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Martianos. Seguidores del pensamiento de José Martí Red de los emigrados cubanos

CORRESPONDENCIA: UN DÍA INOLVIDABLE EN LA HISTORIA PATRIA

Por Narciso Fernández Ramírez

publicado por verbiclara

LA-GUERRA-NECESARIA

El 25 de marzo de 1895 fue un día clave en la vida de José Martí. No el más angustioso, pero sí uno de los más intensos de su azarosa existencia luego del fracaso de la Fernandina, cuando los tres barcos con armas para Cuba fueron incautados por el Gobierno de los Estados Unidos. Ninguno podía serlo más en su vida dedicada por entero al ideal independentista.
Ese día, en Montecristi, República Dominicana, el Apóstol escribió cuatro documentos de un valor extraordinario: el llamamiento del Partido Revolucionario al pueblo de Cuba, conocido como Manifiesto de Montecristi, y las cartas a su madre Doña Leonor, a su hija del alma María Mantilla y a ese gran hermano dominicano que fue Federico Henríquez y Carvajal.
Los redactó como siempre, escaso de tiempo. Nunca le alcanzaron las horas. A 120 años de tales acontecimientos resulta difícil saber a ciencia cierta cuál antecedió al otro. Pero de lo que no existen dudas es que en cada uno volcó lo mejor de sí y la suma de sus sentimientos amorosos, patrióticos y antimperialistas
A sus 42 años, casi recién cumplidos, y en vísperas de salir hacia Cuba junto al General en Jefe Máximo Gómez, Martí sintió lo imperioso de dejar constancia del caudal de sus ideas, del torrente de su pensamiento vasto y culto. Como hijo, el deber de decirle a su progenitora todo lo que siempre había representado en su vida; como padre espiritual, aconsejar a su querida hijita María Mantilla; al amigo dominicano, revelarle lo más íntimo y hondo de su pensamiento revolucionario y latinoamericanista.
Y como delegado del Partido Revolucionario  Cubano —electo desde 1892 de manera democrática por los Cuerpos de Consejo—, dejar bien sentadas las ideas democráticas y patrióticas que inspiraban el levantamiento armado del 24 de febrero. Plasmar para la posteridad todo el caudal de experiencia acumulado en más de 15 años de prédica patriótica y fijar su ideal y el del Generalísimo Máximo Gómez. En resumen, proclamar ante el mundo un plan de lucha: el Programa de la Revolución de 1895, el de la Guerra Necesaria.

DEL MANIFIESTO DE MONTECRISTI

Cada palabra, cada idea, cada párrafo expresaba un concepto. Nada fue fruto de la improvisación, al contrario. En él se sintetizaban 15 años de lucha en la emigración, dedicado a unir lo diverso y lo disperso y a tejer las redes seguras de la conspiración en Cuba.
Desde la primera línea, Martí definía con meridiana certeza que la Guerra del 95 era continuidad de la del 68, pero esta vez, más organizada y con la existencia de un partido revolucionario que le sirviera de vehículo: «La revolución de independencia, iniciada en Yara después de preparación gloriosa y cruenta, ha entrado en Cuba en un nuevo período de guerra, en virtud del orden y acuerdos del Partido Revolucionario en el extranjero y en la Isla, y de la ejemplar congregación en él de todos los elementos consagrados al saneamiento y emancipación del país, para bien de América y del mundo».
Según apuntaba el Manifiesto, la guerra no era el «insano triunfo de un partido cubano sobre otro, ni la cuna de tiranías y de odios raciales, sino el producto disciplinado de fundadores de pueblos; la guerra sana y vigorosa de hombres capaces de gobernarse por sí mismos, sin reproducir los anquilosantes modelos de las repúblicas feudales y teóricas de Hispano-América».
Tampoco era la Revolución del 95, la guerra contra el español, como hacía creer la Metrópoli, sino contra el régimen despótico de España. Menos aún era una guerra de razas: «Solo los que odian al negro ven en el negro odio», dejaba claro el Delegado.
Para el más genial y universal de los políticos cubanos, como lo definiera Fidel, la guerra iba mucho más allá, tenía un alcance mayor, y así lo plasmó en uno de los párrafos de mayor importancia del Manifiesto de Montecristi:
«La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en [el] plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo. Honra y conmueve pensar que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia, abandonado tal vez por los pueblos incautos o indiferentes a quienes se inmola, cae por el bien mayor del hombre […]»
Como reconoce el investigador e historiador Yoel Cordoví, hubo tanta coincidencia del pensamiento martiano con el de Máximo Gómez, tal identificación de criterios, que el propio Martí en carta a Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra afirmó: «Del Manifiesto […] luego de escrito no ocurrió en él un solo cambio […] sus ideas envuelven, […] aunque proviniendo de diversos campos de experiencias, el concepto actual del general Gómez y el Delegado».
Una vez concluido el conflicto bélico, el Manifiesto fue bautizado por el Generalísimo como «el Evangelio de la República».

A DOÑA LEONOR

Quién no se ha emocionado hasta las lágrimas al leer la carta de despedida de José Martí a su madre:

Madre mía: Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en Vd. Yo sin cesar pienso en Vd. Vd. se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de Vd. con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre.
Abrace a mis hermanas, y a sus compañeros. ¡Ojalá pueda algún día verlos a todos a mí alrededor, contentos de mí! Y entonces sí que cuidaré yo de Vd. con mimo y con orgullo. Ahora, bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza. La bendición.
Su
J.  Martí
[Montecristi] 25 marzo 1895
Tengo razón para ir más contento y seguro de lo que Vd. pudiera imaginar. No son inútiles la verdad y la ternura. No padezca.
José Martí

Difíciles habían sido siempre las relaciones con su madre, que no entendía cómo su adorado Pepe malgastaba su vida en causas inútiles y no en la familia, la mujer, el hijo; en ella, en sus hermanas.
Pero eso no restó un ápice del amor de José Martí a quien le había dado el ser. De ahí la necesidad que sintió, horas antes de partir a cumplir la palabra empeñada de luchar por la libertad de su Patria, de hacerle tales líneas salidas del corazón.
No fueron las únicas. Baste recordar la dedicatoria del retrato en que el joven Martí aparece con el pelo rapado y en grilletes, en las canteras de San Lázaro: «Mírame, madre, y por tu amor no llores: Si esclavo de mi edad y mis doctrinas, tu mártir corazón llené de espinas, piensa que nacen entre espinas flores.» Fue la última oportunidad de expresar tanto amor acumulado. Como se conoce, Martí no vio realizado su sueño de ver a sus seres queridos alrededor suyo, contentos de él. Su muerte gloriosa en Dos Ríos lo impidió.
Desde 1887 no pudo contar más con el abrazo amoroso de Doña Leonor.

A MARÍA, SU HIJA ESPIRITUAL

Todavía el 25 de marzo, el día le alcanzó al Apóstol de la independencia de Cuba para escribirle una carta de despedida a su hija espiritual María Mantilla. Deseoso Martí de sentirse amado por la niña en que volcó todo el cariño que la ausencia de su Ismaelillo le ocasionó, tras la ruptura con su esposa Carmen Zayas-Bazán, le da consejos de padre a hija. La misiva también la dirige a Carmen Miyares, la madre de su María. Así le escribe a ambas:

Mi María y mi Carmita:

Salgo de pronto a un largo viaje, sin pluma ni tinta, ni modo de escribir en mucho tiempo. Las abrazo, las abrazo muchas veces sobre mi corazón. Una carta he de recibir siempre de Uds, y es la noticia, que me traerán el sol y las estrellas, de que no amarán en este mundo sino lo que merezca amor, —de que se me conservan generosas y sencillas,—de que jamás tendrán de amigo a quien no las iguale en mérito y pureza. —Y ¿ en qué pienso ahora, cuando las tengo así abrazadas? En que este verano tengan muchas flores: en que en el invierno pongan, las dos juntas, una escuela: una escuela para diez niñas, a seis pesos, con piano y español, de nueve a una: y me las respetarán, y tendrá pan la casa. Mis niñas ¿me quieren?      —Y mi honrado Ernesto. —Hasta luego. Pongan la escuela. No tengo qué mandarles —más que los abrazos. Y un gran beso de su

Martí

[Montecristi] 25 marzo.—1895

Luego tendría la posibilidad de escribirle la más significativa, del 9 de abril de 1895, desde Cabo Haitiano, considerada por el investigador Salvador Arias su testamento pedagógico.

A HENRÍQUEZ Y CARVAJAL

Conocedor del empeño enorme que tenía por delante y de los peligros que arrostraría con su partida hacia Cuba, Martí aún aprovecha ese día 25 para escribirle a su amigo dominicano Federico Henríquez y Carvajal. Carta considerada por buena parte de los historiadores como su testamento político, y para otros, su testamento antillanista, todavía no es lo suficientemente conocida por las actuales generaciones, que debieran beber más de ella para nutrirse del enorme caudal de ideas que expresa.
En el pórtico de un gran deber, como él mismo escribiría a su amigo, Martí hace ver su carácter de hombre entero y su disposición de morir por su patria. Sobre la necesidad de su presencia en Cuba, no deja lugar a duda: «Donde esté mi deber mayor, adentro o afuera, allí estaré yo. Acaso me sea dable u obligatorio, según hasta hoy parece, cumplir ambos. Acaso pueda contribuir a la necesidad primaria de dar a nuestra guerra renaciente forma tal, que lleve en germen visible, sin minuciosidades inútiles, todos los principios indispensables al crédito de la revolución y a la seguridad de la república».
Más adelante afirma: «Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar. Para mí la patria no será nunca triunfo, sino agonía y deber. Ya arde la sangre. Ahora hay que dar respecto y sentido humano y amable, al sacrificio; hay que hacer viable, e inexpugnable, la guerra; si ella me manda, conforme a mi deseo único, quedarme, me quedo en ella; si me manda, clavándome el alma, irme lejos de los que mueren como yo sabría morir, también tendré ese valor».
Y remata su ideal patriótico con un deseo, el del más humilde de los soldados, pero que ha llevado a algunos a inferir de esas palabras la idea del «suicidio romántico» de Martí: «Yo alzaré el mundo. Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir callado. Para mí, ya es hora».
Y si en su carta inconclusa a Mercado, del 19 de mayo, fue más explícito acerca del peligro que representaba el imperialismo norteamericano, no por ello dejó de denunciarlo en la referida misiva al amigo dominicano: «Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo».
La despedida estuvo a la altura de su genialidad política: «Me arranco de Vd., y le dejo, con mi abrazo entrañable, el ruego de que en mi nombre, que sólo vale por ser hoy el de mi patria, agradezca, por hoy y para mañana, cuanta justicia y caridad reciba Cuba. A quien me la ama, le digo en un gran grito: hermano. Y no tengo más hermanos que los que me la aman».
Y por si quedara algún vestigio de duda acerca de su convicción de luchar al precio de su vida por la independencia de su Patria, que a su vez, era la de Nuestra América, como él mismo la había denominado, termina de la siguiente manera: «Levante bien la voz: que si caigo, será también por la independencia de su patria. Su José Martí».

EPÍLOGO

Pero el 25 de marzo es mucho más en la Historia de Cuba. Ese propio día, a las seis de la tarde, salía desde Puerto Limón, Costa Rica, el general Antonio Maceo a bordo del «Adirondack», con la primera expedición revolucionaria que llegaría a playas cubanas en la última guerra de independencia. Lo acompañaban Flor Crombet, jefe de la expedición, su hermano José y otros patriotas.
Su partida creó hondo revuelo entre los españoles, tanto, que casi de inmediato sustituyeron al entonces capitán general de la Isla de Cuba, general Emilio Callejas, por el hasta entonces invicto Arsenio Martínez Campos, al que nuevamente Maceo eclipsaría, como en Baraguá, en el famoso combate de Peralejo, ya en plena invasión hacia occidente.
Ocho años más tarde, el 25 de marzo de 1903, nació Julio Antonio Mella, adalid de las luchas revolucionarias de la primera mitad del siglo xx en Cuba y Latinoamérica; de abuelos dominicanos, para mayor coincidencia, y puente generacional imprescindible entre José Martí y Fidel Castro.

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