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Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

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Por Pedro Pablo Rodríguez

(PL) Es imposible calcular el tiempo total invertido por José Martí durante las numerosas travesías que acometió a lo largo de sus 42 años de vida. Deben abarcar una buena cantidad de jornadas esos recorridos suyos, muchos en barco, otros a caballo y algunos en ferrocarril. Ninguno fue viaje de placer; sin embargo, sus diarios y notas sobre la marcha, así como las narraciones y referencias en sus textos periodísticos y en cartas, evidencian su disfrute de ellos.

Se insertaba así el cubano en esa práctica tan antigua como el hombre de vivir y contar aventuras en tierras extrañas, convertida por la modernidad en toda una especialización de la escritura y en un género literario: la crónica.

Barco, cabalgadura y ferrocarril

José Martí fue viajero desde niño. Su primer cruce del Atlántico lo hizo a los cuatro años de edad hacia Valencia, España, cuando la familia intentó establecerse en la tierra paterna. Pero a los dos años embarcaban todos para La Habana en una segunda travesía marina de varias semanas que, lógicamente, debió impresionar al niño. Sin embargo, curiosamente, de estos dos cruces trasatlánticos no han aparecido referencias en su obra escrita.

Con nueve años, acompañó al padre a Caimito del Hanábana, lugar escasamente habitado en una zona cenagosa del sur de Cuba. Un recorrido en coche hasta el puerto de Batabanó, al sur de la capital, y la navegación en algún pequeño velero de cabotaje tanto a la ida como a la vuelta, para que el padre ocupara el cargo de capitán juez pedáneo encargado de impedir los alijos clandestinos de esclavos. A pie y a caballo se movió por la región durante varios meses aquel niño citadino, de lo que hablaría en carta a su madre y en referencias de adulto en su poesía y en su prosa.

La aventura fue mayor cuando partió junto al padre a Belice, entonces Honduras Británica, para lo cual atravesó por dos ocasiones el Mar Caribe y anduvo por esa selva tropical que le recordaba a la cubana, quizás aquella más alta y cerrada.

Ya en la adolescencia tomó nuevamente el camino de Batabanó, en esta ocasión ¿en 1870?, para dirigirse a la Isla de Pinos en plan de recuperación de la salud, seriamente afectada por los trabajos forzados en la cantera, luego de ser condenado por infidencia. Cuando volvió a La Habana fue para dirigirse a España en condición de deportado. En 1875 cruzaba por cuarta vez el Atlántico: ahora partía de Le Havre, en Francia, hacia Nueva York, con escala en Inglaterra.

En uno de sus cuadernos de apuntes se conservan notas del viaje de Madrid a París, en las que narra cómo sus acompañantes, cubanos también, agitaban a un cochero para atrapar a tiempo el tren hacia la Ciudad luz.

De la travesía de Europa a Manhattan escribió notas y referencias varias, al igual que de la navegación posterior hasta Veracruz, y del inolvidable tránsito por ferrocarril desde la costa mexicana, subiendo hasta la altura de la meseta del Anáhuac, en busca de la capital federal.

En 1877 abandonó Martí la Ciudad de México hacia Veracruz para una visita con nombre cambiado a Cuba donde se reinstalaban sus padres y hermanas. En carta desde La Habana a su amigo mexicano Manuel Mercado, narra detalles de aquel viaje.

El cronista

Las incidencias y apuntes acerca de estos recorridos permiten colegir la costumbre martiana de ir escribiendo los sucesos ocurridos durante ellos, lo cual queda corroborado por aquella aventura de su recorrido por la costa yucateca en todo tipo de embarcación, hasta arribar a Livingstone, en Guatemala. Aquel inusual camino que asumió para conocer las antiguas ciudades mayas lo condujo en una marcha de muchos días a caballo, por caminos de arrieros, a la Ciudad de Guatemala.

De esas andanzas por mar y tierra hay relatos del viajero que informa y hasta un diario para sus amigos, los hermanos Valdés-Domínguez. De Izabal a Zacapa es el tramo cubierto por los papeles conservados; la pupila de Martí escudriña minuciosamente a personas y paisajes, narra sucesos y reproduce diálogos. Se trata de una deliciosa crónica de viaje lamentablemente perdida en su casi totalidad.

Instalado en Guatemala, va y vuelve de México para casarse. Es su primer paso por el Pacífico: de la capital al puerto guatemalteco de San José para embarcar hacia Acapulco, y de ahí a la Ciudad de México. Los detalles del recorrido los entrega en vívidos relatos en varias cartas al mexicano Mercado. Y a él detalla también el recorrido en diligencia por Honduras, con la esposa en estado de gestación, para embarcar hacia Cuba, en 1878.

En la Isla conspira y para ello se dice que viajó por los campos habaneros y de Pinar del Río. Por tal motivo, fue detenido y deportado nuevamente a España, de donde escapa a París para navegar nuevamente hacia Nueva York y reunirse a los patriotas que impulsaban en Cuba la Guerra Chiquita. Es bien poco lo conservado entre sus papeles acerca de estos viajes.

Este agitado período de movimientos se cierra en 1880, con su estancia en Venezuela. De la ida a La Guaira escribió numerosas notas, tan bien elaboradas que parecen indicar su intención de publicar alguna crónica sobre el asunto. Su precipitado regreso a Nueva York, en julio de aquel mismo año, al ser expulsado por el presidente venezolano, parece que no le dejó ánimo para contarlo, pues nada se conserva de su pluma al respecto.

El viajero apostólico

Hasta 1891 la vida de Martí se ciñó al espacio neoyorquino. Quizás fue a alguna localidad cercana, como sabemos hizo en 1889, cuando marchó a los montes de Castkill, cerca de la ciudad, para reponer su salud y escribir allí sus famosos Versos sencillos, uno de los dos únicos poemarios que publicó.

Pero el torbellino patriótico en que se convirtió su vida desde entonces es un torbellino de rápidos movimientos. Tampa y Cayo Hueso le acogen para impulsar la creación del Partido Revolucionario Cubano: barco y tren le trasladan de uno a otro lugar, como en tantas otras ocasiones posteriores.

La República Dominicana, Haití, Jamaica, Panamá, Costa Rica, lo acogerán en varias ocasiones. En su periódico Patria narró a los emigrados cubanos muchos de aquellos viajes, sobre todo aquellos en que había alcanzado el apoyo de más patriotas para la guerra de liberación que preparaba. Hombres, ciudades, actos y conversaciones dan un colorido singular a aquellos trajines de quien ya era llamado el Apóstol, o sea, el que recorre y reúne.

Por las ciudades de Estados Unidos anda sin parar: Filadelfia, Baltimore, Nueva Orleans, los pueblos floridanos. Las emigraciones lo reciben, se entusiasman ante su palabra y sus ideas, y lo reclaman una y otra vez. Los rápidos trenes del Norte multiplican su actividad y cuando va a México, en 1894, a recabar la ayuda del presidente para su empresa de libertad insular hace la ida y la vuelta por el tren transcontinental que en varios días comunicaba Nueva York con la capital mexicana.

Al fin, en 1895, viaja hacia República Dominicana para reunirse con el general en jefe Máximo Gómez. Sería este su viaje definitivo. En varias cartas detalla aspectos de lo sucedido al dirigirse hacia el país vecino y durante sus recorridos por su territorio.

Pero su momento más brillante, en su vida y en su escritura, serán los diarios que cubren hasta su muerte en combate el 19 de mayo de 1895. En varios cuadernos su letra se hace menuda, se aprieta para aprovechar el espacio al máximo, es más nerviosa que de costumbre porque escribe a trancos, robando tiempo al descanso.

Diario de campaña ha sido el título de lo que escribió durante sus últimas cinco semanas de vida en los campos de Cuba. La misma técnica de narrar hechos, entremezclados con juicios de todo tipo, semblanzas, diálogos y descripciones de narrador consumado. Es un aquelarre de asuntos, de géneros, de maestría del cronista de viajes. Ese fue su último viaje, el que lo condujo a la gloria y a convertirse en símbolo de la nación cubana.

Cubarte 

 

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