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Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

"El doble duelo del pueblo cubano" por JORGE RISQUET VALDÉS

Fusilamiento de ocho inocentes estudiantes de medicina (1871) y muerte de la Madre de la Patria, Mariana Grajales (1893)


JORGE RISQUET VALDÉS, Foto © Virgilio PONCE


El 27 de noviembre es un día doblemente luctuoso para el pueblo cubano.

En igual fecha de 1871, las autoridades colonialistas españolas condenaron y fusilaron a 8 "casi niños mártires", estudiantes de medicina de la Universidad de la Habana.


Acusados falsamente de haber profanado la tumba de un tal Castañón, español radicado en Cuba, destacada figura de los "Cuerpos de Voluntarios", organización criminal extremista partidaria de la eterna dominación de la metrópoli sobre
Cuba.


La Isla irredenta había iniciado desde el 10 de Octubre de 1868, la primera guerra de independencia, encabezada por el Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes.


¿Qué mejor testimonio sobre este crimen incalificable que el de un alumno de aquella escuela, que sufrió seis años de prisión por la misma causa falsa, Fermín Valdés Domínguez?



Fermín había sufrido prisión antes, junto a su amigo entrañable José Martí.


De nuevo condenado a seis años de cárcel en esta causa "por la profanación de una tumba", al cumplir su injusta prisión Fermín concentró sus esfuerzos en demostrar la falsedad de la monstruosa pantomima judicial y reivindicar la
inocencia de sus compañeros estudiantes, mientras terminaba la humanitaria
carrera de medicina. Lustros más tarde, Fermín fue confinado a Baracoa y se
incorporó a la guerra del 95, integrando al año siguiente la ayudantía del
Generalísimo Máximo Gómez. Reproduzco párrafos de la denuncia de Fermín:


"Véase ahora cómo el Consejo designó a los que debían sufrir las penas. En primer lugar ocho debían fusilarse. Alonso Álvarez de la Campa mereció primeramente la sentencia: Había cogido una flor en el cementerio, lo había
confesado así; Anacleto Bermúdez, José de Marcos Medina, Ángel Laborde y Pascual
Rodríguez siguieron en el decreto de los jueces a Álvarez de la Campa: habían
jugado en el carro (fúnebre); lo habían declarado, así se habían ratificado en
su declaración.


"Pero faltaban tres. Se sortearon y el azar respondió aquella acusación espantosa con el nombre de Carlos Augusto de la Torre, Carlos Verdugo y Eladio González. La suerte señaló el nombre de Carlos Verdugo y el Consejo sabía no
solo que no había estado en Dionisio el día 23 —que es el día del cementerio,
del episodio de los carros, porque Verdugo lo había dicho así y todas las
declaraciones lo decían—, sino que había llegado de Matanzas, pocos minutos de
prenderlos el día 25", cuando un capitán español se presentó en el aula y se
llevó detenidos, interrumpiendo la clase, a los más de 40 alumnos.



"¿Habrá aún a afirmar que aquel Consejo fue legal? Yo no quiero tener todo el valor que es necesario para tanto. Quedábamos aun 35, poco se discutió para fijar nuestras penas, 12 fuimos sentenciados a seis años de presidio, 19 a
cuatro años y los 4 restantes —dos peninsulares y dos demasiado niños— a seis
meses de encierro menor", expuso Valdés Domínguez en su alegato demostrativo de
la incalificable injusticia.

El Comandante Ernesto Che Guevara, en un brillante discurso pronunciado en la escalinata de la Universidad de la Habana, el 27 de noviembre de 1961 analizando los dolorosos hechos, expresó:


"Este fue el resultado final del juicio en que se pedía sangre de cubanos, y esa es la significación que tenían esos ocho compañeros estudiantes, ser sangre de cubanos inmolada para demostrar el poderío español, el poderío de la
metrópoli española, el poderío de la colonia, el poderío de la raza superior
sobre las razas aborígenes o menos puras por la mezcla o por el clima
quizás.


"Y aquellos jóvenes no eran culpables de nada, no se les puede llamar exactamente héroes, sino, más bien, mártires. Eran estudiantes acomodados, porque en aquella época los estudiantes tenían que ser de familias acomodadas;
sus padres eran españoles
... El único delito era el ser cubano."


Hoy nuestro estudiantado revolucionario y todo nuestro pueblo tiene presente que de esa universidad habanera surgieron también, en la república mediatizada, muchos centenares de héroes, luchadores contra la opresión neocolonial
norteamericana y sus dictadores lacayos de turno. Julio Antonio Mella y José
Antonio Echeverría simbolizan esa estirpe de héroes conductores de las batallas
estudiantiles por la patria.


Coincide con ese día 27 de noviembre, en 1893, la muerte, en el destierro en Jamaica, a la edad de 85 años de la Madre de la Patria, Mariana Grajales Coello, Mariana Maceo, como la llamaba José Martí.


Infausto día, duelo doble para los cubanos, asesinato de ocho adolescentes con el único criminal propósito de la venganza de los más fanáticos colonialistas de verter sangre cubana, que a raudales se entregaba en la manigua
redentora, pero con el alto precio para las tropas españolas, incapaces de
doblegar a los heroicos mambises dirigidos por jefes surgidos de un pueblo en
armas. Céspedes, Agramonte, los Maceo, Calixto, Moncada, Crombet, Serafín
Sánchez, el joven norteamericano Reeve, el puertorriqueño Rius Rivera, el gran
dominicano Máximo Gómez.


Y 22 años después, la desaparición física de Mariana, para entrar en la Historia Universal como una de las más extraordinarias mujeres que haya dado tantos heroicos combatientes por la libertad de su Patria y heroína insuperable
ella misma.


En noviembre de 1871, cuando las autoridades coloniales asesinan a ocho adolescentes y encierran en sus prisiones a otros 35 estudiantes de medicina, Mariana lleva tres años de vida mambisa en las sierras de Oriente. Todos los
Grajales, sea Regueiferos o Maceo su primer apellido, empuñaron el machete
mambí.

En esos tres años iniciales de los diez en que permaneció en la manigua, había caído su hijo mayor, Justo Regueiferos Grajales y otro de sus más pequeños, Julio, con solo 16 años, y su esposo Marcos Maceo, cuyas palabras al
expirar fueron: "He cumplido con Mariana".


Asimismo, habían muerto en el campo insurrecto sus dos nietas, hijas de Antonio y María Cabrales. Una de ellas acompañó a María cuando se unió a la tribu heroica, su vida en aquellas condiciones tan difíciles solo duró dos años.
María estaba encinta cuando se incorporó al mambisado. La segunda hija de
Antonio nace en la manigua, mas fallece a los siete días de existencia.


En ese mismo periodo de tiempo Mariana ha empleado un mes, junto a la cama de Antonio, hasta que sana de su primera herida en combate. Y en dos ocasiones, ha permanecido junto al lecho de José, también de baja temporal a causa de las
balas españolas.


La vida de Mariana Grajales es, como aseveró Martí, "una página nueva de la epopeya". Así dijo quien la quiso como un hijo y la visitó en dos ocasiones en su hogar de Jamaica:


"(... por compasión a las almas de poca virtud, que se enojan y padecen del mérito de que no son capaces, y por el decoro de la grandeza más bella, en el silencio,
sujetaremos aquí el elogio de la admirable mujer, hasta que el corazón, turbado
hoy en la servidumbre, pueda, en la Patria que ella no vio libre, dar con el
relato de su vida, una página nueva a la epopeya. ¿Su marido, cuando por el
honor de Cuba no la tuvo al lado? ¿No estuvo ella de pie, en la guerra entera,
rodeada de sus hijos? ¿No animaba a sus compatriotas a pelear, y luego, cubanos
o españoles, curaba a los heridos? ¿No fue, sangrándole los pies, por aquellas
veredas, detrás de la camilla de su hijo moribundo, hecha de ramas de árbol? ¡Y
si alguno temblaba, cuando iba a venirle al frente el enemigo de su país, veía
la madre de Maceo con su pañuelo a la cabeza, y se le acababa el temblor! ¿No
vio a su hijo levantarse de la camilla adonde perecía de cinco heridas, y con
una mano sobre las entrañas desechas y la otra en la victoria, echar monte abajo
con su escolta de agonía, a sus 200 perseguidores? Y amaba, como los mejores de
su vida, los tiempos de hambre y sed, en que cada hombre que llegaba a su puerta
de yaguas, podría traerle la noticia de la muerte de uno de sus hijos.


"¡Cómo, la última vez que la vio Patria contaba, arrebatando las palabras, los años de la guerra! Ella quería que la visita se llevase alguna cosa de sus manos; ella lo envolvía con mirada sin fin; ella lo acompañaba hasta la puerta
misma —premio más grato por cierto, el del cariño de aquella madre de héroes que
cuantos huecos y mentirosos pudiese gozar en una sociedad vil o callosa la
vanidad humana!


"Patria en la corona que deja en la tumba de Mariana Maceo pone una palabra:—¡Madre!". (Patria, 12 de diciembre de 1893).


En enero de 1894, José Martí en el periódico Patria escribe una vez más sobre ella:


"¿Qué, sino la unidad del alma cubana, hecha en la guerra, explica la ternura unánime y respetuosa, y los acentos de indudable emoción y gratitud, con que cuantos tienen pluma y corazón han dado cuenta de la muerte de Mariana Grajales,
la madre de nuestros Maceo? ¿Qué había en esa mujer, que epopeya y misterio
había en esa humilde mujer, qué santidad y unción hubo en su seno de madre, qué
decoro y grandeza hubo en su sentida vida, que cuando se escribe de ella es como
de la raíz del alma, con suavidad de hijo, y como de entrañable afecto? Así
queda en la historia, sonriendo al acabar la vida, rodeada de los varones que
pelearon por su país, criando a sus nietos para que pelearan."


Martí recuerda un hecho que muestra a la Madre en toda su grandeza: "Fue un día que traían a Antonio Maceo herido: le habían pasado de un balazo el pecho: lo traían en andas, sin mirada, y con el color de la muerte. Las mujeres todas,
que eran muchas, se echaron a llorar, una contra la pared, otra de rodillas,
junto al moribundo, otra en un rincón, hundido el rostro en los brazos. Y la
madre, con el pañuelo a la cabeza, como quien espanta pollos echaba del bohío a
aquella gente llorona: "¡Fuera faldas de aquí! ¡No aguanto lágrimas! Traigan a
brioso". Y a Marcos, el hijo, que era un rapaz aún, se lo encontró en una de las
vueltas: ¡Y tú, empínate porque ya es hora de que te vayas al campamento"!


Mariana es la Madre de la Patria porque sintetiza las virtudes de la mujer cubana en nuestras luchas por la independencia en el siglo XIX. Siguiendo su ejemplo mujeres como Haydée y Melba, Lidia y Clodomira, Celia y Vilma,
simbolizan la participación femenina cubana en la Revolución que en la segunda
mitad de la pasada centuria conquistó al fin, bajo la dirección de Fidel,
aquella independencia, expulsó al imperialismo yanki de nuestro suelo y puso
proa a la construcción de un régimen social justo y humano: el
Socialismo.


http://www.granma.cubaweb.cu/2010/11/27/nacional/artic02.html

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