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José Martí, Los Indignados y el culto desmedido a la riqueza

Guillermo Rodríguez Rivera • La Habana


Como saben quienes me conocen, soy un lector habitual de buenas historias policiales, e incluso me he arriesgado a escribirlas.

Frecuenté en mi adolescencia y juventud, aquella soberbia colección que se llamó El séptimo círculo que, para la editorial argentina Emecé, conformaran Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. El séptimo círculo es en la Divina Comedia, el receptáculo del infierno en el que Dante colocó a los homicidas y, en el catálogo de la colección, los grandes novelistas del género proponían y contaban crímenes que quisieron ser perfectos. 

Después leí con gusto la cubana colección El Dragón, que compilara el poeta Oscar Hurtado, también pionero de nuestra ficción científica.  

Cuando nos pasamos cinco malos años sin publicar nada, gracias al eximio Quinquenio Gris y sus ilustres propulsores, Luis Rogelio Nogueras y yo nos dimos a la tarea de armar una novela policial que se llamó El cuarto círculo, que ganó en 1976 el Premio Aniversario del Triunfo de la Revolución, del MININT, y que, de paso, nos sacó del pulcro invernadero donde nos mantenía la dirección cultural del momento. Después Wichy escribió varias. Yo, al menos otra más: Alguien, que ganó el mismo premio en el mismo concurso.

Nunca le he hecho asco a una historia policial bien contada. Y digo estas cosas porque soy televidente habitual de unas series forenses que trasmite el canal Multivisión, sobre las 2 de la tarde y que retransmite en torno a la medianoche del mismo día.  

Las series son norteamericanas, y están a mitad de camino entre la crónica roja y la novela. Son crónicas de sucesos violentos, ocurridos en los EE.UU., todos reales aunque, como suele ocurrir en estos casos, la historia real se “ficcionalice” en alguna medida para mejorar su empaque televisivo y eludir la exacta identificación de las personas a las que se alude. 

Uno ve desfilar, día tras día, mediodía tras mediodía o noche tras noche, crímenes sin cuento, en los que un desconocido asalta una casa para matar y apropiarse de dinero, unas joyas y unas tarjetas de crédito; una joven vecina a la que un señor con una cierta fortuna ha aceptado casi como la hija que no tuvo, lo golpea y golpea hasta matarlo y así hacer irreversible la decisión de la víctima de convertirla en su heredera; en la que el esposo o la esposa planean y ejecutan el asesinato del cónyuge para cobrar una opulenta póliza de vida; en la que un nieto estrangula al abuelo o dos adolescentes son capaces de balear a los padres para agenciarse un sustancioso seguro. 

Es la vida cotidiana, los hechos que se repiten y se repiten hasta constituir una de las claras posibilidades de la vida, y que pueden ser la clave de la filosofía de un país, o al menos de una importante zona de él.  

Pueden explorarse en estos hechos el mismo sentido de su historia. Detrás de todos esos reiterados hechos violentos, encanallados y marcados por una ambición sin límites y sin nada que sea capaz de contenerla, no puedo dejar de recordar una magistral crónica que José Martí escribiera en 1888. 

En ellas —porque eran varias crónicas destinadas al diario La Nación, de Buenos Aires— Martí narraba el proceso y ejecución de los anarquistas de Chicago, el martirologio que forjó el 1 de mayo como Día Internacional de los Trabajadores. Después de narrar de mano maestra la ejecución de los obreros en la horca, y señalar que todo ha terminado sin que haya más pan ni más justicia para los que trabajan, concluye con este párrafo lapidario: 

              Esta república, por el culto desmedido a la riqueza,

              ha caído, sin ninguna de las trabas de la tradición,

              en la desigualdad, injusticia y violencia de los países

              monárquicos 1 

Martí, el súbdito de la opresiva monarquía española, había llegado a los EE.UU. creyendo que arribaba al sitio de la impecable democracia y la justicia. En sus crónicas se lee que advierte, poco a poco, cómo la república democrática se ha ido convirtiendo en una república “de clase”. 

Barack Obama llegó a la presidencia de los EE.UU. con la palabra “cambio” como lema, y prometiendo terminar las dos guerras inútiles y fraudulentas iniciadas por George W. Bush. No solo no las ha terminado sino que dio carta abierta al abusivo bombardeo de Libia y, como su predecesor, ha anunciado el ataque a diversos “oscuros rincones del planeta”. Porque ambos, el cavernícola republicano y el mentiroso demócrata, responden a los verdaderos rectores de la vida norteamericana, que reciben las brutales erogaciones que van a las fortunas de los insaciables fabricantes de armas que —como los asesinos sin escrúpulos de las series televisivas— son capaces de procurar la muerte de quien sea para seguir rindiendo ese “culto desmedido a la riqueza”, que nunca va a saciarse. 

Abraham Lincoln dijo una vez: “Se puede engañar a todo el pueblo parte del tiempo; se puede engañar a parte del pueblo todo el tiempo, pero no se puede engañar a todo el pueblo todo el tiempo”. 

La codicia que hace que las guerras nunca terminen y que el dinero sirva para matar, pero no para salvar vidas en los hospitales, ni educar a los niños, le está abriendo los ojos a esas buenas personas que son los norteamericanos, embobecidos por una prensa que presenta los hechos, pero que no ayuda a las gentes a entender lo que significan. 

Han aparecido ya en los EE.UU. esos que en Europa se llaman los Indignados: personas sin empleo ni esperanza de conseguirlo; jóvenes que ven peligrar su proyecto de educarse; veteranos de Vietnam que asisten a la proyección de un filme de final atroz que ya han visto muchas veces. 

Los Indignados han tomado las cercanías de Wall Street y se posesionan de las del Congreso de los EE.UU. Empiezan a entender que republicanos y demócratas están financiados por los millonarios que sostienen las guerras y los especuladores que fomentan el llamado “capitalismo de casino”. En cualquier momento vamos a oír el grito que estremeció Argentina en tiempos de Carlos Saúl Menem y sus sucesores: “¡Que se vayan todos!” 

Tras la desaparición de la Unión Soviética, los EE.UU. han quedado como la única superpotencia del mundo. Han arrastrado totalmente a una Europa sin auténticos líderes, que está uncida al carro del neoliberalismo. 

En un tiempo, las trasnacionales eran suficientes para dominar el mundo. La aparición de gobiernos que quieren que sus países sean dueños de sus propios recursos, las van haciendo insuficientes.

En 1890 escribía Martí que los EE.UU. “creen en la necesidad, en el derecho bárbaro, como único derecho: ‘Esto será nuestro porque lo necesitamos’”.[2] 

Más de un siglo después, esa “filosofía del derecho” —de alguna manera hay que llamarla— ha crecido en lugar de desaparecer: es la de todas las grandes potencias que han intentado dominar el mundo. Fue la de los antiguos persas, la de Alejandro Magno, la del antiguo imperio Romano, la de Gengis Kahn, la de la España de los Austria, la de Napoleón Bonaparte, la del Tercer Reich. 

Ese dominio es imposible y conduce, invariablemente al desastre de quien lo intenta. 

Para los que saben leer la historia, los tiempos están anunciando que los capitalistas de los EE.UU., no necesitan al gobernador de Texas, que anuncia que, de ser presidente, invadiría México; no necesitan al trasnochado Tea Party ni ningún asesino en serie a escala planetaria. 

Están clamando, desesperadamente, por un Franklin Delano Roosevelt de estos tiempos que, para el bien de los millonarios, les ponga un elemental freno a esa ansia brutal de continuar enriqueciéndose a expensas de la miseria de sus paisanos y de sus propios aliados. 

Decían los antiguos griegos que “los dioses ciegan a los que quieren perder”. La realidad nos mostrará si la plutocracia norteamericana todavía puede ver.

 

Notas:

1- José Martí: Letras fieras, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1981, p. 280.

2- Idem, p. 259.

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