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Cubano José Martí explica la envidia chilena al PERÚ

Martí anota en su Cuaderno N° 13 (tomo 21 de Obras Completas, edición cubana) sus recuerdos de la lectura Historia de la Guerra del Pacífico, de Diego Barrós Arana (Santiago, 1880) pasajes como el que sigue:

Las razones de la envidia chilena al Perú :

“Chile venía apeteciendo el territorio, poblándolo a su guisa, y poniendo la mira en el vejamen y destrozo del pueblo peruano,-cuyas riquezas naturales, desdén del acumulamiento paciente de la fortuna, y brillo intelectual, como que son condiciones que ella no posee, -envidia. Si con Bolivia era la querella ¿a qué ir a Lima, sólo porque el Perú protegía, como era natural, sus tierras de Tarapacá y pedía un mes pa. declararse o no neutral; -y no ir a La Paz, donde estaba el Gobierno vejador, perseguidor de los chilenos, arruinador de la Compañía de Antofagasta,-el dueño de los terrenos discutidos, el enemigo más cercano, y disputado del terreno discutido, el perpetuo ofensor y burlador de los tratados y derechos chilenos; que así lo pinta Barrós?”

Chile tuvo muy pocas escuelas, un modesto seminario, un colegio conventual, y desde mediados del siglo último una universidad, al estilo de las de España, pero en pequeño, y mucho más atrasada. Al terminarse la dominación española no había en todo el país 10 hombres que hubieran podido comprender otro latín que el de los comentadores de las leyes de Castilla o de los Tratados de Teología y Derecho Canónico, ni que pudieran leer una página en francés o en cualquier otro idioma moderno. Mientras México y Perú tuvieron imprenta desde el siglo 16, y las otras colonias desde el siglo 18, Chile no la tuvo hasta 1812, dos años después de haber iniciado el movimiento de independencia.

“…Ni el Perú provocó a Chile, puesto que nada tuvo que hacer el Perú con la ocupación de Antofagasta, principio imprevisto y súbito de la guerra; ni el Perú se ocupó en dar o negar la declaración de neutralidad, que maliciosamente exigió Chile, sabiendo que, dado el tratado de alianza con Bolivia, había de vacilar en responder, para hallar de esta vacilación indispensable, que no podía ser más inofensiva, pretexto para la declaración de guerra; -ni puede dejar de pensarse que si el Perú hubiera asumido actitud tan arrogante, y deseado tan ardientemente la lucha, y estado tan de antemano preparado pa. ella, -no hubiese pedido un mes de plazo, (lo cual era visiblemente manera de retardar, sino evitar, el conflicto, o de hallar durante el mes un modo de evitarlo aún no hallado) para hacer la declaración, sino que, en acuerdo con su arrogancia, con su desdén de su adversario, con el auxilio que esperaba de Bolivia, con su doble número de tropas de mar y de tierra, con su presunción en sus ciencias militares, con su convicción de que la guerra sería una campaña de aparatos, y con los 5 millares y medio de población que podía alzar con la de Bolivia, contra los 2.500,000 de Chile;-en acuerdo con todo esto, que supone en el Perú, y afirma que en él había y bullía, Barros Arana, hubiera -sin necesidad de declarar la guerra, y suponiendo que mientras comenzaba transcurriría spre. el mes de preparación que se intenta creer que buscaba con la demora-hubiera publicado su tratado de alianza, y declarado que estaba a él. Paréceme ver intento marcado, generoso y prudente intento, en el Gobierno del Perú de impedir la guerra, y de buscar tiempo y medios para impedirla. Niego a Chile el derecho de declarar la guerra al Perú. Y si Chile dice que no podía desocupar a Antofagasta, como el Perú le pedía, pa. tratar con Bolivia, porque desamparaba los intereses de los chilenos, ¿por qué calla la fórmula o las fórmulas que indudablemente proponía Lavalle, porque no hubiese tenido sentido común que no los propusiera, para garantizar las propiedades de los cuidadanos de Chile mientras se gestionaba el arreglo?…”

Ante las acusaciones de Barrós acerca de la supuesta voluntad belicista del Perú, Martí dice:

“Si el Perú hubiese querido la guerra ¿no hubiera estado preparado para ella?-¿no hubiera enviado con anticipación sus tropas al Sur? ¿Hubiera Prado hecho lo que privadamente hizo por evitarla?-¿No era natural que el Perú, cuyo territorio meridional estaba ocupado por chilenos, temiese una invasión semejante a la de Chile envalentonado por lo de Atacama?-¿No era natural que una prensa americana se encendiese en ira por la ocupación de Antofagasta, visiblemente deseada y premeditada con cautela? ¿Podía romperse un tratado de alianza, hecho con el Congreso, sin el Congreso? ¿Podía reunirse el Congreso con menos de un mes? Si el Gobierno del Perú hubiese deseado la guerra ¿ a qué exponerse a evitarla, con la acción de Prado y Lavalle? -Parece claro que si el Perú, ardiente y generoso, quería el castigo del pueblo patricida, su Gobierno prudentemente evitaba el conflicto. ¡Que el Perú, en aquel mes en que difería la respuesta, sólo buscaba aplazamiento pa. prepararse! Pues con él, -¡no se lo daba a Chile! Pues si hubiera anhelado la lucha -hubiérale con un mes bastado para prepararse a ella. Ni qué cabía hacer en un mes, desprovisto como estaba para el cruento combate? Ni cómo había de imaginar, a pesar de los sucesos de Bolivia, que tal cosa espantosa fuese cierta? Porque dos pueblos de América merecen ser quemados por el fuego de Dios si vienen a guerra! y por dineros! y por minas! y por cuestión de pan y bolsa! Oh! que fuera la ira látigo que flagelase, o barrera que cercase, o palabra que ennobleciese y conmoviese al hermano traidor! Traidor a su dogma de hombre, y a su dogma de pueblo americano!..”

Condena el carácter devastador de la guerra y la rapiña del vencedor:

“…Bolivia fue pretexto, con el cual se recogió de paso a Antofagasta; Perú, el objeto real, en el que se iban a saciar, no tanto ansias de poseer las salitreras de Tarapacá, cuanto viejos, celosos y tenaces rencores. El odio del fuerte al débil, odio misterioso e implacable: el odio del que envidia una superioridad de espíritu y una largueza de corazón que no posee. El odio del que no inspiraba simpatías hacia el que las inspira. El odio del mezquino al generoso: un odio grande. La guerra toma, en manos de Chile, un carácter devastador, asolador innecesario de la riqueza peruana, desde el primer combate, el de Iquique. Cuéntalo así Barros: Habían salido del Callao la Unión y Pilcomayo el 7. El 12 de abril avistan al N. de la embocadura del Loa a una cañonera chilena Magallanes: Aurelio García contra Juan J. Latorre. Averióse una de las máquinas peruanas. Retiráronse éstos. De enfrente de Iquique, donde regía la escuadra chilena el Almirante Williams Rebolledo “salieron algunas naves a recorrer la costa vecina, destruyendo los muelles y aparatos de embarque que el gobierno del Perú tenía en esos lugares para el carguío del guano”. Pues ¿eran acaso los muelles y aparatos instrumentos de guerra? Pues ¿estaba la guerra suficientemente enconada en esa primera escaramuza para justificar esa destrucción injustificada y a mansalva? Pues no es claro desde el primer instante que la guerra no se hacía por honor mancillado, sino por odio a las riquezas del Perú -el más villano, el menos excusador, el más imperdonable de los odios?

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