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Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

En busca de Capablanca* (inédito) Eliseo Alberto

Este texto sobre el legendario ajedrecista forma parte de un libro que será publicado por la editorial Cal y Arena; en él también se aborda la vida de otros dos cubanos que alcanzaron la cima en sus especialidades: el esgrimista Ramón Font, multicampeón olímpico, y Eligio Sardiñas Kid Chocolate, monarca mundial de box de peso pluma.

 

Yo fui a Moscú en el verano de 1984 porque sabía que uno de sus 7 millones de habitantes era un anciano de nombre Igor Krúgov, bailarín y coreógrafo, que había nacido con el siglo XX y si aún estaba en este mundo, como me aseguró un funcionario confiable de la embajada soviética en La Habana, debía ser considerado un gato. Sólo un animal de nueve vidas pudo haber resistido con 13 años las hambrunas de la Primera Guerra Mundial y con 17 los cañonazos de la Revolución de Octubre. Iba a cumplir 24 cuando Boris Borodiuk, pianista acompañante del Teatro Bolshoi, su primer gran amor de hombre, le dio llorando la noticia de que Vladimir I. Lenin había dejado de existir en la aldea de Gorki. Por si fuese poco, ya pasaba de 35 años cuando Stalin ordenó la Gran Purga que llevaría a las cárceles o al patíbulo a miles de camaradas y sumaba 41 la noche que Adolf Hitler dio el banderillazo para que 4 millones 500 mil soldados alemanes, cinco mil tanques y cuatro mil aviones acabaran para siempre con el comunismo. Si no murió en cualquiera de esas hecatombes, estuvo a punto de hacerlo de inanición en las largas noches de un Moscú sin panes o de frío durante la batalla de San Petersburgo o de soledad a pocos días de cumplir 50, en las minas de oro de Magadan, campo de concentración en el extremo oriental de la Siberia, a donde lo deportaron porque llevaba la mitad de su existencia amando al virtuoso Boris Borodiuk en la misma habitación de sus lejanas juventudes, quinto piso sin ascensor, allá en un pequeñísimo cuarto de un palacete en bancarrota; estaba celebrando con tres camaradas de cautiverio su cumpleaños número 54, alrededor de una fogata, veinte grados bajo cero, cuando clausuraron el gulag sin ofrecerle disculpas, diez meses después de que, una mañana de marzo de 1953, la Unión Soviética se paralizó en seco para llorar la muerte del camarada Stalin, el hombre de acero.
Igor Krúgov consumió su penúltima vida de gato la mañana que pisó la estación de trenes de Moscú. Había vuelto a casa. Su esqueleto subió cojeando los cinco pisos, escalón tras escalón, ciento sesenta peldaños hasta el único escondite donde se atrevería a llorar. Llegaba viudo. A Boris se le habían roto los pulmones durante el invierno de 1952: llevaba cien horas congelado cuando un vecino reportó su extraño silencio a las autoridades. Ya nadie tocaría en ese piano vertical las mazurcas de Alexander Scriabin. ¿Y quién tomaría el té con Igor en la cocina, el rincón más íntimo de la buhardilla? Doce metros cuadrados sin baño propio, sin calefacción, sin ventanas exteriores, sin otro paisaje a la vista que no fuese el desierto del techo. Un techo de cal que tenía este escudo de familia en cada esquina: el bajorrelieve de dos águilas mordiendo un pato por el cuello, entre ramos de uvas moradas. En la pared de la sala, un cartel reproducía la imagen de un rey negro de madera semihundido en la blanquísima nieve. A pesar del tiempo transcurrido, la roja tipografía del afiche aún anunciaba a quien lo leyese que un domingo de junio de 1926 se estrenaría la película Fiebre de ajedrez, del director Vsevolod Pudovkin, con la actuación especial de una estrella que había llegado a Rusia para disputar el torneo de ajedrez más fuerte de la historia: el diplomático cubano y campeón mundial José Raúl Capablanca, también experto en bridge, póquer y blackjack, mago en el billar, con suerte para apostar en la ruleta de la fortuna, tirar los dados, conquistar mujeres y buscarse enemigos entre hombres casados. Un jugador, un príncipe.
—El único príncipe de carne y hueso que he conocido —me dijo Igor Krúgov la tarde que por fin lo encontré en un campo deportivo a orillas del río Neva. Nos entendimos gracias a Anna, mi joven intérprete e hispanista moscovita.
—Pretendo escribir sobre el torneo de ajedrez de 19251 —le dije.
Igor masculló nombres:
—Lasker, Torre, Zhenevsky, Pudovkin, Capablanca... ¡Pobrecita Galina Rubleva! ¿Quién te habló de mí? ¿Cómo diste conmigo?

Quince días atrás, durante mis pesquisas en la capital rusa, el cronista oficial del Teatro Bolshoi me había dicho que “al vital” Igor Krúgov lo habían contratado como maître en una academia de danza en Smolensk, pero en Smolensk me aseguraron que no, que “el viejo” había subido hasta Vólogda donde colaboraba en la restauración de un monasterio, y en Vólogda supe que sí, en efecto, pasó tres semanas en la abadía de San Isidro, ayudando en la ceremonia de la peregrinación, “algo complicada por la estrechez de los puentes medievales; concluido el desfile patronal, siguió camino a Leningrado, 600 kilómetros más al norte”, me confirmó un seminarista georgiano. En el antiguo San Petersburgo corría el verano más verano que me ha tocado disfrutar: me sentí abeja del Báltico. Anna me dijo que yo era un habanero muy cursi.
Aquel viernes de junio de 1984, al mediodía, Igor Krúgov estaba en una canasta de aluminio suspendida de una grúa, a seis metros de altura sobre la pista de atletismo. Megáfono en mano, impartía órdenes a los quinientos atletas que se encaramaban unos sobre otros en temblorosa pirámide humana. La tabla gimnástica debía conmemorar no recuerdo qué aniversario de quién sabe cuál sindicato y esa mañana de sol trabajaban a paso doble, contra reloj. Tampoco recuerdo cómo Anna se las arregló para hacerle llegar hasta la cestilla una tarjeta donde le solicitaba una entrevista personal, en mi nombre. Lo esperaríamos en la oficina de la dirección.
El veterano coreógrafo me regaló media hora de su almuerzo. Nos veríamos en una segunda ocasión, en su buhardilla moscovita, justo a la llegada del otoño, y entonces lograría conocer casi todos los episodios furtivos de su vida, incluido el romance con Boris Borodiuk y su presidio en el campo de Magadan, donde se rompió el tobillo. Nos bebimos dos termos de té —tan urgente era su necesidad de contar secretos y tan incitante mi interés por escucharlos. Eso sería a veinticuatro horas de mi regreso a La Habana, después de que casi me expulsaran de la Unión Soviética con el honroso diploma de “indeseable”. En nuestro primer encuentro, en Leningrado, no lo sentí entrar en el despacho: quizás fuese porque yo estaba embelezado con el paisaje del río Neva que se alcanzaba a ver desde el ventanal de la oficina o tal vez que, como Igor calzaba zapatillas de Aladino y cojeaba con flexibilidad de duende, parecía gravitar a un centímetro del suelo. Llevaba boina verde sin insignias, pantalón vaquero sujeto con tirantes, camisa beige de mangas largas y un pañuelo de lunares anudado en el cuello, al estilo de los cowboys de Hollywood. En el bolsillo izquierdo alguien había bordado con hijos azules una doble capitular: BB. Por la pomposa caligrafía pensé que quería decir Ballet Bolshoi, en alfabeto romano (no cirílico). Al comprobar que le tembló el mentón cuando mencionó al vuelo el nombre de su amante, y verlo proteger el monograma en el hueco de su mano derecha, cruzada al pecho, supe que había leído mal las iniciales: BB era lo único palpable que quedaba de Boris Borodiuk.
—Capablanca se hospedaba en el Hotel Metropolitan, a pocos metros de nuestro teatro. Una mañana, temprano, irrumpió como relámpago en un ensayo de Cascanueces y preguntó por Galina Rubleva, talentosa solista de la compañía: le traía una carta de su hermano Iván, violinista. Fue un acto de magia colectiva: todas las muchachitas enloquecieron con él –me dijo Igor y le sacó chispas a sus pupilas azules cuando añadió en susurro cómplice una frase muy larga que Anna compactó en una de cuatro palabras en castellano, directa al corazón: —Y los varones también.
—Sí, eso dijo: “Y los varones también” —ratificó la sonriente hispanista.
Igor ahora le hablaba a sus dedos, que toqueteaban el aire:
—¡Qué bello era, Dios mío, más bello que Ramón Novarro, más bello que el suave Valentino! ¡Oh! ¡Bendito sea!... —. Igor tenía una voz gruesa, de barítono jubilado, que contrastaba con su aún esbelta figura. Movía las manos: llevaba sortija de ámbar en el anular derecho, el de las alianzas eternas.
—A eso viene Eliseo: a que le cuentes si su paisano dejó alguna huella entre nosotros –dijo Anna.
—¡Cómo olvidarlo!
Igor se dejó llevar y traer por el pleamar de la memoria, como si buscara en sus recuerdos marchitos una imagen que me presentara de cuerpo entero a José Raúl Capablanca, tal cual él lo recordaba cada noche de tentación: apetecible, exótico, viril, resucitado. La encontró detrás de sus miedos.
—¡Si tú lo hubieras visto bajar una escalera! –dijo Igor. Sin preparación alguna, hizo un giro clásico, lento, bien ejecutado, y quedó de frente al ventanal de cristales. Aplaudía. Solo. A los abedules. Al río Neva. Al Báltico. A Dios. Entonces escuché una ensordecedora ovación. En las huesudas manos del bailarín aplaudían otras cien manos en Sao Paulo. Brasil. 1927...


Capablanca con su padre, ca. 1900; abajo, en 1935
Capablanca con su padre, ca. 1900; abajo, en 1935

Capablanca baja la escalera lentamente, deslizado, sin sujetarse a la balaustrada. El aplauso solitario de una admiradora comienza a acompañarlo, paso a paso, y pronto es imitado por otras devotas excitadas hasta que se suman al palmoteo los camareros, los músicos del cuarteto de cuerdas, los controladores de las ruletas, los tahúres y, uno a uno, todos los pasajeros y comensales que esa noche se han dado cita en el restaurante-casino del Western World, anclado desde tres jornadas atrás en la bahía de Sao Paulo. PTH, el Capitán del buque, viejo lobo de mar y aficionado al ajedrez, se pone en pie y anuncia con voz de vigía desde el Palo Mayor: “¡Campeón a la vista!”
Capablanca se detiene en el descanso intermedio y saluda. Esa noche cenará con alguno de los nuevos amigos que ha hecho durante el viaje marítimo desde Nueva York; tal vez se siente a la mesa del Sr. y la Sra. W, quienes desde el desayuno celebran diez años de matrimonio, dispuestos a agotar las reservas de champaña de Brasil, o quizás se decida por la melancólica compañía de Madame CH, viuda joven, y su pretendiente tenaz, un coronel de caballería con cara de cosaco que ha retado a Capablanca a disputar una partida de ajedrez. El cubano sopesa las utilidades e inconvenientes del desafío: de ninguna manera quiere de enemigo al militar y sabe que un hombre tan prepotente lo odiará sin consuelo cuando lo desplume en buena lid, ante testigos. Ese juego podría propiciar un espeso rencor y, en un santiamén, la cancelación definitiva de sus planes: llevarse a la viuda joven a su camarote. A la cama. Ha reservado para ella la media mañana del siguiente día, cuando los pasajeros varones bajen a tierra para caer en cuanta provocación les tienda la pecaminosa Sao Paulo y las damas se queden tejiendo bufandas y más bufandas bajo las sombrillas de popa. En los últimos días se ha repetido la misma variante, “con enroque largo y sacrificio de dama en los establos del caballo real”, como dijo el Capitán, encubridor de aquellas travesuras y aventuras eróticas. Faltan a lo sumo cuarenta y ocho horas para elevar anclas y cinco amaneceres para desembarcar en Argentina. Dos señoras, una baronesa belga y una condesa rumana, ya se han dejado robar por el campeón cubano sin pedir a cambio otra cosa que no fuese un buen recuerdo, una ilusión oculta en el pecho más unos cincuenta minutos de sexo salvaje para compensar tantos años de insoportable armonía matrimonial. El paseo de los hombres por los callejones del puerto suele prolongarse hasta sobrepasado el mediodía, así que hay poco margen de error: algunos incluso siguen la parranda en bares y prostíbulos, pero a Capablanca le basta y le sobra con una pequeña ventaja y jamás se confía en esas probables distracciones. Entretanto, consuela a las tejedoras de bufandas. Las vivifica. Las posee sin descanso hasta que escucha los dos silbatos cortos y un tercero arrastradito con que el Capitán le avisa desde el Puesto de Mando que ya regresan los palomos en las barcazas. Es una clave secreta que sólo ellos son capaces de decodificar. El campeón tiene veinte minutos para restablecer el orden. Madame CH, la viudita, regresa a tejer su bufanda y él finge que estudia la Variante de Cambio de la Apertura Ruy López en un pequeño tablero de ajedrez, blanco y verde, allá en un rincón del Western World.
—Hola, campeón...
—Hola, coronel.
—Entonces, ¿acepta jugar conmigo? Una vez, en Viena, le hice tablas al gran Akiba Rubinstein... Un Gambito de Rey.
—Buen hombre, el maestro Rubinstein. Me ganó en San Sebastián. Un jugador muy fuerte, de temer —dice Capablanca y con un gesto caballeroso lo invita a jugar. –Ya nada impide nuestro duelo, coronel... Que gane el mejor.
El mejor, sin duda, es el cubano. A los cuatro años de edad, antes de aprender a leer, domina las reglas del ajedrez y vence repetidamente a su padre, un militar de carrera. En 1900, con once, gana el Campeonato Nacional de Cuba al derrotar a Juan Corzo, un español muy habanero que, cosa rara, sabe perder porque piensa que el ajedrez no es más que un juego de mesa donde la mala suerte incide mucho más que la buena —o dicho de otra manera, nuestra jugada maestra sería lograr que el rival haga un movimiento en falso para entrar a matar con la espada. Corzo, entonces, es un maestro de la emboscada, de la zancadilla, un salteador de caminos. Un trampero profesional. Confía en la paciencia. Enmascara sus trampas bajo el humano disfraz del error. Cría señuelos con sus peones. Prepara sus carnazas, envenenando alfiles. Para Corzo, toda Reina es Juana de Arco. Una tras una, el niño Capablanca escapa ileso de cada celada y acaba avasallándolo para satisfacción del experto cazador; él sabe que, con su descalabro, se ha ganado un puesto eterno en la galería de reyes decimonónicos destronados por la imperiosa juventud del siglo XX, el de la velocidad, el de la electricidad.

 

Eliseo Alberto

 

*Título de la Redacción
1 El Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficas (ICAIC) había aceptado mi propuesta de coproducir con la cinematografía soviética un largometraje de ficción sobre la participación de José Raúl Capablanca en el Torneo de Moscú de 1925, el peor de su carrera deportiva. Para el trabajo de guión viajé a la capital rusa en el verano de 1984. Tres meses después me excluyeron del proyecto y el guión lo terminó y lo filmó su director y amigo Manuel Herrera.

 

Fuente Milenio Tampico http://impreso.milenio.com/node/9004556

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