Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

Por: Omar Ríos G.

Ahora que estamos en la celebración del 90 cumpleaños de nuestro Comandante en Jefe, deseo destacar una labor menos divulgada por los Medios en el quehacer de Fidel y su siempre apretada agenda:

La culminación y nuevas construcciones sociales para el uso de las playas en nuestro país.

Al triunfo mismo de la Revolución, existían algunas edificaciones del litoral marítimo que no llegaron a concluirse, y otras que de inmediato requirieron la participación del Gobierno Revolucionario para poner a disposición del pueblo las playas del país, en gran parte dedicadas a clubes privados a los que el pobre no tenía acceso, y si además difería en el color de la piel, peor.

El litoral Norte bautense contaba con una frontera en Caimito del Guayabal, y sus playas aunque no eran de mucha belleza, mitigaban la falta de otras distracciones para los habitantes de gran parte de la actual provincia de Artemisa. Hasta la playa El Salado, limítrofe entre estos dos municipios hermanos, era el asidero de bañistas de Güira de Melena, San Antonio de los Baños, e incluso de mucha gente de la capital que buscaba zonas novedosas para disfrutar un fin de semana.

Pongo a disposición de los lectores el trabajo realizado sobre esta playa, que fue parte indisoluble años después de la labor de fortificación militar por los efectos de la Crisis de Octubre en el 1962, donde muchos bautenses tomamos parte con la Defensa Popular, las milicias, y las FAR.

Todavía quedan vestigios de esas construcciones hechas a velocidad innarrable por la presencia en nuestras costas de embarcaciones militares de gran porte del gobierno norteamericano.

Sin más, dejo a su criterio este anhelo de los que gustamos  divulgar las cosas que nos hacen grandes como pueblos.

Por: Ing. Omar Ríos G.


RECUERDOS DE PLAYA EL SALADO.


Playa El Salado, en la frontera de los municipios Bauta y Caimito del Guayabal, ahora provincia Artemisa, fue un lugar casi inhóspito, que cautivaba por su naturaleza matizada por la salida de un río que desembocaba en el mar, y lo silvestre de su entorno, donde se encontraban dos locales tipo ranchón que servían de cafetería-bar-restaurante, y algunos espacios forestales donde se podían cambiar la ropa los bañistas, que también usaban los baños de los ranchones para estos fines. Uno de los ranchones, pertenecía a un señor de apellido Quesada. Los ranchones tenían victrola para escuchar música. Una casa de tablas de palma y guano, conocida como “La Cueva del humo” por la humareda de la cocina a base de leña, servía de refugio a muchas familias que visitaban el lugar, y pequeños bohíos terminaban de rematar la existencia humana en aquellos parajes, entre ellos los de los hermanos Mario y Chito Gómez.

De las golosinas que se vendían alrededor de la playa, las más gustadas eran las empanadas de guayaba, aunque vendedores ambulantes traían tamales, mamoncillos y otras delicias para chicos y mayores.

Para llegar a este hermoso lugar- cuya playa en sí no era nada envidiable- hasta finales de la década del 1950 había que tomar la senda desde Caimito del Guayabal, cruzando los poblados de Aguacate, el ingenio azucarero Habana, y atravesar algunas fincas, que limitaban sus territorios con las talanqueras que había que estar abriendo y cerrando, cosa que se prestaba para “dejar” al que le tocaba esa tarea, y avanzar un tramo. La victima corría apurado hasta llegar al carro, donde los amigos se reían del incidente.

Otra vía, era llegar a través de embarcaciones desde el Mariel y sus playas aledañas, o de la propia Playa Baracoa en barcos de  Andrónico Figueroa y Mario Martínez, cuyo costo era un peso de ida y uno de regreso.

Quizás la más usual de las transportaciones, era el Chucho de Santín, un punto en la Carretera Central que quedaba a la entrada de Anafe, un caserío de Bauta a Caimito del Guayabal. Allí un vagón de tren motorizado, con líneas estrechas, viajaba hasta el ingenio Habana, luego llamado Habana Libre. Entonces quienes iban a El Salado, continuaban a pie desde el batey del Ingenio hasta la playa, y retornaban por igual ruta. 
     

La construcción de la carretera Panamericana, a finales de la década del 1950, que va de La Habana al Mariel, recayó por tramos en ciertos constructores. La parte más aledaña a Bauta, tocó a Castellá y Lecuona, ingenieros constructores que también eran primos, y  se hicieron cargo de la construcción del puente del río Santa Ana, además de los acueductos de Santa Fe, Baracoa, y el de Bauta, donde también edificaron el Ayuntamiento, hoy Policlínico Municipal.

Para emparejar la carretera, trabajó la Compañía de Pepe Soto, y para hacer el puente del río Baracoa y el de Banes,  vino el Ingeniero Munilla, dueño del prefabricado de Arroyo Arenas. Este señor pagaba mal, tarde y con bonos o cheques sin fondo.

De ahí hacia el Mariel, le tocó la construcción a Pepe Jueyes, dueño de una cantera de recebo por Calabazar en el Reparto El Globo. Los puentes de El Salado, Guajaibón y El Mosquito, le tocaron al constructor de apellido Amigó.

Un poco antes de concluir la Panamericana, se llevó a cabo la construcción del Aeropuerto Militar de Playa Baracoa.

La Compañía Constructora “Naroca”, tuvo a su cargo la construcción de Playa El Salado, cuyas tierras pertenecían a la Iglesia Católica y parte al ingenio Habana, arrendadas a un señor de apellido Almeida, que poseía colonias de caña. Los vecinos del lugar fueron transferidos a otros sitios.

El triunfo revolucionario del primero de enero del 1959 permitió que el nuevo Gobierno  continuara las edificaciones, siendo entonces el Comandante Osmany Cienfuegos Gorriarán Ministro de Obras Públicas.

El 13 de junio del propio 1959, en un acto masivo con la participación de nuestro Comandante en Jefe Fidel, se llevó a cabo la inauguración de la Playa El Salado, con su recinto central de carpeta, información, oficinas y tienda, además de una buena cantidad de cabañas con diseños acordes a la actividad playera, dispuestas a lo largo del litoral. Existía un  restaurante central aledaño al río que desemboca en el mar, y una tienda de misceláneas hacia el oeste, que completaban la infraestructura administrativa. Un área infantil, otra de esparcimiento en forma de tablero de ajedrez con piezas gigantes y un embarcadero de botes y bicicletas acuáticas, apoyaban las variantes de descanso.

Gran cantidad de caminos-aceras con iluminación a base de luminarias en tierra, enlazaban todas las cabañas y edificaciones, que irrumpían entre preciosos céspedes y jardines con cocoteros y adelfas.

El río mantuvo su estructura y era posible allí pescar o capturar cangrejos y hasta jaibas en gran cantidad.

Una gran área de parqueo exterior permitía la estadía de aquellos que poseían autos, o simplemente transporte de personal que traía a la playa a grupos de trabajadores.

Guaguas desde Bauta, y municipios cercanos, tomaron las rutas adecuadas para brindar transporte a sus ciudadanos hasta El Salado, como comúnmente se le llama a la playa.

Como dato adicional, el primer administrador que tuvo la instalación, donde gustaba llegar nuestro Comandante en Jefe, fue el compañero Hurbilio González Leal “Vilo”, antiguo combatiente del MR-26-7 que dirigió esa organización en Caimito del Guayabal.

Vilo fue propuesto para dirigir la instalación, por el Capitán de Corbeta de la Marina de Guerra Revolucionaria Andrés González Línes, amigo y condiscípulo en la Academia Naval del Mariel del cuñado de este nuevo administrador, Alejandro González Brito, mártir del “Levantamiento de Cienfuegos” el 5 de septiembre del 1957.

Nos contaba Vilo que en una ocasión Fidel- siempre al tanto de cualquier pormenor- detectó en una visita que el espejo del lobby en el edificio central de El Salado, estaba sucio… Vilo, que tenía a un empleado para estas lides, lo mandó a buscar de inmediato, pero se trataba de falta de azogue en algunos puntos, y se apuró a resolver el detalle. Regresó Fidel a los pocos días con una delegación china, y pasando por el área donde estaba el espejo, miró a Vilo, y con un breve gesto de su cabeza, le dio a entender que todo estaba bien.

A Vilo lo sustituyó en la administración de El Salado a partir del 24/4/1961, Antonio Esquivel Yedra, para desarrollar otras actividades a nivel provincial.
 
Cuando la Crisis de Octubre en el 1962, esta playa fue objeto de fortificaciones en su costa, llevadas a cabo por milicianos bautenses de la Defensa Popular entonces. Aún quedan vestigios de las trincheras y refugios.

Con lo años, El Salado fue sufriendo transformaciones, y llegó a poseer una gran piscina, alrededor de la cual se daban actividades culturales varias, y otras modalidades de entretenimiento en locales específicos,  incluyendo una pista de karting que aún funciona.

Aledaña a las instalaciones de la playa, se hizo una especie de parqueo donde venían personas en camión e incluso ponían trailers.

Después fue entrando en decadencia la instalación, a pesar de mantenerse “salvable”, para llegar al total abandono en que se encuentra sumida hoy.

Todavía hay bañistas que utilizan la playa, pero la notoriedad alcanzada desde los inicios de la Revolución declinó totalmente, privándonos de lo que fuera una opción de turismo nacional y foráneo.

Hay planes de reactivar este centro, y la población espera ansiosa el inicio de este rescate.

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