Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

¡EL PRECIO ESTÁ PAGADO! por Alejandro Vilela


Agradezco a los amables lectores que se interesaron por la ausencia en Primicias de mis trabajos periodísticos.
Reproduzco a continuación un artículo publicado en 1994 en la revista
Contrapunto, Miami. Consigno que el mes pasado cumplí 49 años de haber salido de
Cuba como exiliado político voluntario.

Para negarle todo logro al gobierno de Cuba es frecuente escuchar el argumento de que el pueblo cubano ha
pagado un preciso excesivo, demasiado alto, por la erradicación del
analfabetismo y también la muerte infantil a causa de enfermedades que son
mortales únicamente cuando no hay asistencia médica, como sucede en decenas de
países de los cinco continentes. También el precio ha sido demasiado alto, se
arguye, para obtener que el hijo de un campesino del paraje más recóndito o de
un obrero humilde tenga acceso a la alta docencia si lo acompañan talento y
vocación, así como para que el más avanzado tratamiento en un hospital no sea
privilegio exclusivo de quienes puedan pagarlo.

Nada de eso tiene la menor importancia porque el precio pagado ha sido exorbitante y porque los
dirigentes de la Revolución lo han hecho por egolatría, por perpetuarse en el
poder y no por principios de justicia social, sostienen los más
recalcitrantes.

Recordaba tales argumentos mientras que en ocasión de mi viaje a Cuba para asistir (1994)) a la “Conferencia la Nación y la Emigración”,
caminaba por la calle 23 del Vedado, en La Habana, la cual recorrí SOLO en casi
toda su extensión. Era muy temprano en la mañana y quise ver la actividad
ciudadana a esa hora y en arteria tan concurrida, bajo el actual período
especial. La experiencia me ha enseñado a detectar la miseria de un pueblo en
pies descalzos. Por esos caminaba y caminaba mirando los pies de todo el mundo,
sin que por ello extraviara la visión de cientos de bicicletas en movimiento, de
esquinas repletas de público en espera de un ómnibus, de ómnibus reventando de
gente, como ocurría en mi adolescencia con las rutas 9,28, 32 (La Playa) tantas
otras. ¡Quines viajaron en ellas no lo han olvidado!

En kilómetros recorridos no vi un solo pie descalzo. Por el contrario, me llamó la atención
ver a jovencitas estudiantes con zapatos de tenis bajitos y cordones de colores
diferentes en cada uno. Aprendería más tarde que está de moda hacerlo en varios
países. Tampoco vi pordioseros.

Otras cosas captaron mi atención: a) Los ómnibus de transporte público iban abarrotados, pero no así los ómnibus de
escolares; los niños iban sentados en todos los que vi, ninguno de pie; b)
Observé a militares de graduación diferente pedaleando sus bicicletas con sumo
vigor; c) Vi vehículos oficiales detenerse en las esquinas más congestionadas
para recoger pasaje; y d) Nadie, absolutamente nadie, me dedicó un sola mirada
de curiosidad, lo cual me hizo sentir muy bien.

En el antiguo colegio Trelles, decenas de niños jugaban alegremente en el patio de entrada esperando
el comienzo de la docencia. No sé si esto que voy a decir aplica a todos los
niños escolares cubanos, pero los que vi, niños y niñas, vestían uniforme de
pantalón o saya vino y camisa o blusa blanca y muchos llevaban una
mochila.

Me senté discretamente en un banco del parque Mariana Grajales (madre del Lugarteniente General Antonio Maceo y Grajales, frente al antiguo
Instituto del Vedado) para enfriar los pies, atraído por escolares de primaria
que ya a esa hora temprana se ejercitaban en distintas disciplinas deportivas,
lo hacían bajo la dirección de varias maestras. Lamenté no haber llevado mi
camarita para obtener un magnífico reportaje gráfico. Niños y niñas competían en
carreras y salto largo. Gritaban, reían y discutían como los niños de cualquier
parte del mundo en que el hábitat natural de TODOS sea también la escuela y no
la calle. Las maestras anotaban las distancias en los saltos y el tiempo en las
carreras. No hay ningún misterio en el sitial que ocupa Cuba en el atletismo
mundial.

Qué distintas y ajenas estas imágenes de esperanza al odio de la intolerancia y al egoísmo de la ambición, que siempre las negarán. ¿Cómo puede
el mismo mundo ser tan diferente a pocas millas de distancia? Si verse pudieran,
tal vez estas imágenes ablandarían más de un corazón de piedra, que ha olvidado
que la moral se fundamenta también en la compasión. Pero nunca trascienden en
las pantallas de televisión de Miami o de cualquier otra parte del mundo. Las
cámaras muestran únicamente su avidez por las feas y despintadas fachadas, por
los edificios apuntalados, por neveras vacías, por apagones y por las “colas”
numerosas, es decir, por los rostros de la crisis económica, real y profunda,
que afrontan nuestros hermanos de la Isla. No existe aún la cámara que retrate
la dignidad, el orgullo y la esperanza.

Sentado por largo rato en el banco del parque Mariana Grajales, donde patiné de niño en más de una ocasión,
volví a reflexionar sobre el precio que ha debido pagar el pueblo cubano, ¡yo
mismo!, por las innegables conquistas de justicia social de la Revolución, y que
para muchos es exagerado y no se justifica. Pensé en otros países y en sus
pueblos, en la miseria estructural y no coyuntural que padecen, en la
desesperanza inmutable, a pesar y todo de años de vigencia democrática. Me
afligió el pensamiento.

Como otros quisiera también que la persuasión fuera capaz de convencer al egoísmo que el bienestar social debe ser patrimonio
de todos y no de una minoría privilegiada en control de la riqueza. Pensé que el
hombre debe ser fin y no medio del hecho económico, y en la inmoralidad y
estupidez que supone, en el umbral mismo del siglo 21, que los economistas
liberales y neoliberales digan que la justicia social es un “elefante blanco”,
una utopía irrealizable, sin detenerse a medir la promoción de violencia
revolucionaria implícita en semejante credo. La codicia es el principal agente
de ruina social y desestabilización política en todo orden social.

Cómo no desear también que la libertad del hombre y la justicia social sean hermanos
solidarios y no los enemigos mortales que han sido a través e la historia.
Contemplando a los niños cubanos correr, gritar, saltar y reír, libres de todo
odio e inocentes de toda culpa, quise pensar que a lo mejor estaba en presencia
de una gran simbiosis futura que liquide para siempre, ¡por lo menos en Cuba!,
la trágica dicotomía social. Imaginé entonces a la democracia realmente
existente como impúdica Torre de Babel, que reúne a parlamentarios de10, 20 o
más partidos diferentes a hablar en distintos idiomas, a discutir eternamente
sin jamás entenderse. Miles de niños mueren sin remedio de muertes remediables
en el tiempo que dura cada sesión parlamentaria.

Son estas fragmentaciones políticas, divisiones cada vez más acentuadas, las que niegan
el tránsito democrático y en libertad hacia la justicia social. La riqueza y la
pobreza no hablan el mismo idioma, y la primera se resise a entender socialmente
a la segunda. Sin embargo, la ininteligible vocinglería parlamentaria sirve para
garantizar el statu quo al tiempo que hacer ver que todo el pueblo está
debidamente representado, también la pobreza. Pero si la pobreza tuviera
representación parlamentaria, sería mayoría absoluta en todas las asambleas
“democráticas” del mundo. Se trata de un estancamiento socio-democrático
genialmente concebido y estructurado. No pasa de ser una catarsis, un espejismo
anestésico.

Esta praxis del egoísmo humano es la que explica que desafortunadamente, las grandes reformas estructurales de la historia nunca
hayan sido parlamentarias y que millones de hombres y mujeres hayan tenido que
pagar PRECIOS MUY ALTOS por cada nueva conquista social.

Los niños animan el pensamiento. Quizá sucede así porque uno se estruja inconscientemente la
sesera para buscarle respuesta a los problemas que agobian a la inocencia.
Viendo a los parvulitos del parque Mariana Grajales saltar y correr se me
ocurrió una idea que pueda talvez demostrarle a la intransigencia de buena fe
que ya no se justifica su argumentación sobre el injustificable precio pagado
por el pueblo cubano por la justicia social. El precio, señores, más allá de los
costos humanos, siempre tan dolorosos, ¡YA ESTÁ PAGADO! Ningún factor de la
realidad humana podría modificar jamás esta irreversible condición. Aunque no se
justifique, aunque no haya sido la justicia sino la egolatría o la ambición de
poder quien lo haya impuesto, según el decir recalcitrante, lo único cierto,
valedero y real es que ya el precio está pagado, y que no hay forma humana de
dar marcha atrás al tiempo; de volver a escribir una historia escrita
ya.

¿Por qué entonces, en puridad de lógica, justicia y decencia colocar al pueblo cubano ante la eventualidad de tener que pagar OTRO ALTÍSIMO PRECIO si
triunfaran en Cuba el neoliberalismo económico y la Torre de Babel democrática?
¿Por qué imponerle también al pueblo cubano en el mañana, como ocurre hoy en
Rusia, la aflicción de observar con impotencia cómo se pudren a la intemperie
los cadáveres de sus seres más queridos porque no hay dinero para enterrarlos y
se acabó el subsidio gubernamental para los entierros? ¿HABÍA QUE PRIVATIZAR LA
MUERTE?
El cubano ha pagado un precio altísimo por el socialismo y ahora el capitalismo desearía quitarle lo adquirido con tal alto rédito y obligarlo a
pagar OTRO ALTÍSIMO PRECIO sin ninguna solución de continuidad... ¿Por qué
sencillamente no lo dejamos en paz y sólo ayudamos a que salga de su actual
crisis económica? Un solo precio es suficiente y ¡YA ESTÁ PAGADO!

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