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EL APÓSTOL DE LAS IDEAS Y UNA GENERACIÓN IRREVERENTE

Por Leo Obando*


Un 19 de Mayo cayó en la mayor de las Antillas José Martí, ese que los cubanos llaman “el Apóstol” de la independencia de Cuba; ese Martí gigante -poeta, periodista, político y padre-, que desde hace más de un siglo nos dejó muy claro cuál sería la futura llave de la libertad: las ideas.

El mensaje de Martí, condensado sustanciosamente en su cotidiano grito post-mortem: Ser culto para ser libre; no solo nos da la ruta de la liberación política del hombre, sino que es un seguro sendero para la acción política actual y la ruptura radical con los paradigmas del siglo XX que carcomen aun el mundo político.

Hoy nuestra generación tiene más claro que nunca desde la independencia de nuestros pueblos, que la ruta para el desarrollo integral de nuestras naciones pasa invariablemente por hermanar a nuestros países en un nuevo bloque político, con relaciones multilaterales de nuevo tipo, y eso no es cosa cualquiera, muchos muertos y crisis  profundas le costó a nuestra Latinoamérica caer en dicha cuenta. Dicho proceso se enmarca en un imperativo histórico que adviene con el siglo XXI: la Patria.

Martí, como Bolívar, Morazán y tantos próceres nuestros, estaba convencido en la necesaria unidad de nuestros países. Pero la cultura, la magnanimidad intelectual de Martí, sitúa su mensaje político a un nivel histórico superior al que le tocase vivir, o mejor dicho, en el que le toco vivir para entregar su vida por la independencia de ese pedazo de tierra que amo con locura, siendo cabal con su boca cuando dijo: "De altar se ha de tomar a la patria para ofrendarle nuestras vidas; no de pedestal para levantarnos sobre ella.”.

La centralidad de las ideas, del pensamiento, del ejercicio dialectico racional –y la indispensable independencia de estos- pone el ideal político Martiano por encima de los forzadamente ideológicos paradigmas del siglo XX.  

Retomando el hilo de la primera cita que mencione –“Ser culto para ser libre”- podemos deducir que la lección para nuestra realidad país y continental, es liberar la política de la camisa y anteojos de fuerza a la que le someten los esquemas ideológicos del siglo precedente. Dichos esquemas nos sirven para leer la realidad y transformarla, es cierto; para transformarla a pesar del otro, del que la lee distinto y la piensa transformar distinto, es la gran injusticia colateral de la democracia representativa, es el límite racional del hombre moderno, es la incapacidad del consenso, de la búsqueda de columnas programáticas mínimas que nos tracen como sociedad fines comunes mínimos que nos permitan dar al menos un par de pasos al frente tomados de la mano, y pienso yo, es a su vez una reformulación radical de aquel “hombre nuevo” de Guevara, por el que vale la pena luchar.

Ahora bien, hay en este punto un “pero” gigante, sin duda, y es que parece que si la ruta es el consenso político mínimo en lo social, la promoción de una heterogeneidad genéricamente absoluta en el pensamiento político ciudadano, es un impedimento sustancioso que sortear, y nos seduce así la vieja tentación histórica de que la unidad y el consenso es la ruta, pero a partir de una homogeneidad –“lamentablemente”- forzosa de los ideales políticos ciudadanos.

E aquí la aspiración utópica –entendiendo bien la utopía-: el hombre, desde su independencia “ideológica”, desde su autónoma construcción de pensamiento político, es más consciente, es más propenso, es más libre, es mucho más racional y es mas hombre-social para darse cuenta de la necesidad de ese nuevo “contrato social” que aleje a la humanidad de los riesgos fatales que le rodean a cada minuto. Es esa libertad de ideas adquirida la  que le da una calidad moral distinta, una calidad intelectual distinta, porque ante los problemas mundiales, no han faltado soluciones, ha faltado inteligencia.

La batalla de esta generación irreverente es formarse, es adquirir la cultura que le libere, que le sensibilice, que le humanice, que le rebele contra este odioso orden de las cosas.

Nadie lo hará por nosotros, por eso a modo de jaculatoria política, vale la pena declamar con Carlos Puebla:

“Y que el entusiasmo vibre
con el mensaje sagrado
de nuestro apóstol amado
«Ser culto para ser libre».”

(*) Estudiante de la Facultad de Derecho, Universidad de Costa Rica

Tomado de http://www.elpais.cr/frontend/noticia_detalle/3/81727

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