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CORRESPONDENCIA: ¿Pueden colaborar Cuba y EE.UU en la ciencia a pesar del bloqueo?

Por: Carlos Rodríguez Castellanos

Físico, profesor de Mérito de la UH, y Vicepresidente de la Academia de Ciencias de Cuba.

El bloqueo norteamericano contra Cuba está moralmente derrotado y condenado a desaparecer. A más de cinco décadas de resistencia heroica del pueblo cubano y de creciente apoyo internacional, se suma hoy la oposición mayoritaria del pueblo norteamericano, cubanoamericanos incluidos, y la del mismísimo gobierno de los Estados Unidos, que lo considera inefectivo para sus fines. Sin embargo, la agonía puede ser más o menos larga. Como lo demuestran los últimos acontecimientos, el núcleo contrarrevolucionario atrincherado tras la mayoría republicana del congreso puede aun frenar y hasta revertir por momentos el proceso de normalización de relaciones, cuyo elemento principal es la eliminación completa del bloqueo.

Una de las vías de lucha contra el bloqueo es desmontarlo por partes: el turismo, la salud, el comercio agrícola, la cultura, el deporte, las comunicaciones, la ciencia…. Esto incrementa la responsabilidad de cada sector de las sociedades cubana y norteamericana en cuanto a promover acciones para hacer inefectivo al bloqueo en la esfera de actividad que cada quien mejor conoce.

La ciencia parece una buena candidata por varias razones muy generales:
• Es muy importante para ambos países. Para los Estados Unidos representa, desde los tiempos del famoso libro de Vannevar Bush, “la frontera sin fin”. Para nosotros, la única alternativa es “el futuro de hombres de ciencia” vaticinado por Fidel en 1962. Si es importante para ambos, amerita esfuerzos comunes.

• La ciencia es una excelente vía para la comprensión mutua, mucho mejor que la ideología política o la religión. Los científicos no sólo comparten conocimientos y métodos, sino normas de conducta y principios éticos que facilitan la comunicación. Entre estos principios está que la búsqueda del conocimiento es una empresa internacional y que ningún participante “bona fide” debe ser excluido de ella. Los científicos cubanos y norteamericanos deben tener libertad para colaborar.

• La existencia en ambas partes de laboratorios científicos actualizados y especialistas bien entrenados es con frecuencia una garantía y hasta un requisito para la cooperación en otros campos, especialmente en temas de seguridad mutua.

En este contexto puede inscribirse el reciente incremento de los intercambios entre científicos cubanos y norteamericanos. Como parte de estos flujos exploratorios, participé junto a los profesores Luis Montero y Dionisio Zaldívar en una visita a Washington, organizada por las sociedades de química de ambos países, para integrar un panel sobre “oportunidades para la colaboración en la ciencia y la educación superior” que sesionó en el “National Press Club” el pasado 29 de junio. El panel formó parte de la serie “La Ciencia y el Congreso”, que hace muchos años conduce la Sociedad Americana de Química para informar a los círculos políticos de ese país sobre temas en que la ciencia y la política se tocan. El programa incluyó también contactos con directivos de otras sociedades científicas radicadas en Washington, de la National Science Foundation, del Departamento de Estado y del equipo de la minoría demócrata en el Comité de Ciencia y Tecnología de la Cámara de Representantes. En todos los intercambios sostenidos se puso de manifiesto el gran interés, y hasta el entusiasmo en algunos casos, por darle un fuerte impulso a la cooperación científica entre Cuba y los Estados Unidos. En particular, constatamos la excelente disposición por parte de varios científicos de origen cubano bien establecidos dentro del sistema académico norteamericano.

El interés cubano por esta colaboración es más o menos evidente. Por supuesto que nos interesa beneficiarnos del intercambio con lo más avanzado de la ciencia y la tecnología norteamericanas, desarrollar proyectos conjuntos, optar por becas y acceder a los apoyos financieros para estas acciones sobre las mismas bases que lo hacen otros científicos en el mundo. Quisiéramos entrenar a nuestros especialistas en sus universidades, sin que para ello tengan que renunciar a residir en su país de origen. Actualmente las regulaciones del embargo discriminan a los que residimos en Cuba, ya que nos prohíben el acceso a las principales fuentes norteamericanas de financiamiento de la ciencia. También nos interesa que desaparezca la prohibición de acceder, en cualquier mercado, a equipos y u otros medios para la investigación, que contengan más del 10% de su costo en patentes norteamericanas, lo cual nos obliga en ocasiones a comprar equipos de inferior calidad o a pagarlos más caros o a renunciar al suministro de piezas de repuesto y otros servicios postventa.

Menos evidente podría parecer el interés norteamericano. Sin embargo, la cooperación científica con Cuba también beneficiará al pueblo norteamericano, porque compartimos muchos problemas. Importantes amenazas a la salud, el medio ambiente y la seguridad son comunes a Cuba y a los Estados Unidos. Desde los mosquitos transmisores del Dengue o el Zika hasta los huracanes en el Golfo de México, el impacto sobre las zonas bajas del aumento del nivel del mar y otros efectos del cambio climático, la creciente prevalencia del cáncer y la diabetes en ambas poblaciones, la migración de especies y otros “tráficos” a través del estrecho de la Florida, por sólo citar algunos temas. Por ejemplo, en los Estados Unidos ocurren al año 70 000 amputaciones por úlceras de pie diabético. Según la literatura científica, el tratamiento cubano, basado en el Heberprot-p reduce en un 70 % el riesgo de amputación. El beneficio potencial es enorme, pero el embargo norteamericano obstaculiza la introducción de éste y otros productos, como la vacuna terapéutica contra el cáncer de pulmón, o nuestras valiosas experiencias en salud comunitaria en el sistema de salud de los Estados Unidos.

Aunque los intercambios han estado muy limitados durante las últimas décadas, siempre hubo científicos e instituciones de ambos países que, venciendo todas las barreras, tendieron puentes y lograron mantener viva la cooperación. El incremento actual de los contactos tiene una deuda de gratitud con ellos. Las sociedades científicas, que son un segmento muy importante de la sociedad civil, y las academias de ciencias o instituciones similares de ambos países han jugado un importante papel y seguramente lo seguirán jugando. En algunos casos, disponer de fondos privados o internacionales ha permitido esquivar las prohibiciones del bloqueo. La UNESCO, en su último informe mundial sobre la ciencia, reporta que el 72% de las publicaciones científicas cubanas se realizan en colaboración con científicos de instituciones extranjeras, ocupando las norteamericanas el cuarto lugar. Si se tienen en cuenta todas las restricciones, ello muestra que el potencial de colaboración es muy grande.

Para avanzar hacia un intercambio científico mucho más productivo se requerirán licencias presidenciales o acciones legislativas específicas que viabilicen el intercambio y la cooperación entre instituciones científicas de ambos países. Algunos de nuestros interlocutores en Washington consideran poco probable que este tipo de acciones se produzca antes de que se instalen la administración y el congreso que resulten de las elecciones de noviembre. Sin embargo, coinciden en que habría que comenzar a prepararlas desde ahora.

La organización MEDICC (Medical Education Cooperation with Cuba), con sede en Oakland, ha difundido un documento titulado “Un futuro más seguro y saludable a través de la cooperación medica con Cuba”. El mismo destaca varias áreas específicas de cooperación en el campo de la salud de gran interés para ambos países, identifica las barreras que les impone el embargo y propone acciones concretas para eliminarlas, en forma de autorizaciones que podría otorgar el ejecutivo norteamericano. Parece un buen ejemplo de lo que podría hacerse para otros objetivos muy nobles, como la producción de alimentos, el desarrollo de las energías renovables, los estudios sobre el cambio climático o para la ciencia en general.

Formular propuestas para estos fines requiere una visión clara de la actividad científica en toda su amplitud y complejidad. La ciencia es tanto personal como institucional. Es académica y también empresarial. Las fronteras entre estas cualidades son difusas. La colaboración entre científicos necesita empatía, respeto mutuo, intereses comunes y también apoyo institucional. En Cuba, las actividades de investigación y desarrollo se realizan en universidades, centros de investigación, hospitales y empresas de propiedad social. También en los Estados Unidos se realizan en instituciones que, o son empresas privadas o están estrechamente vinculadas al sector empresarial. No existe algo así como una ciencia individual, “por cuenta propia” o puramente académica y, si existe, no es significativa. Las pretensiones de favorecer a unos actores y discriminar a otros, pueden ser muy perturbadoras, porque generan reacciones en la dirección opuesta y conducen al estancamiento de la colaboración.

De la claridad que tengamos nosotros mismos sobre estos aspectos y de nuestra capacidad para trasmitírselos a nuestros colegas norteamericanos puede depender que avancemos más rápido o más lento en esta relación. Si lo hacemos más rápido, será para beneficio de ambos pueblos.


Tomado de Cubadebate

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