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Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

Había que ganarse los kilos para vivir. Por Pedro Urra Medina*

Carbonero dentro de los pantanos en la década del 40 del Siglo pasado.

Por Pedro Urra Medina*/CUBADEBATE.- Como muchos niños y jóvenes de mi pueblo, tuve desde muy pequeño que aprender cómo buscarme algunos centavos para aliviar la situación. En la casa era muy poco lo que me podían dar, y cuando el hambre picaba tenía usted que echarse algo a la boca, aunque fuera un pan con guayaba.

Ahora que hablo de pan con guayaba, recuerdo a un contemporáneo al que en una ocasión otro le dijo: “¿No vas al circo hoy?…” Y este le respondió sin pensar mucho: “¿Tú eres bobo?, ¿no ves que con una peseta yo me compro 10 panes con guayaba?”

El hambre es mala consejera. Había que resolver legalmente para no tener que esperar al lado del nido de la gallina que ponía sus huevos debajo de aquella bejuquera en la finca “Lima” y después de que esta comenzaba a entonar su canción de triunfo, coger las posturas aún calientes y correr para la bodega de Lily y venderlas por un centavo para comprar una galleta grande de un kilo – un centavo- o un queque.

Las formas de buscarse la vida eran variadas, pero las posibles para mi fueron la recogida de huesos, hierros, cobre, aluminio y otros metales. Después de pasarse usted varios días recorriendo basureros, patios, traspatios y hasta fincas en busca de alguna “mina” que tuviera aquellos codiciados “tesoros” y tenía un par de sacos de yute llenos de ellos, venía aquel hombre empujando su carretilla de tres ruedas y en gesto de comerciante poco interesado le ofrecía a uno 30 ó 40 centavos y agregaba, “si no te conviene es igual, yo voy ya cargado”. Al final había que aceptar.

Otras de las formas que ocupaba todo nuestro tiempo libre era pasar las horas del día que podíamos, cortando palos de aroma, troncos y gajos de piñón florido o de guayaba, que era la mejor leña para hacer carbón. Cortar las matas de aroma tenía su cosa buena y su cosa mala.

Lo bueno era el aroma que despedía aquel tronco después de varios machetazos y aparecía el corazón rojo; lo malo era las espinas que siempre se clavaban, o en cualquier parte del cuerpo o en la planta de los pies que generalmente iban descalzos; y lo otro, las ampollas que aparecían enseguida al manipular aquel machete con el que se había capado, o matado al diablo y lo había dejado vivo.

Terminado el corte venía la carga de la leña y llevarla para el traspatio, dentro del platanal de Eduardo, donde había un plante para hornos de hacer carbón.

Al poco tiempo éramos expertos en parar los hornitos con los pedazos de leña seca. Estos, después de tapados con la hierba correspondiente y cubiertos con polvo de carbón que allí abundaba, eran encendidos, especialmente al caer la noche.

Al comenzar a dar candela venia el inconveniente del humo en los ojos… y a llorar. Cuando el montoncito aquel comenzaba a echar un humito carmelita, era muestra de que estaba quemando bien y luego venia la vigilia. Había que velar, como se vela a un muerto, toda la noche, para que no se abriera la cubierta que toponeábamos constantemente y entrara oxígeno; si no, se corría el riesgo de que se volara.

Esto era por un par de días. La peste llegaba al alma y mi mamá dando gritos… Al final venía la recompensa: dos saquitos de cebolla llenos de carbón que sonaba como campana, lo que avalaba su calidad, y 40 ó 50 centavos como ganancia. Por mucho que me bañaba después, siempre me quedaba aquel tizne en las orejas, en las uñas y dondequiera. Mi hermana Aida en algunas ocasiones me acompañaba en aquellos velorios.

Con el tiempo vino una mejoría. Primero fue el sillón de limpiabotas que pude comprar con los ahorritos que me daban en la venta de mis hierros, huesos, metales y el trabajoso carbón.

También por mis manos pasaron los zapatos que se ponían todos los personajes de mi pueblo, menos los de Daniel, el gago, y el negro Gayetano, pues estos, o no los usaban o llevaban alpargatas. Los sábados por la tarde y domingos eran los días de mayor clientela, y también los días que mi alma infantil deseaba correr junto a los otros fiñes e ir a jugar el pitén de pelota, pero había que ganarse los kilos para vivir.

El no poder ir a jugar con los demás muchachos, me traumatizó para toda la vida, desde entonces cada vez que cierro mis ojos y pienso, me veo jugando a la pelota en el campo corto.

Mi negocio prosperó y con el ahorrito del brillo de los zapatos compré una vidriera de fritas, las que muy ricamente sazonaba mamá. Ahora la cosa era los sábados, los domingos, los lunes, los martes, los miércoles, los jueves, los viernes; lo mismo en la tarde, que en la noche o la madrugada. Había que esperar que llegaran los clientes que se bajaran de la última guagua, alrededor de las tres de la mañana, para liquidar lo que quedaba… Ahí estaba la ganancia.

*Pedro Urra Medina, historiador y columnista de Cubadebate (nació en 1929).

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