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'Gabo me dijo: vente conmigo a Cuba y te presento a Silvio Rodríguez'. Por CLAUDIO GALÁN PACHÓN*

"Al llegar a La Habana, Gabo me hizo sentir como si fuera un miembro más de su familia".

Foto: Fotoilustración/Fernán Pérez A./CEET

Hijo de Galán recuerda cómo, por cuenta del nobel, terminó siendo testigo de la relación con Castro.

Por CLAUDIO GALÁN PACHÓN*/El Tiempo.- Era junio de 1996. Estaba en medio de exámenes finales del primer año de universidad en París donde me encontraba radicado con mi familia desde la muerte de mi papá. Una de mis grandes pasiones era la música y en especial la música cubana, que intentaba interpretar en una guitarra que hace poco tiempo una prima me había regalado. No era cualquier guitarra. La había comprado mi papá en Italia en 1974 para el cumpleaños de ella.

Gabriel García Márquez se encontraba en París promocionando su nuevo libro Noticia de un secuestro que narra el secuestro de mi tía Maruja Pachón y de un grupo de periodistas colombianos a manos de Pablo Escobar. Le dijo a mi mamá que quería conocernos a mis hermanos y a mí y nos invitó a los tres a almorzar a un restaurante cerca a Montparnasse. Pedí choucroute, el típico plato alsaciano a base de repollo cocinado y salchicha. A Gabo le encantó el helado de vainilla. Nos preguntó muchas cosas. Mi hermano Juan Manuel le habló de su proyecto de tesis sobre el Nuevo Liberalismo y él le hizo algunas sugerencias para la investigación. A Carlos Fernando, quien quería en ese momento estudiar derecho, le dijo que para él los primeros años de esa carrera le habían servido mucho, pero que no la había terminado.

Cuando le conté de mi pasión por la música cubana y por Silvio Rodríguez, me dijo: “En una semana me voy para Santiago de Cuba al Festival de la Cultura Caribeña en el que Colombia es el invitado especial. Vente conmigo y yo te presento a Silvio. Lo único que tienes que hacer es llegar a Madrid y de ahí me encargo yo”.

Nos firmó un libro a cada uno y a mi hermano mayor le escribió: “Para Juan Manuel, el día que empezó a escribir su tesis alrededor de una choucroute”, y a mí me puso: “Para Claudio, el de la choucroute”. Como Carlos Fernando no tenía libro, nos llevó a su apartamento y escogió uno de los ejemplares de su biblioteca personal y se lo dedicó.

No podía creer que Gabriel García Márquez me estuviera invitando a viajar con él a Cuba. Terminé mis exámenes, empaqué mi guitarra y me fui para Madrid donde me encontré con él y con Mercedes, su esposa, para viajar al otro día a La Habana.

Al llegar a La Habana, Gabo me hizo sentir como si fuera un miembro más de su familia. Incluso, le decía a todo el mundo que yo era su sobrino. Me instaló en uno de los cuartos de la casa donde él solía quedarse y al día siguiente viajamos juntos a Santiago.

El vuelo fue en un avión Yákovlev Yak-42 de fabricación rusa de la aerolínea Cubana de Aviación. Cuando Gabo se subió al avión hubo una conmoción y tuvo que entrar a la cabina con los pilotos porque todo el mundo se le acercaba para saludarlo y tomarse una foto con él. Tanto era el acoso de la gente que nunca me atreví en todo el viaje a pedirle que se tomara una foto conmigo para no molestarlo.

Dicen que si uno va a Cuba y no visita Santiago es como si no hubiera conocido Cuba. Y es muy cierto. Es una ciudad llena de cultura e historia. Fue la primera capital cubana y la ciudad por donde entraron los primeros esclavos a Cuba y con ellos las fuertes raíces musicales que explican por qué Santiago es conocida como la cuna del son. Allí nacieron figuras como Compay Segundo, Sindo Garay y Eliades Ochoa.

Gabo solo estuvo los dos primeros días del festival y me dejó instalado en el Casagranda, un antiguo y hermoso hotel en el parque Céspedes donde permanecí durante los 5 días del festival. Silvio Rodríguez no estuvo pero conocí a Compay Segundo y a Totó la Momposina y descubrí a los santiagueros,su historia, su cultura y su comida.

A mi regreso a La Habana, Gabo y Mercedes me esperaban para comer. Revisaban la correspondencia y tenían una montaña de libros para firmar. Les conté sobre mi viaje y me aconsejaron sobre los sitios para visitar en La Habana antes de irme. Gabo me dijo que intentó contactar a Silvio Rodríguez pero que estaba grabando un disco y que había sido imposible comunicarse con él. Ya cuando estábamos a punto de levantarnos de la mesa entró caminando y sin avisar nada menos que Fidel Castro en persona con todo su esquema de seguridad. Vestía su tradicional uniforme verde olivo. Nos saludó y se sentó junto con Felipe Pérez Roque, quien en ese momento era su asistente personal y tres años más tarde se convertiría en el canciller cubano y el miembro del gabinete más joven con apenas 34 años de edad. Fidel pidió un whisky y se quedó conversando hasta pasada la medianoche.

Según varios relatos hechos por el mismo jefe de Estado cubano, hablar con García Márquez y su esposa era para él “una receta contra las fuertes tensiones” que vivía de manera constante. En esta ocasión, Fidel invitó a Gabo a la celebración de su cumpleaños 70 que era en agosto de ese año y Gabo a su vez le recordó su propio septuagésimo aniversario que era el año siguiente. Fue una conversación amena en la que se evidenciaba la cercanía que existía entre ellos, hablaron de política, literatura, historia y hasta de las cosas más banales.

Cuando Gabo le dijo a Fidel quien era mi papá inmediatamente se acordó de él y de que lo había conocido en la posesión de un presidente latinoamericano. Más tarde recordé que mi papá comentaba con frecuencia ese encuentro en el que, según él, Fidel le dijo que la lucha armada ya no era el camino para América Latina.

También me impresionó Felipe Pérez Roque quien parecía una enciclopedia. Cada vez que hacían referencia a un hecho histórico conocía los detalles e inmediatamente se los describía a Fidel. Al final Castro se paró y se despidió diciendo que se iba a trabajar. Gabo, mirándolo de reojo le dijo molestándolo: “Si así te vas a trabajar después de todos estos tragos con razón te salen las leyes como te salen”.

Al día siguiente volvió Fidel a la hora de la comida, esta vez con el vicepresidente Carlos Lage quien, para ese entonces, era la figura más popular del Gobierno después de Castro. Habían convenido un viaje a la casa de huéspedes en los cayos, al occidente de la isla, con Fidel, Gabo, Mercedes, Lage y su familia y unos chilenos cercanos al Gobierno. Fidel me invitó al viaje y me pidió que llevara la guitarra para tocarles y animar el paseo. Le dije que se me había roto una cuerda y que iría a buscar una nueva para tenerla lista.

El día del viaje, Carlos Lage llegó temprano con una guitarra. Me la entregó y me dijo: “Aquí te manda Fidel”. Me dio una angustia terrible. Yo era apenas un principiante aficionado y no me sabía muchas canciones, pero lo peor es que no cantaba nada y sin embargo quedé con la responsabilidad de animar el paseo. Cuando llegó el momento y me pidieron que sacara la guitarra pensé que si tocaba algo de Silvio Rodríguez, alguien me acompañaría cantando. Intenté con Ojalá y nada. Seguí con La Maza y tampoco. Cuando Gabo se dio cuenta de mi angustia y de mi incapacidad salió a mi rescate y me pidió que tocara un bolero: Perfidia. Me acompañó cantando y salvamos la patria.

La casa de los cayos tenía una piscina de agua salada, una playa cristalina y, como muchas cosas en Cuba, parecía haberse quedado congelada en la década del 60. Durante todo el paseo intenté hacerme una foto con Gabo y con Fidel, pero había llevado una cámara desechable que ya no tenía fotos.

***

Dos semanas más tarde sonó el teléfono en nuestra casa en París. Era un funcionario de la Embajada de Colombia quien estaba con Silvio Rodríguez y me lo pasó. Le habían contado que yo había ido a Cuba a conocerlo y se conmovió con la historia. Recuerdo que me dijo “que forma más extraña de conocernos”. Silvio iba a estar dos meses en París y necesitaba una guitarra. Obviamente le ofrecí la mía y me invitó a almorzar para entregársela.Al mes siguiente me devolvió la guitarra y me dijo que había compuesto varias canciones en ella y que si algún día las publicaba le haría una mención. Años después salió el álbum Descartes, que compuso en París y, aunque no hubo mención, es probable que gran parte de ese disco lo haya compuesto en la guitarra que hoy mi esposa tiene arrumada en el depósito.

Desde que regresé de Cuba ese verano de 1996 quise escribir una crónica de esta experiencia que, gracias a la generosidad de Gabo, tuve el privilegio de vivir. Siempre guardaré ese recuerdo de él y en especial de la última vez que lo vi, dos años después en la casa del presidente César Gaviria en Washington. Cuando me vio se emocionó, me dijo “mi niño” y me abrazó.

*CLAUDIO GALÁN PACHÓN, POLITÓLOGO Y PROFESIONAL EN RELACIONES INTERNACIONALES.
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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