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Cuba: Rancheadores y cimarrones, enemigos a muerte. Por Marta Denis Valle*

La Habana (PL) Con el nombre de rancheador, existió en Cuba una figura recreada hoy en telenovelas brasileñas como el cazaesclavos, que era los ojos y brazos del amo esclavista en la persecución, captura o asesinato de los fugitivos cimarrones.

  Con perros amaestrados y sus armas, los cazadores de cimarrones aterrorizaban a los perseguidos aunque nunca lograron eliminar totalmente esta forma de enfrentar a los opresores.

Los perros de presa, llamados también de busca, fueron adiestrados para cazar negros y, por su fama, canes de La Habana se emplearon además en Jamaica, Haití, Nicaragua y en Estados Unidos durante la Guerra Civil.

Se denomina cimarrón a la planta silvestre de la cual hay otra cultivada y al animal doméstico que se convierte en montés; este término se utiliza aquí desde tiempos remotos e igualmente en otras colonias españolas del Caribe y el continente americano.

En la conquista y colonización, los españoles sometieron a los habitantes aborígenes y luego introdujeron esclavos africanos; a unos y otros llamaron cimarrones cuando huían de su explotación.

Los indocubanos cimarrones fueron frecuentes en la primera mitad del siglo XVI y hacia finales de esa centuria se incrementaron los negros cimarrones hasta la abolición de la esclavitud (1880-1886).

Se calculan en unos 930 mil los esclavos africanos introducidos en Cuba desde el siglo XVI hasta ese momento.

Presente en la sociedad colonial también de antiguo, el rancheador fue un esbirro esclavista encargado de perseguir a los fugitivos que escapaban y se internaban en lugares apartados (ciénagas, cuevas, bosques y montañas) para vivir en libertad.

Debía arrasar los ranchos de los esclavos huidos y, por ello, arranchador constituyó la primera denominación, pero en los documentos que luego se convirtieron en historia, prevalió rancheador.

Al principio, estas cuadrillas eran contratadas por los llamados encomenderos (colonos que recibieron aborígenes) y desde 1542 se oficializó la formación de partidas paramilitares con estos fines, mediante un artículo de las Ordenanzas Municipales, aunque no había reglamento al respecto.

Existían contradicciones entre los propietarios empeñados en recuperar a sus esclavos en buen estado y la actuación de rancheadores que abusaban de sus atribuciones, maltrataban a los fugitivos o les daban muerte alegando la imposibilidad de capturarlos vivos.

Se mantuvo esta práctica hasta finales del siglo XVIII cuando el Real Consulado de Agricultura, Industria y Comercio y Junta de Fomento, de La Habana -entidad que actuó de 1779 a 1877-, propuso establecer un Reglamento que fue sancionado por Madrid.

El denominado Reglamento de Cimarrones, de 1796, definió la condición de tales y estableció normas en cuanto a los rancheadores y su paga.

"Todos los esclavos que se encuentren sin papel de su amo, mayordomo o mayoral, o con papel que pase de un mes de fecha, a tres leguas de la hacienda de criar y a legua y media de las de labor, serán tenidos por cimarrones".

Un reglamento de arrancheadores fue adoptado en Santiago de Cuba, el 7 de febrero 1814, el cual normaba las condiciones y circunstancias de sus actividades.

El rancheador debía informar de sus gestiones a la Junta de Fomento y Consulado de La Habana, que con autorización del Capitán General de la Isla de Cuba, disponía la formación de la cuadrilla de buscadores y el pago a los mismos.

Entre la papelería del Archivo Nacional de Cuba se encuentran los fondos de la Junta de Fomento, incluidos los de cimarrones.

Existe abundante documentación en los archivos cubanos acerca de los cimarrones, tanto de los que vagaban solos, en pequeños grupos o lograban establecer rancherías conocidas como palenques.

Por ejemplo, en 1797 un grupo de hacendados de la región occidental reportaron la huida de sus propiedades de 216 esclavos; años después se hablaba de unos 500 cimarrones en la región de Vuelta Abajo.

Fueron numerosas las solicitudes que atendió Francisco Estévez, jefe de una partida de rancheadores que operó de 1837 a 1842, en zonas de ingenios azucareros y cafetales, peinando constantemente el territorio comprendido desde Guanajay hasta el Cabo de San Antonio, ya fuera montañoso o cenagoso.

Una gran concentración de cimarrones se ubicaba en el oriente del país, en las proximidades de Santiago de Cuba; otro refugio constituyó la Ciénaga de Zapata, en el sur de la actual provincia de Matanzas.

Tanto el cimarronaje como la presencia de rancheadores aumentaron su importancia en los años del auge de la esclavitud, en la primera mitad del siglo XIX, en que el 36 por ciento de los esclavos pertenecían al régimen de plantación.

La Corona dispuso la libre contratación de esclavos africanos (1789) y la posterior prórroga, y aunque resultó eliminada la trata oficial (1820), hubo un notable incremento del comercio clandestino (el último cargamento arribó en 1873).

En la década del 40 de esa centuria, la población esclava alcanzaba el 36,02 por ciento de los habitantes de Cuba, de ellos el 55 por ciento trabajaba en actividades agrícolas y el 45 por ciento en labores domésticas urbanas.

A los ingenios correspondían 50 mil esclavos (17,4 por ciento), en 1827, y 100 mil (22,9 por ciento), en 1841; mientras que las cifras en los cafetales, en igual período, fueron 50 mil (17,4 por ciento) y 60 mil (13,7 por ciento), según datos estadísticos, de los gobernantes de la época.

*Historiadora, periodista y colaboradora de Prensa Latina

jhb/mdv

 

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