Martianos

Seguidores del pensamiento de José Martí

Por: Ing Omar Ríos González.

 (Presentado al premio Internacional de Cuento Juan Rulfo 2012)

 

Lyon. 27/10/ 2011.

Querida Felicia:

Disculpa la tardanza en escribirte sobre mis memorias.

Ayer, como cada viernes, visitó mi remanso el viejo amigo Casteleiro, Inspector  jubilado como funcionario de la Interpol, quien me halaga con su compañía a ratos para desempolvar la memoria sobre casos que cuenta como nadie, a la par que le tributo con mi mejor vinillo del año.

Así pasamos semana a semana; él confiándome sus andanzas en los vericuetos de la delincuencia mundial, y yo disfrutando de su candidez al libar todo lo que le escancio, precedido de su frase clásica: — “ ¡Estupendo, formidable… cada día estás mejor en tus mezclas.”

Como tengo poco o casi nada que contarte, te entretendré con su última narración, pues, además de amena, te resultará interesante para futuras tareas literarias.

Mi memoria se encargará de retomar los hechos, pero créeme que contado por el propio Casteleiro da más gusto. Te pido discreción en cuanto a la verdadera identidad de mi amigo, que aunque se encuentra ya en pensión, debe cumplir con la ética de su especialidad. De todas formas, su verdadero nombre lo reservo. Casteleiro es uno de los tantos seudónimos que usó en sus innumerables experiencias.

—“Terminando la década de los 80 del pasado siglo –comenzó su relato el inspector entrecerrando los ojos en busca de una fecha más fiel, pero sin resultado- un hecho sin precedentes revolvió las oficinas de la Interpol en Lyon, su Cuartel General. Puedes imaginar, mi ignaro viñatero –así solía llamarme- que entonces no se tenían los artilugios actuales ni los medios sofisticados para divulgar o acceder a cualquier tipo de información especial; empero, se trabajaba sin descanso. Tampoco tenía nuestra Organización de la Policía Criminal los más de 180 países miembros actualmente”…

Aunque me desesperaba por saber qué diablos puso en tensión a las oficinas de la Interpol, nada menos que en mi propia Lyon, me mordía la lengua para no dejarme vapulear por mi amigo, que procuraba hacerme exasperar en pos de conocer rápidamente los enigmas.

Continuamente indagaba con su discreta mirada mis señales extra verbales –para utilizar su jerga policial- y en respuesta, le aportaba a su copa un poco de vino. Bebía un sorbo, y carraspeaba… entonces continuaba su monólogo.

—“Pues sí… -buscaba nuevamente en su memoria la trama –se actuó con inusitada rapidez por lo extraño del caso y el lugar donde se desarrollaron los hechos… Musée du Louvre”… -esta última frase la saboreó hasta la indecencia en su francés impecable, aunque lo hubiera dicho ídem en cualquiera de los tantos idiomas y dialectos que dominaba por los años de trabajo en la afamaba entidad de Interpol. Ah, olvidé decirte que Casteleiro era hispano-francés.

Me sentí torpe al echar fuera de su copa un poco de vino, pero no recibí ninguna queja del veterano Inspector, que supuso mi estado de nerviosismo una vez escuchara que se trataba de algún crimen que pude conocer en mi  Lyon natal…

—“Como se nos pidió apoyo inicial de la Policía parisina a mi delegación en la capital, llegué, como de costumbre en estos casos, casi al unísono con los autos policiales y di las ordenes pertinentes de seguridad para evitar viciar la escena del delito. Vía auto-radio había conocido ya los pormenores mientras nos acercábamos por la ribera del Sena, bordeando la Plaza de la Concordia.

Un guardia del Museo nos daba detalles de la detención de un individuo dentro de las salas de exposición mientras avanzábamos hacía la Pirámide de Cristal, que según el apresurado funcionario servía de entrada desde el año  1989 a lo que fuera el Palacio Real, hasta que se construyó el Palacio de Versalles, nuevo aposento de la familia que encabezaba la realeza en Francia

Al llegar a la sala de Clasicismo Victoriano, encontré maniatado en un sillón a un hombre mayor, pero de edad imprecisa y buen vestir, que miraba al piso sin proferir palabra alguna. Un custodio le levantó la cabeza a una señal mía, y no noté nada inusual en su rostro. Me contaron que lo habían encontrado allí mismo, pero acostado en el suelo al iniciar la ronda diurna de apertura del Museo.

Mandé a buscar a un médico para que lo auscultara, y a los pocos minutos llegó el galeno que diagnosticó el padecimiento de diabetes del sujeto por un simple examen de orina y sangre, que debido a su experiencia y al equipo portátil que llevaba, nos liberó de una pérdida de tiempo si hubiera sido necesario llevarlo al hospital. Le suministró los medicamentos necesarios in-situ, y el individuo mostró una pronta recuperación. Abrió sus ojos y como en un letargo todavía, dejó escapar su primera palabra: “Angélica”…” -en ese momento Casteleiro levantó la copa vacía ya, como si dibujara en el aire el nombre escuchado por él.

Aproveché para rellenar el recipiente, cuyo contenido fue febrilmente absorbido. Esta vez mi amigo chasqueó la lengua, y se deleitó con ese simbolismo.

—“Nada mal, nada mal –evaluó el trago para volver al ataque. Esperé a ver la reacción del hombre posterior a la aplicación del fármaco, y solicité a todos los presentes que me dejaran a solas con él. Cuando esto ocurrió, y me pareció suficiente tiempo de relajación, me dirigí al detenido previa presentación, pidiéndole información de qué hacía allí en aquella hora inusual para un visitante.

Su mirada era más bien de extrañeza… mentalmente se estaba ubicando… hasta que comenzó a balbucear algunas incoherencias, que fueron disminuyendo poco a poco. Me miró fijo por primera vez, y comenzó su relato en baja voz, pausadamente.

—“No está Ud. en presencia de un delincuente señor- me dijo lastimosamente. Mi historia no será breve, pero creo que merece ser contada, para que llegue a las conclusiones de mi inocente actuar”… -prosiga, le dije.

—“Cuando las tropas fascistas alemanas tomaron Paris, yo era un niño huérfano porque mis padres habían muerto en la Resistencia.

Por puro milagro escapé con mi hermano gemelo en una redada, lanzándonos al Sena. Nos disparaban desde la orilla, y como estaba ya oscureciendo no les fue fácil hacer diana en nosotros. A lo lejos veía el enorme edificio del Musée du Louvre –volvió a saborear la frase Casteleiro –y me fui dejando llevar por la corriente, pero no veía a mi hermano.

En un breve remolino, logré acercarme a la orilla, y para mi sorpresa el agua se amansaba dirigiéndose a una especie de entrada en un registro encabillado, pero penetrable por mi escuálida figura.

No lo pensé más, y decidí escabullirme por él. En las orillas aparecían unas paredes de piedra repellada, con una especie de salientes que me permitieron mantenerme acostado, y quedar dormido hasta que a lo lejos el reflejo del sol me indicó la presencia de un nuevo día.

Aproveché para incursionar más adentro del canal que me llevaba hacia compuertas cerradas, excepto una por la que me fui asomando en algo con aspecto  de túnel,  que desembocó en cierta brecha tapiada y encabillada donde por la hendija que se formaba logré ver que se trataba de una especie de almacén con varias piezas y obras del Museo

Con mucho trabajó encontré varios barrotes de hierro que me sirvieron para ampliar la abertura de las cabillas en la puerta tapiada, permitiéndome el paso hasta dentro del local.

El silencio invadía todo, lo que me animó a continuar mi excursión. Un olor a alimentos le  recordó a mi revoltoso estómago que desde hacía dos días no comía nada, y como el caballo detrás de la zanahoria me fui dejando llevar por el aroma de carnes, y caldos… Me detuvo a tiempo la conversación en alemán de dos soldados que empacaban algunas colecciones, mientras en una marmita hervían pedazos de carne en un caldo.

Un grito a lo lejos les hizo dejar el empaque para dirigirse hacia donde se encontraba cierto oficial y partieron  con rumbo desconocido.

Sin perder tiempo avancé hacia la marmita y a mano limpia sustraje unos pedazos de carne hirviendo. Me quemaba, pero era quizás la última oportunidad de comer algo.

Regresé a mi escondite y satisfice el hambre a pesar del dolor en las manos que me produjeron las quemaduras del condumio tan caliente. Quedé dormido inmediatamente, y volví en mí cuando la oscuridad era total.

Regresé en pos de alguna sobra de alimento, pero no quedaba allí nada.

La cazuela en la marmita estaba seca totalmente; por lo visto los soldados habían regresado, y me alegré de haber actuado en consecuencia.

Decidí husmear por lo alrededores, y de pronto me encontré en las salas de exposición. Amplios tejidos de gasa de algodón cubrían las colecciones, y me dediqué a destaparlas para observar de cerca aquellas maravillas desconocidas por mí

Una hermosa pintura llamada “El baño turco” donde aparecían bellas mujeres desnudas tomando un baño de vapor, exasperó mi libido, y por vez primera sentí la necesidad de acariciar con las manos mi hombría, muy a pesar del dolor que aún persistía en ellas.

Para sorpresa mía la eyaculación, además de ser la primera, resultó muy precoz. Lejos de sentir alguna vergüenza por lo pecaminoso que pudiera resultar este acto, el placer experimentado me llevó a nuevas maniobras con cada obra descubierta que resaltara al sexo femenino.

Por mis ojos pasaron “La gran odalisca”, “La fuente” y otras. Pero la que me dejó exhausto fue “Angélica”. Fueron tantas las sacudidas en seco de mi falo, que me hice daño en la fina piel que lo cubría.

Con mil trabajos recogí el producto de mis apetencias para no dejar huella alguna que me delatara, y de vuelta a las corrientes de agua sumergí las tiras de trapos que me sirvieron para esos fines.

En esas lides estuve un buen tiempo, con la pitanza que robaba a los soldados invasores hasta que una tarde sentí la desesperada estampida de los nazis.

Todavía unos días más me quedé varado en aquel refugio, donde tenía de todo. Pero ya la falta de comida comenzaba a molestarme, aunque ciertamente no quería saber qué estaba sucediendo “fuera”.

La restauración del gobierno se hizo plena, y nuestras tropas retomaron la ciudad y sus edificios de importancia.

De pronto me vi amparado por un grupo de vecinos que regresaron a sus hogares y me conocían, continuando mi vida con ellos sin saber nada más de mi hermano.

No podía abstraerme de los días pasados con mis aberraciones, pero poco a poco las fui sustituyendo con las chicas que merodeaban los acantonamientos de soldados aliados en busca de comida, confituras, cigarros o lo que pudieran llevar para su casa. A una de ellas, con la que pasaba la mayoría de las noches, la llamé Angélica por su gran parecido a aquella diosa hecha pintura en mí retiro museístico.

Con los años me quedé con ella, pero murió a finales de los 80, dejándome en un completo vacio. La única forma de regresarla era viéndola en su representación en el Museo. Para ello tuve que buscar la forma menos peligrosa… Ya no podría usar la entrada de los años mozos, así que me apunté como operario de construcción en la remodelación de la Pirámide de Cristal de este año 1989, y en las tareas nocturnas me quedaba especialmente para saciar el apetito de la autocomplacencia que me siguió todos estos años

Hoy me sobrevino este ataque de hipoglucemia precisamente cuando frente a mi favorita la llenaba de semen… Desesperadamente con movimientos fuertes llegó de nuevo el clímax… el sudor me perlaba la frente, me sentía desfallecer, pero era imparable la sensación tan profunda que experimentaba, hasta que sin darme cuenta, caí desmayado”…

—“Así de impredecible es el humano”… –apuntó el ex inspector a quien le serví de inmediato un vino superior de mi bodega.

—“¿Y qué pasó después? – me atreví a apurar a mi compañero.

—“Puede que no me comprendas, pero liberé al sujeto. Era un pobre hombre enfermo de lujuria y amor.

Nadie me cuestionó nada, incluso una joven encargada de la limpieza me ayudó  a dejar impecable a “Angélica”, sin que nadie se percatara de la humedad en una de sus partes… Pero ahí no terminó todo”… -amenazó Casteleiro, y no supe de momento qué hacer, porque más parecía una trampa para que le repitiera la dosis del mejor vino que hubo de probar en mi casa…

Vencido, acepté caer en sus redes…

—“¿Por qué?” –pregunté recalcando mi insensatez.

—“A los pocos días del suceso, me llegó un boletín de las acciones libradas por Interpol en ese mes, y hubo un caso singular con el mismo “Modus Operandi” del esclarecido en el Musée du Louvre – no se por qué esta vez no disfrutó de su pronunciación -  el mismo día y a la misma hora, salvando los horarios, en el Museo del Prado en España.

Allí, un franco-español que laboraba en la construcción reparando el techo por las constantes goteras debido a las constantes lluvias de esa época del año, fue detenido por la delegación de Interpol al quedar inconsciente por una hipoglucemia mientras se masturbaba delante de la “Maja desnuda” de Goya...

Y lo mejor: Rastreé al Delegado allá, quien me dio la ubicación del individuo al que liberó igualmente… No insultaré tu inteligencia si te descubro que se trataba del hermano gemelo del onanista consumado del Louvre, pero lo que ni te imaginas, es que el funcionario español del que te hablo, es mi hermano jimagua robado por unos gitanos cuando viví en España, por eso fue que mi padre me había traído a Francia”… -concluyó mi gran amigo, mientras enjugaba una precaria lágrima.

Aquí termino cara Felicia. En otro momento te cuento más sobre mi amigo y su hermano. Me queda la incertidumbre de si tendré por ahí un hermanillo escondido con quien compartir mi escaso y menguado futuro.

Para el próximo viernes, voy a deleitar a Casteleiro con un vinillo nuevo que bautizaré “Los jimaguas”.

-FIN-

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