Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

El poema de 1810. José Martí ante las gestas hispanoamericanas. Por Pedro Pablo Rodríguez

En 1881, en discurso que
le ganó el respeto de la clase ilustrada de Caracas, José Martí dijo que al
poema de 1810 le faltaba una estrofa que él quiso escribir, pero que fue
vencido.
1 Aludía así a su
activa presencia entre los patriotas que organizaron en Cuba, en 1878, el
segundo esfuerzo armado para la independencia, llamado la Guerra Chiquita.


Ese obvio engarce de la libertad de su patria con el proceso emancipador del continente, se basaba en su conocimiento de que para muchos de los próceres iniciadores de aquella pelea
continental, especialmente para Simón Bolívar, aquella debería incluir las
posesiones españolas en las Antillas, y de que hubo varios esfuerzos liberadores
en el decenio de los 20 del siglo XIX, impulsados o apoyados desde Colombia y
México. Pero también hubo en Martí una voluntad expresa de entender la batalla
contra el colonialismo hispano en Cuba como continuadora de aquella epopeya
tanto por razones ideológicas como históricas y, sobre todo, como elemento
clave que sustentaba en la unidad de las fuerzas emancipadoras de los principios
del siglo su propio afán de asociar íntimamente a los pueblos que él llamaba
nuestra América en una acción unida frente al peligro para la soberanía de estas
repúblicas que representaba el nacimiento del imperialismo de EE.UU.


Martí sintetizó esa perspectiva mediante lúcida imagen en su ensayo cenital “Nuestra América”, de 1891, cuando escribió: “Es la hora del recuento y de la marcha unida, y hemos de
andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes.
2


Por tanto, el acercamiento martiano al tema de las independencias hispanoamericanas estaría condicionado por semejantes perspectivas, que, a la vez, le servirían de lección
esencial para fundamentar ante lo cubanos sus propias concepciones acerca de la
revolución y de la república de amplias mayorías populares que habría de
fundarse en la Isla y desde la cual se trabajaría para la nueva actuación
continental unida.


Alrededor de dos ideas centrales se organiza el enjuiciamiento martiano acerca de este asunto que, dada su presencia en varios de sus textos básicos, puede considerarse un tema dentro
de su obra, a pesar de que no dedicó un escrito en particular a un análisis
sistemático de ello, aunque sí lo hizo con personalidades mayores de la epopeya
como Simón Bolívar y José de San Martín.

Estas ideas centrales son que las independencias no se hubieran alcanzado sin la participación masiva de los sectores populares en su favor y sin la acción unida de las fuerzas
patrióticas del continente. Ambas constituirían, a su vez, ideas claves también
en su criterio acerca de la revolución anticolonial que estaba pendiente en
Cuba, tarea en la que se empeñó plenamente. Trabajaremos con la exposición de
estas ideas en cuatro documentos fundamentales de diferentes momentos de la vida
martiana.


En 1877, mientras residía en la Ciudad de Guatemala, el cubano recibió la solicitud de autoridades gubernamentales para que escribiese una pieza teatral para las conmemoraciones
de aquel año por la independencia de aquella nación y de toda Centroamérica. En
pocos días entregó Patria y libertad, obra que, no por casualidad lleva
por subtítulo el de Drama indio: desde ese encabezamiento queda claro que
para el joven exiliado cubano la independencia era asunto también de los pueblos
originarios, no solo de los blancos, durante el desarrollo de la trama. Pero el
desarrollo de la trama y sus personajes muestran que para Martí aquellos pueblos
autóctonos desempeñaron un papel protagónico en la historia.
3


La acción del drama tiene lugar durante un solo día: obviamente, el 15 de septiembre de 1821. Lo interesante es que Martí recrea los hechos ficcionalmente, y aunque menciona a
personalidades históricas de aquella situación, en verdad son Martino y el
Indio, y en menor medida el criollo Pedro, los personajes en escena que lideran
el movimiento patriótico y obligan a retirarse a los representantes del
colonialismo, identificados como un sacerdote, un noble y los funcionarios de la
Corona española.


Martino —obsérvese la cercanía de ese nombre con el de Martí— es presentado como mestizo y subversivo, y en su discurso patriótico asume las victorias de Maipo y Carabobo, la voz de
Miguel Hidalgo, la mirada de Bolívar y el afán justiciero que movía al
Continente desde el río Bravo hasta el Paraguay
4, al igual que los
mártires de la libertad frente a la Conquista: Moctezuma, Hatuey, Cuahtémoc y
Anacaona. Esa relevancia protagónica de los pueblos originarios se aprecia, por
último, en el cierre del drama mediante un abrazo alegórico entre Martino, y
dos mujeres, Coana e Indiana, según señala Martí en una acotación, como
“símbolos de las dos Américas, iluminados por la clara luz del fondo”.


Esa expresa toma de partido martiana se manifiesta en el debate entre el sacerdote que pretende asustar a Pedro, el criollo, cuando le dice: “¡Ay de vosotros si despierto el
indio / La humilde paja de su choza incendia!” Y este responde afirmando que,
sin embargo, son la nobleza, la iglesia y el claustro, “los que adornan con
huesos sus zaguanes”. No fueron los indios, pues, los que cometieron acciones
inhumanas y bárbaras.


En 1880, ante los emigrados cubanos de New York, Martí afirmó que el pueblo, la masa dolorida era el verdadero jefe de las revoluciones.5 Y en ese mismo
discurso afrontó la campaña de los enemigos de la lucha armada por la
independencia, quienes repetían que la guerra era de razas, y que los negros la
hacían contra los blancos. Era un viejo argumento racista, de matriz esclavista,
para mantener las divisiones entre los cubanos, al que se le conoce como el
miedo al negro. Martí lo compara con lo que pudiéramos llamar el miedo al indio,
y traza un desmitificador paralelo entre ambos temores. Así, menciona a “los
hombres de color, los negros y los mulatos”, y se pregunta:


“¿Son acaso una cohorte sanguinaria, que habrá, con soplos huracánicos, de arrancar de raíz cuanto hoy sustenta el suelo de la patria? Ah! Esto decían los españoles de los indios, tan
ofendidos, tan flagelados, tan anhelosos como los negros de su inmediata
emancipación; esta amenaza suspendían sobre las frágiles cabezas, cuando el
aliento de Bolívar, más grande que César, porque fue el César de la libertad,
inflamaba los pueblos y los bosques, y levantaba contra los dueños inclementes
las orillas de los mares y el agua turbulenta de los ríos! Y la independencia
de América se hizo. Y con la faz radiante, aunque con el pecho devorado por el
cortejo de rencores y apetitos que dejó en lúgubre herencia la colonia, la
tierra redimida se alzó como una virgen, pura aún después de su tremenda
violación, a ceñir sobre la frente de los buenos la premiadora palma tinta en
sangre. Pero los fatídicos anuncios no se realizaron; los indios no vinieron
como torrentes desbordados de las selvas, ni cayeron sobre las ciudades, ni
quemaron con sus plantas vengativas las yerbas de los campos, ni con huesos de
blancos se empedraron los zaguanes de las casas solariegas. Ni una sola
tentativa, ni un solo rugido de cólera turbaron la paz de los difíciles albores.



De viejos males vienen los males nuevos, ―que no de la vergüenza ni de la impaciencia de los indios.6


Estos “ímpetus americanos” del discurso,7 como Martí mismo dice, que no constituían el centro de este texto que nos ocupa, no dejan de enunciar
en el final de esta larga cita referida al tema de la independencia continental
cómo aquellos pretextos racistas y divisionistas continuaban sirviendo ya en su
época para ocultar la verdadera causa de los males republicanos.


Varios años más tarde, en 1889, Martí se reunió con los delegados de Hispanoamérica a la Conferencia Internacional Americana convocada por EE.UU. Su palabra se escuchó en la
Sociedad Literaria Hispanoamericana, institución de la que era su principal
animador, en una pieza oratoria excepcional conocida con el nombre de “Madre
América”, en la que ofrece un examen paralelo de las historias, condiciones y
realidades diferentes y contrapuestas entre el pueblo del Norte y sus vecinos
del Sur. Para entonces, y justamente impulsado por aquella reunión, el cubano
sentía como algo de la mayor urgencia la denuncia de la intención imperial
estadounidense y el llamado a la unidad hispanoamericana frente a
ella.


Al comparar los procesos independentistas de ambas zonas del continente, presenta el del Sur del modo siguiente:


“¿Qué sucede de pronto, que el mundo se para a oír, a maravillarse, a venerar? ¡De debajo de la capucha de Torquemada sale, ensangrentado y acero en mano, el continente redimido!
Libres se declaran los pueblos todos de América a la vez. Surge Bolívar, con su
cohorte de astros. Los volcanes, sacudiendo los flancos con estruendo, lo
aclaman y publican. ¡A caballo la América entera! Y resuenan en la noche, con
todas las estrellas escondidas, por llanos y por montes, los cascos
redentores.”
8


Las imágenes, grandiosas y trepidantes, de original aliento modernista, entregan la idea de la unidad emancipadora: “los pueblos todos”, “la América entera”. Los contrastes
refuerzan ese criterio: son estallidos de volcanes, que dan luz y calor al
continente que sale ensangrentado de la oscuridad de la inquisición que,
obviamente, apagaba vidas y almas. Y, curiosamente, esa redención es asociada
por Martí con el caballo, que fuera elemento esencial y símbolo de la conquista.
Con la pelea por la libertad, “los cascos redentores”, los dominados se apropian
de aquel símbolo y lo convierten en su opuesto: el símbolo de la libertad.


Hay más en ese discurso martiano de 1889. Nuestra primera emancipación fue ejecutada por las clases populares, por el hombre natural, como entonces solía decir el cubano. ¿Quiénes
van, según él, a la pelea libertadora?


“Hablándoles a sus indios va el clérigo de México. Con la lanza en la boca pasean la corriente desnuda los indios venezolanos. Los rotos de Chile marchan juntos, brazo en
brazo, con los cholos del Perú. Con el gorro frigio del liberto van los negros
cantando, detrás del estandarte azul. De poncho y bota de potro, ondeando las
bolas, van, a escape de triunfo, los escuadrones de gauchos. Cabalgan, suelto el
cabello, los pehuenches resucitados, voleando sobre la cabeza la chuza
emplumada. Pintados de guerrear vienen tendidos sobre el caballo los araucos,
con la lanza de tacuarilla coronada de plumas de colores; y al alba, cuando la
luz virgen se derrama por los despeñaderos, se ve a San Martín, allá sobre la
nieve, cresta del monte y corona de la revolución, que va, envuelto en su capa
de batalla, cruzando los Andes.”
9


Esas tropas de indios, de negros, de mestizos, de gauchos tienen líderes blancos e ilustrados: Bolívar, Hidalgo y San Martín. No es casual que ellos sean los tres héroes recogidos por
Martí en su artículo así titulado, “Tres héroes”, en La Edad de Oro, su
revista para niños. El escritor destaca cómo estos héroes no desdeñaron a esas
masas, sino que marcharon a su frente, y por eso triunfaron sobre la dominación
colonial.


El final del largo párrafo que he venido citando del discurso, insiste en la unidad y en la ausencia de ayuda exterior:


“¿Adónde va la América, y quién la junta y guía? Sola, y como un solo pueblo se levanta. Sola pelea. Vencerá, sola.”10


Sin embargo, en contraste significativo, cuando en ese mismo texto se refiere a la independencia de las Trece Colonias, sí menciona y destaca la colaboración de otras naciones.


El último escrito martiano que deseo tratar es su discurso sobre Bolívar, pronunciado en la misma Sociedad Literaria de New York, en 1893. En esta pieza magistral en que el
Libertador es también asociado con los volcanes y el caballo, y a pesar de que
es su persona el objeto de enjuiciamiento, Martí no deja de registrar nuevamente
la importancia de las clases populares en la pelea libertadora ni de la acción
unida de los pueblos de nuestra América:

“Bajo las sotanas de los canónigos y en la mente de los viajeros próceres venía de Francia y de Norteamérica el libro revolucionario, a avivar el descontento del criollo de
decoro y letras, mandado desde allende a horca y tributo; y esa revolución de lo
alto, más la levadura rebelde y en cierto modo democrática del español segundón
y desheredado, iba a la par creciendo, con la cólera baja, la del gaucho y el
roto y el cholo y el llanero, todos tocados en su punto de hombre: en el sordo
oleaje, surcado de lágrimas el rostro inerme, vagaban con el consuelo de la
guerra por el bosque las majadas de indígenas, como fuegos errantes sobre una
colosal sepultura. La independencia de América venía de un siglo atrás
sangrando: —ni de Rousseau ni de Washington viene nuestra América, sino de sí
misma.”
11

Esa originalidad, esa autoctonía, que el orador destaca al final de la cita, le serviría luego para dar la explicación de la grandeza histórica de Bolívar, cuyos ilustres
antecesores menciona el cubano: Antequera, Tupac Amaru, el rey de los mestizos
en Venezuela, Salinas, Quiroga. Morales, León, José España, Galán, Berbeo.


Y de ese conjunto de personalidades de grupos raciales diversos, de esos mismos grupos salió el Libertador para Martí.


“…¡y, de esta alma india y mestiza y blanca hecha una llama sola, se envolvió en ella el héroe, y en la constancia y la intrepidez con ella; en la hermandad de la aspiración
común juntó al calor de la gloria, los compuestos desemejantes; anuló o enfrenó
émulos, pasó el páramo y revolvió montes, fue regando de repúblicas la artesa de
los Andes, y cuando detuvo la carrera, porque la revolución argentina oponía su
trama colectiva y democrática al ímpetu boliviano, ¡catorce generales españoles,
acurrucados en el cerro de Ayacucho, se desceñían la espada de
España!”
12


De nuevo, pues, Martí recalca la unidad (“la hermandad de la aspiración común”) y ahora, ante el caso de Bolívar, alaba su capacidad de juntar “compuestos desemejantes”, o sea, esa
“alma india y mestiza y blanca hecha una llama sola.”


Así, el artífice de la unidad de los cubanos para la independencia tras 12 años de esfuerzos, valoraba la significación y el ejemplo del Libertador.

Ante el bicentenario del despliegue de aquel proceso emancipador pareciera que las claves de Martí siguen siendo pertinentes para analizar aquella epopeya a la luz de los
requerimientos de la hora actual de nuestros pueblos. Que así sea.



Notas:

1 Fragmentos del discurso en el Club del Comercio pronunciado el 21 de marzo de 1881. José Martí. Obras completas, edición crítica, La Habana, 2003, tomo
8, p. 40.


2 Martí, José: “Nuestra América”. Obras completas, 27 tomos, La Habana, Editorial Nacional de Cuba, 1963-1965, tomo 6, p.15.


3 Véase un amplio estudio de este asunto en mi texto titulado ‘Por libertad y dignidad luchamos.’ “José Martí ante la independencia hispanoamericana en Patria y
libertad
.” Honda. Revista de la Sociedad Cultural José Martí. La
Habana, No. 28., 2010, pp. 26-31.


4 Merece un estudio el por qué Martí excluye al resto de la región del Plata.


5 Martí, José. Obras completas, edición crítica. La Habana, Centro de Estudios. Martianos, 2002, tomo 6, p. 145.


6 Ob. cit., pp. 155-156. Las negritas son mías.


7 Ob. cit., p. 156.


8 Martí, José. Obras completas, 27 tomos, La Habana, Editorial Nacional de Cuba, 1963-1965, tomo 6, pp. 137-138.

9 Ídem.


10 Ídem.


11 Martí, José. Obras completas, 27 tomos, La Habana, Editorial Nacional de Cuba, 1963-1965, tomo 8, p. 244.


12 Íbid., pp. 244-245.


La Habana


Fotos: Casa de las Américas


http://www.lajiribilla.cu/2010/n499_11/499_08.html




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