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Dominación y cultura popular. Por Jorge Ángel Hernández

Por Jorge Ángel Hernández/Cubaliteraria.- En el ámbito latinoamericano, la base de la técnica de producción radial, televisiva y cinematográfica tiene un origen estadounidense, no tanto por su perspectiva ideológica, sino por el grado de influencia de los adelantos tecnológicos en los sectores culturales. Pero la difusión masiva, por su necesidad de ser siempre creciente, por su monstruosa condición devoradora de ideas, soluciones y productos que requieren un tiempo desproporcionadamente mayor de conformación que de confrontación y consumo directo, legitima el carácter reproductivo —y no productivo— de la creación y, por supuesto, de los intentos de renovación en el nivel paradigmático de la cultura. Hay, pues, una cultura que, desde lo popular, reclama su inclusión en lo masivo, y una industria capaz de incluirla en un proyecto de redistribución. La perversidad reproductiva corresponde, por tanto, al mecanismo de mercado y no al paradigma cultural.

Los modelos reproductivos se suceden, entonces, sin que sea posible detenerse a analizarlos más que al cabo de un tiempo lo suficientemente largo como para haber incidido en el gusto y hasta en la conciencia de sus receptores. El pragmatismo de los medios de difusión masiva se sublima en los ratings, que son, a fin de cuentas, quienes definen la permanencia de todo un equipo de trabajo en su puesto laboral. Y mientras todo ese proceso productivo ocurre, los valores de la cultura entran en relación con esas mismas normas. Sin embargo, no podemos olvidar que el culebrón es un producto de origen cubano, extendido a América Latina y, de ahí, llevado a los Estados Unidos por sus posibilidades y sus características populares. La dominación, y esto es esencial, no se ejerce en, sino con la cultura; no se reproduce en las manifestaciones culturales, sino mediante mecanismos de consumo masivo.

Si las culturas dominadas logran crear y mantener espacios de genuina diversión y de resistencia cultural, será preciso hallar en la eficacia de su método, así como en la capacidad para seleccionar, asimilar y remodelar los elementos culturales externos, los procedimientos para la identificación y la autentificación de sus valores como cultura, como capacidad de crear y conocer, más allá de los elementos naturalizados por el proceso sociocultural. También se necesita una comprensión desprejuiciada de que los géneros no constituyen, en sí mismos, residuales de producción cultural ni expedientes seguros de valores culturales. Es su función dialéctica dentro del desarrollo cultural la que decide la pertinencia de su identidad y de su autenticidad en el metasistema en que la cultura se reconstituye al relacionarse con la sociedad que la engloba.

También la terminología ha entrado en crisis por la absolutización del carácter clasista de la cultura. Por una parte, se enfrenta la cultura élite y la alta cultura a la cultura de masas y la cultura popular, así como el buen gusto al kitsch, y el refinamiento a lo pintoresco o lo folclórico. Por la otra, los conceptos de dependencia, imperialismo, colonización, manipulación y enajenación cultural, se petrifican en la reproducción en el discurso de enfrentamiento clasista y se distancian irremediablemente de los procedimientos y métodos de la producción cultural. En Latinoamérica y su cultura (Quito, 1984), Arturo Andrés Roig advierte:

Aquellos que ponen el acento de modo exclusivo, parcial y en algunos casos hasta dogmático en la lucha de clases atienden sin duda alguna a algo que es de indiscutible importancia, mas corren el riesgo de perder poderosos elementos de aglutinación a través de los cuales las clases sociales, las etnias con su especificidad cultural dentro de esas clases, han creado, crean y recrean el mundo de los símbolos, mediante los cuales se reencuentran como sujetos capaces de revertir las relaciones de explotación y de dominación y de enjuiciar un nuevo discurso.

La falta de una especificidad que atienda isotópicamente a la universalización en que se desempeña, y, asimismo, la carencia de categorías funcionales de tipo universal en los estudios especializados, han marcado gran parte de las investigaciones sobre cultura y, en mayor grado, sobre cultura popular. Todos ellos, desde luego, contribuyen al desarrollo de un pensamiento y de una comunicación científica dentro de la cultura y no deben ser excluidos. A veces, incluso, no es posible excederse en los reproches si no es con el fin de catalizar un tanto el nuevo texto que se está formando por cuanto sus limitaciones son justamente el eslabón dialéctico que se pretende encontrar. Y es lógico, por demás, que los ejercicios de especialización contemporánea hagan que unos intenten resolver el problema desde las instancias de los elevadores, como irónicamente lo calificara Néstor García Canclini, mientras que otros se zambullen en la dinámica de los hormigueros.

Los arquetipos de élites y dominados, y los relativismos que desde la teoría absolutizan la conducta masiva, limitan las posibilidades de investigación científica y escamotean la estructuralidad de los sistemas mediante los cuales lo popular se configura, medien o no el mercado, las tecnologías o las instituciones.

La industrialización de la sociedad, basada en la superación de la condición artesanal general de toda la esfera productiva, impuso a la supervivencia artesanal un carácter de otredad. Mientras que la industria denotaba el progreso, la artesanía denotaba el atraso. Esto condujo a un arquetipo perfectamente asentado en la utilidad, en el sintagma utilitario de todo suceso, y alejó en la percepción temporal de la sociedad a ese productor artesanal que, sin embargo, aportaba a los valores de la tradición a esa cultura aún sin identificar.

Si las artesanías se producen —y en esto coinciden los teóricos— en virtud del consumo, de la compraventa, parece un contrasentido la condición arcádica y estática que se les atribuye. ¿Es arcádico Shakespeare porque, en su obra, refleja una época pasada (respecto a su tiempo de escritura)? Si no se insertan en el consumo las artesanías, como cualquier tradición popular, y en el plano de su receptividad, en tanto él mismo se patentiza, no pueden existir. El ser humano, de hecho, está obligado a coordinar su propia proyección artesanal dentro de su necesidad de progreso científico. Los avances especulativos dentro de la misma explosión científica son muy artesanales, así como es artesanal el propio sistema de composición del pensamiento. La demanda de esas artesanías de la población actúa como indicadora de una carencia de los valores y significados que ellas portan. Es, en toda la extensión semiótica, un índice. La sociedad industrializada acude al mercado en busca de ese pasado cultural impuesto en esa condición por el propio desarrollo de que es objeto en la evolución social. Y el índice, por su condición metodológica, anterior y muy particularizada, también suele perder importancia, tal y como ocurre con el mismo estatuto popular, en las generalizaciones culturológicas.

Del mismo modo, aparecen esas tradiciones que Carlos Monsivais llamara fotogénicas: aptas para ser contempladas y manipuladas, y son efectivamente objeto de contemplación y sujeto de manipulación tanto desde la dominación hacia los dominados como a la inversa, aunque esa correspondencia se realice a partir de diversos niveles isotópicos. Incluso la canonización inmediata de personalidades del arte, la política, el deporte, etcétera, que se realiza gracias a la inmediatez subyugante de la difusión masiva, es un procedimiento de sincretismo implícito logrado a partir del paradigma de lo establecido en la moral, lo social y la cultura, en contigüidad con las ideas e intenciones sustentadas de momento.

La tradición es condición cultural de las costumbres; condición que se adquiere en el paso y la constitución en metasistema de esa serie de costumbres y actividades humanas primordiales. Los sectores populares se arraigan a condiciones de carácter regional o étnico porque sus posibilidades de comunicación a distancia y de divulgación y confrontación de sus discursos culturales son pobres, cuando no nulos. Del mismo modo, les es difícil el consumo de otras proposiciones, salvo las que difunden los valores estandarizados por los medios de comunicación masiva. La vía para constituir un metasistema operativo dentro del sistema cultural que las engloba es la agrupación mínima étnica o geográfica, atendiendo siempre a la filiación social más inmediata —al ethos— y a la topología permanente en que se distinguen esas filiaciones.

Son dominadas, por tanto, a través de instrumentos que usan su cultura, pero que no la definen en última instancia. Pueden, incluso, depredarla, o derivarla en productos con marcas que son apenas índices semióticos, pero no construirla, no producirla desde su misma esencia.

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