Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos


Académica de la India analiza el ‘socialismo fracasado de Cuba’

Posted: 31 Dec 2013 05:12 AM PST

Bidonville de Dharavi (India)
El pasado 27 de julio, la revista económica internacional The Indian Economist publicó un artículo escrito por Geeta Spolia y titulado “Cuba: un socialismo fracasado”. En ese trabajo, la autora -una joven académica de la Universidad de Nueva Delhi- trataba de ofrecer un análisis sobre las futuras perspectivas del sistema vigente en la Isla tras el fin del mandato del actual presidente Raúl Castro y del inevitable rumbo al capitalismo que habría asumido la economía cubana. Dicho análisis nada más se reducía a una serie reiterada de tópicos y clichés internacionalmente reproducidos por la prensa imperante que la autora asumía como verdades irrefutables.

En ese sentido, la autora -tras citar una declaración de Raúl Castro, quien en 2010 afirmó que no fue elegido para restaurar el capitalismo ni para entregar la Revolución, y utilizar un viejo intento de manipulación mediática, es decir, cuando los medios de todo el mundo trataron de convertir una declaración de Fidel acerca de la necesidad de actualizar el modelo cubano en una admisión del fracaso del modelo socialista y, de ahí, la aceptación del capitalismo- sentenciaba el inevitable y necesario rumbo al capitalismo que Cuba ha tomado y que se intensificará tras el fin del mandato de Raúl Castro en 2018.
Sin embargo, además del reduccionismo exasperado que pretende convertir una necesaria actualización en un cambio del sistema económico, hay muchísimos fallos en el intento de análisis de Geeta Spolia.
Lo que más asombra es que la autora –una académica de una sociedad postcolonial como la India- hablaba de la pobreza de la Islay -sin la mínima originalidad analítica- la atribuía por supuesto al socialismo, un ideal anacrónico y rígido, renunciando así a cualquier tipo de contextualización histórica y geopolítica, como cuatro siglos de colonización española, medio siglo de protectorado norteamericano y 54 años de intentos de destrucción económica y política por parte del gobierno de los Estados Unidos.
En ese sentido, para tratar evitar caer en el mismo reduccionismo que caracterizó su artículo, sería interesante saber cual tipo de análisis la autora ofrecería sobre la dinámica económica de su país, la India, que fue colonia británica durante siglos y se independizó en 1947 abrazando orgullosamente las recetas capitalistas occidentales y convirtiéndose en un fiel aliado del bloque occidental durante la guerra fría, con todas las innumerables ventajas económicas que eso implicaba.
Aunque hoy la India se encuentra en el tercer lugar en la lista de los países por PIB (a paridad de poder adquisitivo) tras Estados Unidos y China y se presenta al mundo como una futura potencia económica y política, hay que considerar también otros aspectos, como por ejemplo que la India tiene una tasa de mortalidad infantil del 46‰, que tiene una esperanza de vida al nacer de 67 años, una tasa de alfabetización del 66%, y un índice de desarrollo humano que la coloca en la posición número 136 (mientras que Cuba ocupa el lugar número 59).
Considerando todos estos datos y tratando de guardar un cierto nivel de coherencia analítica, si la actual pobreza de Cuba es consecuencia de 54 años de “fracasado proceso revolucionario socialista”, la India debería consecuentemente considerarse uno de los más emblemáticos paradigmas del fracaso de un capitalismo que en 66 años solo ha generado miseria, depauperación, y todo tipo de dualismo económico y social, alimentando una masa de centenares de millones de analfabetos, excluidos y olvidados.
La alternativa sería intentar contextualizar los problemas que sufrieron todas las sociedades que se liberaron de siglos de dominación europea y, sin caer por supuesto en un rígido determinismo histórico, tratar de analizar la realidad de cada país como inevitablemente condicionada por largos procesos de dependencia que no se pueden reducir a poco más de cincuenta años.
Claramente, no hace falta viajar tan lejos, hasta la inmensa India, para entender el doble rasero del llamado análisis de Geeta Spolia. En todo el entorno caribeño y centroamericano existen ejemplos de países mucho más pobres que Cuba, países que padecen la auténtica miseria, que han abrazado, más o menos espontáneamente, la camisa de fuerza dorada del neoliberalismo y que han obtenido dramáticos fracasos económicos, sociales y humanos. Por cierto, en estos casos, la culpa nunca se le atribuye al sistema económico y político vigente, y se tratan de encontrar improbables y ridículas explicaciones como la corrupción, la cultura no apta al desarrollo o varias contingencias endógenas poco favorables.
Queda evidente que un análisis sistémico mejor construido no serviría para publicar un artículo más sobre Cuba y su fracasado modelo, algo que parece haberse convertido en la moda periodística de hoy en día, incluso de los que en primera línea, como la autora, deberían haber vivido las trágicas consecuencias de siglos de dependencia militar, política, económica y cultural. 

Mi domingo arruinado por una cubana

Posted: 31 Dec 2013 05:11 AM PST

El intenso olor de pescado se expande para todo mi pequeño apartamento napolitano hasta llegar a mi cueva personal. Es la señal inequivocable, más poderosa que un cañonazo, que me comunica que el almuerzo del domingo está listo. Lo entiendo, lo sé, pero no me importa. Me faltan pocas páginas para terminar un incomprensible capítulo de teoría del comercio internacional y decido seguir para no perder el hilo de un confundido discurso que fatigo a comprender. Además es costumbre casi sagrada en mi familia que -a la hora de comer- tras la señal olfativa llegue también la última advertencia verbal. Así que me quedo leyendo unos dos minutos más. 

Llega la advertencia. Es mi madre que -con su voz de típica mujer veraz del sur de Italia- emana un grito amenazante que hace vibrar los vasos y me hace entender que mi llegada a la cocina no puede posponerse ni un segundo más. Cierro el libro, me levanto aún pensando en las últimas cosas que estaba leyendo -esa improbable amalgama de números, gráficos y palabras- y como una especie de muerto viviente, sin medir los pasos, me arrastro hacia la cocina y me siento a la mesa. Un plato de espaguetis me hace volver a la vida.

Comienza oficialmente el almuerzo dominical. Es un momento importante, el único almuerzo de la semana donde la familia no cuenta con ningún ausente. Hay que aprovecharlo. Pocos minutos, el tiempo de consumir un plato de pasta, y tendré que volver a tratar de imponer a mi cerebro símbolos que ni siquiera sé pronunciar.

Bajamos el volumen de la televisión, sin apagarla, queda ahí como cuarto miembro de la familia, quizás como reemplazo de mi hermano que se casó hace años. Empieza la conversación. Mi padre me pide más detalles sobre la prueba que sostuve el lunes pasado, las demandas que me hicieron y -como todos los padres que creen que su hijo es el más inteligente del mundo- me pregunta por qué razón esta vez no saqué un sobresaliente. Luego se habla del futuro próximo. Saben que estoy en otra asignatura económica y quieren entender por lo menos el título de lo que estoy estudiando. Trato de explicarles lo esencial, cuando llega una interrupción. El cuarto miembro de la familia nos impone su poderosa presencia. Mi madre afirma haber visto una bandera cubana en televisión, “igual a la que tengo en mi cuarto” (por si acaso existieran otras).

La conversación se acaba. Cuba tiene la precedencia sobre cualquier otra cosa, ellos lo saben, se han resignado a ese hijo medio loco, casi exaltado, y a sus ideas y perspectivas tan raras e inexplicables. Decreto el silencio absoluto en la cocina, subo el volumen al máximo, llega la decepción. Yoani Sánchez usurpa una vez más un espacio en el principal noticiero de mi país. Desde el fondo de mis vísceras llega un espontáneo y libertador “pal’carajo esa mujer”. Casi voy a apagar esa voz aburrida y repetitiva, para olvidarme de su existencia, al menos hoy, pero algo me detiene, es el bloguero que alberga en mí que se impone sobre el yo instintivo y grosero, y me obliga -casi como un sádico torturador- a escuchar palabras que me provocan todo tipo de reacción síquica y física, y despiertan antiguos lenguajes obscenos que había abandonado junto con mi adolescencia. 
El noticiero la presenta como “una ciudadana que lucha para obtener sus derechos, en un país donde tener derechos es un delito” y que “por escribir en su blog ha sido perseguida y encarcelada varias veces”. Objetivo último del servicio es promocionar su último libro en el que “denuncia al gobierno de Raúl Castro que obliga a su pueblo a vivir bajo la línea de pobreza” y “habla de los derechos humanos pisoteados”. 
La breve tortura termina, el cuarto miembro vuelve a callarse finalmente, y sobre la mesa baja el silencio. Farfullo algo entre yo y yo, pero no sé que estoy diciendo, a lo mejor coloco en orden alfabético las palabras más indecentes que mi italiano y mi napolitano me ofrecen. Mis padres, los dos juntos, casi temerosos por mi reacción, me preguntan cómo es posible que yo quiera irme a vivir en un país como éste. Otra vez la misma pregunta, siempre la misma, la de siempre, la que contesto desde hace años, vuelve a imponerse a mis orejas. Respiro. Respiro otra vez. Un respiro más. Trato de calmarme. Repito y mido en mi mente cada palabra que les voy a decir. No debo ser impetuoso, ni agresivo. Ellos no saben, no pueden saber. Trato de explicarles, con discursos casi simplistas, todo lo que sé de esta mujer y, casi como ejercicio de autocontrol, le impongo una sonrisa falsa a mi boca, una expresión que debería tranquilizar a mi miedosa familia. El clima no se aquieta. A todas mis argumentaciones ellos siguen respondiendo con un “¿entonces por qué la televisión dice eso?”, como si este cuarto miembro fuera dotado de inteligencia propia. Yo sigo. Ellos siguen. La tensión se levanta, ya no hablamos, gritamos. Yo sigo. Ellos siguen. Gritamos siempre más. Por fin me rindo, ellos no pueden entender y yo no tengo la fuerza para que entiendan. Vuelve a bajar el silencio. Me doy cuenta de que la comida ha terminado. Me levanto y voy a estudiar, más molesto que nunca con esa cubana que arruinó mi domingo.

¡Pioneros por la libertad: seremos Delta Force!

Posted: 31 Dec 2013 05:11 AM PST

Desde pequeños, a los niños cubanos se les enseñan determinados valores afines a los principios sobre los que se erige la sociedad cubana: amor a la Patria, antiimperialismo,  internacionalismo, solidaridad, humanidad, entre otros. A esos niños se les cuenta quienes eran los héroes de Cuba y de América, desde Martí hasta el Che, los que murieron sembrando las semillas para la construcción de un mundo más justo y libre. 
Pero, a pesar de esto, una de las argumentaciones más utilizadas por los “detractores o críticos” del proceso revolucionario cubano es el hecho de que, en las últimas cinco décadas, el gobierno cubano ha llevado adelante una gigantesca obra de adoctrinamiento que empieza desde la edad más temprana y continúa en todos los aspectos de la vida de los cubanos. Según esas personas, la enseñanza de los valores básicos de una sociedad se convierte en adoctrinamiento ya que, desde su perspectiva simplista de la realidad, se trata de ideas impuestas a través de un lavado de cerebro.

El argumento más utilizado por estas personas, para construir la imagen de una Cuba adoctrinada, es el ejemplo de los niños cubanos en las escuelas que cantan el himno nacional, acompañándolo con la famosa frase "¡Pioneros por el comunismo: seremos como el Che!"
A los niños occidentales, por supuesto, todo esto no les ocurre, no se les impone el estudio de la vida de falsos mitos y de sus obras, no se les impone la parcializada y aburrida visión de documentales que les explican los genocidios coloniales y las luchas independentistas. La industria cultural occidental está libre de visiones tan parcializadas. Esos niños crecen sin ser influenciados por semejantes atrocidades ideológicas, con una autónoma visión del mundo que les permite encontrar una clarísima línea de demarcación entre el bien y del mal. 
Esta visión dicotómica -niños adoctrinados y niños libres- choca, por cierto, con las experiencias de mi niñez. Yo fui uno de estos niños libres y podría escribir decenas de párrafos hablando del miedo al diverso que me enseñaron en mi escuela; podría solo citar, como ejemplo, ese indeterminado día del 1991 cuando yo, con solo siete años de edad, regresé a casa con lágrimas de terror porque la maestra nos había contado la horrible historia de un hombre malvado que vivía en Iraq y que quería bombardearnos y matarnos a todos. Pero quizás esta fue una excepción justificable con la incompetencia de esa precisa maestra  
Por eso, la que les voy a contar es un anécdota que probablemente habrán vivido la mayoría de los niños libres de mi generación.
Sinopsis tomada de la carátula de Delta Force
Imagínense que, gozando de mi profunda libertad occidental, cuando era niño mi película preferida, y la de todos mis amiguitos del barrio, era Delta Force, un filme americano-israelí de 1986, que nos cuenta la ola de democracia y de paz que los Estados Unidos trajeron al Líbano (Oriente Medio) y de su incesante lucha contra el terrorismo árabe-palestino. 
Los árabes -todos los árabes- son presentados con colores grises, sin escrúpulos, personas que odian la democracia, desprecian la vida y se deleitan en matar, riéndose en los cadáveres de las inocentes víctimas norteamericanas e israelíes. Pero, cuando la victoria parece imposible, finalmente llega la indetenible Delta Force, un equipo militar de expertos democratizadores que arreglan las cosas, liberan a los rehenes y restablecen el orden en la peligrosa Beirut. 
En mi mente está indisolublemente marcada la escena final: los sobrevivientes están en un avión, regresando a Estados Unidos, y se unen cantando el himno norteamericano, en homenaje a los que han caído en la lucha por la libertad y contra el terror, verdaderos héroes cuyos ejemplo y coraje  siempre acompañará e inspirará las futuras acciones de los hombres justos.
Mis amigos y yo pasábamos horas corriendo por las calles, con nuestras pistolas de juguete, divididos rígidamente en dos frentes distintos, los buenos y los malos. El guión ya estaba escrito: los que -contra su propia voluntad- tenían que jugar la parte mala, sabían que no podían sobrevivir frente a las más sofisticadas armas americanas y a los más altos valores que guiaban a los buenos, es decir, libertad, paz, democracia. Todos sabíamos desde el principio que el bien ganaría. El bien tenía que ganar.

Finalmente, tras destruir todas las células enemigas,
 el juego se acababa y todos regresábamos a nuestras casas con la convicción de haber construido un barrio -lo que entonces era nuestro mundo- más justo y seguro, protegido de las amenazas de los pérfidos y peligrosos árabes, enemigos de la humanidad.
¡Suerte que crecí en un país no adoctrinado que me permitió separar claramente el bien del mal!

Cuba, el ‘mundo’ y el futuro: ¿ideas novedosas o modernismo interio...

Posted: 31 Dec 2013 05:11 AM PST

Willy Brandt, Norte y Sur
Cada vez que se entabla un debate dinámico y dialéctico sobre la realidad cubana, a pesar de la peculiar posición política, se generan discusiones -más o menos animadas, dependiendo de los participantes- sobre lo que más haría falta en la Cuba de hoy, sobre los famosos cambios necesarios en los ámbitos cultural, jurídico, económico, político y social, entre otros.

En todas estas discusiones, no es rara la utilización a ultranza de palabras estereotipadas de uso común pero que llevan una poderosa y oculta carga ideológica, como moderno, retraso, mundo en funcionamiento, mundo desarrollado o mundo avanzado.

Mientras estos discursos son el fruto de los prosélitos de un cambio contrarrevolucionario en Cuba, es decir, de los que empujan para la construcción de una Cuba capitalista, globalizada y alineada a todos los estándares sociales, económicos y políticos anhelados por el vecino del Norte, no surge ningún problema explicativo. El sometimiento de dichas personas a los cánones ideológicos occidentales es algo que se sabe y que no necesita ni merece ser reiterado.

La cuestión más problemática surge en el momento en que estos términos y discursos son asumidos y llevados adelante por algunos miembros de la sociedad civil cubana. No es raro, en este sentido, que hoy día se oiga a un cubano -estudiante, trabajador, intelectual o bloguero- hablar de sus ideas y propuestas sobre recetas, modelos, ejemplosmodernidaddesarrollo, o sobre lo que Cuba debería hacer para entrar en el mundo moderno, para salir de su retraso.

Hay que aclarar que hoy en día, exceptuando a unos cuantos círculos liberales, en el ámbito de la teoría social es generalmente aceptada la diferencia conceptual entre las nociones de desarrollo y crecimiento. El primer término se refiere a algo cualitativo -social, político, demográfico, ecológico, institucional, entre otros- y el segundo a algo meramente cuantitativo, económico o monetario. Esto significa -por ejemplo- que el aumento de la riqueza macroeconómica de un país -como puede resultar de un indicador como el PIB per cápita- expresa seguramente un proceso de crecimiento, pero no implica necesariamente uno de desarrollo, que más bien se evalúa con índices como la mortalidad infantil o la alfabetización, entre muchísimos otros.
Por lo contrario, utilizando como sinónimos estos dos conceptos, estas personas respaldan una visión del mundo profundamente dicotómica que implica la representación de si mismo en términos del otro, del diverso, del que no se conforma con la normalidad. Lógica consecuencia de esta postura es que en un lado del mundo -donde ellos no viven y que asumen como ejemplo para Cuba- existen las sociedades avanzadas, desarrolladas, civilizadas, modernas. Por contraposición, al otro lado del mundo -en Cuba y en el tercer mundo en general- se encuentran, especularmente, las sociedades atrasadas, subdesarrolladas, incivilizadas, pobres, tradicionales. 
Además, y este es quizás el aspecto más relevante, el subdesarrollo, la pobreza o el retraso, parecen considerarse como una etapa temprana de un proceso evolutivo que, inevitablemente, tendrá que llevar a todo país, incluso Cuba, hacia el mundo moderno, la riqueza, el desarrollo, en una sola palabra, la modernidad. Así que, aun rechazando los paradigmas capitalistas y neoliberales para Cuba, los otros aspectos de las sociedades occidentales se convierten en metas imprescindibles, naturales.

Consciente o inconscientemente, estos individuos -aunque sea de manera bastante arcaica- enuncian -increíblemente, si se considera la perspectiva ideológica de base- todos los principios elementales de un conjunto de ideas que pertenecen a un corpus teórico generalmente conocido como ideología de la modernización

Todo esto, aunque pueda parecer tan contemporáneo y renovador a los ojos de sus seguidores, quienes -con las mejores intenciones- desean un futuro más próspero para su país, se encuentra exactamente en línea con una etapa teórica que comenzó en el siglo XIX y que hoy en día, a pesar de sufrir un completo descrédito en los ámbitos de la teoría social, sigue suscitando cierta atracción.

Por cierto, antes de poder evaluar determinados fenómenos cubanos sin caer en esta lógica dicotómica, se requiere por lo menos una aclaración más general sobre la evolución del pensamiento social que ha llevado a este punto. Y es a esta aclaración que será dedicada esta primera parte.
UNA DINÁMICA TEÓRICA ESTÁTICA
Herbert Spencer, uno de los primeros sociólogos modernos, en una época de explosión del llamado darwinismo social, en sus Principios de Sociología (1860-76), publicó una vasta antología formada por datos etnográficos de sociedades primitivasy encuestas sobre las sociedades civilizadas e individuó una inevitable trayectoria lineal, un proceso evolutivo -histórico, social y económico- que hubiera guiado a las sociedades humanas, desde la forma primitiva hacia la forma civilizada y moderna, el industrializado imperio colonial anglosajón.
Durante todo el resto del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, un período caracterizado por la lucha entre los grandes imperios coloniales -que finalmente llevó a las dos guerras mundiales- la teoría social siguió respaldando masivamente esta visión dualista del mundo para dar fuerza y justificación a conquistas y genocidios. Los teóricos de estas décadas son innumerables y todas sus ideas estaban dirigidas a ofrecer una contribución al desarrollo y una válida razón -incluso racial- para fortalecer la potencia colonial del propio Estado.
Para entender hasta qué punto -a pesar del vasto panorama cultural que caracterizó a la belle epoque- la teoría social de esta época se distinguió por una singular convergencia de opiniones sobre determinados temas, es significativo recordar el pensamiento crítico de la teoría francesa. Francia se encontraba debilitada económicamente, destruida militarmente tras la derrota contra Prusia (1871) y aislada políticamente por la diplomacia del canciller alemán Bismark. Así que, la teoría social francesa de esos años fue menos conforme a la de los otros países europeos y más atenta a la precaria situación que estaba viviendo Francia.
Vidal de la Blache y Elisée Reclus -los más importantes críticos de esta etapa- se caracterizaron por su visión menos anclada a la potencia del Estado y más atenta a los fenómenos humanos o económicos. Reclus hasta fue un anárquico y promotor de la Comuna de París. A pesar de esto, ambos se caracterizaron por respaldar abiertamente el colonialismo francés en África del Norte, no como lucha imperial o de conquista, más bien como una mission civilisatrice. Una forma distinta que no cambiaba por cierto la sustancia. Queda claro que para un africano no había diferencia alguna si un invasor lo conquistaba o lo civilizaba.

Tras el desastre humanitario de la Primera Guerra mundial, el presidente norteamericano Woodrow Wilson (1913-1921) se hizo promotor del pensamiento idealista que escondía -claramente- una extrema defensa del particularismo norteamericano: las potencias europeas, en su lucha colonial, habían llevado al mundo a una guerra catastrófica. Estados Unidos, ahora, debía convertirse en un modelo para el resto del mundo y "más democracias basadas en el modelo norteamericano hubiera habido en el mundo, más se hubiera difundido la ideología estadounidense. Un mundo dominado por esta ideología, hubiera sido la extrema defensa de los intereses vitales de Estados Unidos". 

La idea de Wilson de exportar el modelo americano llegaba, por cierto, demasiado pronto respeto a la situación política de la época y el desarrollo de los fascismos en Europa con fuertes ambiciones imperiales, las nuevas luchas coloniales y el consecuente fracaso de la Sociedad de las Naciones, aplicación práctica de la idea wilsoniana, condujeron -inevitablemente- a la Segunda Guerra mundial.  

En la década de los años cincuenta del siglo XX, en plena guerra fría y, sobre todo, en pleno proceso de descolonización, estas teorías fueron reinventadas para las nuevas finalidades y se desarrolló oficialmente la ideología de la modernización como parte de la política occidental para atraer en el bloque político del primer mundo -liderado por los Estados Unidos- a todos los países de nueva independencia, para así evitar indeseadas orientaciones en el segundo mundo -liderado por la Unión Soviética- o convergencias tercermundistas, justo mientras concluía la Conferencia de Bandung (1955).
El economista y político norteamericano, Walt Whitman Rostow, habló de una trayectoria lineal hacia la modernidad que todos los países del mundo, tarde o temprano, habrían puesto inevitablemente en marcha con la ayuda paternalista de los países modernos y desarrollados. Un único proceso de desarrollo era posible y justo, el proceso occidental, y cuanto antes un país subdesarrollado decidiera subir al tren de la modernidad, más temprano podría beneficiarse de los frutos del mundo moderno.
El economista y premio Nobel de origen indiano, William Arthur Lewis, otorgó una aplicación práctica a este criterio, inventando el concepto de industrialización por invitación: los países subdesarrollados, para poner en marcha un proceso de desarrollo hacia la modernidad hubieran necesitado atraer capitales extranjeros para que estos -como una bola de nieve que cae desde una montaña- generarían fuerzas independientes que llevarían hacia la sociedad avanzada. No hace falta explicar las trágicas consecuencias de la implementación de políticas como estas durante todo el siglo XX, bajo la fuerte promoción del Fundo Monetario Internacional y del Banco Mundial.
Entre 1989 y 1991 el mundo cambió profundamente. El presidente Bush (padre) declaró velozmente el Nuevo Orden Mundial, caracterizado por el liderazgo de los Estados Unidos, única superpotencia existente. La caída del muro del Berlín, el colapso de todos los países socialistas de Europa Oriental y, finalmente, el derrumbe de la Unión Soviética, dieron una sensación de extrema potencia a los teóricos liberales de la ideología de la modernización. El capitalismo y el libre mercado habían ganado contra el llamado socialismo real y las economías planificadas.
Si la ideología de la modernización había nacido sustancialmente en época colonial para dar una visión de superioridad histórica a los imperios de entonces, había sido estudiada formalmente en la etapa bipolar para atraer a los países subdesarrollados en el campo del primer mundo, ahora el optimismo extremo llevaba estos teóricos al triunfalismo total. Ya no era una cuestión de elección, de ofrecer a los países pobres un camino para desarrollarse. Más bien era la afirmación absoluta de que el modelo de Occidente no era solamente el único camino posible, sino el punto de llegada de un proceso indetenible.
Uno de los más conocidos teóricos de este Nuevo Orden Mundial fue Francis Fukuyama, quien en 1989 -aun antes de la caída del muro- publicó su análisis sobre el fin de la historia. El autor interpretó la victoria del bloque capitalista sobre el campo socialista como el fin de la historia, una etapa conclusiva en la cual todos los países podrían vivir pacíficamente y en prosperidad, guiados por los mismos valores, algo que se traduciría prácticamente en la implantación a nivel mundial de los valores de la cultura occidental, del American way of life, que eliminarían toda alternativa posible para la humanidad.
Las guerras genocidas de la OTANen los Balcanes y en Oriente Medio, y todos los regionalismos que se levantaron por el mundo tras la caída de la gestión bipolar, han -sin duda alguna- descreditado completamente este ingenuo optimismo y han puesto en evidencia la inmensa pluralidad cultural y humana de una población mundial que no puede -y no quiere- ser dominada por modelos culturales o políticos hegemónicos.
Por cierto, los modernistas no se detuvieron frente a tantas manifestaciones de pluralismo. Y así -ciento cincuenta años después de la idea de Spancer sobre sociedades primitivas y civilizadas- lista para justificar estas nuevas perspectivas, llegó la teoría del editorialista del New York Times, Thomas Friedman (1999), quizás a conclusión de un siglo y medio de dinámica teórica estática. Según el analista, la globalización habría creado una fractura entre el mundo veloz y el mundo lento, el de los países en retraso. La solución de este potencial conflicto ya no es la difusión de los valores culturales o políticos de Estados Unidos (como había afirmado diez años antes Fukuyama), sino exclusivamente económica. Es la paz capitalista: “cuando un País llega a un nivel de desarrollo económico en el que la clase media es suficientemente numerosa para suportar una red de McDonald’s, se convierte en País McDonald’s. Y los habitantes de los Países McDonald’s no hacen guerras: prefieren estar en cola para consumir una hamburguesa”.

CONCLUSIONES

Siguiendo esta impostación, a lo largo de un siglo y medio, han sido inventadas numerosas metáforas para seguir respaldando una visión dicotómica y simplista de un mundo dividido por una frontera invisible en dos partes completamente homogéneas o hasta para incluir en una sola palabra al otro, a todo lo que no es moderno.
Con el tiempo, los países del Oriente o del Sur han perdido todas las peculiaridades que los distinguen, todo carácter de diferenciación debido a absurdos intentos de encontrar la justificación teórica para la colonización, el aniquilamiento político o el control económico, y han sido catalogados como países que comparten una igual condición de miseria y retraso respeto al Occidente o al Norte desarrollado y próspero. Sociedades primitivas, subdesarrolladas, pobres, tradicionales, en retraso, del Sur o de Oriente, tantas formas para señalar a los que todavía no se han enterado de los innumerables beneficios que pueden esconderse tras una cola en un McDonald’s.

Etiquetas repetidas y reiteradas en todos los centros de poder -económicos, políticos, financieros- que finalmente, tras un proceso de interiorización, han sido asumidas como verdades indiscutibles sobre la interpretación del mundo, incluso -inevitablemente- por los mismos habitantes de los países del Tercer mundo quienes, bajo la ilusión del desarrollo económico, aceptan el modelo occidental como ejemplo para seguir, pretendiendo que su misma sociedad se conforme a lo que dice el Occidente. 

En este contexto, queda claro que el desafío para los cubanos es precisamente esto. Contrastar esta deculturación. Cuba tiene que perseguir un desarrollo económico y social que sea solo y exclusivamente cubano, con sus tiempos, con sus ideas, con sus planes. No se trata, por supuesto, de rechazar todo lo que llega de Occidente o de querer un proceso estático o de clausura. La respuesta al occidentalismo no puede ser el tribalismo exasperado. Es cuestión de elegir un camino, seguirlo y mejorarlo, evitando relaciones y comparaciones con modelos universales. Usando estas llaves de lectura, se podrían así interpretar y evaluar con la debida cautela determinados fenómenos de la contemporaneidad cubana sin asumir una antigua teoría -inconscientemente interiorizada- como una idea novedosa.

Bibliografía utilizada (títulos en italiano)
Grografía Política (Fare geografia politica, John Agnew)
Sociología general (Il mondo in questione, Paolo Jedlowski)
Geografía Económica (Geografia economica del sistema mondo, Alberto Vanolo)
Relaciones Internacionales (Manuale di politica internazionale, Mazzei, Marchetti, Petito)

Cuba: ¿«Estado sin derecho» o rehén de los poderosos?

Posted: 31 Dec 2013 05:10 AM PST

“Para las Naciones Unidas, el concepto de «Estado de derecho» ocupa un lugar central en el cometido de la Organización. Se refiere a un principio de gobierno según el cual todas las personas, instituciones y entidades, públicas y privadas, incluido el propio Estado, están sometidas a unas leyes que se promulgan públicamente, se hacen cumplir por igual y se aplican con independencia” Informe del Secretario General sobre el estado de derecho y la justicia de transición en las sociedades que sufren o han sufrido conflictos (S/2004/616)
Del general concepto de Estado de derecho -es decir, un estado que se rige por un sistemas de leyes escritas y en el quetoda acción está sujeta a una norma jurídica previamente aprobada- es posible derivar un principio básico y fundamental que rige el derecho penal de todos los países del mundo y que tiene una importancia tan reconocida que ha sido asumido también como principio de derecho penal internacional, es decir, el principio Nullum crimen, nulla poena sine praevia lege poenali, que se traduce como Ningún delito, ninguna pena sin ley previa. Esto significa que nadie puede ser juzgado por un crimen si cuando cumplió el delito no existía ya una ley escrita que explícitamente lo sancionaba.
Por supuesto, este principio puede ser leído también en una acepción -digamos- positiva, en el sentido de que cualquier acto o acción cometido en violación de una ley penal previamente escrita debe ser juzgado y castigado según las normas de dicha ley para que el Estado pueda finalmente ser considerado una comunidad de derecho. Nada más es que el principio de la Certeza del derecho, la inequívoca previsibilidad por el individuo de las consecuencias jurídicas de sus actos y de sus acciones.
Hechas estas aclaraciones -rudimentarias pero esenciales- y presentando brevemente algunos ejemplos concretos del actuar diario de determinados individuos, se intentará demostrar que en Cuba -en ciertas circunstancias- no existe, o por lo menos no se aplica, el principio de la Certeza del derecho -ya que hay ciudadanos que son, para usar un eufemismo, ‘más iguales’ que otros- y por ende se llegará a una conclusión que abre paso a dos alternativas, es decir, que en Cuba no existe un Estado de derecho, dado que en la Islase hace una evidente aplicación discrecional de la ley, beneficiando a determinadas categorías de ciudadanos, o que Cuba es una nación rehén de los poderosos.
Analicemos entonces dos delitos comunes, universalmente sancionados por todos los códigos penales del mundo, la evasión fiscal y la difamación, para enterarnos de la existencia de una discrecional aplicación de las normas jurídicas. 
LA EVASIÓN FISCAL
Artículo 344: “el que [...] tenga la obligación de registrar y ofrecer información relacionada con el cálculo, determinación o pago de impuestos [...] o cualquier otra obligación de carácter tributario, oculte, omita o altere la verdadera información, es sancionado con privación de libertad de uno a tres años o multa de trescientas a mil cuotas o ambas [...].
Recientemente, una ciudadana cubana hizo estas declaraciones:
“En la mañana propiamente dicha, puedo -por ejemplo- ganarme la vida escribiendo un artículo para algún medio de prensa internacional, dar clases de español, soy profesora de español para extranjeros de manera freelance e ilegal [...]. Durante catorce años, mi esposo tuvo una pequeña empresita ilegal de enseñar español y cultura cubana, dábamos tres horas de gramática en la mañana, tres horas de cultura, paseos por la ciudad, enseñar museos. [...] Cuando mi blog empieza a hacerse conocido, tenemos que cerrar la pequeña empresa porque la visibilidad hizo naufragar el proyecto económico familiar. Pero, afortunadamente, aparecieron otras cosas, como la posibilidad de publicar en periódicos de todas partes del mundo. Publico -por ejemplo- en El País, en El Comercio de Perú, en Foreign Policy, en The New York Time he publicado a veces, entonces esto me permite autonomía económica [...] Tengo libros publicados también”.
En cualquier otra parte del mundo -y quizás en Cuba también si se fuese tratado de otra persona- esta ciudadana ya habría sido procesada -o por lo menos indagada- por los delitos de actividad económica ilícita y evasión fiscal ya que confesó abiertamente ejercer actividades ilegales y trabajar para agencias de prensa internacionales, percibiendo un salario por el cual no paga impuestos al Estado cubano. Pero, como se trata de la famosa y mediática bloguera Yoani Sánchez, hay una evidente aplicación discrecional de la ley penal y la mujer es prácticamente dejada libre de violarla como y cuando quiera, y hasta de pavonearse de estas acciones, como si la evasión fiscal -un auténtico fraude al Estado- fuese un acto de coraje.
DIFAMACIÓN, CALUMNIA E INJURIA
Artículo 115: “el que difunda noticias falsas, con el propósito [...] de poner en peligro el prestigio o el crédito del Estado cubano o sus buenas relaciones con otro Estado, incurre en sanción de privación de libertad de uno a cuatro años”.
Artículo 144: “el que amenace, calumnie, difame, insulte, injurie o de cualquier modo ultraje u ofenda, de palabra o por escrito, en su dignidad o decoro a una autoridad, funcionario público, o a sus agentes o auxiliares, en ejercicio de sus funciones o en ocasión o con motivo de ellas, incurre en sanción de privación de libertad de tres meses a un año o multa de cien a trescientas cuotas o ambas. Si el hecho [...] se realiza respecto al Presidente del Consejo de Estado, al Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, a los miembros del Consejo de Estado o del Consejo de Ministros o a los Diputados a la Asamblea Nacional del Poder Popular, la sanción es de privación de libertad de uno a tres años”.
Recientemente, tras el fallecimiento del presidente venezolano Hugo Chávez, un ciudadano cubano -a través de un blog colectivo- afirmaba, en una escandalosa orgia de insultos y ofensas:
“Fidel Castro y Hugo Chávez, compartieron muchos secretos macabros; desde operaciones paramilitares -para sembrar el terror entre los venezolanos-, hasta el respaldo financiero a las narco guerrillas y el terrorismo internacional [...] La muerte de Chávez les ahorrará muchas lágrimas al pueblo de Venezuela, y a otros pueblos de América que tuvieron la desgracia de padecerlo […] pero eso no hace menos condenable el magnicidio. (...) Hugo Rafael, cometió un pecado de lesa autoridad que Fidel Castro no le perdonó jamás: Se autoproclamó Comandante de América. Y con toda la arrogancia que se agencian los hombres insignificantes que llegan al poder gracias a su extraordinaria falta de escrúpulos, hizo añicos la escasa popularidad que le quedaba al viejo hurón de la Sierra Maestra. [...] Fidel Castro es un cadáver, que espera que la generosidad de la vejez y la enfermedad lo libren de ser ajusticiado. [...] Su condición de hijo bastardo y su naturaleza perversa y retorcida le granjearon suficiente desprecio por parte de todos los que lo conocieron, como para estar preocupado por la forma en que los venezolanos lo recordarán. [...] Hugo Chávez está muerto. Murió lejos de su país; despreciando a los médicos venezolanos y burlando la confianza de los que creyeron en él. Su falta de inteligencia y su manía de grandeza lo cegaron, al extremo de confiarle su vida a uno de los más grandes asesinos en serie de la humanidad. Qué más da, las consecuencias que se deriven de este crimen. Hugo Chávez está muerto….y Fidel Castro, también”.
En cualquier otra parte del mundo -y quizás en Cuba también si se fuese tratado de otra persona- este ciudadano ya habría sido procesado -o por lo menos indagado- por el delito de desacato (vilipendio) contra un miembro de la Asamblea Nacionaldel Poder Popular (Parlamento) y -sobre todo- por intentar poner en peligro el prestigio o el crédito del Estado cubano o sus buenas relaciones con otro Estado al acusar a su propio gobierno ser el responsable de un magnicidio, es decir, del asesinato del presidente de otro país. Pero, como se trata de Ernesto Aquino, un autodenominado periodista de la llamada Agencia de Información Hablemos Press, todo esto se convierte en libertad de expresión con una consecuente aplicación discrecional de la ley penal cubana, que -evidentemente- otorga a determinados ciudadanos el libre derecho a la difamación, otra acción más que se presenta como acto de valentía.  
OTROS CASOS
Los casos de violaciones de normas del derecho común que quedan impunes son innumerables cuando se trata de Cuba. Sería útil, por ejemplo, averiguar las declaraciones de personas como Berta Soler y Rosa María Payá. La primera ha acusado públicamente al gobierno cubano de ser el responsable de la muerte de tres ciudadanos cubanos, es decir, Laura Pollán (causas naturales), Oswaldo Payá y Harold Cepero (accidente automovilístico) y la segunda ha difundido en varios organismos internacionales pruebas evidentemente falsas sobre una supuesta participación del gobierno cubano en el accidente de tránsito en el que fallecieron Payá y Cepero.
CONCLUSIONES
Sin embargo, de esta breve disertación, se han eliminado deliberadamente los delitos que pueden tener un corte -digamos- ‘político’, como recibir dinero de un gobierno extranjero con el fin de perjudicar los intereses vitales del Estado cubano o colaborar con una potencia extranjera y enemiga con el fin de derrocar el sistema económico, político y social vigente en la Isla, algo que es sancionado en Cuba como -o tal vez menos que- en otros países del mundo.
De todo esto, como afirmado al principio, se pueden sacar principalmente dos conclusiones lógicas alternativas. La primera es que en Cuba no existe un «Estado de derecho», ya que algunos de sus ciudadanos tienen el privilegio de violar impunemente las normas penales, el auténtico derecho de vivir por encima de las leyes, declararlo públicamente y hasta ser convertidos en ídolos por su actuación. O, en alternativa, se trataría de justificar todo esto con la tesis de que Cuba está bajo la atención mediática de la prensa internacional, que los poderosos del mundo usarían una eventual sanción contra estas personas para seguir atacando a la Revolución y aislando a Cuba del concierto de las naciones, y otras motivaciones todas muy válidas pero que no eliminarían el aspecto principal de la cuestión, es decir, en un caso como en el otro Cuba sale vencida frente al mundo. 
 
Hasta que personas de la talla de Yoani Sánchez, Ernesto Aquino, Berta Soler y Rosa María Payá, entre otras, sigan guardando este considerable privilegio de vivir en un escalón superior respeto a la ciudadanía de la Isla, Cuba tendrá que convivir con uno de estos dos epítetos. Ahora se trata de elegir el mal menor para la mayor de las Antillas: ser un Estado sin derecho o ser una Nación rehén de la comunidad internacional. 
 
Se puede hacer esta bárbara elección o, tal vez, se puede esperar que la ciudadanía honrada de la Isla respalde y, sobre todo, exija una tercera alternativa, quizás la más atrevida, es decir, la aplicación objetiva de las leyes, para que las normas cumplan sus trayectorias y sus violadores sean castigados como establecido. No se trata de ideas políticas. No se trata de llamada 'disidencia'. No es respeto al pensamiento ajeno. Es ley, cierta, escrita y establecida, y por tanto tiene que ser respetada y cada ciudadano debería indignarse frente a tanta arbitrariedad. 

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