas, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1991
2.  _________: "Para las escenas" en Anuario del Centro de Estudios Martianos No.1, La Habana, 1978.
3. Ortiz, Fernando: "Martí y las razas", en Letras. Cultura en Cuba, Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1989, pp.99-124.   

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