Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

Órgano de la Oficina del Programa Martiano del Consejo de Estado de la República de Cuba.
Editor: Lic. Eulogio Rodríguez Millares, Subdirector:
Calzada No. 801, ent. 2 y 4, Vedado, Plaza de la Revolución, Ciudad de la Habana
Telf. 831-1910, 838-2298 Fax 836-4756
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http://www.josemarti.cu/




“La filosofía materialista, que no es mas que la vehemente expresión
del amor humano a la verdad, y un levantamiento saludable del espíritu
de análisis contra la pretensión y soberbia de los que pretenden dar
leyes sobre un sujeto cuyo fundamento desconocen; la filosofía
materialista, al extremar sus sistemas, viene a establecer la
indispensabilidad de estudiar las leyes del espíritu. De negar el
espíritu – la cual negación fue provocada en estos tiempos, como en
todos, por la afirmación del espíritu excesiva, -……” (OC T15 P
395)

INVITACIÓN A LA II CONFERENCIA INTERNACIONAL BOLÍVAR, LINCOLN Y MARTÍ
EN EL ALMA DE NUESTRA AMÉRICA, CARACAS, VENEZUELA (NOVIEMBRE 17 AL 20)
VER DETALLES
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http://www.cubaminrex.cu/index.htm y http://www.josemarti.cu/ (E:Mail: secretariaiiconferenciablm@gmail.com)


DOCUMENTOS INCLUIDOS EN ESTE NÚMERO.

br/> 1.- Martí y Marx, raíces de la Revolución Socialista de Cuba Por Dr.
Armando Hart Dávalos, Director de la Oficina del Programa Martiano
2.- TRABAJOS DE COLABORADORES. (Página 20 y 22)
a).- José Martí en la acción, el pensamiento y el recuerdo, Por
Fernando Acosta Rivero
b) .- Martí y un haitiano extraordinario: contra el racismo. Por
Luís Toledo Sande

1.- Martí y Marx, raíces de la Revolución Socialista de Cuba Por
Dr. Armando Hart Dávalos, Director de la Oficina del Programa Martiano

En los inicios del XXI, trabajamos para fortalecer en nuestra patria el
pensamiento socialista y ayudar a rescatarlo internacionalmente, a
partir de la cultura cubana de dos siglos de historia, en la cual se
destaca la figura de José Martí. Para arribar a conclusiones
teóricamente válidas es necesario profundizar en los conceptos de
cultura general integral y masiva en que viene insistiendo el compañero
Fidel Castro. A este fin solo se llega a través del concepto de
integralidad de la cultura presente en el pensamiento de Carlos Marx,
Federico Engels y de todos los grandes humanistas de la historia. Esta
es la revolución humanista, socialista y martiana que Fidel está
promoviendo.

Cuando procuramos establecer una relación entre el pensar de Martí y el
de Marx, lo hacemos por dos razones, la primera, porque en el siglo XX
ambas corrientes de pensamiento se articularon en la Revolución
Cubana y ello reviste una gran importancia para la formación política y
cultural de las nuevas generaciones; y la segunda, porque la necesidad
de alcanzar la síntesis de diferentes corrientes del pensamiento
socialista es una exigencia para la evolución intelectual y moral
de la humanidad.

Es tal el caos intelectual y la carencia de ideas nuevas que para
reconstruir la evolución filosófica de lo que llamaron Occidente se hace
necesario investigar y relacionar los hilos principales del tejido
ideológico de los últimos dos siglos. Para los cubanos, Carlos Marx y
José Martí representan los planos más altos del saber filosófico y
humanista de la cultura europea y latinoamericana del siglo XIX,
respectivamente.

No subestimamos las posibilidades de otras búsquedas con diversas
personalidades de la cultura filosófica política y social, por el
contrario, no solo nos parece útil, sino indispensable hacerlo. Es
nuestra aspiración que así se haga para arribar a una orientación válida
en la búsqueda del camino certero para la liberación humana.

En los siglos anteriores, las pugnas ideológicas venían impuestas por
las necesidades del enfrentamiento cultural. Desde luego, se llevó a la
exageración. En ello, obviamente, influyeron las pasiones humanas, pero
en nuestro siglo XXI constituye un requerimiento intelectual y moral
alcanzar la integralidad del pensamiento y ello solo es posible con la
interrelación de las diversas ramas y la búsqueda de una síntesis
cultural universal. Los cubanos encontramos dicha síntesis a partir de
estos dos gigantes del pensamiento: Martí y Marx. Sobre tales
fundamentos estamos dispuestos, como ordenó Martí, a injertar al mundo
en nuestras repúblicas, pero que el tronco sea el de ellas. Nos
orientamos por el método electivo de la tradición filosófica cubana y el
postulado de Luz y Caballero todas las escuelas y ninguna escuela, he
ahí la escuela, así también enten
demos nosotros la concepción dialéctica de Marx y de Engels.

La dispersión intelectual presente en la llamada postmodernidad revela,
en los comienzos de un nuevo siglo, el agotamiento cultural del sistema
burgués imperialista que ha fragmentado hasta convertir en polvo todos
los valores o diseños conceptuales que durante dos milenios conformaron
el llamado pensamiento occidental.

El dogmatismo ha servido siempre de sombrilla ideológica al egoísmo
individual. Por ello, los espíritus egocéntricos proclaman la
imposibilidad de todo esquema que pueda presentarse para el estudio de
la realidad. Ya no tienen, siquiera, capacidad para establecer nuevos
dogmas e invalidan la búsqueda de diseños teóricos, sin embargo, estos
son imprescindibles para encontrar los caminos a favor de la justicia
universal y salvar a la humanidad de catástrofes de proporciones
incalculables.

José Martí nos habló precisamente de la necesidad de una filosofía de
las relaciones. La tradición intelectual anterior al Apóstol nos planteó
a su vez el método electivo que comporta una elección a favor de la
justicia que Luz y Caballero caracterizó como el sol del mundo moral.
Para la cultura cubana esto no resulta antagónico con el pensar
materialista dialéctico de Marx, muy por el contrario, se complementan, a
partir de asumir el ideal de redención del hombre en la Tierra, el más
alto desde el punto de vista ético.

Para iniciar nuestro análisis partiremos de la siguiente premisa: las
aspiraciones a la liberación universal del hombre y el trabajo
socialmente organizado están insertadas, de un modo u otro, en la larga
evolución intelectual, moral y religiosa de la civilización desde hace
dos mil años.

Las debilidades del sistema imperialista norteamericano se hallan, en
buena medida, en la ignorancia, desinformación y el tratamiento
anticultural de esas claves. La pregunta es la siguiente: ¿Es posible
dominar el mundo que llaman unipolar sin una sólida base cultural y
filosófica? Es el desafío que tienen ante sí los hombres que vivirán
bien entrado el siglo XXI y aquellos que trabajamos para una vida
superior en la centuria recién iniciada, que muchos de nosotros
individualmente no nos será posible disfrutar, pero será el siglo de
nuestros hijos y nietos.

Es bueno puntualizar que la idea del socialismo con este nombre o aquel
no surgió con Marx. El mérito del autor de El capital consistió en darle
contenido y proyección científico-social a una antigua aspiración
utópica presente en diversas etapas de la historia de la humanidad.
Ejemplos sobresalientes los tenemos en el cristianismo durante sus
inicios y en la utopía socialista que podemos representarnos, entre
otros muchos, en Tomás Moro.

Precisamente en el cristianismo primitivo estaban idealmente presentes
los dos elementos esenciales ya mencionados, es decir, la aspiración a
la liberación del hombre en la Tierra y la de asociarse en comunidad y
ellos constituyen las semillas de la tradición utópica de lo que más
tarde llamaron Occidente. En la historia de las sociedades clasistas
durante estos dos mil años han venido siendo tergiversados y aplastados
por una civilización nacida y desarrollada a partir de la codicia, la
ambición personal y el egoísmo. Hoy, la exacerbación de estos factores
negativos amenaza aplastar definitivamente todos los valores creados por
esa civilización.

Para enfrentar esta amenaza, los cubanos edificamos y perfeccionamos la
república con todos y para el bien de todos que soñó Martí y que
identificamos hoy con el ideal socialista. En Marx y Engels estaba
presente la aspiración de alcanzar la liberación radical del hombre y la
igualdad social. Lo planteaba sobre el presupuesto de la revolución y
del análisis científico de las diversas vías y formas para alcanzarlo
asumiendo el desafío de promover la redención del hombre y propiciar las
facultades humanas de asociarse. Al someter a un examen crítico
profundo la historia de las sociedades clasistas de Europa fundamentó su
inmensa obra filosófica y científico-social. Ese pensamiento, el más
elevado del viejo continente, es objeto hoy de juicios críticos, pero
las limitaciones que como toda obra humana tiene, son las propias de su
espacio y tiempo hist&oacu
te;rico. Lo cierto es que el pensamiento socialista en general
representa la cumbre más alta de la cultura de los últimos dos siglos.


Una cuestión esencial en el análisis que se debe hacer en el siglo XXI
acerca del materialismo histórico se refiere a la aspiración utópica y
su papel en la lucha de la humanidad por la igualdad social y la
solidaridad universales. Este propósito en sí mismo es una utopía en el
sentido que debemos considerarlo actualmente

En este tiempo, que muchos llaman postmoderno, continúan manifestándose
las dos corrientes fundamentales del pensar occidental y que en el
lenguaje de la filosofía de Marx y Engels se conoce como oposición entre
idealismo y materialismo. Pero busquemos una fórmula más comprensible
para entender el problema. Esas corrientes son:

1. La evolución del pensar científico que concluyó en su más alta escala
con el pensamiento científico racional y dialéctico. A este respecto,
después de Marx y Engels no se ha alcanzado nada más elevado en
filosofía, a no ser por aquellos que partieron de sus fundamentos y los
enriquecieron.

2. La tradición del pensamiento utópico que tiene raíces asentadas en
las ingenuas ideas religiosas de las primeras etapas de la historia
humana y que en la civilización occidental se nutrió inicialmente, y en
su ulterior evolución, de lo que conocemos por cristianismo.

Ambas tendencias, necesarias para el desarrollo y estabilidad han
venido siendo desvirtuadas y tergiversadas a lo largo de la historia por
la acción de los hombres. Unas veces cayendo en el materialismo vulgar y
otras en el intento de situarse fuera de la naturaleza ignorando sus
potencialidades creativas. Martí hablaba de la necesidad de relacionar
la capacidad intelectual del hombre y sus facultades emocionales. Por
esto hablamos del pensamiento filosófico de un lado, sobre el respeto a
lo mejor y más depurado de las ideas científicas, y del otro, lo que se
ha llamado pensamiento utópico. Es decir, las esperanzas y posibilidades
de realización hacia el mañana.

Una filosofía que se corresponda con los intereses de los pueblos será
aquella que articule uno y otro plano partiendo de la idea
leninista de que la práctica es la prueba definitiva de la verdad. Y del
principio martiano de procurar la fórmula del amor triunfante.


¿Por qué el amor no va a situarse como una fuerza real de consecuencias
objetivas si, como se observa, genera y enriquece la vida real? ¿Por qué
no se traslada esta verdad históricamente comprobada al campo de la
vida social? Porque el egoísmo es también una fuerza real. Toda utopía
supone un ideal y no se invalidan en los forjadores del socialismo
científico los móviles ideales, la utopía en sí, sino que se plantea la
necesidad de estudiar sus orígenes económicos, sociales y culturales.


Martí afirmó que no había poesía mayor que la que observaba en los
libros de ciencia. Einstein aseguraba que la confirmación de sus leyes
matemáticas muchas veces la encontraba en la belleza estética de la
conclusión. En el siglo XXI se deben exaltar la utopía y las razones
científicas que puedan ayudar a su confirmación en la realidad.


Examinemos este aspecto clave para relacionar el pensamiento de Marx con
el de Martí a la luz del propio pensamiento del autor de El capital. Él
sostenía que la poesía de la revolución europea del siglo XIX solo
podía generarse desde el futuro y afirmaba:

Entonces no habrá dudas de que el mundo ha poseído durante largo tiempo
el sueño de una cosa, de la cual sólo le basta la consciencia para
poseerla realmente. Entonces no habrá duda de que el problema no lo
constituye el abismo que se abre entre los pensamientos del pasado y los
del futuro, sino la realización de los pensamientos del pasado.1

Hay en estas formulaciones doble poesía, la de soñar con el futuro y la
de procurarlo por vías científicas. Se trata de un sueño profético.


Continuando esta línea de pensamiento Antonio Gramsci afirmaba: En la
acumulación de ideas que se nos ha trasmitido a través de un milenio de
trabajo y pensamiento, existen elementos poseedores de un valor eterno,
los cuales no pueden ni deben perecer. La pérdida de la conciencia de
estos valores es uno de los signos más alarmantes de degradación que ha
ocasionado el régimen burgués, porque para éste todo es convertible en
objeto de transacción comercial y el arma bélica, y nuestra tarea
consiste en recuperarlos y hacerlos brillar con una nueva luz.2


Con relación a la utopía, Engels decía que la inconsecuencia no estaba
en mantener móviles ideales, sino en no analizar sus causas
fundamentales. Analicemos ahora las relaciones del pensamiento de Marx
con la cosmovisión martiana.

El acento científico predomina en los análisis de Marx, el sentido
utópico y poético en el de Martí, pero en ambos hay utopía y hay
ciencia, y, sobre todo, en ambos se aspira a la liberación universal del
hombre y a desarrollar formas colectiva de organización de los hombres
para lograrlo.

Las diferencias entre la forma de presentar la cuestión entre Marx y
Martí están determinadas por el espacio geográfico y la tradición
cultural en que cada cual se movía. Marx es la expresión del movimiento
redentor del siglo XIX en Europa donde el capitalismo había alcanzado su
más alto desarrollo incluyendo las contradicciones clasistas que le son
inherentes y Martí asume y representa la tradición emancipadora de
nuestra América. Desde su estancia como emigrado en Estados Unidos
analizó el drama que se incubaba en el seno de esa sociedad durante las
últimas décadas de ese siglo, es decir, cuando se gestaba el imperio
estadounidense. El Apóstol llegó a su cosmovisión enfrentándose
directamente a la esclavitud y a la opresión colonial y asumiendo el
pensamiento revolucionario moderno europeo y la tradición bolivariana;
recogi&oacut
e; la tradición ética de la cultura de raíz cristiana en su acepción
más pura y original.

Marx y Engels, forjadores de las ideas socialistas, asumieron el
pensamiento de liberación y de la modernidad sobre el fundamento de la
larga evolución intelectual y filosófica que culminó en Hegel. Ellos lo
trascienden y lo sitúan en una escala superior, lo llevan a la
acción, pero enfrentándose a las concepciones reaccionarias que
sobre la espiritualidad venían de la peor herencia medieval y de la
Inquisición y, por tanto, de las concepciones metafísicas conservadoras
que trazaban radical divorcio entre lo que llamamos materia y lo que
denominamos espíritu.

Si hacemos una comparación acerca de cómo Marx y Engels trataron la
cuestión de la subjetividad desde la primera crítica al materialismo de
Feuerbach, y lo comparamos con el pensamiento filosófico de José de la
Luz y Caballero, encontraremos nexos que a muchos pueden parecerles
sorprendentes.

Dicen Marx y Engels en la primera crítica al materialismo anterior: El
defecto fundamental de todo el materialismo anterior —incluido el de
Feuerbach— es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad,
bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad
sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo.3

Por su parte, Medardo Vitier al exponer los aspectos esenciales de las
ideas de José de la Luz y Caballero, señala que para este el criterio
de la verdad: no radica objetivamente en el mundo exterior, no radica
subjetivamente en nosotros; surge, se organiza como una congruencia
entre lo objetivo y lo subjetivo.4

El error o la insuficiencia presente desde el origen de las ideas
filosóficas estuvo en trazar un abismo infranqueable entre lo que se
llamó objetivo (materia) y lo que se llamó subjetivo (espíritu) cuando
ambos planos tienen una profunda interrelación, forman parte de la
unidad material del mundo —para decirlo en el lenguaje de Marx— o la
unidad de la naturaleza —para expresarlo en términos que empleaba José
Martí.

En la tradición filosófica cubana sobresalen estas ideas de Luz y
Caballero:

[...] A torrentes han de llover las luces de todas las ciencias humanas
sobre el más privilegiado entendimiento, antes que se dé un solo paso en
el primero de los estudios en el orden de la importancia, pero el
último en el orden del tiempo y la dificultad. Deslindar los fenómenos
del instinto y de la inteligencia, examinar las causas que pueden
alterar dichos fenómenos, o lo que es igual, marcar la influencia de las
edades, de los climas, de los temperamentos, de las enfermedades,
conocer al hombre sano y al enfermo [...]sólo el capítulo de la
enajenación mental es un episodio que respecto de los
conocimientos auxiliares que requiere, se vuelve otro asunto
principal; [...]. Y más adelante señala: [...] Fisiología, y quien tal
dice, dice Física, Historia natural, Anatomía comparada, Medicina,
Matemáticas (porque es menester notar la marcha del espí
;ritu humano en todos sus ramos). Psicología y por descontado
Ideología, Gramática, Lógica; y quien así se explica, ya incluye todos
los recursos de la Crítica y Filología, y por cima de todo y para todo
una razón sumamente fortificada y maestra en el ejercicio de la
investigación; en una palabra, para el estudio del hombre es menester
más que el hombre, toda la naturaleza.5

Luz exige de las ciencias intelectuales o espirituales y por tanto de la
moral, su comprobación práctica, es decir, su confirmación con el
ejemplo. El valor de sus ideas se halla en que solo con la integralidad
de las diversas ramas de la cultura se puede alcanzar la racionalidad y
la comprensión científica acerca de la importancia de la ética. Porque
esta última se interrelaciona con todas las formas del actuar tanto en
lo individual como en lo social.

En carta de Engels a José Bloch, sumamente esclarecedora, señala:
...Según la concepción materialista de la historia, el factor que en
última instancia determina la historia es la producción y reproducción
de la vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca más que esto. Si
alguien lo tergiversa diciendo que el factor económico es el único
determinante, convertirá aquella tesis en la frase vacua, abstracta,
absurda. Y seguidamente explica lo siguiente: La situación económica es
la base, pero los diversos factores de la superestructura que sobre
ella se levanta —las formas políticas de lucha de clases y sus
resultados, las Constituciones que, después de ganada una batalla,
redacta la clase triunfante, etc., las formas jurídicas e incluso los
reflejos de todas estas luchas reales en el cerebro de los
participantes, las teorías políticas
, jurídicas, filosóficas, las ideas religiosas y el desarrollo ulterior
de éstas hasta convertirlas en un sistema de dogmas —ejercen también
su influencia sobre el curso de las luchas históricas y
determinan, predominantemente en muchos casos, su forma.6

La historia de la sociedad humana es en efecto un combate muchas veces
abierto y otras encubierto entre explotadores y explotados, esto es así
por factores económico sociales, y además, porque, como decía el
Apóstol, los hombres van de dos bandos, los que aman y funda, y los que
odian y destruyen. Esto también es una verdad científica; es decir,
junto a los condicionamientos económicos que determinan, en última
instancia, la división clasista, están presentes las ambiciones
individuales que por naturaleza posee el hombre. En un mundo idealizado
donde todos fueran altruistas, triunfaría el socialismo de manera
natural, pero ese mundo no existe, sin embargo, hay que entender, a su
vez, que los hombres no solo poseen ambición y egoísmo, también tienen,
sobre todo potencialmente, enormes posibilidades de generar la bondad,
la solidaridad y la inteligencia en su
más pleno alcance y esta es otra verdad científica. Estos sentimientos
y facultades están presentes en la naturaleza social de los hombres y
pueden ser estimulados con la educación y la cultura.

Engels decía que las sociedades clasistas habían generado riquezas
enormes apelando a las ambiciones más viles de los hombres a costa de
sus mejores disposiciones. Con este pensamiento del genial compañero de
Marx y la dolorosa experiencia del siglo XX, podemos comprender que el
desafío ético es un elemento sustantivo para edificar una sociedad
socialista, es decir, para estimular las mejores disposiciones humanas a
favor de la solidaridad universal.

¿Y cuáles son las mejores disposiciones humanas? Obviamente la
solidaridad y la cooperación entre los hombres y Engels tenía que
considerarlas como consustanciales a la propia naturaleza del hombre. En
la Europa de entonces, alcanzarlas era posible solo en el otro mundo.
La tradición cultural cubana, al situar el tema de la creencia en Dios
en el arbitrio de cada cual, aquí en la tierra, despejó este importante
problema. Al no considerar la creencia religiosa como antagónica con las
ciencias le abrió un camino decisivo al pensamiento científico,
filosófico y social cubano. Hoy, en el siglo XXI, estamos en condiciones
de probar prácticamente, con las experiencias positivas o negativas del
siglo XX, que las mejores disposiciones humanas solo se pueden alcanzar
propiciando un cambio radical de los fundamentos económicos, políticos y
sociales. Esto es posible con un alto nivel de desarroll
o económico, una organización social socialista de la producción y
distribución de la riqueza y el apoyo decisivo de la educación, la
cultura y la política culta. Para ello es necesario establecer el
principio ético de que la justicia es el sol del mundo moral y en el
fomento de una cultura general integral y masiva.

Hay un pensamiento de Fidel que resulta síntesis de todos estos nobles
propósitos:

El gran caudal hacia el futuro de la mente humana consiste en el enorme
potencial de inteligencia genéticamente recibido que no somos capaces de
utilizar. Ahí está lo que disponemos, ahí está el porvenir [...] 7


Una concepción de la inteligencia como la presente en Martí, confirmada
por los modernos progresos de las ciencias psicológicas, nos subraya su
integralidad de forma tal que penetra y se sintetiza no solo en la
capacidad intelectual del hombre, sino, también, en las emocionales y en
su voluntad orientada hacia la acción transformadora. Pensamiento,
acción, sentimiento y vocación de servicio están presentes en la
naturaleza humana.

Toda inteligencia genuinamente creadora va inclinada hacia la acción y
se expresa en una síntesis de informaciones que van integrándose en
forma de sentimientos que mientras sea más amplia, abarca mayor número
de personas. Por lo tanto, la inteligencia se orienta hacia una ética
superior y en ella están protegidos todos sin excepción. De esta forma
considera Martí que la inteligencia se vincula con la bondad y la
brutalidad con la maldad. Los modernos avances de la psicología
confirman este pensamiento martiano.

Esto se relaciona con las preocupaciones o advertencias que Martí hacía
acerca de los posibles peligros del triunfo de las ideas socialistas.
Señala en carta a Fermín Valdés Domínguez:

Una cosa te tengo que celebrar mucho, y es el cariño con que tratas; y
tu respeto de hombre, a los cubanos que por ahí buscan sinceramente, con
este nombre o aquél, un poco más de orden cordial, y de equilibrio
indispensable, en la administración de las cosas de este mundo: Por lo
noble se ha juzgar una aspiración: y no por esta o aquella verruga que
le ponga la pasión humana. Dos peligros tiene la idea socialista, como
tantas otras —el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas— y
el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir
levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en
que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados. Unos van, de
pedigüeños de la reina, —como fue Marat cuando el libro que le dedicó
con pasta verde— a lisonja sangrienta, con su huevo de justicia, de
Marat. Otros pasan de energúmenos a chambelanes, como
aquellos de que cuenta Chateaubriand en sus “Memorias”. Pero en
nuestro pueblo no es tanto el riesgo, como en sociedades más iracundas, y
de menos claridad natural: explicar será nuestro trabajo, y liso y
hondo, como tú lo sabrás hacer: el caso es no comprometer la excelsa
justicia por los modos equivocados o excesivos de pedirla. Y siempre con
la justicia, tú y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las
almas de buena cuna a desertar de su defensa. Muy bueno, pues, lo del
1° de Mayo. Ya aguardo tu relato, ansioso.” 8

Obsérvese que Martí concreta los peligros de las ideas socialistas —como
tantas otras— en la incultura y la maldad humanas, es decir, en
factores subjetivos.

¿Dónde están las profundas raíces filosóficas de tantos errores y
horrores? Nacen de una interpretación dogmática de la relación entre
forma y contenido. No se entendió que ambas categorías carecen de
existencia independiente, se trata de una relación dialéctica.
Estúdiense las ideas de Engels en su famosa carta a José Bloch, 22-23
septiembre de 1890, y en la dirigida a Francisco Mehring en 1893 y se
comprobará lo que afirmamos. En la referida carta a Mehring señala
Engels con tono autocrítico:

Falta, además, un solo punto, en el que, por lo general, ni Marx ni yo
hemos hecho bastante hincapié en nuestros escritos, por lo que la culpa
nos corresponde a todos por igual. En lo que nosotros más insistíamos —y
no podíamos por menos de hacerlo así— era en derivar de los hechos
económicos básicos las ideas políticas, jurídicas, etc., y los actos
condicionados por ellas. Y al proceder de esta manera, el contenido nos
hacía olvidar la forma, es decir, el proceso de génesis de estas
ideas, etc. Con ello proporcionamos a nuestros adversarios un buen
pretexto para sus errores y tergiversaciones.” 9

No obstante estas advertencias del ilustre amigo de Marx, se continuó
cometiendo el error y se cayó en un materialismo tosco en que se
simplificaban hasta el absurdo las relaciones entre la estructura y la
superestructura, es decir —para usar la expresión del propio Engels— se
pasó por alto la importante cuestión de la génesis de las ideas.
Precisamente en ello estuvo el fundamento de la diferencia y
aproximaciones entre la cultura de Marx y de Martí, recogían una
evolución intelectual anterior con distintos matices pero, en esencia,
expresan el mismo drama social del hombre y la necesidad de utilizar la
ciencia y la cultura para abordarlo y la necesidad de asociarse para
ponerle fin.

En las ideas de Marx y las de Martí se observan diferencias en la forma
de plantear esta aspiración, pero hay una complementación entre
ambas que nos orienta a tomar en cuenta los factores económico-sociales
en que insiste Marx y, a la vez, asumir a plenitud la importancia de los
que, en lenguaje marxista, se denominan de la superestructura, y en los
cuales Martí hizo especial énfasis.

Otro aspecto sustantivo está en el estudio que Martí hizo del
imperialismo norteamericano, en gestación durante su estancia en ese
país (1880-1895). Como se sabe, esta no es una cuestión tratada por
Marx, fue Lenin, quien tres o cuatro décadas después caracterizó al
imperialismo desde el punto de vista del materialismo histórico. El
análisis realizado por Lenin desde Europa sobre el imperialismo tiene
importantes coincidencias con las formulaciones martianas hechas desde
Nueva York cuando se estaban produciendo en Estados Unidos profundos
cambios económicos y sociales y hacen su aparición los monopolios y el
capital financiero.

Un estudio de la obra de Martí y en especial su denuncia sobre los
gérmenes funestos que se gestaban en Norteamérica en las décadas finales
del siglo XIX, permite establecer un paralelismo con los análisis
posteriores de Lenin. Martí estudió al imperialismo y lo caracterizó
económicamente. Existe copiosa literatura al respecto, entre ella, sus
comentarios a la Conferencia Panamericana de Washington de 1889. El
elemento esencial del planteamiento martiano con relación al
imperialismo radica en la constatación de un desarrollo
económico-material orientado hacia el individualismo en una sociedad que
frenaba o desviaba el desarrollo cultural y espiritual. Este es el
drama del imperialismo que en el siglo XXI se manifiesta con mayor
fuerza.

El fenómeno del paso del capitalismo de libre concurrencia al
capitalismo monopolista es analizado por Martí que lo denuncia y
caracteriza de modo ejemplar: El monopolio está sentado como un gigante
implacable, a la puerta de todos los pobres. Todo aquello que se puede
emprender está en manos de corporaciones invencibles formadas por la
asociación de capitales desocupados a cuyo influjo y resistencia no
puede sobreponerse el humilde industrial [...] Este país industrial
tiene ya un tirano industrial.10

Con precisión asombrosa describe el asalto al poder económico y político
por parte de la oligarquía de los banqueros con todas sus
ramificaciones en la sociedad norteamericana de esa época. En 1885
escribe: Forman sindicatos, ofrecen dividendos, compran elocuencia e
influencia, cercan con lazos invisibles al Congreso, sujetan de la
rienda la legislación, como un caballo vencido, y, ladrones colosales,
acumulan y reparten ganancias en la sombra. Son los mismos siempre;
siempre con la pechera llena de diamantes; sórdidos, finchados, recios:
los senadores les visitan en las horas silenciosas; abren y cierran la
puerta a los millones: son los banqueros privados. 11

Tres años más tarde, en abril de 1888, con todo ese proceso más avanzado
y más visible aún va al fondo y sentencia: ... se ve como todo un
sistema está sentado en el banquillo, el sistema de los bolsistas que
estafan, de los empresarios que compran la legislación que les conviene,
de los representantes que se alquilan, de los capataces de electores,
que sobornan a estos, o los defienden contra la ley, o los engañan; el
sistema en que la magistratura, la representación nacional, la Iglesia,
la prensa misma, corrompidas por la codicia, habían llegado, en
veinticinco años de consorcio, a crear en la democracia mas libre del
mundo la más injusta y desvergonzada de las oligarquías.12

En el terreno social no vacila en señalar las terribles condiciones
laborales que les son impuestas a los obreros y desde luego toma partido
denunciando que los salarios de los trabajadores del ferrocarril no
pasan de un mendrugo y una mala colcha, para que puedan repartirse entre
sí dividendos gargantuescos los cabecillas y favorecidos de las
compañías...13

El expansionismo fuera de las fronteras que ese desarrollo
imperialista generaba fue también analizado por Martí y asume la
denuncia de los peligros que representaba para la independencia de Cuba y
para los países de Nuestra América. En artículo para La Nación de
Buenos Aires, escrito en octubre en 1885, caracteriza a la “camarilla”
financiera y sus propósitos del siguiente modo: Como con piezas de
ajedrez, estudian de antemano, en sus diversas posiciones, los
acontecimientos y sus resultados, y para toda combinación posible de
ellos, tienen la jugada lista. Un deseo absorbente les anima siempre,
rueda continua de esta tremenda máquina: adquirir: tierra, dinero,
subvenciones, el guano del Perú, los Estados del Norte de México.14


Cuatro años más tarde en 1889, en carta a Serafín Bello, le expone sus
temores sobre Estados Unidos que son en esencia los mismos que
expresara, en víspera de su muerte, a Manuel Mercado: Llegó ciertamente
para éste país, apurado por el proteccionismo, la hora de sacar a plaza
su agresión latente, y como ni sobre México ni sobre Canadá se atreve a
poner los ojos, los pone sobre las islas del Pacífico y sobre las
Antillas, sobre nosotros.15

Otro aspecto clave de la relación entre el pensamiento del Apóstol y el
autor de El capital radica en que tanto en la filosofía de Marx, como en
el pensamiento del prócer cubano, podemos encontrar una concepción
orientada a proyectar la cultura hacia la transformación del mundo. Eso
es muy importante porque la tradición europea en el terreno filosófico
—como dijo Marx— se había limitado a una función descriptiva.

En cuanto a Martí, toda su vida fue un empeño para la transformación del
mundo y por una interpretación cultural que ayudara para tal propósito.
El gran escritor y poeta que dominaba a la perfección y enriquecía las
formas del lenguaje, llegó a afirmar: Hacer es la mejor manera de decir.


Para asumir la defensa de los intereses de las masas explotadas y de la
humanidad en su conjunto, es necesario orientarse por una fundamentación
cultural. Muchas veces se suele actuar sin ella, pero el propósito de
liberación humana requiere objetivamente de la cultura. Los que desdeñan
una elaboración de este carácter, lo hacen para proteger intereses
inmediatos sin tomar en consideración una perspectiva de largo alcance.
Relacionar los intereses inmediatos con tal perspectiva es,
precisamente, labor de la cultura. Se suele incurrir, a la vez, en un
error a la inversa al hacer elaboraciones teóricas sin tener en cuenta
la práctica. Este es un aspecto cardinal de la historia de las ideas y
Cuba asumió la línea de transformar el mundo a partir de la cultura. El
pensamiento socialista de Marx y Engels se lo planteó también de esta
manera.

Pasemos ahora a examinar cómo valoró Martí la figura de Marx en su carta
al periódico La Nación fechada el 29 de marzo de 1883 en ocasión de su
muerte:

Ved esta gran sala. Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los
débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño, y arde
en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio
blando al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los
hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de
otros. Mas se ha de hallar salida a la indignación, de modo que la
bestia cese, sin que se desborde, y espante. Ved esta sala: la preside,
rodeado de hojas verdes, el retrato de aquel reformador ardiente,
reunidor de hombres de diversos pueblos, y organizador incansable y
pujante. La Internacional fue su obra: vienen a honrarlo hombres de
todas las naciones. La multitud, que es de bravos braceros, cuya vista
enternece y conforta, enseña más músculos que alhajas, y más caras
honradas que paños sedosos. El trabajo embellece. Remoza ver a un
labriego, a un herrad
or, o a un marinero. De manejar las fuerzas de la naturaleza, les viene
ser hermosos como ellas.16

Para Martí la cuestión social era un componente esencial de la política.
Quien escribió: [...] con los pobres de la tierra/quiero yo mi suerte
echar, quien postuló: [...] como se viene encima, amasado por los
traba­jadores, un universo nuevo; quien a su vez subrayó —refiriéndose a
Carlos Marx— que: [...] no fue sólo move­dor titánico de las cóleras de
los trabajadores europeos, sino veedor profundo en la razón de las
miserias humanas, y en los destinos de los hombres, y hombre comido de
ansia de hacer bien; quien destacó que [...] Marx estudió los modos de
asentar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les
enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos, y quien se
convirtió en el dirigente de los obreros tabaqueros de Tampa y se
planteó la independencia de Cuba como un deber de carácter continental y
universal, in
cluía necesariamente en su ideario político la cuestión social e
internacional.

El partido que constituyó tenía como base social original a los
trabajadores de Tampa y Cayo Hueso; no formulaba su radicalismo
social en la forma en que se exponía en la cultura europea, sino en la
mejor tradición literaria de nuestra América. En la esencia de sus
concepciones estaba el drama social del hombre presente también en la
tradición obrera y socialista del viejo continente.

En relación con la idea de que espanta lanzar unos hombres contra otros,
hay que tomar en cuenta que en esa misma época Martí preparaba la
guerra necesaria contra el poder español en América para evitar a tiempo
la expansión del imperio yanqui. Martí no vaciló en convocar esa guerra
necesaria que aún cuando aspiraba a que fuese “humanitaria y breve”
estaba consciente que traería también enfrentamiento, muerte y
destrucción.
En cuanto a la crítica que él formula sobre el extremismo es necesario
tener en cuenta que entonces en Nueva York las ideas anarquistas estaban
muy confundidas con las concepciones marxistas que prevalecían en
Estados Unidos. Engels, desde Europa, señalaba severamente que en
Norteamérica no se estaban aplicando consecuentemente las ideas de Marx.
Es sabido que ambos alertaron siempre contra los extremismos y las
formulaciones de los anarquistas.

En 1886, Engels refiriéndose a las deformaciones y malas
interpretaciones de la teoría de Marx en Estados Unidos señaló:


A mi juicio, muchos alemanes que viven en Norteamérica han cometido
un grave error cuando, al verse cara a cara con el poderoso y glorioso
movimiento fundado sin su participación, intentaron convertir su teoría
importada y no siempre entendida correctamente, en algo así como una
elleinse ligmachendes Dogma (un dogma que lo salva todo) y se
mantuvieron apartados de todo movimiento que no aceptaba ese dogma.
Nuestra teoría no es un dogma, sino la exposición de un proceso de
evolución que comprende varias fases consecutivas. Esperar que los
norte Americanos emprensan el movimiento con plena conciencia de la
teoría formada en los países industriales más antiguos es esperar lo
imposible.17

La cuestión que Marx expresó en la célebre frase de que la violencia es
la partera de la historia, la entendemos hoy de la siguiente manera.
Quienes generan la violencia son los reaccionarios y conservadores
que se resisten a los cambios y obligan a los pueblos a lanzarse a la
revolución. Así lo entendió José Martí cuando organizó la guerra
necesaria, así lo entendemos nosotros y así, puedo suponer yo, lo
entendía Carlos Marx.

La clave de la cuestión está en que la violencia no está generada por
los socialistas, sino por las condiciones económico-sociales y la
alientan los reaccionarios. Por ello, debemos trabajar siempre como lo
ha hecho la Revolución Cubana por mostrar que la violencia es siempre
responsabilidad del enemigo. Esto, teniendo en cuenta, además, el
principio de que la mujer del César no tiene solo que ser honrada, sino
también debe parecerlo.

Podemos apuntar también otro elemento en Martí que muestra un
acercamiento al ideal socialista. Señaló que el secreto de lo humano
estaba en la facultad de asociarse. Me parece que el principio de
liberación radical del hombre que enunciaran los forjadores del
socialismo científico y que estaba presente también en el centro del
ideal martiano, son puntos de coincidencia bastante profundos que
permitieron, en el siglo XX, que los primeros comunistas cubanos
surgieran del pensamiento martiano, y estas ideas las podemos
defender hoy como martianos y socialistas.

Las revoluciones populares del siglo XX han mostrado una y otra vez que
es condición de su éxito que el ejército popular actúe bajo la dirección
de una vanguardia política; lo que no hace sino comprobar que “la
guerra” —como había dicho Martí— “es un pro­cedimiento político”. Pero a
finales del siglo XIX, sin ningún precedente en nuestra América, el
propósito de que el partido influyera en la orientación de la guerra, no
podía sino sorprender. Solo que lejos de ser, por ello, un continuador
de los “civilistas” del 68, Martí era un precursor de los
revolucionarios radicales del siglo XX. Habría que esperar a que el
desarrollo de la historia echara una luz reveladora sobre el hecho para
que esto se viera con toda claridad.

Si estudiamos las formas, métodos y principios organizativos del Partido
Revolucionario Cubano, comprobare­mos la precisión que Martí alcanzó
con respecto a cómo apoyar políticamente la guerra. Asimismo, si
analizamos las bases del partido de Martí observamos cómo la práctica le
llevó a aplicar principios de organización, algunos similares a los
desarrollados por Lenin en el Partido Socialdemócrata Ruso.

El Partido Revolucionario Cubano no era una simple suma de afiliados,
sino que era, propiamente, un com­plejo de organizaciones. Los
Estatutos Secretos del Partido Revolucionario Cubano, establecen
textualmente:

El Partido Revolucionario Cubano se compone de todas las asociaciones
organizadas de cubanos independientes que acepten su programa y
cumplan con los deberes impuestos en él. Más adelante señalan: El
Partido Revolucionario Cubano funcionará por medio de las asociaciones
independientes, que son las bases de su autoridad [...] 18

Es decir, el Partido Revolucionario Cubano de Martí era un complejo de
organizaciones, poseía bases programáticas y estatutos democráticamente
aprobados y una definida política antimperialista.

Esto, en la Cuba de 1892, era realmente extraordinario. Recuérdese, que
en los años iniciales del siglo, Lenin debió desarrollar una polémica
por imponer dentro de la social democracia rusa el principio de que el
partido debía ser un complejo de organizaciones. Por otra parte, fue en
pleno siglo XX que la fase imperialista del capitalismo fue denunciada y
explicada por Lenin.

No constituye un hecho casual que la fundación del Partido
Revolucionario Cubano tuviera lugar en Cayo Hueso, donde se encontraban
los obreros tabaqueros emigrados. Asimismo, la presencia, conocida y
valorada por Martí, de marxistas, socialistas utópicos y anarquistas en
el seno del partido es cuestión sobresaliente. También es significativo
que fuera precisamente a Carlos Baliño a quien Martí le dijera:
Revolución no es la que vamos a hacer en la manigua, sino la que vamos a
realizar en la República.

Los hechos del Primero de Mayo en Estados Unidos tuvieron una
repercusión inmediata en nuestro país. En 1889 se acuerda por primera
vez conmemorar la fecha con manifestaciones obreras. Se convoca para el
Primero de Mayo de 1890 una jornada internacional de los trabajadores.
En esa conmemoración inicial estuvo presente la todavía incipiente clase
obrera cubana. Estos hechos de gran significado no pasaron inadvertidos
para Martí. Sus amigos socialistas le escribían desde Cuba acerca de
sus ideas. Martí les alentaba a continuar estudiando los problemas
sociales y elogiaba estas inquietudes.

Pero, desde luego, la tarea y el papel de Martí eran otros. Tenía que
organizar y dirigir la guerra por la independencia de Cuba para evitar a
tiempo la expansión yanqui por América. Las condiciones históricas que
prevalecían en América y en el mundo al terminar la guerra de
independencia, hicieron que el programa del Partido Revolucionario
Cubano no pudiera ser realizado.

En 1925 se había producido en el país un desarrollo de la clase obrera.
Había tenido lugar en el mundo el triunfo de la Revolución de Octubre.
La influencia del leninismo se proyectaba sobre nuestra patria. Julio
Antonio Mella y Carlos Baliño buscan las raíces de su programa político
en el Partido Revolucionario Cubano, en el partido al que pertenecían
los obreros tabaqueros de Cayo Hueso, y piensan en él como la gran
necesidad inmediata.

Julio Antonio Mella comprendió como pocos las raíces martianas de la
Revolución Cubana y apreció su papel movilizador en las luchas que
estaban por librarse. Como se ha señalado, nuestro Héroe Nacional era
tan revolucionario que, no pudiendo admitir sosegadamente los obstáculos
y limitaciones de su época, lanzó sin embargo para el porvenir una
bandera y un programa que aun hoy constituyen un ideal a alcanzar por
muchos pueblos de América.

La historia, en el caso de nuestra patria, mostró con
ejemplaridad que el programa del Partido Revolucionario Cubano era un
antecedente necesario del programa socialista de nuestra Revolución.
iAsí lo vio Mella; así lo vio Fidel!
Esto explica el hecho de que al transcurrir tres décadas de su muerte,
quienes mejor comprendieran el pensamiento de Martí fueran los
fundadores del primer Partido Comunista de Cuba: Julio Antonio Mella y
Carlos Baliño.

No podían los sectores burgueses criollos del siglo XX, vacilantes y
subordinados al imperialismo yanqui, entender el pensamiento
humanista, popular, ultrademocrático y antimperialista de José Martí.
Ello hubiera rebasado sus propios intereses de clase.

[...] Consiste, en el caso de Martí y de la Revolución, tomados
únicamente como ejemplos, en ver el interés económico-social que “creó”
al Apóstol, sus poemas de rebeldía, su acción continental y
revolucionaria: estudiar el juego fatal de las fuerzas históricas, el
rompimiento de un antiguo equilibrio de fuerzas sociales, desentrañar el
misterio del programa ultrade­mocrático del Partido Revolucionario, el
mila­gro —así parece hoy— de la cooperación estrecha entre el elemento
proletario de los talleres de la Florida y la burguesía nacional; la
razón de la existencia de anarquistas y socialistas en las filas del
Partido Revolucionario etcétera. 19

La Revolución de Martí, triunfadora del Primero de Enero de 1959, y la
lucha victoriosa de nuestro pueblo, permiten hoy comprender mejor estos
fenómenos. No hubiera sido posible entender en toda su profundidad la
cuestión sin las luchas de nuestro proletariado, de los campesinos y
estudiantes cubanos. No se hubiera entendido sin las batallas libradas
por el propio Mella, Martínez Villena, Guiteras, Menéndez; por los
combatientes del Moncada, de la Sierra, de la clandestinidad y de Girón.


La razón de estos hechos hay que encontrarla en la estrecha relación
entre las luchas por la independencia y por la justicia social.


Ya en 1868 se había vinculado el problema de la independencia
con la cuestión social de la esclavitud. En 1895, se empieza a
relacionar el problema de la independencia con el de la tierra. En 1925,
la necesidad de combatir la dominación imperialista va unida al
problema de la tierra y a la lucha por la liberación de la clase obrera
contra la opresión burguesa.

En los años de la fundación del primer Partido Comunista no fue posible
que se cumpliera el programa de Martí. Habrían de transcurrir 30 años,
para que el programa de Martí se comenzara a cumplir. En 1953, Fidel
Castro plasma el programa del Partido Revolu­cionario Cubano en La
historia me absolverá. El programa del Moncada era, en esencia, el
programa del Partido Revo‑ lucionario Cubano. Con el triunfo de la
Revolución ese programa se fue cumpliendo con toda fuerza, energía y
valor. Abrió para siempre los caminos de la independencia nacional y de
la liberación de la clase obrera y de las masas explotadas.

Martí estuvo con su influencia en la fundación del primer Partido
Comunista. Estuvo también presente en las leyes nacionalistas y
antimperialistas de Antonio Guiteras. Estuvo presente en el Granma, en
la clandestinidad y en la Sierra. Sus ideas triunfaron el Primero de
Enero de 1959. En esa fecha gloriosa alcanzó la victoria la Revolución
de Martí. Una Revolución que conquistó, para siempre, la independencia
nacional, la liberación de los explotados, la democracia plena y que
abrió el camino del socialismo en nuestra patria.

Y si alguien considera que la Revolución Cubana se salió del esquema
de Marx, diríamos que el tal esquema no es ni de Marx, ni de Engels
ni de Lenin, y a modo de confirmación repasemos el siguiente texto de
Marx y Engels:

Las fases sociales y económicas que estos países tendrán que pasar
antes de llegar también a la organización socialista, no pueden, creo
yo, ser sino objeto de hipótesis bastante ociosas. Una cosa es segura:
el proletariado victorioso no puede imponer la felicidad a ningún pueblo
extranjero sin comprometer su propia victoria.20

Resulta muy esclarecedor para este estudio desde el materialismo
histórico de las aproximaciones y diferencias entre el pensamiento de
Marx y Martí las ideas expuestas por Marx en su Carta a la Redacción de
los Anales de la Patria:

A todo trance quiere convertir mi esbozo histórico sobre los
orígenes del capitalismo en la Europa occidental en una teoría
filosófico-histórica sobre la trayectoria general a que se hallan
sometidos fatalmente todos los pueblos, cualesquiera que sean las
circunstancias históricas que en ella concurra, para plasmarse por fin
en aquella formación económica que, a la par que el mayor impulso de las
fuerzas productivas, del trabajo social asegura el desarrollo del
hombre en todos y cada uno de sus aspectos. (Esto es hacerme demasiado
honor y al mismo tiempo, demasiado escarnio.)

Más adelante señala:

Estudiando cada uno de estos procesos históricos por separado y
comparándolos luego entre sí, encontraremos fácilmente la clave para
explicar estos fenómenos, resultado que jamás lograríamos, en cambio con
la clave universal de una teoría general filosófica de la historia,
cuya mayor ventaja reside precisamente en el hecho de ser una teoría
suprahistórica.21

Engels por su parte señala:

Según la concepción de Marx, toda la marcha de la historia
—trátase de los acontecimientos notables— se ha producido hasta ahora de
modo inconscientes, es decir, los acontecimientos y sus consecuencias
no han dependido de la voluntad de los hombres; los participantes en los
acontecimientos históricos deseaban algo diametralmente opuesto a lo
logrado o, bien, lo logrado acarreaba consecuencias imprevistas. Más
adelante agregaba: [...] toda concepción de Marx no es una doctrina,
sino un método. No ofrece dogmas hechos, sino puntos de partida para la
ulterior investigación y el método para dicha investigación.22

No obstante tan claras conclusiones, Marx y Engels han venido siendo
atacados de dogmáticos. Es importante analizar las raíces de estas
acusaciones, incurren en un error de dogmatismo los que así se expresan;
se produce una transferencia de fundamentos sicológicos. El mal del que
padecen ellos se lo adjudican a estos sabios.

No sucede solo con los forjadores del socialismo científico, también en
cuanto a otras grandes personalidades de la cultura cuando se les acusa
de dogmáticos; se está demostrando que quienes lo sufren son sus
impugnadores. Ocurre también que algunos que se consideran continuadores
de estos filósofos hacen un reduccionismo de sus ideas y se comportan
como dogmáticos. El pensamiento de Marx y Engels es por esencia
antidogmático, allí está su clave verdadera.

Hoy se requiere una síntesis universal de cultura que articule lo mejor
de las más diversas corrientes para el futuro humano. El materialismo
histórico y la tradición filosófica cubana pueden servirnos para
conformar, con las mejores ideas y sentimientos universales de los
últimos dos siglos, dicha síntesis con el rigor crítico y la visión que
corresponde al XXI. Esto puede hacerse desde la cultura cubana.


Fernando Ortiz caracterizó la cultura nacional como un ajiaco señalando
la profunda interrelación de las diversas culturas que en Cuba se han
conjugado. Estudió sus manifestaciones en el terreno sociológico y del
arte. Hoy podríamos decir que, en el orden de las ideas filosóficas,
también tenemos un ajiaco, pero con sabor a justicia. Es que en Cuba se
sintetizaron en estos dos siglos corrientes fundamentales de lo que se
llamó civilización occidental y las asumimos desde la autoctonía
caribeña y latinoamericana para revolucionarlas. Y en esa síntesis
intervienen los siguientes aspectos:

El inmenso saber de la modernidad europea, tal como la habían
interpretado creativamente los maestros forjadores que nos representamos
en Varela y Luz Caballero.

La más pura tradición ética de raíces cristianas que, como he dicho en
otras ocasiones, en Cuba nunca se situó en antagonismo con las ciencias.


La influencia desprejuiciada de las ideas de la masonería en su sentido
de universalidad y solidaridad humana que ejerció una gran influencia en
la forja de la epopeya del 68 y en especial en las ideas de nuestros
padres fundadores.

La cultura de raíz inmediatamente popular que nos simbolizamos en el
pensamiento y sentimiento de la familia de los Maceo y Grajales y,
especialmente, del Titán de Bronce. La caracterizamos como la forma y el
sentido con que la población esclava del Caribe asumió las ideas de la
modernidad.

La tradición bolivariana y latinoamericana que Martí enriqueció con su
vida en México, Centroamérica y Venezuela, de donde partió hacia Nueva
York en 1880 y proclamó: De América soy hijo: a ella me debo.

Las ideas y sentimientos antimperialistas surgidos desde las entrañas
mismas del imperio yanqui. La presencia del Apóstol durante más de 15
años en Estados Unidos (más de la tercera parte de su vida) completó su
inmenso saber y sintetizó el pensamiento político, social y filosófico
desde la óptica de los intereses latinoamericanos y fue contribución
decisiva a la conformación del pensamiento cubano. Martí se consideró
siempre discípulo de Bolívar.

El pensamiento socialista de Marx, Engels y Lenin, tal como lo
interpretaron Mella, Villena, el Che y Fidel Castro.

En otras latitudes, estas tendencias estuvieron encontradas y se
expresaban de forma antagónica y en choques dramáticos. En la tradición
cubana se produjo, durante los dos últimos siglos, una síntesis de
ellas; no es que hayamos estado exentos de contradicciones y
antagonismos, a veces agudos y peligrosos pero, como señalábamos, la
resultante histórico cultural representó tomar de cada una lo que fuera
útil para la emancipación humana, la solidaridad de nuestra América y
los más vastos principios de universalidad.

Dijo Engels que el marxismo es un método de investigación y de estudio y
Lenin lo calificó de guía para la acción. Se elige e investiga y nos
guiamos hacia la acción con algún objetivo o propósito. Este se expresa
en el ideal universal de justicia y en la República con todos y para el
bien de todos del pensamiento martiano.

A este fin solo se llega a partir del concepto de integralidad de la
cultura que la escuela cubana, y en especial Martí, nos enseñaran y que
el pensamiento de Marx y Engels nos confirma.

Esta es la revolución socialista y martiana que Fidel está promoviendo y
ella se expresa en la forma de hacer política. Es necesario estudiar
las fórmulas prácticas de hacer política presentes en Martí,
desarrolladas en el siglo XX por Fidel Castro, es decir, la Cuba de hoy.
Esto se relaciona con los vínculos entre cultura y política. Estudiar
los factores que determinaron el alejamiento e incluso el divorcio de
estos dos planos de la vida social es el primer deber de quienes, en el
siglo XXI, se propongan luchar por la redención del hombre, único
camino para salvar a la civilización del colapso que la amenaza. Debe
hacerse sobre la base de la cultura general integral que a los cubanos
nos viene de la mejor tradición nacional y que tiene también fundamentos
en el materialismo histórico. La mayor dificultad está en que esto solo
se logra sobre el presup
uesto ético de la lucha por la justicia y la solidaridad humana.


El movimiento de reformas universitarias iniciado en Córdoba,
Argentina, en 1918,que contó entre otras figuras con José Ingenieros y
Aníbal Ponce, se extendió por el continente, llegó a nuestro país y fue
asumido por Julio Antonio Mella y los estudiantes universitarios. Pero
pronto Mella comprendió que para realizar reformas académicas había que
hacer una revolución social. Fue, por tanto, el fundador en Cuba del
Partido Comunista y de la Liga Antimperialista.

En nuestro país a lo largo del siglo XX el pensamiento socialista
mantuvo un gran respeto por la tradición de José Martí y la cultura
cubana. El ideario cultural cubano del siglo XIX nutrió y enriqueció,
durante el XX, las ideas socialistas en Cuba. Tras al asalto al Moncada
el 26 de julio de 1953, Fidel Castro declararía que José Martí había
sido el autor intelectual de la Revolución que triunfara en enero de
1959 y cuyo carácter socialista se proclamó en 1961. Es decir, la
cultura cubana decimonónica fue elemento esencial para la comprensión
entre nosotros de las ideas socialistas. Por eso insistimos en que si el
ideario revolucionario de Mella y sus compañeros pudo rescatar de la
mutilación y el olvido en que había caído en las primeras décadas del
siglo XX el pensamiento patriótico y antimperialista de nuestro pueblo,
hoy, en l
os inicios del XXI, trabajamos para fortalecer en nuestra patria el
pensamiento socialista y ayudar a rescatarlo internacionalmente, a
partir de la cultura cubana de dos siglos de historia, en la cual se
destaca la figura de José Martí. Para arribar a conclusiones
teóricamente válidas es necesario profundizar en los conceptos de
cultura general integral y masiva en que viene insistiendo el compañero
Fidel Castro.

A este fin solo se llega a través del concepto de integralidad de la
cultura presente en el pensamiento de Carlos Marx, Federico Engels y de
todos los grandes humanistas de la historia. Esta es la revolución
humanista, socialista y martiana que Fidel está promoviendo.



1 Carlos Marx: “Correspondencia de 1843”, en K. Marx: Obras escogidas,
D. Mc. Lellan, Oxford University Press, 1977, p. 38.

2 A. Gramsci: “El príncipe moderno y otros escritos”. International
Publishers, N. Y., 1957, p. 20.

3 Carlos Marx: “Tesis sobre Feuerbach.” Obras escogidas, Editorial
Progreso, 1973, t. 1, p.7.

4 Medardo Vitier: Las ideas y la filosofía en Cuba, Editorial de
Ciencias Sociales, 1970, p. 214.

5 J. Luz y Caballero: “Cuestión de Método si el estudio de la Física
debe o no proceder al de la Lógica”. La Polémica Filosófica,Vol. I, p.
87, Biblioteca de Clásicos Cubanos, 2000.

6 F. Engels: “Carta a José Bloch” , en C. Marx, F. Engels, Obras
escogidas, Editorial Progreso, Moscú, 1974, t. III, p. 514.

7 Fidel Castro: “Discurso pronunciado en la Universidad Estadual de
Río de Janeiro, Brasil el 30 de junio de 1999”, periódico Granma,
suplemento especial, 10 de junio de 1999.

8 J. Martí: “Carta a Fermín Valdés Domínguez en mayo de 1894”, Obras
completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t.3, p.
167.

9 F. Engels “Carta a F. Mehring, Carlos Marx y Federico Engels”, Obras
escogidas, t. III, p. 523.

10 J. Martí: Obras completas, t. 10, p. 84.

11 Ibídem, t. 13, p. 289.

12 Ibídem, t.11, p. 437.

13 Ibídem, t.10, p. 413.

14 Ibídem. t.13, p. 290.

15 Ibídem. t.9, p. 388.

16 Ibídem, t. 9, pp. 388-389.

17 F. Engels: “Carta a Florence Kelley‑Weschnewetzky, C. Marx, F.
Engels”, Obras escogidas, t. III, p. 509.

18 J. Martí. Obra citada, t. 1, p. 279

19 J. A. Mella: “Glosas al pensamiento de José Martí”, en Siete
Enfoques Marxistas sobre José Martí, Colección de Estudios Martianos,
Editora Política, La Habana, 1978, p.13.

20 F. Engels:“Carta a Carlos Kautsky” en Obras escogidas, p. 508.


21 Carta a los Anales de la Patria, 1887.

22 F. Engels: “Carta a Werner Sombart”, en C. Marx, F. Engels: Obras
Escogidas, t. III, pp. 533-534.

Publicado en Enero de 2004 en la Revista "Cuba Socialista"
http://www.cubasocialista.cu/texto/cs0016.htm


2.- TRABAJOS DE COLABORADORES.

a) José Martí en la acción, el pensamiento y el recuerdo. Por
Fernando Acosta Rivero

La edad de oro, una de las obras escritas por el
cubano José Martí, permitió a muchos estudiantes de países en nuestra
América, reconocerlo como un bolivariano de acción y pensamiento.
Colombia, Ecuador, Venezuela, Panamá, Bolivia y Perú, son naciones donde
Martí ha sido difundido y estudiado con pasión. En Cuba, la patria del
Apóstol, es recordado en acciones y pensamientos especialmente desde el
26 de julio de 1953 cuando se reinició la revolución martiana con el
asalto del cuartel Moncada.

A través de la obra y la vida de José Martí los pueblos que no se
conocían empezaron a relacionarse y a fomentar la amistad. Antes del
triunfo de la Revolución Cubana, en enero de 1959, varias organizaciones
sociales, partidos políticos de izquierda e instituciones culturales
promovían el acercamiento de los pueblos de nuestra América. Las
acciones, los pensamientos y el recuerdo de Simón Bolívar, Manuelita
Sáenz, Antonio José de Sucre, Francisco de Miranda, Antonio Nariño, José
de San Martín, Bernardo O’Higgins, José Gervasio Artigas, unían a
estudiantes, historiadores y políticos que comprendieron la importancia
de la unidad regional.

En el artículo titulado: “Tres héroes”, publicado en el primer número
de la revista La edad de oro, expresó José Martí
la emoción que sintió al visitar la capital venezolana: “Cuentan que un
viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo
del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino como se iba
adonde estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el viajero, solo con
los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua,
que parecía que se movía, como un padre cuando se le acerca un hijo. El
viajero hizo bien, porque todos los americanos deben querer a Bolívar
como a un padre. A Bolívar, y a todos los que pelearon como él porque la
América fuese del hombre americano”.

Cubanos, dominicanos, puertorriqueños, guatemaltecos, nicaragüenses,
salvadoreños, chilenos, uruguayos y paraguayos también recuerdan en
estos días el 115 aniversario de la muerte heroica de José Martí en Dos
Ríos, cerca al municipio de Jiguaní, en el oriente cubano, el 19 de mayo
de 1895. Tenía 42 años de edad y un aporte inmenso a la causa
independentista de su patria, así como un amor intenso por los países de
nuestra América y por la humanidad entera.

José Martí era un internacionalista del siglo XIX. Su ejemplo acompañó
a los cubanos durante el siglo XX y su pensamiento es básico para el
lanzamiento del socialismo del siglo XXI que es apoyado por las naciones
que integran la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA). El
patriota cubano insistió en la importancia que hombres y mujeres debían
otorgar a la cultural y la educación. “Ser cultos para ser libres”, era
uno de sus mensajes.

Cuba ha realizado una revolución martiana hacia el socialismo. La
acción, el pensamiento y el recuerdo martianos, han sido las bases de un
pueblo en cambio constante y permanente. Cuando los imperialistas y sus
voceros en América y Europa forman “plataformas para el cambio y la
democracia en Cuba”, demuestran su ignorancia ó su mala fe. Una
combinación de las dos. Ignoran o pretenden desconocer sucesos de la
historia cubana como la lucha de los cimarrones, esclavos que huían de
la opresión colonial y formaban sus palenques para vivir libres.


Los contrabandistas, corsarios y piratas de la época colonial se
parecen a los gobernantes de la Unión Europea y Estados Unidos en este
siglo XXI. Hablan de libertad y civilización. Su libertad significa
libertinaje, robo y saqueo. Su civilización equivale a enviar tropas a
países de Asia y África para asesinar inocentes. Su proyecto de libre
comercio está acompañado de bases militares en territorio colombiano
para amenazar a Ecuador, Venezuela y Bolivia. Razón tenía José Martí
hace 125 años cuando vivió en Estados Unidos y advirtió que los grandes
empresarios monopolistas de ese país, así como los gobernantes y
políticos vinculados a esos intereses, tenían puestos sus ojos sobre
Cuba y toda nuestra América para beneficiarse de su riqueza.

Así como José Martí vivió en el monstruo (Estados Unidos) y conoció
las actitudes imperialistas, en este 2010, año en que recordamos el 115
aniversario de su muerte en combate, varios trabajadores de origen
boliviano, brasileño, colombiano, ecuatoriano, hondureño, mexicano,
nicaragüense, panameño, peruano y venezolano, que viven en el estado de
Arizona, Unión Americana, son víctimas de la Ley SB1070 y de la
persecución de Jan Brewer, gobernadora racista.

Los bolivarianos y martianos en todos los continentes sumamos nuestras
voces de protesta contra la ley racista SB1070 y exigimos también a las
autoridades de Estados Unidos, una vez más, que cesen el bloqueo
criminal contra Cuba y que sean liberados nuestros Cinco hermanos
cubanos, prisioneros desde 1998. Antonio Guerrero Rodríguez, Fernando
González Llort, Gerardo Hernández Nordelo, Ramón Labañino Salazar y René
González Shewerert, son cinco patriotas, combatientes,
internacionalistas que han ofrecido un sacrificio enorme a favor de la
justicia, por la soberanía de su patria y por la paz en América.


José Martí decía que los pueblos americanos deberíamos querer a Simón
Bolívar, como a un padre. Los pueblos de todo el mundo deberíamos
conocer y estudiar a José Martí, apreciarlo como hermano y compañero que
ofreció un testimonio heroico por su país y el mundo. Repetimos con él:
“Patria es humanidad”. ¡Venceremos!

b) José Martí y un haitiano extraordinario: contra el racismo. Por
Luís Toledo Sande

Empiezo por el gusto de agradecer sendos aportes que han dado al tema
dos historiadores: el cubano Rolando Rodríguez y el francés Paul
Estrade. El primero localizó en el Archivo Central del Instituto de
Historia y Cultura Militar, de Madrid, la papelería que José Martí
llevaba consigo el 19 de mayo de 1895 al caer en combate, y la
reprodujo, con un prefacio útil, en el cuaderno Martí: los documentos
de Dos Ríos
(Santa Clara, 2001). Como la generalidad de los
documentos de Martí, esos tienen también gran valor, aunque en algún
momento “se salió” de ellos — ¿sería la única?— una pieza medular: la
carta inconclusa a Manuel Mercado, iniciada y fechada por Martí en el
Campamento de Dos Ríos la víspera de su muerte. Se conoce gracias a la
reproducción facsimilar del manuscrito en Efemérides de la revolución
cubana (La Habana, 1920), del otrora capitán español Enrique Ubieta.



Una de mis alegrías en los doce años laborales que entregué a la revista
Casa de las Américas fue encauzar editorialmente las “Páginas
salvadas” que aportó Estrade al número 233 (octubre-diciembre de 2003),
con una valiosa introducción suya de título martiano —“Un haitiano
extraordinario”—, y traducidas del francés por Carmen Suárez León. Entre
los textos reunidos por Estrade, todos de Anténor Firmin (1850-1911),
se halla una semblanza de Toussaint Louverture extraída del libro De
l’egalité des races humaines (Anthropologie positive) [De la igualdad de
las razas humanas (Antropología positiva)], publicado en 1885.



Al calor de una investigación personal, revisaba el cuaderno de
Rodríguez cuando me tocó atender esa colaboración de Estrade en la
citada revista, y la coincidencia me generó una sospecha fértil: el
autor que en aquellos papeles de Martí sobresalía por su refutación del
racismo, y único cuya identificación hizo dudar a Rodríguez —“Parece
decir Firmin”, acotó el historiador al transcribir las cuatro
referencias dadas por Martí—, podía ser el mismo de aquellas “páginas
salvadas”, a quien Estrade caracteriza como “abogado, jurista,
latinista, historiador, economista ducho en asuntos financieros,
publicista” y diplomático.


Si a tal posibilidad aludí de pasada en “José Martí contra el racismo”
(Cubarte, 5 de febrero de 2004), en la búsqueda para retomar el tema de
ese artículo he comprobado que aquel autor es Anténor Firmin. En los
papeles que traía Martí consigo en Dos Ríos hay, escritos “en unas hojas
de libreta rayada”, informa Rodríguez, “citas y aforismos, copiados
básicamente en francés” y “algunos en alemán, español y latín”. Los más
de doce autores son europeos —Platon, Humboldt, Shopenhaüer, entre
otros—, salvo Firmin, a quien representan aproximadamente dos
tercios del total de texto que suman los fragmentos.


En un repaso cuidadoso, pero no exhaustivo, hallé entre las páginas
164-165, 174-177 y 189-190 —de las más de seiscientas cincuenta, amplias
y nutridas, que forman De l’egalité des races humaines— casi todo lo de
Firmin copiado por Martí en aquellas hojas de libreta, incluso un
fragmento en el cual, según la trascripción de Rodríguez, el héroe no
señaló autor. Es explicable que un libro como ese le interesara a Martí:
“que sepamos”, señala Estrade, “nadie había arremetido tan abiertamente
contra la tesis racista” expuesta por el conde Joseph Arthur de
Gobineau “en su famoso Essai sur l’inégalité des races humaines
[Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas]”. Esa obra, cuatro
tomos editados de 1853 a 1855 y reeditados en 1884, ubicó al autor entre
los padres putativos del fascismo.


Si Firmin la leyó en su segunda edición, la pronta y maciza respuesta
que le dirigió nacería de ideas que maduraba desde antes: informado y
justiciero, y negro, sabía urgente refutar el racismo, y se lo confirmó
el libro de Gobineau, reimpreso “cuando en el congreso de Berlín las
grandes potencias colonialistas se repartían el África olímpicamente”,
apunta Estrade. Al honrar a Louverture en su impugnación del aristócrata
francés, Firmin expresa que lo hace en el “momento en que todas las
universidades europeas se reunirían para apoyar la teoría de la
desigualdad de las razas, la inferioridad nativa y especial del negro”.



En carta fechada el 9 de junio de 1893 en Cabo Haitiano, donde vivía
Firmin, Martí le escribió a su amigo y colaborador puertorriqueño Sotero
Figueroa: “Ayer hablé de Vd. con un haitiano extraordinario, que por
Betances y por Patria lo conocía: con Anténor Firmin”. En
“Betances, Martí y el proyecto de Confederación Antillana” (1907),
reproducido en parte por Estrade, Firmin rememora aquella ocasión en que
“el incomparable José Martí” lo visitó “en nombre del doctor Betances”:
las “conversaciones giraron en torno al gran problema de la
independencia cubana y la posibilidad de una Confederación Antillana”,
proyecto que Betances animaba desde París, donde representaba al Partido
Revolucionario Cubano, fundado por Martí el año anterior, como el
periódico Patria. Firmin concluye: “Excepto algunas reservas
prácticas
, estuvimos absolutamente de acuerdo en los principios. Experimentamos
una irresistible simpatía el uno por el otro”.


Martí y Betances tenían razones para admirar a Firmin. En 1891, cuando
sesionó en Washington la Conferencia Monetaria Internacional Americana,
era ministro de Relaciones Exteriores, y coadyuvó a frenar la ofensiva
de los Estados Unidos sobre su país, al firmar, comenta Estrade, “una de
esas cartas que han de figurar en el libro de oro de las ‘cancillerías
de la dignidad’ latinoamericana”. Se sabe que Martí brilló en el
enfrentamiento a la Conferencia y al Congreso Internacional del que ella
se derivó, celebrado en “aquel invierno de angustia”, como el autor de Versos
sencillos calificó al de 1889-1890.


Las citas de Firmin que Martí llevaba al morir, están en francés; pero
no siempre son reproducciones textuales, sino más bien extractos para su
uso personal: tienen cortes, incorporaciones y algún comentario o
acotación del propio Martí, como el paréntesis “(sans raison)” —“(sin
motivo)”, traduce Rodríguez— en el pasaje sobre lingüística donde
Firmin trata “la famille dite indo-européenne” (189), y él escribe: “la
famille dite (sans raison) indo-européenne” [“la familia llamada
(sin razón) indoeuropea”, o, en la versión de Rodríguez, “la familia a
la que se ha dado en llamar (sin motivo) indoeuropea”].


Martí hizo una lectura analítica, no mera copia: no tradujo a Firmin, lo
pensó. Tal vez eso dificulte hallar los dos o tres fragmentos breves
aún no localizados en el corpulento libro, que pudo leer en cualquier
momento, incluso antes de visitar al autor. Pero en ese caso habría
asomado quizás algún indicio en la conversación, y en los testimonios
que ambos dieron de ella, y supondría que Martí cargó durante años las
hojas de libreta mencionadas. Llegó a Cuba en 1895 tras un periplo de
más de dos meses por otras tierras y aguas del Caribe insular, sobre
todo República Dominicana y Haití. ¿Lo habrá leído en ese trayecto?



Al reseñar en su diario el 3 de marzo (día en que llega a Cabo
Haitiano), cita un libro que se editó en París en 1893, también en
francés, pero distante del sentido justiciero de Firmin: “Hallo, en un
montón de libros olvidados bajo una consola, uno que yo no conocía: Les
mères chrétiennes des contemporains illustres” [Las madres
cristianas de contemporáneos ilustres], que “es rico, de página mayor,
con los cantos dorados, y la cubierta roja y oro. El índice, más que del
libro, lo es de la sociedad, ya hueca, que se acaba: ‘Las altas esferas
de la sociedad’.—‘El mundo de las letras’.—‘El clero’.—‘Las carreras
liberales’.—” No nombra a ninguna de las madres biografiadas —entre
quienes se hallan la de Napoleón Bonaparte y la de George Washington—,
pero mira a lo hondo y afirma que la obra está escrita “con la maña de
la bi
ografía”, “para fomentar […] la devoción práctica” por “la confesión,
el ‘buen cura’, el ‘santo abad’, el rezo”.


Aunque pudiera suponerse que en aquel viaje no tendría tiempo más que
para hojear el libro, su ágil voracidad de lector era inmensa, y no se
limitó a describirlo: desplegó sus propias ideas. Con espacio apenas
para una glosa mínima, citemos: “como aún se las entiende”, las carreras
“son odioso, y pernicioso, residuo de la trama de complicidades con
que, desviada por los intereses propios de su primitiva y justa potencia
unificadora, se mantuvo, y mantiene aún, la sociedad autoritaria […],
aquella basada en el concepto, sincero o fingido, de la desigualdad
humana, […] mero resto del estado bárbaro”.


El libro de Firmin, cuando y dondequiera que lo haya leído, le mereció
atención y respeto. En ello sería determinante la fuerte refutación del
racismo hecha por el autor haitiano con una perspectiva que atraería su
atención más que la escuela en que el autor se ubicaba. En un pasaje que
no figura entre los que llevaba consigo en Dos Ríos se lee: “la
doctrina antifilosófica y seudocientífica de la desigualdad de las razas
reposa sobre la idea de la explotación del hombre por el hombre” (204).


Martí en su diario evidencia que, camino de la guerra, buscaba,
encargaba y leía libros. Naturalmente, le interesarían en especial los
que nutrían argumentos útiles para la lucha justiciera: ya por condensar
ideas que le fueran afines, como el de Firmin, ya por suscitar debates,
como Les mères chrétiennes… El 8 de abril, otra vez en Cabo
Haitiano, anotó con los énfasis aquí marcados: «Por el poder de
resistencia del indio se calcula cuál puede ser su poder de originalidad,
y por tanto de iniciación, en cuanto lo encariñen, lo muevan a
fe justa, y emancipen y deshielen su naturaleza. —Leo sobre indios».



No recuerda este articulista ningún texto en que Martí mencione a
Gobineau. Pero, al expresar sus ideas, combatía de hecho el racismo del
Conde. Se sabe que a menudo, como para no reducir la polémica a cuestión
personal, callaba el nombre de aquellos a quienes rebatía. Con respecto
a criterios racistas de Domingo Faustino Sarmiento inspirados acaso en
Gobineau, lo hizo así en “Nuestra América” (1891), al proclamar: “No hay
lucha entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa
erudición y la naturaleza”.


En ese mismo texto, de perspectiva radicalmente emancipadora, llevó la
refutación del racismo a lo más profundo: “No hay odio de razas, porque
no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas,
enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el
observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde
resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad
universal del hombre”. Esas declaraciones —cuya actualidad sería todavía
mayor si sustituyésemos hombre por ser humano— no significan que
desconociera la importancia que el elemento llamado racial tiene en lo
individual y en la historia.


Si en medio de enormes y complejas tareas, tal vez mientras marchaba
hacia la guerra, braceó en el libro de Firmin, no lo hizo solamente por
su insaciable curiosidad intelectual. Sabía que, para alcanzar la
República moral por la que luchaba —y que sigue y seguirá siendo
inspiradora— sería necesario combatir la discriminación y la opresión de
unos seres humanos por otros. No fue mera casualidad que al caer en
campaña trajera consigo fragmentos de la obra de Firmin junto a otros
documentos de interés, a las balas y al revólver de pelear, y a los
objetos personales y familiares que tenía como escudo.


Para prologar la reedición de ese libro, o una buena selección de sus
páginas, sobre las que ha pasado bastante más de un siglo, nadie mejor
preparado que el antillanista Estrade. Y, para su publicación en
español, ningún país mejor destinado que Cuba, no sólo porque el autor
lo visitó —la Biblioteca Nacional José Martí guarda un ejemplar
autografiado por él en La Habana el 21 de abril de 1909—, sino, sobre
todo, por razones de fondo: al “incomparable José Martí” y al “haitiano
extraordinario” los unió la afinidad de ideas, y el primero de ellos,
Máximo Gómez y sus compañeros expedicionarios llegaron el 11 de abril de
1895 a Cuba tras haber recibido del cónsul de Haití en Gran Inagua,
M.B. Barbes, un apoyo que incluyó —según Martí mismo— el otorgamiento de
pasaportes. Hijo de la patria de Louver
ture, Barbes simpatizaba con la causa cubana.


Son hitos de la hermandad entre el primer pueblo de nuestra América en
librarse del yugo colonial y el primero en librarse del neocolonialismo.
Reforzada ante la tragedia cuyas consecuencias aún sufre Haití, esa
hermandad se inscribe en planes de integración de nuestra América en los
que tiene sitio la herencia del proyecto de Confederación Antillana que
Firmin honra en su ya citado texto de 1907. Aludiendo a los hechos
de1898, marcados por la intervención estadounidense, declara: “el sueño
de la Confederación Antillana permaneció siempre vivo en un rincón de mi
cerebro; pero cada vez que surge, la idea me provoca un temblor
doloroso. Me recuerda inevitablemente a los dos grandes muertos que
fueron sus prestigiosos campeones: José Martí, que cayó en Dos Ríos bajo
las balas españolas, y Betances, destrozado por la falta de generosidad
[norte] americana”.

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