Martianos

Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

Fecha: 2012-10-29 Fuente: CUBARTE

En 1795 España cedió el territorio de Mississippi y Alabama a la naciente Unión Americana. En nombre del presidente Thomas Jefferson, en 1803 esta pujante nación compró a Francia por 15 millones de dólares la entonces Luisiana, un inmenso territorio con imprecisos límites que llegaban al actual Canadá, se perdía en el desierto y duplicaba la extensión de toda la Unión. Ya entre 1810 y 1813 la región de la Florida Occidental fue arrebatada a España, y en 1819 otras zonas de la península fueron compradas a la misma metrópoli, cuyo dominio en América ya se hallaba en franco retroceso. Mediante negociaciones, Inglaterra cedió a la Unión el área de Dakota. A partir de 1845 se inició una conquista hacia el oeste por parte de Estados Unidos, autotitulados “de América”, que se anexó Texas a expensas de México, en una de las operaciones neocoloniales más habilidosas de la historia. Un año después Oregón fue tomada a España por la fuerza. Por esos años se delineó al norte una línea de demarcación para preservar los territorios de Inglaterra, ya menguados por la expansión territorial de la Unión. En 1848 el riquísimo y vasto territorio de California le fue arrebatado a sangre y fuego a México, que con la compra de Arizona y Nuevo México en 1853 perdió una de las zonas más ricas de América; ambas “operaciones”, unidas a la de Texas, implicaron más de la mitad del territorio mexicano. En 1867, Estados Unidos de América compró Alaska al zar de Rusia por 7 200 000 dólares; al año siguiente habían recuperado el doble en medio de la “fiebre del oro”. La Florida era un “índice que apuntaba al sur” y Cuba estaba en la mirilla desde la proclamación de la independencia de las trece colonias por Jefferson, en 1776. En 1823 James Monroe, mediante su Secretario de Estado, John Quincy Adams, proclamó la “Doctrina Monroe”, una estrategia política dirigida a la anexión de las islas de Cuba y Puerto Rico.

Hacia 1843, factores internos y externos favorecieron que se desarrollara entre un sector de los terratenientes e intelectuales cubanos, una actitud de admiración creciente por el progreso técnico y tecnológico, las libertades de comercio y algunos paradigmas ideológicos del liberalismo provenientes de Estados Unidos. Máquinas de vapor y equipamiento diverso para la industria azucarera, locomotoras y complementos para el funcionamiento del ferrocarril, implementos agrícolas más eficientes y equipos industriales para las comunicaciones y otros sectores, importados de Norteamérica, hicieron posible que este país se erigiera en modelo del progreso agrícola, industrial, científico y comercial, que sustituiría paulatinamente el paradigma inglés o francés entre no pocos cubanos que constantemente lo comparaban con el cada vez mayor atraso español. Entre 1838 y 1842 Cuba ocupó el primer lugar de producción y exportación azucarera mundial; el promedio de su producción anual fue de 150 603 toneladas —el 23,3% de la producción mundial—, mientras que todas las colonias inglesas promediaron en el período 160 046 toneladas, el 24,8%. La primera danza de los millones cubana favoreció el rápido incremento de las relaciones comerciales con Estados Unidos.

A finales del siglo XVIII y principios del XIX hubo un auge extraordinario del comercio con la Unión, no solamente de azúcar y sus derivados, sino de otros productos; en 1790 la exportación total de azúcar fue de 15 423 toneladas, y de ellas, solo 237 se vendieron a los vecinos del norte; en 1795 el total fue de 14 659, y de ellas 2 100 se negociaron con el país norteño; en 1800, de 28 762 toneladas exportadas, 24 694 fueron a la Unión Americana, y en 1807, de 41 165, se comercializaron allí 38 564. En 1796 entraron a puertos cubanos 287 barcos españoles para cargar azúcar y solo 150 norteamericanos; en 1801 llegaron 109 españoles y 824 norteamericanos. Estas cifras demuestran el cuantioso volumen y la rapidez del auge comercial entre la Isla y el poderoso vecino, así como la pérdida del mercado con España. Al concluir el primer tercio de siglo el intercambio comercial con los norteamericanos ascendía a 15 millones por año, mientras que con la metrópoli era solo de 3; esta fue una de las razones para que en 1848 comenzara una guerra arancelaria entre Estados Unidos y España. En 1842 Cuba tenía más de 400 km de vías férreas y 252 ingenios que funcionaban con máquinas de vapor —en 1827 solo eran 23—; en 1853 se inauguraba la primera central telegráfica por hilos. Eran adelantos envidiables para cualquier colonia, y hasta para la propia metrópoli.

Con el comercio entraban también las ideas, y la convicción de que el factor de progreso venía de Estados Unidos, incluida la posibilidad de que los ingenios se transformaran en fábricas de azúcar con obreros, y se alejara el temor a las rebeliones de esclavos, sombra dejada por la revolución de Haití desde el siglo xviii y vigente en Cuba hasta mucho tiempo después. Algunos funcionarios del gobierno norteamericano hicieron públicos sus deseos de anexarse la Isla, y un grupo de camagüeyanos residentes en Nueva York liderados por Gaspar Betancourt Cisneros, El Lugareño, inició una campaña a favor de que Cuba se librara de la hegemonía española formando parte de la Unión Americana. El periódico La Verdad se erigió en vocero de esta corriente anexionista, y sostuvo una fuerte polémica con José Antonio Saco, quien con la madurez de su pensamiento reformista estaba convencido de que no era anexión, sino absorción, lo que se planteaba, pues al ser Cuba otro Estado de la Unión, se perdería su cultura, y hasta el idioma. Entre 1843 y 1855 algunos hacendados e intelectuales defendieron las ideas de este primer anexionismo porque, a juicio de ellos, cuando Cuba renunciara a sus vínculos políticos con España, podía conseguirse un salto económico extraordinario junto a Estados Unidos y un estatus especial que pudiera preservar su identidad cultural.
 
El principal impulsor de la corriente anexionista fue Narciso López, quien nacido en Venezuela, ejerció como general del ejército colonial en Cuba y gobernador de la región central. Depuesto de sus grados y cargos, se convirtió en jurado enemigo de la dominación española en la Isla y firme defensor de la anexión. Sin encontrar mucho apoyo entre los cubanos, ni tampoco en el gobierno federal norteamericano —pues no era “su hombre” para Cuba—, preparó cuatro expediciones de invasión, dos de las cuales se llevaron a efecto, pero fracasaron. Norteamericanos de mala fama y aventureros —parecidos a los que vendrían a engrosar posteriormente los ejércitos de los confederados del sur—, con solamente cinco cubanos, lo acompañaron en su desembarco por Cárdenas, donde ondeó por primera vez la bandera de la estrella solitaria, ideada por él y que después se convirtiera en la enseña nacional de Cuba por acuerdo de los independentistas en la constitución de Guáimaro. La otra invasión en 1851 fue por Pinar del Río, y en ella se dejó acompañar entre su tropa por un coronel de Estados Unidos y dos cubanos, pero fue denunciado y ejecutado ese año a garrote vil, con exposición en la habanera explanada de La Punta, para escarmiento público. Su intención fue buscarle a la Isla una “solución salvadora”, partiendo de las ventajas del comercio con los vecinos, para lograr un aumento de la riqueza, el progreso y el bienestar; su proyecto, aunque sumaba a algunos intelectuales, estaba desprovisto de una base cultural y política para el destino de la nación cubana, y por ello nunca obtuvo un apoyo decidido de un pueblo que ya tenía una identidad cultural diferente a la española, y si aún no había definido completamente su identidad nacional, estaba muy distante de la norteamericana.

El secretario personal de Narciso López fue el novelista Cirilo Villaverde, quien había nacido en el ingenio Santiago, cerca de San Diego de los Baños, en Pinar del Río, y se trasladó a la capital para estudiar en el Seminario San Carlos; se graduó de abogado, trabajó como periodista y se dedicó a la enseñanza en colegios de La Habana y Matanzas. Detenido como conspirador en 1848, se escapó de la cárcel al año siguiente y marchó hacia Estados Unidos, donde trabajó como maestro y periodista en Nueva York. Allí fue director del periódico La Verdad; como era amigo del general López, fue su colaborador y secretario particular hasta su muerte, enrolado en el ideario anexionista. En 1855 Villaverde contrajo matrimonio con la activa separatista Emilia Casanova y posteriormente trabajó en Estados Unidos a favor de la independencia de Cuba; algunos aseguran que la influencia de Emilia no fue poca. Al amparo de una amnistía concedida por el gobierno español en 1858, viajó a La Habana, pero en 1860 regresó a Nueva York, donde laboró en diversos periódicos. Cirilo Villaverde fue un fecundo y exigente periodista ya desde Cuba; sus primeras narraciones costumbristas y románticas se publicaron en revistas literarias como El Álbum, y también reunidas en libros; en 1839 dio a conocer en La Siempreviva dos capítulos de Cecilia Valdés o La Loma del ángel, novela cuyo primer tomo apareció ese mismo año en forma de libro. También escribió útiles evaluaciones sobre la propia prensa periódica, como “El periodismo en Cuba”, recogido en La Aurora, de Matanzas, en 1846. Participó activamente en las tertulias de Domingo del Monte, fue un crítico de la sociedad colonial y estuvo atento a las corrientes ideológicas que proponían un cambio favorable para el desarrollo económico, social y político de la Isla.

El costumbrismo y el romanticismo, mediante las narraciones publicadas en la prensa, el teatro, la música popular y el grabado, promovieron una sátira social que devino política. Esta proyección afianzó la identidad cultural de los cubanos; a la larga, la obra narrativa de autores como Cirilo Villaverde, Ramón de Palma, José Antonio Echeverría, Anselmo Suárez y Romero, Félix M. Tranco, Pedro José Morrillas… contribuyó a perfilar el rostro cultural de la nación, aunque todavía en sus primeras obras faltara precisión en los trazos. La labor periodística y literaria de Villaverde comenzó desde 1837, pero cobró auge en Cuba en la década del 40; entonces se definió como un gran narrador, especialmente con los primeros capítulos de Cecilia Valdés, novela que fue retomada, ampliada y concluida en Nueva York, donde fue publicada completa en 1882. Cecilia… es hija legítima de la literatura de costumbres que alentó el primer romanticismo literario de principios de siglo hasta la narrativa realista de la segunda mitad de la centuria, pero sobre todo es la novela mayor cubana del XIX, una de las más importantes de la literatura nacional y se inscribe entre las grandes latinoamericanas, no solo de esa época, sino de todos los tiempos. Clasificada como histórico-costumbrista, su proyección y estructura rebasa estos límites. Habrá que imaginarse lo que significó comenzar a publicar una novela con 27 años y dejarla definitivamente establecida a la edad de 70, cuando ha mediado un período de 43 años pleno de sucesos definitivos para la consolidación de la conciencia nacional, especialmente la Guerra de los Diez Años (1868-1878). Ha sido una novela concluida sin prisa, bajo la constante observación social, cercana y distante de la Isla, en un período convulso, entre la impaciencia juvenil y la madurez, para reconstruir en la ficción literaria una época, que al igual que el novelista, había cambiado mucho; quizás por esa circunstancia Enrique José Varona aseguró que “Cecilia Valdés es la historia social de Cuba”.

Cirilo Villaverde supo vencer las tentaciones románticas de su época inicial para mostrar las costumbres reales de un siglo signado por la violencia, un fresco de la sociedad cubana y una novela de personajes, no solo por su cantidad sino por el carácter protagónico de varios de ellos. El ambiente es preciso, y la tragedia se construye con magistral sucesión de episodios. Leonardo es hijo de un rico comerciante español que hizo fortuna con el contrabando de esclavos; Cecilia es una joven y hermosa mulata, capaz de conquistar con sus maravillosos encantos a miembros de la alta sociedad; la descripción del personaje Cecilia es fascinante, por su belleza, gracia, picardía y sensualidad: todos la llaman “la reina del baile”. La estructura dramática de la obra se basa en el amor de estos dos medios hermanos que, ajenos a su parentesco, provocaron un conflicto que ha sido pilar fundacional del melodrama latinoamericano, una audacia para aquellos tiempos, rayana, para algunos, con la inmoralidad. El drama de la sociedad colonial esclavista se ofrece y se impone con tintes realistas, y a veces naturalistas; Uribe, el mulato sastre, le dice a José Dolores Pimienta, enamorado de Cecilia: “Disimula, aguanta. Haz como el perro con las avispas, enseñar los dientes para que crean que te ríes. ¿No ves que ellos son el martillo y nosotros el yunque? Los blancos vinieron primero y se comen las mejores tajadas; nosotros los de color vinimos después y gracias que roemos los huesos. Deja correr, chinito, que alguna vez nos ha de tocar a nosotros. Esto no puede durar siempre así. Haz lo que yo. ¿Tú no me ves besar muchas manos que deseo ver cortadas?” (1). La complejidad de personajes víctimas del racismo, la hipocresía, la ambición, la vanidad… hacen de la novela un mosaico que reproduce la vida desde diferentes clases y grupos sociales, por lo que aporta un valor documental extraordinario, un gran alegato antiesclavista revelador de profundo conocimiento de la realidad social de Cuba. La novela resulta de obligada lectura para todos los que desean conocer el siglo XIX cubano.

Tanto Gaspar Betancourt Cisneros como Cirilo Villaverde vivieron mucho tiempo en Estados Unidos, pero nunca perdieron el contacto con la realidad de su tierra, continuaron pensando o actuando a favor de la liberación del colonialismo, y estaban al tanto de lo que ocurría en la Isla; fueron patriotas porque sus convicciones se apoyaron en ideales aun desde su primera etapa de deslumbramiento por el progreso económico y social norteamericano, y abrazaron la causa anexionista porque creyeron sinceramente que sería la manera más eficaz y rápida para salir del oprobioso dominio español; sin embargo, con la permanencia en el país norteño, después de conocer y vivir la historia de su expansión territorial, de escuchar los discursos de los políticos en que se ponían de manifiesto las apetencias imperiales y el desprecio a los pueblos asimilados, de apreciar las trampas de aculturación en que iban cayendo los emigrantes, y profundizar con madurez en la realidad social y cultural cubana, comenzaron a trabajar por las ideas separatistas hasta alinearse decididamente a favor de las independentistas. El Lugareño, obsesionado en sus inicios por el adelanto tecnológico y educacional en Estados Unidos, fue abandonando esta pasión para defender las razones de la independencia de Cuba. Cirilo Villaverde, luego de la experiencia de la conspiración con Narciso López, a quien guardó fidelidad hasta después de su muerte, se fue entregando a la causa de la independencia con un fervor creciente de ideas y apasionados argumentos; quien lea las cartas dirigidas entre 1852 y 1892 a Juan Manuel Macías, Francisco Javier de la Cruz, José Morales Lemus, José Gabriel del Castillo, Julio Rosas, Domingo Figarola Caneda y Vidal Morales (2), podrá aquilatar su labor patriótica de aquellos años; Villaverde terminó siendo un conspirador partidario de la “independencia absoluta”, y profesaba admiración sin reservas a la figura de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria independiente.
 
José Martí había comprendido, como nadie en su tiempo, el proceso ideológico de una buena parte de los primeros anexionistas y la transición de muchos de ellos, que pasaron a ser partidarios de la independencia, mientras el siglo se adentraba en su cuarto final. Sabía que algunos tenían el inconsciente pretexto de querer conseguir libertad sin sangre y que otros creían ingenuamente que se podía obtener progreso de un vecino poderoso sin entregar nada a cambio. Estas proyecciones, cuando se basaban en ideales, debían ser respetadas aunque no se compartieran. Sin embargo, a la altura de los años 80, para el Apóstol de la independencia y la libertad de Cuba, no había excusas ni se podía argüir ingenuidad ante proyectos de anexión basados en intereses económicos de hacendados ricos, y por ello fustigó a los anexionistas de esta época, y desenmascaró las ideas de quienes se habían adherido a esa tendencia en el deseo de evitar una revolución que perjudicara sus negocios. Ya en 1882 se había dado cuenta de lo peligrosa que podía resultar esa proyección, e hizo visibles a los que encabezaban el proyecto; en carta al general Máximo Gómez, para alertarlo ante este riesgo, le expresó: “Y aún hay otro peligro mayor, mayor tal vez que todos los demás peligros. En Cuba ha habido siempre un grupo importante de hombres cautelosos, bastante soberbios para abominar la dominación española, pero bastante tímidos para no exponer su bienestar personal en combatirla. Esta clase de hombres, ayudados por los que quisieran gozar de los beneficios de la libertad sin pagarlos en su sangriento precio, favorecen vehementemente la anexión de Cuba a los Estados Unidos” (3).

Martí sabía que solo quien desconociera la historia de Estados Unidos, o la de Cuba, podía pensar honradamente en esos años que la solución a los problemas de la Isla pasaba por la anexión, después de que los cubanos habían librado una guerra contra España durante la cual el vecino poderoso, “fuerte y desdeñoso”, se cruzó de brazos para esperar los resultados; él conocía que la “adoración rudimentaria por lo externo y aparente de un progreso que nos echa de su carro, y nos proclama indignos de entrar en él” (4), aunque sea sincera, es errónea. Como distinguía bien a unos y a otros, a los de ideales y a los de intereses, y además entendía los contextos y la evolución de esta tendencia, hacía las respectivas distinciones; por ello, al morir Cirilo Villaverde en 1894, le dedicó una memorable página en el periódico Patria: “De su vida larga y tenaz de patriota entero y escritor útil ha entrado en la muerte, que para él ha de ser el premio merecido, el anciano que dio a Cuba su sangre, nunca arrepentida, y una inolvidable novela” (5). No se confundía el Maestro con Villaverde, a pesar de sus simpatías por Narciso López, porque para escribir Cecilia Valdés, para vivir en Estados Unidos y madurar hasta colaborar con la causa independentista, había que ser valiente, honrado y sincero, hombre de ideales y de virtud. El más grande de todos los cubanos, en su ímpetu de audacia salvadora, sumaba a otro patriota grande para Cuba, el mayor novelista del país, cuando aseguraba: “Tenía derecho a hablar, porque en la hora de la prueba, cuando el empuje de Narciso López, no había mostrado miedo de morir” (6). Cirilo Villaverde expiró convencido de que no quedaba otro camino que la independencia, y a los pocos meses de su muerte, estalló la guerra necesaria organizada por José Martí.

 

Notas:
(1) Cirilo Villaverde: Cecilia Valdés o La Loma del Ángel, La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1972, t. I, pp. 290-291.
(2) Ana Cairo: “Epistolario de de Villaverde, 1852-1892”, en: Letras. Cultura en Cuba, La Habana, Editorial Pueblo y Educación, t. 4.
(3) “Carta al General Máximo Gómez”, Nueva York, 20 de julio de 1882, en:  Obras completas, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1975, t. 1, p. 238.
(4) “Discurso en Hardman Hall”, Nueva York, 16 de junio de 1890, ibídem, t. 28, p. 48.
(5) “Cirilo Villaverde”, Patria, 30 de octubre de 1894, ibídem, t. 5, p. 241.
(6) Ibídem, p. 242.

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