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El gigante de Villena. Por Virgilio López Lemus

15 de agosto de 2011

Ya se ha dicho que en «El gigante», Rubén Martínez Villena (1899-1934) manifestó la influencia de la obra poética de José Martí, quien al fin estaba ejerciendo una impronta necesaria en la poesía de Cuba, sobre todo con el diapasón de los Versos libres. Esto es comprobable en asuntos formales, del empleo de un ritmo y un tipo de verso semejante al endecasílabo blanco martiano, pleno de encabalgamientos desde los que el poema expresa: «No por el suave / placer de la ascensión, no por la fútil / vanidad de ser grande…».

Pero no nos quedemos concentrados en el posible influjo martiano, puesto que en este texto hay mucho más, hay todo un ideario que escapa de la concepción poética, de la mirada lírica del mundo, hacia una ética o hacia una praxis social que de momento se siente frustrada. Eso es lo que enuncian (y anuncian) sus dos primeros versos: «¿Y qué hago yo aquí donde no hay nada / grande que hacer?... » El sujeto lírico se manifiesta en un «yo» que mira hacia lo externo, y no hacia la concentración romántica o existencial de su particular ser. La intimidad importa menos, aunque desde ella parte: «¿Nací tan solo para / esperar…?» En el tiempo, el poeta espera la llegada de algo, «cosa» que quizás ni siquiera existe y, por tanto, «…no puede / llegar jamás…» Una angustia en el fondo próxima a la de Julián del Casal se manifiesta claramente, pero sin perfil definido: «¿Qué es lo que aguardo? ¡Dios! ¿Qué es lo que aguardo?».

Martínez Villena está sintiendo un impulso que no es contemplativo, tiene la certeza de estar sujeto a «una fuerza» expectante que reclama «una función oscura y formidable», la cual, pese a esa oscuridad, a su imprecisión, es de cualquier modo una «función», un acto. Su ser está impulsado por esa fuerza que, semejante a la del árbol, lo conmina a ascender, nada menos que para «¡rendir montañas y amasar estrellas! » Está claramente expresado así que antes de tratarse de una expectativa existencial propia, el poeta se enfrenta a la necesidad de la acción, que le permita al ser «¡crecer, crecer hasta lo inconmensurable!».

De inmediato, el poema pasa a un tono prometeico, ya no es solo el deseo de acción, de «algo grande», «sino para medirme, cara a cara / con el Señor de los Dominios Negros», con lo que el texto adquiere valor de reto, de emulación trascendente que no es al antes evocado «Dios» a quien reta, sino al ángel caído, al rebelde Lucifer, pues no debe ser otro ese Señor de los Dominios Negros, contrapuesto al Dios de la Luz. Algo grande que hacer se torna, pues, acto libertador o labor ciclópea, propia de un hijo de Prometeo a quien ese Señor «desprecia / mi pequeñez rastrera de gusano, / (…) no creado / para luchar con él…» Villena ha elevado el tono o el asunto del poema a la pelea del hombre contra el Destino, a la forja del ideal y a la lucha por alcanzarlo. Claro que universaliza con ello su mirada, sale del entorno cubano para referirse al Hombre, a la especie humana, aquella que se siente envuelta con la «apretada red de interrogantes» del Señor de los Dominios Negros.

Un trasfondo ontológico hace exclamar al poeta: «¡Oh Misterio! ¡Misterio! Te presiento / como adversario digno del gigante». Siente dentro de sí a un gigante que se enfrenta con el misterio vital. El Ideal, el Sueño, el deseo de acción trasciende al individuo y se atribuye a toda la especie, por eso el «yo» de Villena es aquí cartesiano por su razonamiento, pero nietzscheano por su inclinación hacia la batalla contra una divinidad, contra lo sobrehumano, teniendo ante sí «el Misterio». El gigante es asimismo un superhombre en ciernes. Cierto que el clamor es revolucionario, que el hombre necesita esta batalla para avanzar en su Destino, en su camino (sin alusión al eterno retorno), pero para esto debe despertar: «¡Despiértese el durmiente agazapado, / que parece acechar tus cautelosos / pasos en las tinieblas! ¡Adelante! » Ese durmiente es el gigante, al que el poeta quiere abrirle curso.

Tras esto, el poema comienza un descenso, como si el poeta hubiera subido hasta una cima y ahora, tras expresar su ardor, sintiera que el esfuerzo (como el de Sísifo) ha sido inútil: «…para romper un nudo, solo un viejo / nudo interrogativo sin respuesta! » La inutilidad nos devuelve a la idea inicial: «¿Y qué hago yo aquí donde no hay nada / grande que hacer? », por lo que la interrogante sí adquiere ahora un sentido existencial, pero no del "yo” privado y sufriente, sino de toda la especie humana, penando y sin respuestas.

No, no hay respuesta para el gigante que quiere ser, que quiere «hablar con Dios un día» (como querría Antonio Machado para «el que habla solo»), para el simple ser que pregunta mientras se sujeta el cráneo y «en la tiniebla nadie / oye mi grito desolado». El poema, el poeta, no encuentran respuesta, también la pregunta se torna trascendente, se lanza a un ser superior a ese propio gigante que el que pregunta tiene dentro de sí, prisionero. No hay respuesta, porque este «yo» no ha podido liberar a su gigante, que no es (o no sería) el superyó freudiano, sino el superhombre de Nietzsche, o al menos es el que se presiente en ese clamor también prometeico.

Solo dentro de la poesía de José Martí se había podido avizorar en Cuba tamaña inquietud humana, pero Villena acrece la herencia tras el existencialismo y el ideario múltiple de las vanguardias, y de alguna manera refleja la influencia de Nietzsche sobre ambos registros ideológicos (psicológico uno, estético el otro). Logra así uno de los poemas más complejos en su contenido de la poesía cubana, al que puede hacerse otras codas, otras lecturas, incluso desde el adoptado perfil marxista que impulsará los últimos diez años de vida del poeta.

«El gigante» tiene esas complejidades de contenido impresas en un lenguaje más bien económico, sin regusto filosófico, aunque lo asiste una fuerte dosis de sentido intelectivo, de imaginación a partir de ideas. Ni la forma elegida con un verso libre a veces casi conversacional, ni el léxico, avanzan hacia complicaciones de corte hermético, ni siquiera hay una intención mistérica o esotérica en el planteamiento. «El gigante» es idea pura, pero lo es desde la poesía, lo cual hace avanzar a la lírica cubana por un camino de universalidad a tono con las reflexiones de los nuevos tiempos. Rubén Martínez Villena no da aquí el paso de definir a su gigante como un revolucionario de la acción social, pero lo prefigura. Queda en ciernes, pero queda en la posibilidad de interpretar su texto desde el propio reflejo de su vida.

 

Fuente: http://www.cubaliteraria.cu/articuloc.php?idarticulo=13395&idco...

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