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Fidel vive, hasta la victoria. Por Carlos E. Bojórquez Urzaiz*

Foto: ¡VIVA FIDEL! (Mayo 18 de 1979, durante su visita a Cancún) de la colección de Jorge Jorge González Durán para el mundo.

Por Carlos E. Bojórquez Urzaiz*/Por Esto.- Ante el dolor que entraña el fallecimiento del comandante Fidel Castro, inspirador y guía de la Revolución cubana y de las mejores causas de América Latina y el Caribe, la sensación de vacío se hace presente como un barranco de zozobra, debido a la falta de contrapesos que ocasionará la ausencia del último estadista latinoamericano, de cara al alud de desdichas, genocidios y demás tragedias que padece el mundo. En apenas seis líneas y poco más de un minuto televisado, el presidente de Cuba, Raúl Castro Ruz, dio a conocer la infausta: “…Con profundo dolor comparezco para informar a nuestro pueblo, a los amigos de nuestra América y del mundo que hoy 25 de noviembre del 2016 a las 22.29 horas de la noche falleció el Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz...”
En lo más íntimo del ser, la muerte del comandante empuja a desandar la memoria y expresar gratitud a Cuba y a la Revolución que él encabezó, sin claudicaciones de última hora, entre otras razones por haber asumido la gratuidad de mis estudios de doctorado, en medio de la peor crisis económica que han padecido los cubanos, como efecto del inhumano y vergonzoso bloqueo económico que aún impone los Estados Unidos y el desmoronamiento de la Unión Soviética. Iniciaban, ni más ni menos, los años del periodo especial, angustioso y agobiante como el que más, que a pesar de las incontables carencias padecidas por mis compañeros universitarios y por el pueblo en general, nada consiguió suprimir los sentimientos de solidaridad de Cuba hacia los estudiantes de todo el mundo, y en particular hacia los yucatecos que nos relacionaban con Mario Menéndez Rodríguez, sentimientos solidarios heredados de las gestas independentistas del siglo XIX, pero cultivados como la rosa blanca por esta Revolución que triunfó en enero de 1959 e instauró el socialismo, desafiando al monstruo que conoció José Martí por vivir en sus entrañas, localizado a 150 kilómetros de La Habana. 
Como película en blanco y negro acuden fechas, imágenes y sucesos que en este instante luctuoso se revelan insistentes: las veces que miré de cerca a Fidel y escuché casi alucinado sus palabras, por la fortaleza de sus discursos o por su oratoria infatigable, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, en la Plaza de la Revolución, en el vestíbulo del Teatro Carlos Marx y en el Palacio de las Convenciones, todas con excepcional emoción registradas en el alma. Era el mismo Fidel de las tertulias vespertinas que sostenían mis padres con sus amigos y parientes, siguiendo de cerca el acontecer revolucionario en la Mayor de las Antillas a través de Radio Rebelde. Era el mismo comandante que interpretó los conflictos de Irak, mucho antes de que acontecieran, en el lobby del Teatro Carlos Marx, y a quien mi tío el capitán Luis Urzaiz Jiménez presagiaba como el libertador de Las Antillas, cuando apenas contaba con 30 años. Después retorna su imponente estampa en verde olivo, haciendo una exégesis durante su intervención en el 150 aniversario del natalicio de José Martí, citando al propio Apóstol cubano, como sigue: “Dios existe…en la idea del bien, que vela el nacimiento de cada ser, y deja en el alma que se encarna en él una lágrima pura…” 
En realidad la presencia del comandante siempre fue sellando su impronta en mis recuerdos y en mis sentimientos de admiración, a partir de muchas circunstancias, en específico por haber tocado tierras mexicanas por primera vez en la ciudad de Mérida el 7 de julio de 1955, procedente de La Habana, en el vuelo 566 de Mexicana de Aviación. Tenía 29 años y viajaba ligero de equipaje, pero lleno de esperanzas libertarias para Cuba. Seis décadas después acudí y fui orador en el festejo de sus 90 años, celebrado por un grupo de cubanos y yucatecos revolucionarios el pasado mes de agosto, pero la noche del viernes, sin avisar a nadie, tomó el camino ineludible apropiándose de un célebre aforismo martiano: “La muerte no es verdad cuando se ha cumplido la obra de la vida.” Descansa en paz Fidel, pero vivirá hasta obtener la victoria de los pobres de la Tierra. ¡Venceremos, comandante!

*Carlos E. Bojórquez Urzaiz, amigo de Cuba, nieto de Dr. Eduardo Urzaiz cubano emigrado en Yucatán, amigo de José Martí y colaborador de la revolución iniciada en 1868.

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